Capítulo 9 — El rival que miente mal #2
—Los hombres pobres no siempre pueden permitirse el lujo de odiar desde lejos.
Henri levantó la vista.
—¿Eso le dijo?
—Sí.
—Tiene razón.
—Eso tampoco lo vuelve inocente.
—No.
—Pero lo vuelve comprensible.
Henri soltó una risa breve.
—Tenga cuidado, monsieur Delacroix. En Valombre, comprender a un empleado puede considerarse mala educación.
—He cometido descortesías peores.
Llamaron a la puerta. Era Marchand. Entró con su libreta bajo el brazo y miró a Henri.
—¿Está declarando?
—Está empezando —dijo Delacroix.
—¿Sobre qué?
—Sobre su trampa.
Marchand miró a Henri.
—Ah.
Henri bajó la cabeza.
—Moví una bola. Adrien lo sabía. Iba a destruirme con eso. ¿Contentos?
—Rara vez me alegra una estupidez ajena —dijo Marchand—, pero me interesa. ¿Cuándo?
Henri repitió la historia con más torpeza y menos rabia.
Marchand hizo preguntas concretas: hoyo, hora, testigos posibles, posición de Paul, distancia de Marceau, si alguien más podía haberlo visto.
Henri respondió. Paul, llamado después, confirmó parte de la situación, aunque aseguró no haber visto a su jugador mover la bola.
Su cara, sin embargo, confesaba que quizá había sospechado algo.
—¿Por qué no lo dijo antes? —preguntó Marchand.
Henri lo miró como si la respuesta fuera obvia.
—Porque esta mañana yo era un tramposo vivo. Después del grito, me convertí en un asesino probable. Supuse que confesar lo primero no ayudaría con lo segundo.
—Los culpables suelen razonar de forma parecida.
—Y los inocentes asustados también.
Marchand cerró la libreta.
—No abandone esta habitación.
—Ya me lo han dicho.
—Entonces disfrute de la repetición.
El brigadier salió con Paul para tomarle declaración aparte. Delacroix se quedó un momento más. Henri estaba otra vez junto a la ventana. Parecía incapaz de apartarse de aquel pedazo de campo que no mostraba nada importante.
—Monsieur Delaunay.
—¿Sí?
—Cuando sonó la campana, ¿dudó?
Henri se volvió.
—¿Dudar de qué?
—De que el camino estuviera libre.
—No.
—¿Ni un segundo?
—No.
—A pesar de que Marceau había bajado hacía menos tiempo del habitual.
Henri pensó.
—No me pareció menos.
—A madame Marceau sí.
—Élodie no juega.
—Tal vez por eso no acepta tan fácilmente las costumbres del juego.
Henri tragó saliva.
—Yo quería golpear. Necesitaba golpear. Al oír la campana, sentí… alivio.
—Eso mismo dijo ella.
—Porque es verdad. Llevaba toda la mañana esperando un permiso para hacer algo. La campana sonó y el mundo me dio permiso.
—El mundo o alguien.
Henri se apoyó en el marco de la ventana.
—Si alguien la tocó antes de tiempo, sabía que yo golpearía.
—Sí.
—Sabía que no esperaría más.
—Sí.
—Sabía que quería alcanzar a Adrien.
—En sentido deportivo.
Henri cerró los ojos.
—No sé si esa diferencia importa ya.
—Importa. Especialmente si alguien decidió aprovecharse de que empezaba a no importarle ni a usted.
Henri abrió los ojos de nuevo. En ellos había horror, pero también algo parecido al nacimiento de una comprensión.
—Me usaron.
—Quizá.
—Alguien me puso el palo en las manos.
—No. El palo ya lo tenía usted. Eso es lo que vuelve el asunto más desagradable.
Henri no respondió.
Delacroix se dirigió hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo.
—Una cosa más.
—¿Qué?
—Marceau le dijo ayer que una bola también podía tener memoria.
Henri palideció.
—Sí.
—¿A qué se refería?
—A mi trampa.
—¿Está seguro?
—¿A qué más?
Delacroix sostuvo su mirada.
—Eso intento averiguar.
Salió al pasillo. Marchand esperaba unos pasos más allá, junto a una mesa con un jarrón de flores demasiado frescas. El brigadier tenía expresión sombría.
—El muchacho confirma que Henri estaba nervioso por algo antes de la muerte. No vio la trampa, pero sabía que algo iba mal.
—Paul es más leal que ciego.
—La trampa de Henri le da motivo.
—Sí.
—Y también explica sus mentiras.
—Justamente.
Marchand gruñó.
—Odio cuando una mentira vuelve menos culpable a un sospechoso.
—A mí me parece casi elegante.
—A usted le parece elegante cualquier cosa que complique mi trabajo.
—No cualquier cosa. Solo las que lo acercan a la verdad.
Caminaron hacia la sala de lectura. En el trayecto cruzaron el vestíbulo.
La pizarra seguía cubierta de miradas. Varios socios dejaron de hablar al verlos.
Delacroix sintió el peso de aquella atención: una mezcla de curiosidad, miedo y deseo de que el culpable tuviera ya nombre, rostro y habitación asignada.
Henri les convenía.
Henri era perfecto. Orgulloso, endeudado, tramposo, amenazador. Un rival caído en su propia violencia. Un relato limpio. Un escándalo grave, sí, pero manejable. Valombre podía sobrevivir a un hombre desesperado. Lo que quizá no podía sobrevivir era a una verdad más amplia.
Octave Renard apareció al pie de la escalera.
—Brigadier, los socios preguntan cuándo podrán marcharse.
—Cuando yo lo diga.
—Algunos han venido de lejos.
—Adrien Marceau también, y mírelo.
Renard tensó el rostro. Luego miró a Delacroix.
—¿Ha terminado con monsieur Delaunay?
—Por ahora.
—¿Ha confesado?
—Depende de qué crimen le interese más.
—No entiendo.
—Confesó una trampa.
Renard cerró los ojos un instante. No fue sorpresa. Fue fastidio.
—Dios mío.
—No abusemos de Dios, monsieur Renard. Esta mañana ya se le está acumulando trabajo.
—Esto es desastroso.
—Para monsieur Marceau, sin duda.
—Para el club.
Marchand lo miró con una severidad seca.
—Monsieur Renard.
El secretario se detuvo, consciente de haber vuelto a decir demasiado.
—Quise decir que el torneo…
—Sabemos lo que quiso decir —respondió Marchand—. Ese es el problema.
Renard tragó saliva.
—Solo intento evitar que una tragedia se convierta en una carnicería social.
—La carnicería empezó antes de que nosotros llegáramos —dijo Delacroix—. Lo que usted intenta evitar es que alguien encienda la luz.
Renard no respondió. Se retiró con la excusa de atender a madame Marceau, aunque Delacroix sospechó que Élodie era la última persona del club que deseaba ser atendida por él.
Marchand miró a Delacroix.
—No le cae bien.
—¿Renard?
—Sí.
—No he venido a hacer amistades.
—Eso salta a la vista.
—Pero Renard no me interesa porque me caiga mal. Me interesa porque teme lo incorrecto.
—¿El escándalo?
—Teme que el asesinato revele algo anterior al asesinato.
Marchand guardó silencio.
Delacroix sacó del bolsillo el sobre que le había dado Élodie.
—La carta de separación de Marceau. Quería arruinar a su esposa. Eso le da motivo a ella.
—Otro más.
—Y madame Vasseur tiene cartas comprometedoras.
—Otro más.
—Baptiste odiaba a Marceau por Claire Marin.
—Otro más.
—Lucien lo admiraba con miedo.
—Otro más.
Marchand suspiró.
—Esto parece un concurso de motivos.
—Al fin y al cabo, seguimos en un torneo.
Entraron en la sala de lectura. Delacroix abrió el sobre de Élodie y leyó la copia de la carta.
Era exactamente lo que ella había dicho: fría, legal, calculada.
Marceau había consultado a su abogado sobre la posibilidad de separarse protegiendo sus bienes, cuestionando la conducta de Élodie y sugiriendo que ciertas «inestabilidades emocionales» de su esposa podían justificar medidas de control patrimonial.
La crueldad del documento estaba en su pulcritud.
No insultaba. No gritaba. No amenazaba. Solo organizaba el daño.
—Encantador —dijo Marchand.
—Marceau tenía talento para convertir la violencia en trámite.
—La viuda pudo querer impedirlo.
—Sí.
—¿Pudo tocar la campana?
—Desde su posición, difícil. Pero no imposible si se movió antes de que todos miraran a Henri.
—¿La vio alguien moverse?
—No que sepamos.
—¿Y madame Vasseur?
—También estaba cerca de ella.
—Esto no mejora.
—Las investigaciones rara vez mejoran. Solo se vuelven menos falsas.
Delacroix dejó la carta sobre la mesa. Su mente volvió a la frase de Henri: «Una bola también podía tener memoria.
» A la bola de Adrien hallada demasiado visible.
A la marca circular en la hierba. Al caddie que conocía el campo.
Al secretario que quería cerrar la historia.
Al médico que prefería accidentes. Al pasado de Claire Marin.
—Necesito hablar con Madeleine Vasseur —dijo.
Marchand asintió.
—Por las cartas.
—Por las cartas, sí.
—¿Y por algo más?
Delacroix miró hacia la ventana. Afuera, sobre la terraza, varias sombrillas se habían cerrado. El sol empezaba a bajar, pero aún no había perdido su dureza. El campo seguía allí, verde, impecable, mentiroso.
—Porque las antiguas amantes suelen conservar dos cosas —dijo—: pruebas y rencor. Y en Valombre empiezo a sospechar que ambas se guardan mejor en papel.