Capítulo 9 — El rival que miente mal
Henri Delaunay había pedido whisky.
Se lo habían negado.
Aquella negativa, en opinión de Delacroix, era una de las pocas decisiones sensatas que el Club de Golf de Valombre había tomado en toda la mañana.
Un hombre acusado a medias de asesinato no necesitaba beber.
Necesitaba pensar. El problema era que pensar, en determinadas circunstancias, podía resultar bastante más cruel que cualquier copa.
Lo habían instalado en una habitación pequeña junto a la biblioteca, una especie de despacho reservado para socios distinguidos, visitas incómodas y conversaciones que no debían llegar al vestíbulo.
Había una mesa de nogal, dos sillones, una alfombra persa y una ventana estrecha desde la que se veía una franja del campo.
Alguien había dejado una jarra de agua y un vaso.
Henri no había tocado ninguno de los dos.
Estaba de pie junto a la ventana, de espaldas a la puerta, cuando Delacroix entró.
—Si viene a preguntarme otra vez si esperé la campana, le ahorraré el esfuerzo —dijo sin volverse—. Sí.
—Qué decepción. Había preparado una conversación enteramente nueva.
Henri giró la cabeza. Tenía el rostro deshecho, pero no blando. La culpa, el miedo y la rabia se mezclaban en él de un modo peligroso. Había hombres que se derrumbaban hacia dentro y hombres que se derrumbaban buscando algo que romper. Henri parecía oscilar entre ambas posibilidades.
—No estoy de humor para su ironía.
—Nadie lo está cuando más la necesita.
—¿Ha venido a burlarse?
—No. Eso sería redundante. Valombre lleva horas haciéndolo por mí.
Henri soltó una risa seca.
—Valombre. Maldito club.
—Curioso. Esta mañana parecía dispuesto a ganar su copa.
—Una cosa no contradice la otra. A veces uno quiere conquistar precisamente aquello que desprecia.
—Una explicación bastante completa de la ambición humana.
Delacroix cerró la puerta y se sentó sin pedir permiso. Henri lo observó unos segundos, como si estuviera evaluando si podía permitirse echarlo. Decidió que no. O quizá no tuvo fuerzas.
—¿La gendarmería va a detenerme?
—Todavía no.
—Pero lo hará.
—Depende.
—¿De qué?
—De si insiste usted en comportarse como culpable de algo sin aclarar de qué.
Henri se apartó de la ventana y caminó hasta la mesa. No se sentó. Apoyó las manos sobre la madera y bajó la cabeza.
—Yo no lo maté.
—Esa frase empieza a parecerle insuficiente incluso a usted.
—Porque todo está en mi contra.
—No todo. Solo su bola, su amenaza, su odio, sus deudas y su negativa a explicar por qué Marceau lo chantajeaba.
Henri levantó la vista.
—Qué alivio.
—Podría ser peor.
—¿Cómo?
—Podría haberlo matado.
El golpe verbal fue limpio. Henri no respondió. Se dejó caer finalmente en uno de los sillones y se pasó una mano por la cara.
—No entiende nada.
—Eso ocurre con frecuencia al principio. Por eso pregunto.
—Adrien no me chantajeaba.
—Entonces use una palabra que le resulte menos humillante.
Henri miró el vaso de agua sin verlo.
—Me tenía atrapado.
—Mejor. Menos jurídico, más sincero.
—Usted cree que todo se reduce a una confesión elegante. Que yo diré algo vergonzoso y entonces el mundo encajará un poco mejor en su cabeza.
—El mundo rara vez encaja mejor después de una confesión. Solo deja de mentir con tanta simetría.
Henri se inclinó hacia delante, con los codos sobre las rodillas.
—Adrien sabía que yo había hecho trampas.
Delacroix no se movió.
En la habitación, incluso el polvo pareció escuchar.
—Continúe.
—Fue ayer. No. Antes. Durante la segunda jornada. En el hoyo nueve. Mi bola cayó en una posición mala, junto a una raíz. Una posición maldita. Podía perder dos golpes, quizá más. Nadie me veía bien. Paul estaba algo más atrás. Yo… —tragó saliva—. La moví.
—¿Cuánto?
—Unos centímetros.
—Los centímetros tienen mucha importancia para los hombres desesperados.
—Sí.
—¿Alguien lo vio?
—Adrien.
—¿Está seguro?
—No al principio. Después sí. Me lo dijo con esa sonrisa suya, como si me hubiera visto desnudo en mitad del salón.
—¿Qué le dijo?
Henri cerró los ojos.
—Que había errores pequeños capaces de arruinar reputaciones grandes.
—Una frase muy suya.
—No me denunció.
—Qué generoso.
Henri abrió los ojos, llenos de odio.
—No. Adrien no regalaba nada. Prefirió guardarlo. Usarlo. Me dejó seguir jugando, dejó que me acercara en la clasificación, dejó que todo el club creyera que tenía posibilidades. Y cada vez que yo respiraba un poco, venía y me lo recordaba.
—¿Pensaba denunciarlo si usted ganaba?
—Pensaba denunciarlo aunque no ganara. Pero si yo ganaba, lo haría delante de todos. Durante la entrega de la copa. Lo vi en sus ojos. Quería verme levantarla y después quitármela.
Delacroix imaginó a Marceau disfrutando de aquella escena: el rival vencedor, el aplauso, el instante de gloria, la mano extendida hacia el trofeo…
y entonces la palabra trampa cayendo como una hoja sobre el cuello.
Sí. Era muy posible. En algunos hombres, la crueldad no buscaba impedir la felicidad ajena.
Prefería dejar que madurara antes de pudrirla.
—Eso explica la palabra chantaje —dijo.
Henri apretó los labios.
—Yo la dije.
—Lo sospechaba.
—No era dinero. No me pidió dinero. Adrien no necesitaba dinero mío. Lo que quería era tenerme arrodillado.
—¿Y sus deudas?
Henri apartó la mirada.
—Son ciertas.
—¿Graves?
—Bastante.
—¿El premio o la victoria podían ayudarlo?
—La victoria podía devolverme crédito. Prestigio. Invitaciones. Patrocinadores. Quizá algún acreedor habría esperado un poco más. En nuestro mundo, monsieur Delacroix, a veces basta con parecer todavía ganador para que los demás retrasen la cuchillada.
—Una frase muy triste, pero útil.
—Si perdía, estaba acabado.
—Y si ganaba, Marceau lo destruía.
—Sí.
—Motivo excelente.
Henri soltó una risa amarga.
—Gracias.
—No he dicho que lo condene. He dicho que lo complica.
—Todo me complica.
—Sobre todo su empeño en ocultar lo que medio club probablemente sospechaba.
Henri se levantó de nuevo, incapaz de permanecer quieto.
—¿Sabe qué es lo peor? Que después de mover aquella bola jugué mejor.
Como si la vergüenza me hubiera afinado la mano.
Cada golpe era una súplica y una amenaza.
Quería ganarle. Quería mirarlo a los ojos mientras le arrebataba la copa.
Quería demostrarle que podía vencerlo incluso después de haberme convertido en aquello de lo que él me acusaba.
—Un deseo poco noble.
—No vine aquí a ser noble.
—Eso ya lo había deducido.
Henri se volvió hacia él, herido en su vanidad incluso en mitad del desastre.
—No soy un asesino.
—La nobleza y el asesinato no son las únicas dos posibilidades. Entre ambas hay una zona amplia y bastante concurrida.
Henri fue hasta la ventana. Afuera, el campo seguía vacío. Desde allí no se veía el hoyo diecisiete, pero la dirección del terreno parecía conducir inevitablemente hacia él.
—La bola salió perfecta —dijo.
—Lo sé.
—Fue el mejor golpe que di en todo el torneo.
—La ironía tiene mal gusto.
—No he dejado de verlo. El arco, la altura, el sonido. Durante un segundo pensé que podía alcanzarlo. No a Adrien. Al torneo. A la copa. A todo lo que se me escapaba. Luego oí el grito.
Su voz se rompió al final, pero no lloró. Henri Delaunay parecía un hombre demasiado orgulloso para llorar ante otro y demasiado destruido para no desear hacerlo.
—¿Vio a Baptiste Marin cuando bajó? —preguntó Delacroix.
—Lo vi bajar con Adrien. Después no.
—¿Qué piensa de él?
—¿De Marin?
—Sí.
Henri se encogió de hombros.
—Es un buen caddie.
—En Valombre, esa frase parece servir para no pensar demasiado en un hombre.
—No lo conozco.
—¿Adrien lo trataba mal?
—Adrien trataba mal a cualquiera que no pudiera devolverle el golpe.
—Usted podía.
Henri lo miró.
—No. Yo solo podía perder mejor vestido.
Delacroix guardó esa frase. A veces los hombres, incluso los poco simpáticos, acertaban con brutal precisión cuando hablaban desde sus ruinas.
—¿Sabía usted algo de Claire Marin?
El nombre produjo un cambio inmediato. Henri no se sorprendió del todo; se cerró. Esa diferencia le interesó a Delacroix.
—¿Qué tiene que ver eso?
—Todavía no lo sé.
—Fue hace muchos años.
—Las cosas antiguas son muy pacientes.
—Era la hermana de Baptiste. Murió en el lago.
—¿Y Adrien?
Henri respiró hondo.
—Adrien estaba allí.
—¿En el lago?
—En la fiesta. Todos lo sabían.
—¿Todos?
—Los que llevan tiempo en el club. Nadie lo decía delante de Baptiste. Nadie lo decía delante de Adrien, salvo cuando Adrien quería demostrar que nadie se atrevería a decir nada.
—¿Qué ocurrió?
Henri miró hacia la puerta, como si temiera que el propio club estuviera escuchando.
—No lo sé.
—Otra frase muy usada en Valombre.
—Porque es verdad.
—A medias.
Henri volvió al sillón y se sentó pesadamente.
—Claire era joven. Muy joven. Bonita. Trabajaba aquí algunas temporadas, creo, ayudando en la cocina o en el servicio durante las fiestas.
Adrien tenía esa forma de mirar a las muchachas pobres como si estuvieran agradecidas antes incluso de que les ofreciera nada.
Aquella noche hubo una fiesta. Alcohol, música, socios, invitados.
Al día siguiente encontraron a Claire en el lago.
—¿Ahogada?
—Eso dijeron.
—¿Y usted lo creyó?
—Yo era más joven. Y más idiota. Creí lo que me convenía creer.
—¿Qué le convenía creer?
—Que los hombres como nosotros podían comportarse como imbéciles sin dejar cadáveres detrás.
La frase no fue teatral. Fue cansada.
—¿Adrien fue responsable?
Henri se frotó las manos.
—Adrien siempre era responsable en la medida justa para no pagar. Esa era su especialidad.
—¿Baptiste lo acusó?
—No públicamente. Al principio gritó, lloró, golpeó a alguien, creo. Después se calló. Su madre enfermó. Su padre murió al poco tiempo o se marchó, no recuerdo. Baptiste empezó a trabajar en el club años después. Siempre me pareció… no sé.
—¿Qué?
—Una locura.
—¿Trabajar aquí?
—Trabajar para Adrien.
Delacroix asintió lentamente.