Muerte en el torneo (Los misterios de Armand Delacroix 12) Capítulo 8 — La viuda bajo la sombrilla #2
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Capítulo 8 — La viuda bajo la sombrilla #2

—Poco. Yo no estaba casada aún con Adrien cuando ocurrió. La conocí después de oír hablar de ella, que es la peor manera de conocer a alguien. Una muchacha convertida en rumor ya no puede defenderse.

—¿Qué oyó?

Élodie abrió los ojos.

—Que era bonita. Que era imprudente. Que había bebido. Que se había acercado demasiado a gente que no le convenía. Que cayó al lago. Que fue una desgracia. Ya sabe: todas esas frases que los culpables inventan para que los muertos parezcan responsables de haber muerto.

Madeleine apretó los labios.

—No todos fueron culpables.

—No he dicho todos.

—Pero lo has pensado.

—He pensado tantas cosas, Madeleine, que ya no sé cuáles merecen disculpa.

Delacroix observó aquella grieta con interés. La muerte de Claire Marin no era solo un viejo escándalo. Era una herida distribuida entre varias personas, y cada una la cubría con un vendaje distinto.

—¿Adrien estuvo implicado? —preguntó.

Élodie sostuvo su mirada.

—Adrien siempre estaba implicado en las desgracias que ocurrían cerca de él. Aunque solo fuera porque sabía apartarse a tiempo.

—Eso no es una respuesta jurídica.

—No soy jurista.

—Es una respuesta moral.

—Entonces quizá sea la única que puedo darle.

Delacroix aceptó la limitación. Por ahora.

—Ha mencionado antes que Adrien pensaba abandonarla. ¿Se lo dijo a alguien más?

—Adrien no anunciaba sus decisiones. Las dejaba caer como migas para que una las siguiera hasta el precipicio.

—¿Tenía ya preparada esa decisión?

—Sí.

—¿Cómo lo sabe?

Élodie se quedó inmóvil.

Madeleine cerró los ojos, como si supiera lo que venía.

—Encontré una carta —dijo la viuda—. O, mejor dicho, una copia de una carta. Adrien no era descuidado. Pero disfrutaba dejando ciertas cosas al alcance justo de quien debía sufrirlas.

—¿A quién iba dirigida?

—A su abogado.

—¿Sobre la separación?

—Sobre la separación, sobre dinero, sobre propiedades, sobre mi familia. Adrien quería asegurarse de que yo saliera del matrimonio con la menor cantidad posible de dignidad práctica.

—La dignidad práctica suele llamarse dinero.

—Entre otras cosas.

—¿Conserva esa carta?

—Sí.

—La necesitaré.

—Lo imaginaba.

Élodie se levantó despacio y caminó hacia un pequeño escritorio junto a la pared. Abrió un cajón, sacó un sobre color crema y lo sostuvo unos segundos antes de entregárselo. Delacroix lo tomó sin abrirlo.

—¿Por qué la tenía preparada?

—Porque sabía que alguien acabaría preguntando por mis motivos.

—¿Y los tenía?

Ella regresó a su asiento.

—Sí.

—¿Para matarlo?

—Para desear que desapareciera. No es lo mismo, aunque algunos hombres se empeñen en obligarnos a descubrir la diferencia.

Delacroix guardó el sobre en el bolsillo interior de la chaqueta.

—¿Dónde estaba usted exactamente cuando sonó la campana?

Élodie señaló hacia la ventana, como si desde allí pudiera verse la escena.

—Arriba, junto a Madeleine. Había dos damas cerca, monsieur Renard algo más a la derecha, creo. El doctor Savary bajo un árbol. Lucien no muy lejos de Henri. Gérard abajo, cerca del sendero.

—¿Y Baptiste?

—Con Adrien.

—¿Está segura?

—Lo vi bajar con él. Después la loma los ocultó.

—¿Pudo Baptiste separarse de Adrien sin que usted lo viera?

—Desde donde estábamos, sí. Supongo.

—¿Pudo hacerlo Adrien?

—Adrien podía hacer muchas cosas sin que nadie quisiera verlas.

Madeleine se acercó por fin a la ventana. La luz le tocó el rostro de lado. Parecía más cansada que antes.

—Monsieur Delacroix, ¿sospecha usted de Élodie?

—Sospecho de todo el mundo con motivo, oportunidad o demasiada prisa por no tener ninguna de las dos cosas.

—Eso incluye a medio club.

—Solo medio si somos optimistas.

Élodie miró a Madeleine con una mezcla de gratitud e impaciencia.

—No necesito que me defiendas.

—No te defiendo. Intento evitar que te hagan daño.

—Adrien ha muerto. El daño llega tarde para presumir de novedad.

La frase dejó un silencio seco.

Delacroix decidió tocar otra cuerda.

—Madame Marceau, ¿qué relación tenía su marido con madame Vasseur?

Madeleine permaneció inmóvil.

Élodie se volvió hacia él.

—La que los hombres casados llaman pasado cuando la esposa está delante y posibilidad cuando la esposa se va.

—Élodie —dijo Madeleine.

—¿No es cierto?

Madeleine no respondió.

—Adrien y Madeleine fueron amantes antes de mi matrimonio —continuó Élodie—. Después siguieron siendo… algo. No sé qué palabra usar. Algunas relaciones sobreviven no porque haya amor, sino porque queda demasiada vanidad invertida en ellas.

—¿Tenía celos?

—Al principio. Luego descubrí que los celos exigen una esperanza secreta de posesión. Yo dejé de querer poseer a Adrien bastante antes de que Adrien dejara de querer poseernos a todas.

Madeleine tragó saliva.

—Él guardaba cartas —dijo Élodie.

Delacroix volvió la mirada hacia Madeleine.

—¿Cartas suyas?

Madeleine sostuvo su mirada con dignidad.

—Sí.

—¿Comprometedoras?

—Todas las cartas de amor son comprometedoras cuando quien las conserva ha dejado de amar.

—¿Adrien la chantajeaba?

—Adrien prefería una palabra más bonita. Influencia.

Élodie soltó una risa muy breve.

—Adrien tenía talento para embellecer sus bajezas. A veces parecía que no te arruinaba la vida: te concedía el privilegio de orbitar alrededor de la suya.

Madeleine no la contradijo.

Delacroix se preguntó cuántas mujeres habían pasado por la existencia de Adrien Marceau sintiéndose al principio elegidas y al final administradas. Marceau había muerto por una bola, sí. Pero antes había convertido a demasiadas personas en blancos.

—Necesitaré hablar con usted sobre esas cartas, madame Vasseur.

—Lo suponía.

—Ahora no.

—Gracias.

La gratitud sonó sincera. También agotada.

Delacroix volvió a Élodie.

—Una última pregunta por ahora. Cuando vio a su marido en el suelo, no pareció sorprendida.

La viuda no se ofendió. Eso la volvió más interesante.

—¿Qué debería haber hecho?

—No le pregunto por lo que debería. Le pregunto por lo que sintió.

Élodie miró sus guantes. Lentamente, empezó a quitarse el de la mano derecha. Dedo por dedo. Como si necesitara una tarea pequeña para atravesar una verdad grande.

—Sentí frío.

—Hacía calor.

—Lo sé.

Dejó el guante sobre la mesa.

—Sentí frío y pensé una cosa horrible.

Madeleine se acercó un paso.

—Élodie…

—Pensé: «Por fin se ha callado.»

Nadie habló.

El insecto seguía golpeando el cristal. Una vez. Otra. Otra.

Élodie cerró la mano desnuda sobre la sombrilla.

—Después pensé que ninguna mujer decente debería pensar eso junto al cadáver de su marido. Y luego pensé que quizá una mujer decente no habría sobrevivido tanto tiempo a mi matrimonio.

Delacroix la miró con una mezcla sobria de compasión y cautela. Las víctimas de un hombre podían ser inocentes de su muerte y, aun así, alegrarse de ella. El alma humana rara vez se comportaba de manera útil para los jueces.

—Gracias por su sinceridad, madame.

—No la confunda con inocencia.

—Nunca cometo ese error.

Élodie se puso de pie. Esta vez, Madeleine no intentó detenerla. La viuda tomó la sombrilla, caminó hasta la ventana y la abrió dentro de la sala. Fue un gesto absurdo, innecesario, casi desafiante. La tela clara se desplegó entre ella y la luz del jardín.

—Adrien decía que las sombrillas eran ridículas —dijo—. Que daban a las mujeres aspecto de querer esconderse del mundo.

—Quizá él no entendía que a veces una no se esconde del mundo —respondió Delacroix—. Solo elige cuánta luz soporta.

Élodie lo miró desde debajo de la sombrilla abierta.

Por primera vez, sus ojos brillaron.

No lloró.

Pero estuvo cerca.

—Encuentre la verdad, monsieur Delacroix.

—Eso intento.

—No por Adrien.

—¿Por quién, entonces?

Élodie miró hacia el campo invisible, hacia el lugar donde la mañana había partido su vida en dos mitades desiguales.

—Por todos los que tuvimos que vivir a su sombra mientras él fingía ser el sol.

Delacroix inclinó la cabeza.

Salió de la sala con el sobre en el bolsillo y la certeza de que Élodie Marceau había tenido motivo suficiente para matar a su marido, quizá más que nadie.

Pero también con la sospecha de que su odio era demasiado frontal, demasiado agotado, demasiado humano para la precisión fría del hoyo diecisiete.

En el pasillo, Octave Renard lo esperaba.

—¿Madame Marceau está bien?

Delacroix lo miró.

—Qué pregunta tan optimista.

—Me refiero a si necesita algo.

—Probablemente otra vida.

Renard apretó la mandíbula.

—Monsieur Delacroix, este club no puede convertirse en una colección de resentimientos personales.

—Me temo, monsieur Renard, que ya lo era. La muerte solo ha tenido la descortesía de quitarle el mantel.

Renard no respondió.

Delacroix siguió caminando hacia la sala de lectura, con la carta de Élodie en el bolsillo, las palabras de Madeleine en la memoria y una idea cada vez más clara: Adrien Marceau había sido un hombre rodeado de motivos.

Lo difícil no iba a ser encontrar quién quería verlo muerto.

Lo difícil iba a ser encontrar quién había tenido la paciencia suficiente para convertir ese deseo en geometría.