Capítulo 8 — La viuda bajo la sombrilla
Élodie Marceau recibió a Delacroix en una sala pequeña orientada al jardín sur.
No era la habitación que Octave Renard había preparado para ella.
Eso, en sí mismo, ya decía algo. Renard había dispuesto un salón interior, con cortinas gruesas, chimenea apagada y butacas hondas, un lugar adecuado para el dolor respetable: poca luz, mucho terciopelo y la posibilidad de llorar sin que el sol importunara demasiado.
Élodie, sin embargo, había pedido otra sala.
Una estancia clara, casi desnuda, con ventanas abiertas al jardín, muebles de mimbre, una mesa baja y un jarrón con lirios blancos que empezaban a doblarse bajo el calor.
Delacroix pensó que algunos dolores buscaban sombra. Otros preferían exponerse para que nadie pudiera acusarlos de esconderse.
Élodie estaba sentada junto a la ventana, todavía vestida de la mañana, con la sombrilla cerrada apoyada sobre las rodillas.
No se había quitado los guantes. Tampoco el sombrero.
Parecía una mujer que se había detenido a mitad de un gesto y había decidido permanecer allí hasta que el mundo se cansara de pedirle otra cosa.
Madeleine Vasseur estaba con ella, de pie junto a la chimenea decorativa. Al ver entrar a Delacroix, inclinó apenas la cabeza.
—Monsieur Delacroix.
—Madame Vasseur.
Élodie levantó la vista.
—Me han dicho que desea hablar conmigo.
—Si no es un mal momento.
La viuda miró hacia el jardín. Afuera, dos empleados cruzaban el sendero con una cuerda enrollada y una caja de herramientas. El club intentaba recomponerse alrededor de la muerte con una eficacia que habría resultado admirable en una fábrica y algo indecente en una casa de duelo.
—Mi marido acaba de morir en un campo de golf —dijo Élodie—. Sospecho que, durante una temporada, todos los momentos serán malos. Siéntese.
Delacroix obedeció. Madeleine hizo ademán de retirarse.
—Puede quedarse —dijo Élodie.
—Quizá monsieur Delacroix prefiera hablar a solas.
—Monsieur Delacroix parece un hombre acostumbrado a que la gente oculte cosas tanto a solas como acompañada.
Delacroix aceptó la frase con una ligera inclinación.
—Procuro no limitar las posibilidades humanas.
Madeleine sonrió apenas y se quedó.
Durante unos segundos, solo se oyó el zumbido de un insecto contra el cristal. Élodie lo miró con una atención extraña, como si comprendiera demasiado bien aquella insistencia absurda de chocar contra una transparencia.
—¿Cree que Henri lo mató? —preguntó ella.
La pregunta llegó sin preparación, sin temblor, sin ninguna de las cortesías que suelen servir para vestir el miedo.
—Creo que monsieur Delaunay golpeó la bola que mató a su marido.
—No le he preguntado eso.
—Entonces no.
Élodie no pareció sorprendida.
—Qué rápido.
—No he dicho que sea inocente. He dicho que no creo que la explicación más cómoda sea necesariamente la verdadera.
—Henri lo odiaba.
—Mucha gente lo odiaba.
—Sí.
Lo dijo sin defenderlo. Sin escandalizarse. Casi con alivio.
Delacroix la observó con cuidado. Élodie Marceau tendría unos treinta y cinco años.
Quizá menos. Quizá más. Había en ella una de esas bellezas gastadas no por el tiempo, sino por la vigilancia constante de sí misma.
Su rostro era fino, sus ojos oscuros, su boca pequeña y firme.
Todo en su postura hablaba de educación, de disciplina, de años aprendiendo a no reaccionar antes de comprender qué reacción sería menos peligrosa.
—Usted también —dijo Delacroix.
Madeleine bajó la mirada.
Élodie no.
—Sí.
La palabra quedó limpia entre los tres.
—¿Odiaba a su marido?
—No todo el tiempo.
—Eso suele ser peor.
—A veces lo compadecía. A veces me aburría.
A veces me daba asco. A veces recordaba que, cuando lo conocí, yo era muy joven y él sabía parecer amable con una destreza admirable.
El odio fue llegando después, poco a poco.
Como la humedad en una pared. Cuando una quiere verlo, ya ha estropeado la casa.
Delacroix no interrumpió.
—¿Le parece una mala esposa diciendo esto el día de su muerte?
—Me parece una mujer cansada de mentir en nombre de un muerto.
Élodie miró entonces hacia Madeleine. Hubo entre ambas una corriente silenciosa, antigua.
No amistad. No enemistad simple. Algo más incómodo: dos mujeres que habían sido heridas por el mismo hombre de formas distintas y a las que la sociedad habría preferido enfrentar para no tener que mirar al hombre.
—Adrien era cruel —dijo Élodie—. Pero no de la manera vulgar que permite a una mujer gritar y marcharse con la dignidad intacta. Era cruel con elegancia. Eso lo volvía mucho más difícil de explicar.
—La buena educación ha encubierto más violencia que muchas armas.
—Sí. Él nunca levantó la mano contra mí. Estoy segura de que eso lo hacía sentirse virtuoso.
Madeleine cerró los dedos alrededor del respaldo de una silla. Delacroix vio el gesto, pero siguió mirando a Élodie.
—¿Pensaba abandonarla?
La viuda sonrió sin alegría.
—¿Se lo ha dicho alguien o lo ha deducido porque Adrien era esa clase de hombre?
—Ambas cosas.
—Sí. Pensaba hacerlo. No de inmediato, quizá. Adrien disfrutaba más preparando una humillación que ejecutándola. Le gustaba dejar que una imaginara todas las formas posibles del golpe antes de recibirlo.
—¿Por quién?
Élodie levantó una ceja.
—¿Por otra mujer? ¿Por una más joven, quiere decir?
—Por otra vida.
Aquella respuesta pareció interesarle más.
—Adrien siempre estaba buscando otra vida. No porque la quisiera, sino porque necesitaba saber que podía quitarle la actual a quien dependía de él. Una amante, una casa, un patrocinador, un discípulo, una esposa. Todo era provisional salvo su derecho a decidir cuándo dejaba de serlo.
—¿Y usted dependía de él?
—Menos de lo que él creía. Más de lo que me gusta admitir.
—¿Dinero?
—Dinero, reputación, familia. Esas pequeñas jaulas con cortinas bonitas.
Madeleine se apartó de la chimenea.
—Élodie…
—No, Madeleine. No hoy.
La frase no fue dura. Fue una puerta cerrándose.
Delacroix tomó nota de aquella intimidad. Madeleine había querido protegerla o detenerla. Ambas posibilidades eran valiosas.
—Anoche usted dijo algo interesante —continuó Delacroix—. Dijo que temió que solo hubiese hombres ridículos.
Por primera vez, Élodie pareció divertirse de verdad. Muy poco. Apenas una sombra.
—Una viuda reciente debería negar haber dicho eso, supongo.
—Las viudas recientes reciben demasiadas instrucciones.
—Es cierto. Desde que Adrien cayó al suelo, varias personas me han explicado dónde sentarme, qué beber, cuándo retirarme, a quién recibir y cuánto dolor mostrar.
La muerte de un marido convierte a una mujer en una especie de mueble sagrado.
Todos la respetan mucho siempre que permanezca donde la colocan.
—Usted no parece dispuesta.
—No hoy.
—¿Y mañana?
Élodie miró su sombrilla cerrada.
—Mañana quizá empiece a pagar el precio de hoy.
Delacroix dejó pasar un silencio breve.
—Volvamos al hoyo diecisiete.
La viuda cerró los ojos un instante, no por dolor visible, sino como quien ordena una escena desagradable.
—Estaba con Madeleine. Un poco más arriba, a la izquierda de la salida. Vi a Adrien golpear. La bola se fue hacia la derecha, creo. Baptiste bajó con él. Henri esperó. Todos esperamos.
—¿Vio a alguien cerca de la campana?
—No.
—¿Miraba hacia la campana?
—No todo el tiempo.
—¿Dónde miraba?
—A Henri.
—¿Por qué?
—Porque todos esperaban que fallara. Yo esperaba ver si se rompía.
—¿Y se rompió?
—No antes del golpe.
—¿Oyó la campana?
—Sí.
—¿Una sola vez?
—Una.
—¿Le pareció normal el tiempo de espera?
Élodie tardó un poco en responder.
—No juego al golf, monsieur Delacroix.
—Tampoco yo. Eso nos da cierta ventaja.
Ella lo miró con una leve curiosidad.
—¿Ventaja?
—No sabemos qué cosas se supone que debemos aceptar como normales.
Élodie apoyó la mano enguantada sobre el mango de la sombrilla.
—Me pareció rápido.
Madeleine volvió la cabeza hacia ella.
—No lo dijiste.
—Nadie me preguntó.
Delacroix se inclinó apenas hacia delante.
—¿Rápido en qué sentido?
—Adrien había bajado con Baptiste. El hoyo diecisiete siempre obliga a esperar. No mucho, pero sí lo suficiente para que los hombres empiecen a impacientarse. Esta vez… no sé. Sonó antes de que yo esperara oírla.
—¿Cuánto antes?
—No sabría decirlo. Lo suficiente para pensarlo. No lo suficiente para decirlo antes del grito.
—¿Vio la reacción de monsieur Delaunay cuando sonó?
—Sí.
—¿Y?
—Pareció aliviado.
—No ansioso.
—Aliviado. Como si la campana le hubiera dado permiso para dejar de contener la respiración.
—¿Y su golpe?
—Fue hermoso.
La palabra sorprendió a los tres. Élodie bajó la mirada, quizá consciente de lo extraño que sonaba.
—Perdone. No sé por qué he dicho eso.
—Porque quizá lo fue.
—Sí. Lo fue. Todo el mundo lo vio. Fue un golpe perfecto. Durante un segundo pensé que, si Adrien lo veía, se enfadaría.
—¿Por el golpe?
—Por no haberlo dado él.
Delacroix asintió.
—¿Adrien estaba nervioso antes de bajar?
—Adrien nunca estaba nervioso. Adrien se enfadaba con la realidad cuando no lo obedecía. Es diferente.
—¿Lo vio hablar con Baptiste?
—Sí. Lo trató mal.
—Eso tampoco era inusual.
—No.
—¿Baptiste lo odiaba?
Élodie miró hacia el jardín.
—Todos los empleados inteligentes terminan odiando un poco a sus señores. Es una cuestión de proximidad.
—No le pregunto por todos.
—Baptiste tenía motivos.
Madeleine intervino por primera vez desde hacía varios minutos.
—Élodie, cuidado.
La viuda se volvió hacia ella.
—¿Cuidado con qué? ¿Con decir que Adrien se comportó como un monstruo con demasiada gente? Eso no murió con él. Solo se ha quedado sin traje blanco.
Madeleine palideció.
Delacroix esperó. Élodie respiró hondo.
—Baptiste tuvo una hermana.
—Claire Marin.
La viuda cerró los ojos de nuevo. Esta vez sí hubo dolor. No por Adrien. Por algo más lejano.
—Sí.
—¿La conoció?