Muerte en el torneo (Los misterios de Armand Delacroix 12) Capítulo 7 — La bola culpable #3
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Capítulo 7 — La bola culpable #3

—Cuando llegamos, estaba más cerca de ese montículo. La recuerdo.

—El agente pudo moverla.

—¿La tocó?

Marchand llamó al agente. El hombre negó con firmeza. Nadie había movido la bola de Marceau después de la llegada de la policía. Había sido fotografiada mentalmente por varios, anotada y dejada en su lugar hasta que se recogieran todas las pruebas.

Delacroix se acercó al punto donde la bola aún permanecía, señalada con una pequeña estaca provisional. Era una bola con una línea roja dibujada alrededor, marca de Adrien Marceau. Limpia. Demasiado visible sobre el césped.

—Qué considerada —murmuró.

Marchand lo oyó.

—¿Quién?

—La bola.

—No sigo.

—Una bola lanzada hacia una zona ciega, en terreno irregular, bajo presión, con algo de efecto a la derecha, termina en un punto donde se ve con relativa facilidad.

Luego monsieur Marceau, en lugar de jugar desde allí o esperar a que el hoyo quede seguro, se desplaza hacia la línea de tiro de Delaunay justo antes de que suene la campana.

—Eso sabemos.

—No. Eso nos han contado.

Marchand miró el terreno.

—¿Cree que alguien movió la bola de Marceau?

Delacroix no respondió enseguida. Miró la marca circular en la hierba, luego la posición donde la bola había sido hallada, luego la línea imaginaria desde la salida de Henri hasta el cadáver.

—Creo que esta bola está intentando parecer inocente con demasiado entusiasmo.

El brigadier se quitó el sombrero y se rascó la frente.

—Para moverla, alguien tenía que estar abajo.

—Sí.

—Marin.

—O Marceau mismo, si alguien le indicó dónde mirar. O alguien que bajó por el sendero lateral antes de que llegaran ellos. O alguien que conocía el punto exacto donde dejarla para que Marceau se detuviera en el lugar conveniente.

—Eso complica mucho las cosas.

—Los asesinos rara vez tienen la cortesía de simplificarlas.

Delacroix caminó hasta la campana. La mancha de barro en la cuerda ya había sido señalada por Lefèvre.

Cerca del poste no había huellas claras; demasiada gente había pasado por allí durante la mañana.

Pero hacia el sendero del lago viejo, la tierra rojiza conservaba algunas marcas parciales.

No bastaban para identificar a nadie. Una suela. Un borde. Quizá un tacón. Quizá dos.

—Alguien vino desde allí —dijo Marchand.

—Quizá.

—Tocó la campana.

—Quizá.

—Y volvió a mezclarse con los demás.

—Quizá.

—No es una palabra muy útil.

—Al contrario. Es una palabra honesta. Por eso incomoda tanto.

Delacroix se volvió hacia la loma. Imaginó la escena: Marceau bajando con Baptiste.

Henri esperando arriba, lleno de rabia. El público murmurando.

Alguien cerca de la campana. Una mano manchada de barro.

Un tirón de cuerda. Una señal legítima convertida en mentira.

Henri golpeando con toda su desesperación.

La bola cruzando el aire, obediente, inocente, culpable.

No era un disparo.

Era peor.

Era un crimen que podía fingir ser consecuencia.

—Brigadier —dijo—, necesito ver la bolsa de palos de Baptiste.

—¿Por qué?

—Porque cuando un hombre ordenado deja caer algo de forma desordenada, puede que el desorden sea sincero. O puede que esté tapando un orden anterior.

Marchand suspiró.

—Una de estas mañanas me gustaría que dijera «porque sí» como todo el mundo.

—Qué espanto.

Volvieron al club. En el cuarto de palos, la bolsa de Marceau había sido apartada y vigilada por un empleado hasta que la policía la revisara.

Era de cuero oscuro, excelente calidad, iniciales A.M. grabadas en una placa metálica.

Los palos estaban limpios, ordenados en apariencia.

El paño blanco seguía en el bolsillo lateral. La libreta pequeña también.

Delacroix pidió permiso a Marchand y la abrió.

No era un diario. Era una libreta de caddie: distancias, viento, notas sobre hoyos, preferencias de Marceau, correcciones, pequeñas observaciones técnicas.

La letra era de Baptiste: firme, compacta, disciplinada.

Cada página parecía escrita por un hombre que necesitaba que al menos el papel obedeciera.

En la página correspondiente al hoyo diecisiete había varias anotaciones antiguas: viento lateral, caída hacia la derecha, prudencia con línea alta, no arriesgar si ventaja mínima.

Y una frase escrita al margen, más reciente, con una presión distinta de la pluma:

No volver a dejarlo decidir desde la soberbia.

Marchand leyó por encima del hombro de Delacroix.

—Eso puede referirse al juego.

—Sí.

—O no.

—También.

Delacroix pasó otra página. Entre dos hojas había una brizna seca de hierba y una mancha leve de tierra rojiza. No mucha. Apenas un roce. El tipo de detalle que un hombre podía traer del campo sin culpa alguna.

O con toda la culpa del mundo.

Marchand cerró la libreta con cuidado.

—Delaunay sigue siendo el principal sospechoso.

—Naturalmente.

—Pero usted mira al caddie.

—Miro a todos.

—No es verdad.

Delacroix guardó silencio. Marchand tenía razón. Miraba a Baptiste más que a los demás. No porque lo creyera culpable todavía, sino porque parecía situado en el punto exacto donde se cruzaban el crimen visible y el dolor antiguo.

Al salir del cuarto de palos, encontraron a Renard en el pasillo. El secretario miró la libreta en manos de Marchand.

—¿Es necesario registrar pertenencias del personal?

—Sí —dijo Marchand.

—Baptiste Marin ha servido a este club durante años.

—Y Adrien Marceau ha muerto esta mañana.

Renard apretó los labios.

—No quisiera que se cometiera una injusticia.

Delacroix lo miró con interés.

—Qué oportuno que esa preocupación aparezca ahora.

Renard le sostuvo la mirada.

—No sé qué insinúa.

—Eso parece una epidemia en Valombre.

El secretario se alejó sin responder.

Marchand dejó la libreta bajo custodia y ordenó revisar discretamente las tarjetas de puntuación, las bolas usadas y los guantes de los principales implicados. Delacroix regresó al vestíbulo. La pizarra seguía allí.

Primero: Adrien Marceau.

Segundo: Henri Delaunay.

Tercero: Lucien Morel.

Alguien había colocado un paño negro sobre la copa que debía entregarse esa tarde.

El gesto era solemne, teatral y completamente inútil.

Delacroix se acercó a la ventana. Desde allí se veía una parte del campo, pero no el hoyo diecisiete.

El Ciego permanecía oculto, como si el propio club hubiese diseñado un rincón donde las verdades pudieran demorarse.

Beaumont se reunió con él en silencio.

—Todos hablan de Henri —dijo el coronel.

—Es lógico. La bola habla muy alto.

—¿Y usted qué escucha?

Delacroix pensó en la bola de Henri, marcada con tres puntos azules.

En la bola de Marceau, demasiado visible.

En la campana. En el barro rojizo. En Baptiste diciendo: «No deben creerme.

Deben comprobarlo.» En Henri negándose a explicar el chantaje.

En Renard temiendo una injusticia cuando quizá había tolerado otras durante años.

—Escucho una pregunta —dijo al fin.

—¿Cuál?

Delacroix miró la pizarra.

—Por qué todos quieren que miremos la bola que mató a Marceau, y nadie parece interesado en la bola que lo puso en su camino.