Capítulo 7 — La bola culpable #2
—A veces una sola frase basta —dijo Delacroix—. El problema es saber para qué.
Henri fue llevado a una habitación cercana, acompañado por Paul. Al salir, se cruzó con Lucien Morel, que aguardaba en el pasillo. Los dos se miraron. Lucien pareció querer decir algo, pero Henri siguió de largo.
El joven entró después.
Lucien llevaba todavía la ropa de juego.
Tenía la cara pálida y una expresión desordenada, como si la muerte de Marceau le hubiera roto más cosas de las que sabía nombrar.
Se sentó frente a Marchand y respondió a las primeras preguntas con corrección: había visto el golpe de Marceau, había esperado con los demás, había oído la campana, había visto golpear a Henri, había escuchado el grito.
—¿Vio quién tocó la campana? —preguntó Marchand.
—No.
—¿Dónde estaba usted?
—A un lado de la salida. No exactamente detrás de Henri. Quería ver la trayectoria.
—¿Vio a monsieur Renard?
—Sí. Estaba más cerca de los espectadores.
—¿Al doctor Savary?
—Bajo un árbol.
—¿A madame Marceau?
—Más arriba. Con madame Vasseur.
—¿A Baptiste Marin?
—Bajó con Adrien.
—¿Y después?
Lucien apretó los labios.
—Después no lo vi hasta que oímos el grito.
Delacroix intervino.
—Usted dijo antes que era imposible que Marceau muriera así.
Lucien lo miró.
—No sé por qué lo dije.
—Yo creo que sí.
—Me refería a que parecía… imposible. Adrien siempre tenía el control.
—Nadie controla el azar.
—Él lo intentaba.
—¿Lo admiraba?
Lucien tardó.
—Sí.
—¿Por qué?
El joven pareció sorprendido por la pregunta.
—Era el mejor.
—Eso es una medida de habilidad, no una razón moral.
—No todo tiene que ser moral.
—En mi experiencia, casi todo acaba siéndolo.
Lucien miró hacia la ventana. Desde allí se veía una franja del campo, verde y tranquila, insultantemente ajena a la sala.
—Adrien me ayudó cuando llegué al club. Me presentó a gente. Me dio consejos. Habló bien de mí.
—¿Y después?
La mandíbula del joven se tensó.
—Después esperaba gratitud.
—Una moneda que algunos hombres cobran con intereses.
Lucien no respondió.
—¿Lo chantajeaba?
—No.
La respuesta fue rápida. Demasiado.
Delacroix no insistió. Había mentiras que convenía dejar respirar antes de atraparlas.
—¿Qué pensaba de Henri Delaunay? —preguntó Marchand.
—Que quería ganar.
—Eso no lo distingue del resto.
—Henri quería ganarle a Adrien. No es lo mismo.
—¿Lo creía capaz de matarlo?
Lucien negó.
—No así.
—¿Por qué todos añaden esa precisión? —preguntó Delacroix.
—¿Cuál?
—No así.
Lucien bajó la mirada.
—Porque odiar a Adrien era fácil. Pero matarlo… —tragó saliva—. Matarlo de esa manera, usando la campana, el hoyo, una bola de otro… eso no parece rabia. Parece cálculo.
Marchand miró a Delacroix. Delacroix no apartó los ojos de Lucien.
—Una observación interesante para un joven conmocionado.
Lucien se ruborizó.
—Solo digo lo que pienso.
—Eso espero. Sería triste que a su edad ya dijera únicamente lo que conviene.
El interrogatorio terminó sin mucho más. Lucien salió, dejando tras de sí una impresión incómoda: la de un joven que había perdido a un ídolo y quizá empezaba a alegrarse de no tener que seguir adorándolo.
El siguiente fue Baptiste Marin.
Entró solo.
Renard había intentado acompañarlo, con el pretexto de «asistir al personal del club», pero Marchand se lo prohibió con una mirada.
Baptiste no protestó. Tomó asiento frente al brigadier.
Llevaba la chaqueta sencilla de empleado, limpia, sin la mancha de barro que Delacroix recordaba de la noche anterior.
Sus manos estaban juntas sobre las rodillas.
Eran manos fuertes, tostadas por el sol, con pequeñas grietas en los nudillos.
Manos de hombre acostumbrado a trabajar para gente que hablaba del esfuerzo como una virtud decorativa.
—Monsieur Marin —empezó Marchand—, usted estaba con la víctima cuando sonó la campana.
—Sí.
—Repita lo ocurrido.
Baptiste lo hizo con precisión. Demasiada, quizá.
Marceau había golpeado hacia la derecha.
Habían bajado. Buscaron la bola. La encontraron.
Marceau quiso estudiar la línea. Baptiste miró hacia el green.
Sonó la campana. Marceau se volvió, sorprendido.
La bola de Henri llegó casi de inmediato. El golpe. La caída. El grito.
—¿Quién tocó la campana?
—No lo sé.
—¿Pudo tocarla monsieur Marceau?
—No.
—¿Pudo tocarla usted?
Baptiste sostuvo la mirada de Marchand.
—No.
—¿Por qué debemos creerlo?
—No deben.
La respuesta dejó un silencio breve.
Marchand frunció el ceño.
—Explíquese.
—Usted me pregunta si deben creerme. No. Deben comprobarlo.
Delacroix sintió un interés nuevo. Aquella no era la respuesta de un hombre servil. Tampoco la de un hombre asustado de cualquier modo.
—¿Dónde estaba exactamente cuando sonó? —preguntó.
Baptiste volvió la cabeza hacia él.
—A unos pasos de monsieur Marceau.
—Ya lo dijo. Necesito más.
—Él estaba mirando hacia la loma. Yo estaba algo más abajo, hacia la derecha.
—¿Cerca de la bola?
—Sí.
—¿De qué bola?
Baptiste parpadeó.
—De la suya.
—¿De la bola de monsieur Marceau?
—Sí.
—Según usted, la bola estaba lejos del lugar donde cayó muerto.
—No muy lejos.
—Lo suficiente para que me interese.
Baptiste bajó la mirada a sus manos.
—Adrien se movió.
—¿Por qué?
—Quería ver la línea.
—¿Desde un punto que lo colocaba en la trayectoria del golpe de monsieur Delaunay?
—No lo sabía.
—Usted conoce ese hoyo mejor que nadie.
—Conocer un hoyo no significa saber dónde caerá cada bola.
—No. Pero significa saber dónde no debería quedarse un hombre cuando la campana acaba de sonar.
Por primera vez, Baptiste perdió algo de color.
Marchand intervino:
—¿Le advirtió que se apartara?
—No tuve tiempo.
—¿Cuánto pasó entre la campana y el impacto?
—Segundos.
—¿Cuántos?
—No sé. Cuatro. Cinco. Tal vez menos.
—¿No gritó antes?
—No.
—¿Por qué?
La pregunta fue simple. La respuesta no.
Baptiste cerró las manos.
—Porque no entendí lo que ocurría hasta que ocurrió.
Delacroix observó su rostro. No había en él teatralidad. Pero la ausencia de teatro no garantizaba nada. Algunos culpables tenían la sabiduría de no interpretar ningún papel.
—¿Quería a monsieur Marceau? —preguntó Delacroix.
Marchand lo miró de reojo. Baptiste también.
—Era mi jugador.
—No le he preguntado por su ocupación.
—No.
—¿Entonces?
Baptiste permaneció inmóvil.
—No.
La palabra fue baja, sin rabia.
—¿Lo odiaba?
—Mucha gente odiaba a monsieur Marceau.
—Otra respuesta que no responde.
Baptiste alzó la vista.
—Sí.
Beaumont se movió en su sillón. Marchand dejó de escribir.
—¿Lo odiaba? —repitió Delacroix.
—Sí.
—¿Por qué seguía trabajando para él?
—Porque los pobres no siempre pueden permitirse el lujo de odiar desde lejos.
La frase no levantó la voz, pero sí cambió el aire de la sala.
Marchand se aclaró la garganta.
—¿Su odio tenía relación con la muerte de su hermana?
El silencio posterior fue distinto. Más antiguo.
Baptiste no miró a Marchand. Miró a Delacroix, como si supiera que la pregunta no había nacido del brigadier.
—Mi hermana no murió hoy.
—No —dijo Delacroix—. Pero quizá tampoco ha terminado de morir.
Baptiste se levantó.
—¿He terminado?
Marchand dudó.
—Por ahora.
—Entonces volveré a mi trabajo.
—No tiene trabajo al que volver —dijo Delacroix.
Baptiste lo miró. En sus ojos apareció por primera vez una emoción clara, pero no era dolor. Era una especie de cansancio feroz.
—Eso lo decide siempre alguien más, monsieur.
Salió de la sala.
Beaumont dejó escapar el aire lentamente.
—Dios mío.
—Dios está teniendo una mañana bastante citada para lo poco que ha intervenido —dijo Delacroix.
Marchand cerró la libreta.
—El caddie odia a la víctima, estaba con él cuando murió y no sabe quién tocó la campana. Delaunay tenía motivo, golpeó la bola y amenazó a la víctima. El secretario quiere que sea accidente. El médico también. La viuda no parece destrozada. Bonito club, Delacroix.
—Y todavía no hemos llegado a las cartas de madame Vasseur.
Marchand lo miró.
—¿Qué cartas?
—Exactamente.
Antes de continuar con las declaraciones, Delacroix pidió volver al hoyo diecisiete. Marchand aceptó de mala gana, aunque lo acompañó. Beaumont, agotado, prefirió quedarse en el salón. Renard protestó al verlos dirigirse de nuevo al campo.
—Brigadier, la prensa está haciendo preguntas. Los socios están inquietos. Madame Marceau necesita…
—Todos necesitan algo —dijo Marchand—. El muerto, por desgracia, ya no puede pedirlo.
Renard se quedó atrás.
El campo parecía más vacío en la tarde. Sin los espectadores, sin los jugadores, sin el murmullo de la competición, Valombre recuperaba una belleza falsa y silenciosa.
El hoyo diecisiete estaba acordonado. Un agente vigilaba la zona.
La bola de Henri había sido recogida como prueba después de marcar su posición.
El cuerpo ya no estaba, pero la hierba conservaba una mancha oscura donde la sangre había tocado el césped.
Delacroix caminó despacio.
No fue primero a la campana. Fue al lugar donde Baptiste había indicado que se encontraba la bola de Marceau. Allí, cerca de una ligera ondulación, la hierba estaba pisada. Había una pequeña marca circular, una depresión casi perfecta.
—Aquí descansó una bola —dijo Marchand.
—Eso parece.
—¿La de Marceau?
—Eso dice su caddie.
—¿Y lo duda?
—Dudo de todo lo que resulte útil demasiado pronto.
Delacroix se agachó. Cerca de la marca había una leve señal en la hierba, como si algo hubiera sido arrastrado o colocado con cuidado. No era una huella clara. No bastaría para acusar a nadie. Pero los crímenes, pensó, no siempre empiezan con pruebas. A veces empiezan con incomodidades.
—¿Dónde apareció la bola de Marceau? —preguntó.
Marchand consultó las notas.
—Según el agente, estaba allí.
Señaló un punto algo más visible, unos metros a la derecha, cerca de donde la había indicado Baptiste al principio.
Delacroix frunció apenas el ceño.
—No.
—¿No?