Capítulo 7 — La bola culpable
La noticia llegó al edificio principal antes que el cadáver.
Eso tenía algo de vulgar y, al mismo tiempo, de inevitable.
Las tragedias necesitan piernas; los rumores, en cambio, nacen ya corriendo.
Cuando Delacroix regresó al club junto al coronel Beaumont y el brigadier Marchand, Valombre había dejado de ser un escenario deportivo para convertirse en un teatro de murmullos.
Los socios se agrupaban en esquinas, junto a las ventanas, al pie de la escalera, en la entrada del salón.
Las damas hablaban en voz baja, los caballeros fingían serenidad con un empeño que los volvía más sospechosos, y los camareros circulaban con bandejas que nadie parecía desear y todos aceptaban por no saber qué hacer con las manos.
El aire olía a té, a madera encerada, a sudor contenido y a miedo educado.
En la pizarra de la clasificación, el nombre de Adrien Marceau seguía en primer lugar.
Nadie se había atrevido a borrarlo.
Delacroix se detuvo un instante ante ella.
Había algo obsceno en aquella tiza limpia, en aquel orden que sobrevivía al hombre al que pretendía medir.
Primero, Adrien Marceau. Segundo, Henri Delaunay.
Tercero, Lucien Morel. Los números seguían allí, intactos, como si la muerte fuera solo una interrupción administrativa del torneo.
—Deberían cubrirla —dijo Beaumont.
—¿La pizarra?
—Sí.
—No. Déjela. A veces los objetos tienen el mal gusto de decir la verdad sin proponérselo.
Beaumont lo miró sin entender del todo.
Delacroix no explicó. Henri Delaunay había quedado segundo en la pizarra y primero en todas las sospechas.
La bola que mató a Marceau era suya. El golpe lo había dado él.
La amenaza había sido pública. El motivo, si los rumores sobre sus deudas eran ciertos, no necesitaba demasiada imaginación.
Todo resultaba claro. Demasiado claro. Como esos retratos favorecedores en los que el pintor ha ocultado las arrugas con tanto entusiasmo que uno empieza a preguntarse por la enfermedad del modelo.
Octave Renard apareció desde el salón principal. Su rostro seguía compuesto, pero algo en la rigidez de su cuello revelaba que se estaba sosteniendo a sí mismo con pura disciplina.
—Brigadier Marchand —dijo—, he dispuesto la sala de lectura para que pueda tomar declaraciones. Es privada, cómoda y alejada de los socios.
—Perfecto —respondió Marchand—. Nadie abandona el club.
—Por supuesto.
—Nadie significa nadie.
Renard parpadeó.
—Entiendo la palabra, brigadier.
—Me alegra. A veces, en sitios tan elegantes, las palabras sencillas se cansan de trabajar.
Delacroix miró a Marchand con una simpatía renovada. El brigadier no era un hombre refinado, pero poseía esa clase de inteligencia práctica que no pide permiso a los muebles caros. Tenía poca paciencia para el teatro social y menos aún para quienes confundían la reputación con una prueba judicial.
—También necesitaremos una lista completa de jugadores, caddies, empleados y espectadores próximos al hoyo diecisiete —añadió Marchand.
—La tendrá en unos minutos.
—Y las tarjetas de puntuación.
Renard se tensó apenas.
—¿Todas?
—Todas.
—No veo qué relación…
—Entonces no mire. Tráigalas.
El secretario inclinó la cabeza con una obediencia amarga y se retiró.
Beaumont exhaló.
—Esto va a destruir el torneo.
—No, coronel —dijo Delacroix—. El torneo ya ha sido destruido. Esto solo determinará si además merece ser recordado con honestidad.
La sala de lectura había sido preparada con rapidez.
Era una estancia sobria, de paredes cubiertas por estanterías, sillones de cuero oscuro, una chimenea apagada y grandes cortinas color burdeos que filtraban la luz de la tarde.
En una mesa central habían colocado papel, tinta, agua, copas y un cenicero de plata.
Todo parecía dispuesto para una conversación civilizada, lo cual resultaba optimista.
Henri Delaunay fue el primero en declarar.
Entró acompañado por su caddie, Paul, y por el agente Lefèvre, que llevaba la libreta abierta con una gravedad casi juvenil.
Henri parecía haber envejecido varios años en menos de una hora.
Su ropa seguía impecable, pero él ya no.
Tenía los ojos hundidos, el rostro ceniciento y las manos demasiado quietas sobre las rodillas.
La quietud, en los hombres nerviosos, suele ser una forma desesperada de no romperse.
Marchand se sentó frente a él. Delacroix permaneció de pie, junto a una estantería. Beaumont, a petición del propio Henri, se quedó en un rincón como testigo conocido del club. Paul aguardaba cerca de la puerta, pálido, con la gorra entre las manos.
—Monsieur Delaunay —empezó Marchand—, necesito que relate exactamente lo ocurrido en el hoyo diecisiete.
Henri cerró los ojos un segundo.
—Adrien jugó primero.
—Monsieur Marceau.
Henri abrió los ojos.
—Sí. Monsieur Marceau. Golpeó hacia la zona ciega. La bola cayó a la derecha. Eso creímos todos. Bajó con Marin a buscarla. Yo esperé en la salida.
—¿Cuánto tiempo?
—No lo sé.
—Inténtelo.
—Dos minutos. Tres. Quizá más.
—¿Estaba impaciente?
Henri sonrió sin alegría.
—Estaba perdiendo la Copa Valombre, brigadier. La impaciencia era casi lo único que me quedaba.
—¿Oyó la campana?
—Sí.
—¿Una vez?
—Una.
—¿Quién más la oyó?
—Todos los que estaban allí.
—No le pregunto por todos. Le pregunto por usted.
—Yo la oí.
—¿Y entonces golpeó?
—Sí.
—¿Vio a monsieur Marceau en la zona?
Henri apretó las manos.
—No. Desde la salida no se ve.
—¿Imaginó que podía seguir allí?
—No. La campana significa que el paso está libre.
—¿Siempre?
—Sí.
—¿Siempre siempre?
Henri levantó la mirada, con una irritación cansada.
—Brigadier, si no confiáramos en esa señal, nadie jugaría el hoyo. Es precisamente para eso.
Delacroix intervino con suavidad.
—Las señales son tranquilizadoras porque ahorran la molestia de comprobar la verdad.
Henri lo miró.
—Yo no podía comprobarla.
—No he dicho que pudiera.
—Pero lo piensa.
—Pienso que alguien sí pudo.
Henri tragó saliva. Marchand anotó algo.
—Su bola estaba marcada con tres puntos azules —dijo el brigadier.
—Sí.
—¿Era la misma que golpeó?
—Sí.
—¿Está seguro?
—La coloqué yo mismo.
—¿Alguien pudo cambiarla antes del golpe?
—No.
—¿Su caddie?
Paul dio un respingo.
Henri negó con fuerza.
—No. Paul no hizo nada.
—No he dicho que hiciera nada malo. Pregunto si tocó la bola.
—No.
Marchand miró al muchacho.
—¿Confirma eso?
Paul asintió demasiado deprisa.
—Sí, brigadier. Monsieur Delaunay sacó la bola del bolsillo, la colocó y golpeó. Yo no la toqué.
—¿Vio la marca?
—Sí. Tres puntos azules.
—¿Estaba usted mirando cuando sonó la campana?
—Sí.
—¿Vio a alguien moverse cerca del poste?
—Desde arriba no se ve el poste completo. Se ve parte, pero no… no bien.
—¿Qué vio?
Paul se humedeció los labios.
—Nada. Solo oí la campana.
—¿Nada?
—Nada claro.
Delacroix observó al muchacho. Era joven para cargar con un desastre ajeno. Sus ojos no parecían mentir, pero sí elegir con cuidado dónde no mirar.
—Monsieur Paul —dijo—, antes de que monsieur Delaunay golpeara, ¿había alguien detrás de ustedes lo bastante cerca para oír sus comentarios?
—Había espectadores.
—¿Quiénes?
—El coronel Beaumont. Monsieur Morel estaba más a un lado. El doctor Savary creo que bajo un árbol. Monsieur Renard iba y venía. Algunos socios.
—¿Y monsieur Lenoir?
—El encargado del campo estaba más abajo.
—¿Cerca del sendero?
—Sí, monsieur.
—¿Cerca del camino que lleva al lago viejo?
Paul dudó.
—Quizá.
Marchand levantó la vista.
—¿Por qué importa el lago viejo?
—Todavía no importa —respondió Delacroix—. Está haciendo méritos.
Henri se inclinó hacia delante.
—Yo no toqué la campana.
—Nadie ha dicho que la tocara —dijo Marchand.
—Todos lo piensan.
—Todos piensan demasiadas cosas antes de comer.
—Brigadier, yo odiaba a Adrien. No voy a negarlo. Era un miserable. Disfrutaba haciendo daño. Me provocaba, me amenazaba, me… —se detuvo.
Delacroix alzó apenas la cabeza.
—¿Lo amenazaba con qué?
Henri cerró la boca.
Marchand esperó.
El silencio se instaló en la sala de lectura con comodidad. A Delacroix le gustaban los silencios cuando no eran decorativos. A veces trabajaban mejor que las preguntas.
—Con nada —dijo Henri al fin.
—Miente usted muy mal —dijo Delacroix.
Henri lo miró con rabia.
—No tiene derecho.
—No lo necesito. Me basta con oído.
Marchand apoyó los antebrazos en la mesa.
—Monsieur Delaunay, un hombre ha muerto por una bola que usted golpeó después de amenazarlo en público. Si Marceau lo chantajeaba por algo, es mejor decirlo ahora.
—No era chantaje.
—¿Entonces qué era?
Henri se levantó de golpe.
—¡Era humillación! ¿Le basta? Eso hacía.
Humillar. Buscar la grieta y meter el dedo hasta el hueso.
Conmigo, con Lucien, con Marin, con su propia esposa, con cualquiera que cometiera el error de necesitar algo.
Adrien no quería ganar torneos. Quería que los demás supiéramos que perdíamos incluso cuando no jugábamos.
La frase llenó la estancia.
Paul miraba al suelo. Beaumont había envejecido otro poco. Marchand dejó que Henri respirara.
Delacroix se apartó de la estantería.
—Eso es el carácter de la víctima. No el motivo del chantaje.
Henri se volvió hacia él.
—No voy a hablar de eso.
—Entonces otros hablarán por usted, y suelen hacerlo con menos simpatía.
—Que hablen.
—Lo harán.
Henri se sentó de nuevo, derrotado por algo distinto a la acusación. Marchand hizo una señal al agente Lefèvre para que anotara la negativa.
—Por ahora permanecerá en el club —dijo el brigadier—. No está detenido, pero no debe abandonar Valombre.
Henri soltó una risa hueca.
—¿Y adónde iba a ir? Mi bola acaba de matar a un hombre delante de medio mundo.
—Eso es lo que intentamos aclarar.
—No. Eso ya está claro.
Miró a Delacroix con una desesperación seca.
—Yo he esperado la campana. Esa es la única frase que tengo.