Capítulo 6 — Accidente de caballeros #2
Henri se llevó una mano a la frente. Paul, su caddie, seguía a su lado, pálido y tembloroso.
—Paul —dijo Delacroix.
El muchacho dio un respingo.
—Sí, monsieur.
—Usted estaba con monsieur Delaunay cuando sonó la campana.
—Sí.
—¿Quién más estaba cerca?
—Había espectadores detrás, monsieur Beaumont, otros socios… No sé. Yo miraba al campo.
—¿A la campana?
—A la loma. Esperaba la señal.
—¿Vio moverse a alguien abajo?
—No desde allí. No se ve bien.
—¿Oyó voces antes de la campana?
Paul cerró los ojos, intentando recordar.
—No. Quizá… no lo sé. Había murmullos detrás. El viento.
—¿Y después del golpe?
—Nada. Primero nada. Luego el grito.
—¿Reconoció la voz?
Paul miró a Baptiste.
—Creo que fue él.
Baptiste levantó la vista.
—Sí —dijo—. Fui yo.
Su confesión del grito produjo otro murmullo, absurdo pero inevitable. En una escena así, cualquier frase parecía sospechosa por el simple hecho de existir.
—¿Gritó al ver caer a monsieur Marceau? —preguntó Delacroix.
—Al verlo caer, sí.
—¿No antes?
—No.
—¿Vio la bola venir?
Baptiste apretó los labios.
—No lo suficiente.
—¿Pero la vio?
—Vi algo blanco. Oí el golpe. Adrien se volvió y cayó.
La primera vez que pronunció el nombre sin monsieur delante, varias cabezas se movieron casi imperceptiblemente. En Valombre, incluso el dolor tenía jerarquías gramaticales.
Renard lo notó también.
—Baptiste, recuerde dónde está.
Delacroix se volvió hacia él.
—No creo que el problema de esta mañana sea que un empleado haya omitido un tratamiento.
El secretario cerró la boca.
Savary se arrodilló otra vez junto al cuerpo.
—Hay que cubrirlo.
—Sí —dijo Élodie.
Fue una palabra simple. Casi dulce.
Un empleado trajo una manta ligera desde la caseta de descanso.
Delacroix permitió que cubrieran el rostro de Marceau después de observar una vez más la posición del cuerpo, la mano abierta, la pierna doblada, la gorra caída, la bola manchada, la bolsa de palos de Baptiste abandonada a poca distancia.
Había algo raro en aquella bolsa.
No supo qué, aún.
Quizá solo que Baptiste, hombre de una precisión casi ritual, la hubiera dejado caer de cualquier modo.
O quizá no de cualquier modo. La bolsa yacía en el suelo con la boca abierta hacia la derecha, como si se hubiera soltado del hombro bruscamente.
Algunos palos habían quedado medio fuera.
Un paño blanco asomaba de un bolsillo lateral.
También una libreta pequeña, de cubiertas oscuras.
Delacroix la miró, pero no la tocó.
Todavía.
A lo lejos se oyó el motor de un coche. Luego otro. La noticia ya había empezado a viajar hacia el edificio principal. En Valombre, una muerte era una tragedia; una muerte durante la Copa era además una información urgente.
Renard volvió a recuperar su papel.
—Hasta que llegue la gendarmería, todos los jugadores y testigos deberán permanecer en el club. Les ruego discreción. No queremos rumores innecesarios.
Madeleine Vasseur, que había guardado silencio hasta entonces, habló desde la loma.
—Los rumores son lo único que este club produce sin ayuda del jardinero.
Renard la miró con fastidio.
—Madame Vasseur, este no es momento para comentarios.
—Al contrario. Hay momentos que solo admiten comentarios, porque la verdad tarda bastante más.
Delacroix observó a Madeleine. Su rostro estaba pálido, pero su mirada no se apartaba de la manta que cubría a Adrien. Había dolor allí, sí, o algo cercano. Pero también otra cosa: alivio contenido, quizá. O miedo a sentir alivio.
—Madame Vasseur —dijo Delacroix—, ¿desde dónde observaba usted el golpe?
—Desde arriba, detrás de Élodie.
—¿Vio la campana?
—No.
—¿A monsieur Marin?
—Lo vi bajar con Adrien. Después, nada hasta el grito.
—¿A monsieur Renard?
Renard se tensó.
Madeleine lo miró.
—A monsieur Renard se le ve siempre. Es una de sus habilidades.
—¿Dónde estaba? —preguntó Delacroix.
—Cerca de los espectadores, creo. Dando órdenes. O preparándose para darlas.
—¿Y el doctor Savary?
—Bajo un árbol. Muy prudente. Los médicos saben protegerse del sol.
Savary hizo un gesto de impaciencia.
—Esto es ridículo.
—Casi todo lo es cuando se mira con suficiente atención —dijo Madeleine.
La llegada de dos agentes locales interrumpió la conversación.
Venían acompañados por el empleado enviado al teléfono.
El primero era un hombre de mediana edad, rostro cuadrado y bigote áspero; el segundo, más joven, llevaba una libreta y una expresión excesivamente seria.
Se presentaron como el brigadier Marchand y el agente Lefèvre.
Marchand miró la escena, el cadáver cubierto, los socios, la campana y luego a Delacroix, a quien reconoció con una mezcla de alivio y resignación.
—Monsieur Delacroix.
—Brigadier.
—Me dijeron que estaba usted aquí.
—Yo también lo lamento.
Marchand no sonrió, pero algo en su bigote pareció intentarlo.
—¿Qué tenemos?
Renard se apresuró.
—Un accidente terrible durante el torneo. Monsieur Adrien Marceau ha sido alcanzado por una bola lanzada desde la salida del hoyo diecisiete. La bola pertenece a monsieur Henri Delaunay. Todos oímos la campana antes del golpe.
Marchand miró a Delacroix.
—¿Y usted?
—Yo diría que tenemos un hombre muerto, una campana tocada por alguien desconocido y un club entero deseando que la primera palabra baste para explicar las otras dos.
El brigadier suspiró.
—Ya veo.
—Qué optimista. Yo apenas empiezo.
Marchand ordenó al agente Lefèvre que tomara nombres de todos los presentes.
Luego se acercó al cuerpo, habló con Savary, revisó la bola sin tocarla hasta que el médico se apartó, observó la trayectoria probable desde la loma y escuchó una breve explicación de Beaumont sobre el funcionamiento del hoyo.
Mientras tanto, Delacroix regresó a la campana.
Marchand se reunió con él unos minutos después.
—La bola de Delaunay pudo matarlo.
—Sin duda.
—Delaunay tenía motivo, según dicen.
—Los motivos abundan siempre en los clubes donde la gente cena junta.
—Amenazó a la víctima.
—Dos veces, en público. Lo cual lo convierte en sospechoso y en un idiota, no necesariamente en asesino.
Marchand miró la cuerda.
—¿Qué le interesa de esto?
—El barro.
—Hay barro en todas partes.
—No de ese color. No junto a esta campana.
Marchand se inclinó.
—¿Alguien pudo tocarla con el guante manchado?
—Eso parece.
—¿El caddie?
—¿Cuál?
—El de Marceau. Estaba abajo.
—También estaba abajo con la víctima cuando sonó la campana, si dice la verdad.
—¿Y si miente?
—Entonces miente con bastante valentía, porque pudo haber dicho que la tocó Marceau por error y todos habrían dormido mejor.
Marchand gruñó.
—No me gusta.
—A mí tampoco. Eso es lo que la vuelve prometedora.
El brigadier hizo una señal al agente para que protegiera la zona de la campana. Renard observó aquel gesto como si hubieran clavado una bandera enemiga en mitad de su jardín.
—Brigadier —dijo el secretario—, ¿es necesario tanto aparato? La prensa local está en el club. Si esto se interpreta mal…
—Un hombre ha muerto, monsieur Renard.
—Lo sé perfectamente.
—Entonces procure que parezca su principal preocupación.
Renard se quedó helado.
Delacroix sintió por Marchand una simpatía breve y bastante sincera.
Élodie fue acompañada finalmente al edificio principal por Madeleine Vasseur y una dama mayor.
No lloró al marcharse. Antes de subir la loma, se detuvo y miró una vez más el cuerpo cubierto.
Luego miró a Henri Delaunay. No con odio.
Eso habría sido más sencillo. Lo miró con una especie de curiosidad cansada, como si quisiera saber si aquel hombre era el final de su marido o solo el instrumento torpe de algo más.
Henri no soportó la mirada. Se volvió hacia Delacroix.
—No quería matarlo.
—Eso habrá que demostrarlo.
La frase fue dura, pero no cruel. Henri la recibió como un golpe merecido.
—¿Cree que lo hice?
—Creo que golpeó una bola después de oír una campana. De momento, eso es más de lo que me gustaría y menos de lo que otros desean.
—Él me estaba destruyendo.
—¿Con qué?
Henri cerró los ojos.
—No aquí.
—Naturalmente. Las confesiones desagradables prefieren las habitaciones cerradas.
Marchand hizo que Henri fuera acompañado al club, no detenido aún, pero sí separado de los demás. Paul fue con él. Lucien Morel permaneció unos segundos junto a la zona acordonada, incapaz de moverse. Delacroix se acercó.
—Monsieur Morel.
El joven pareció despertar.
—Era… era imposible.
—¿Qué cosa?
—Que muriera así.
—La muerte rara vez consulta la estética del momento.
—No, quiero decir… Adrien siempre parecía… no sé. Por encima.
—Nadie está por encima de una bola bien dirigida.
Lucien palideció aún más.
—No he querido decir…
—Lo sé. Usted admiraba a monsieur Marceau.
Lucien miró el cuerpo cubierto.
—Sí.
—¿Y lo quería?
La pregunta lo descolocó.
—No lo sé.
—Es una respuesta mucho más honesta que la mayoría.
Lucien tragó saliva.
—Adrien podía ser generoso.
—Podía.
—Y cruel.
—También.
—A veces era las dos cosas en la misma frase.
Delacroix asintió.
—Un talento muy común en los hombres que disfrutan teniendo discípulos.
Lucien bajó la mirada.
—Henri no habría hecho esto.
—¿Por qué está tan seguro?
—Porque quería ganarle. No matarlo.
—A veces la diferencia se vuelve confusa para los hombres desesperados.
—Henri es orgulloso. Pero no así.
—¿Y quién es así, monsieur Morel?
Lucien abrió la boca. Luego la cerró.
—No lo sé.
Pero miró hacia la campana.
No hacia Henri.
Delacroix guardó también ese gesto.
Poco a poco, la zona empezó a vaciarse. Los agentes protegieron el lugar.
El cuerpo sería trasladado después de que Marchand terminara las primeras observaciones.
Renard se marchó al club para contener a los socios, a la prensa y, probablemente, a sí mismo.
Savary fue con él tras protestar una vez más por la inutilidad de prolongar la escena.
Beaumont permaneció junto a Delacroix, más envejecido que por la mañana.
—No puede ser asesinato —dijo al fin.
No sonó convencido. Sonó suplicante.
—¿Por qué no?
—Porque fue a plena luz. Con todos mirando.
—La luz solo ayuda cuando la gente mira lo correcto.
—Pero nadie pudo acercarse a Adrien sin ser visto.
—Quizá no hacía falta acercarse a Adrien. Quizá bastaba con acercarse a la campana.
Beaumont siguió su mirada.
—Dios mío.
—Dios, si estaba mirando, tampoco avisó.
El coronel no tuvo fuerzas para reprenderlo.
Delacroix volvió una última vez a la zona donde Baptiste había dicho que estaba la bola de Adrien.
Se agachó. La hierba mostraba varias pisadas, demasiadas ya, pese a sus esfuerzos.
Pero había una pequeña marca que le llamó la atención: una depresión circular, leve, como el lugar donde una bola había descansado sobre el césped húmedo.
Estaba algo más lejos del cuerpo de lo que había supuesto.
Si Adrien había encontrado allí su bola, ¿por qué estaba tan cerca de la línea mortal?
Miró desde la marca hacia el cuerpo, luego hacia la salida, luego hacia la campana.
El crimen, si era un crimen, no había necesitado fuerza. Había necesitado geometría.
Y paciencia.
La palabra llegó sola, desagradable.
Paciencia.
A lo lejos, sobre la terraza, alguien cerró una puerta. El sonido fue pequeño, pero en el silencio del campo pareció una conclusión.
Delacroix se incorporó. La mañana seguía siendo hermosa. Los pinos seguían oliendo a resina. El césped seguía impecable salvo por las pisadas, la sangre y la bola que había convertido un torneo en una investigación.
Beaumont se acercó despacio.
—¿Qué hará ahora?
Delacroix miró el hoyo diecisiete, la loma, la campana, el sendero hacia el lago viejo.
—Lo único razonable.
—¿Avisar a París?
—No. Hacer exactamente lo contrario de lo que desea este club.
—¿Y qué desea este club?
Delacroix se volvió hacia el edificio principal, donde las ventanas brillaban bajo el sol como ojos cerrados.
—Que dejemos de mirar.