Capítulo 6 — Accidente de caballeros
Durante unos minutos, el Club de Golf de Valombre dejó de parecer un club.
No por completo, desde luego. Los lugares como Valombre tenían una resistencia admirable al desorden.
Incluso ante un cadáver, conservaban cierto empeño en mantener las formas.
Los socios no gritaban demasiado. Las damas se llevaban los pañuelos a la boca con movimientos casi coreografiados.
Los camareros permanecían a distancia, rígidos, como si nadie les hubiese enseñado el protocolo exacto para servir limonada junto a un hombre muerto.
Octave Renard daba órdenes en voz baja. El doctor Savary limpiaba sus gafas con una lentitud excesiva.
El coronel Beaumont miraba el cuerpo de Adrien Marceau con la expresión de quien acaba de descubrir que un paisaje querido escondía una grieta.
Pero, pese a todo, Valombre seguía allí: los zapatos blancos, los sombreros claros, el césped perfecto, la campana inmóvil, el sol generoso.
La muerte, pensó Delacroix, tenía peor gusto que los vivos. Llegaba sin preocuparse por el decorado.
—Necesito que todos retrocedan —dijo Renard.
Su voz intentaba sonar firme, aunque debajo asomaba algo más débil: pánico administrativo. No parecía horrorizado por el cadáver, o no solo por el cadáver. Parecía horrorizado por lo que el cadáver podía hacerle al club.
—Que nadie atraviese la zona del hoyo —insistió—. Gérard, coloque una cuerda. Paul, acompaña a monsieur Delaunay al edificio principal. Doctor Savary, ¿puede…?
—No puedo hacer nada por él —dijo el médico.
Fue una frase seca. Demasiado seca.
Élodie Marceau seguía de pie a pocos pasos de su marido.
Madeleine Vasseur permanecía junto a ella, sin tocarla ya.
La viuda miraba el cuerpo con una quietud que incomodaba más que cualquier llanto.
En su rostro no había escándalo. Había cansancio.
Y algo parecido a una pregunta antigua que por fin había recibido una respuesta insoportable.
Henri Delaunay no se movía.
Su caddie, Paul, le hablaba al oído, pero Henri parecía incapaz de entenderlo. Tenía los ojos clavados en la bola manchada de sangre, como si aquel pequeño objeto blanco contuviera toda su vida y acabara de traicionarlo.
—Monsieur Delaunay —dijo Delacroix.
Henri lo miró con esfuerzo.
—Yo no…
—No diga nada todavía.
—Pero es mi bola.
—Lo sé.
—La he golpeado yo.
—También lo sé.
—Entonces…
—Entonces conviene no añadir frases innecesarias a una situación que ya está haciendo bastante por perjudicarle.
Henri abrió la boca, pero no respondió. Había en él un terror primitivo, casi infantil.
No el terror de un asesino descubierto, o no exactamente.
Era el terror de un hombre que ha hecho algo irreversible sin haber querido hacerlo, y teme que la intención, esa pequeña delicadeza moral, no le importe a nadie.
Renard se acercó a Delacroix con el rostro tirante.
—He enviado a un empleado a llamar a la gendarmería desde el teléfono del club. También he pedido que preparen una sala para madame Marceau.
—Muy sensato.
—Le agradecería que permitiera al doctor retirar el cuerpo cuanto antes. Esta escena no debería permanecer así más de lo necesario.
—Curioso. Yo estaba pensando justo lo contrario.
Renard parpadeó.
—¿Perdón?
—Que esta escena debería permanecer exactamente así hasta que alguien competente pueda examinarla.
—Monsieur Delacroix, entiendo su… inclinación natural hacia ciertas interpretaciones, pero todo indica que estamos ante un accidente terrible.
—Todo es una palabra muy cómoda, monsieur Renard. Suele usarse cuando aún no hemos mirado lo suficiente.
—La campana sonó. Monsieur Delaunay esperó la señal. Golpeó. La bola alcanzó a monsieur Marceau. Es espantoso, pero no misterioso.
Delacroix miró la cuerda de la campana, el cuerpo, la loma, la franja de tierra rojiza cerca de los pinos.
—A veces lo espantoso se vuelve misterioso precisamente porque alguien insiste demasiado en lo contrario.
Renard se irguió.
—Este club no necesita un escándalo.
—Qué frase tan humana. Un hombre ha muerto, pero el club tiene necesidades.
El secretario se puso ligeramente rojo.
—No quería decir eso.
—Por supuesto que sí. Pero no se preocupe. La sinceridad involuntaria suele ser la más fiable.
Beaumont intervino antes de que Renard pudiera responder.
—Delacroix, quizá convenga esperar a la autoridad.
—Eso haremos, coronel. Esperar. Pero esperando bien.
Se inclinó de nuevo junto a la campana. No tocó la cuerda.
La mancha de barro rojizo seguía allí, cerca del nudo inferior, como una pequeña firma descuidada.
Delacroix observó también el poste: madera seca, algunas rozaduras, polvo, nada de barro alrededor.
El suelo bajo la campana no presentaba humedad suficiente para manchar una mano o un guante de aquella manera.
Un barro fuera de sitio no acusaba a nadie.
Pero acusaba a la versión cómoda.
—Gérard —llamó.
El encargado del campo se acercó con desgana. Era un hombre de unos cuarenta y tantos años, ancho de hombros, rostro curtido y manos de trabajador. Parecía más incómodo ante Renard que ante el cadáver, lo cual también era interesante.
—Monsieur.
—¿Esa tierra rojiza procede del lago viejo?
Gérard miró la cuerda. Luego miró a Renard. Luego volvió a mirar a Delacroix.
—Sí.
—¿Hay tierra igual aquí, junto a la campana?
—No mucha.
—¿No mucha o ninguna?
El encargado se rascó la nuca.
—Casi ninguna.
—Qué palabra tan obediente.
Renard hizo un gesto de impaciencia.
—La gente ha pasado por todo el campo esta mañana. Cualquiera puede traer barro en los zapatos.
—Desde luego —dijo Delacroix—. Aunque para manchar la cuerda de ese modo conviene tocarla con algo embarrado. Un zapato, por ejemplo, resulta menos práctico para tirar de una campana salvo en ciertos circos.
Beaumont disimuló una tos. Gérard bajó la mirada, quizá para esconder una sonrisa breve e inoportuna.
Renard no sonrió.
—Eso no prueba nada.
—No. Pero empieza a disgustar a la palabra accidente, y eso siempre es un comienzo.
El doctor Savary se acercó limpiándose las manos, aunque ya lo había hecho dos veces.
—Monsieur Delacroix, con todo respeto, la causa inmediata de la muerte es evidente. Impacto directo en la sien. La bola de monsieur Delaunay llegó con fuerza suficiente. No hay necesidad de complicar algo que, por desgracia, puede explicarse de manera sencilla.
—Doctor, cuando un médico habla de no complicar una muerte, suelo preguntarme a quién está tratando de curar.
Savary frunció el ceño.
—No entiendo la insinuación.
—No era una insinuación. Era una prevención.
—He visto accidentes deportivos antes.
—Imagino que sí.
—Y este lo parece.
—La gente también parece sana la víspera de morir.
El médico respiró hondo.
—¿Está sugiriendo que alguien asesinó a Adrien Marceau utilizando una bola de golf?
—Estoy sugiriendo que una bola de golf no decide por sí sola cuándo es seguro atravesar una loma.
Savary miró hacia la campana.
—Pudo haber sido una confusión.
—Las confusiones suelen tener padres. Me gustaría conocer a este.
Desde la parte alta de la depresión, Élodie Marceau habló por primera vez con cierta fuerza.
—¿Van a seguir hablando de Adrien como si fuese una pieza del campo?
Todos se volvieron hacia ella.
La viuda había descendido dos pasos más. Tenía la sombrilla cerrada ahora, apoyada contra el hombro como un arma elegante. Su voz no temblaba, pero algo en ella se había vuelto más áspero.
—Madame —dijo Renard de inmediato—, le ruego que me permita acompañarla al club. No debería permanecer aquí.
—No me diga dónde debo permanecer, monsieur Renard. Llevo años recibiendo instrucciones sobre lo que conviene hacer delante de los demás. Esta mañana he enviudado. Creo que eso me concede unos minutos de libertad.
Renard se quedó sin respuesta.
Delacroix la observó con atención. Élodie Marceau no lloraba porque quizá no podía, quizá no quería, quizá había agotado las lágrimas mucho antes de que su marido muriera.
El dolor adoptaba formas extrañas. La ausencia de llanto no significaba ausencia de herida.
A veces significaba que la herida ya llevaba demasiado tiempo abierta.
—Madame Marceau —dijo Delacroix—, ¿vio usted a alguien cerca de la campana antes de que sonara?
Élodie miró hacia el poste.
—No.
—¿Estaba observando el hoyo?
—Observaba a Adrien.
—¿Y qué vio?
Ella tardó unos segundos en responder.
—Que estaba enfadado.
Renard intervino:
—Adrien estaba jugando bajo presión. Es natural.
Élodie ni siquiera lo miró.
—No he dicho que estuviera nervioso. He dicho que estaba enfadado.
—¿Con quién? —preguntó Delacroix.
La viuda bajó la mirada hacia Baptiste, que permanecía cerca de la bolsa caída.
—Con el mundo, supongo. Adrien siempre encontraba una manera de culpar al mundo cuando el mundo no se inclinaba con suficiente rapidez.
Baptiste no levantó la cabeza.
Henri Delaunay soltó una risa rota, casi desagradable.
—Sí. Eso sabía hacerlo.
—Monsieur Delaunay —dijo Renard—, le ruego que se retire.
Henri lo miró como si acabara de recordar que Renard existía.
—¿Retirarme? ¿Adónde? ¿Al salón? ¿A esperar que todos decidan si soy un asesino entre el coñac y los canapés?
—Nadie ha dicho eso.
Henri señaló la bola con un gesto brusco.
—No hace falta.
Delacroix se acercó a él.
—¿Puede identificarla sin tocarla?
Henri tragó saliva.
—Sí.
—¿Cómo?
—Tiene mi marca. Tres puntos azules junto al número.
Delacroix se inclinó lo suficiente para mirar. En efecto, la bola tenía tres pequeños puntos azules, parcialmente manchados de sangre. Una marca personal, sencilla, inequívoca.
—¿Podría alguien haberla confundido con otra?
—No.
—¿Podría alguien haberla usado en su lugar?
Henri lo miró, desconcertado.
—¿Qué?
—La pregunta es clara.
—No. Yo la saqué de mi bolsillo. La coloqué yo mismo. La golpeé yo mismo.
—Bien.
—¿Bien? ¿Cómo puede ser bien?
—Porque cuando una verdad es mala, al menos conviene que sea precisa.