Muerte en el torneo (Los misterios de Armand Delacroix 12) Capítulo 5 — El Ciego #2
11%

Capítulo 5 — El Ciego #2

La bola salió alta, veloz, con un arco limpio que cruzó la luz como una promesa blanca. Superó la loma y desapareció en la zona ciega. Un murmullo recorrió a los espectadores.

—Demasiado a la derecha —dijo alguien.

—No tanto —respondió otro.

Baptiste siguió la trayectoria sin moverse.

Marceau bajó el palo.

—Vamos.

Él y Baptiste comenzaron a descender por el sendero hacia la depresión. Durante unos segundos fueron visibles: Marceau delante, erguido, casi impaciente; Baptiste detrás, cargando la bolsa. Luego la loma los tragó.

Henri Delaunay llegó a la salida.

Debía esperar.

Era la norma. Todos lo sabían. Nadie golpeaba en El Ciego hasta oír la campana. El grupo anterior debía despejar la zona o avisar de que ya no había peligro. La confianza, la cortesía, la tradición. Tres palabras que a Delacroix le habrían parecido magníficas en una lápida.

Delaunay se colocó a un lado, con el palo en la mano. No miraba al público. Miraba la loma.

Pasó un minuto.

Luego otro.

El sol calentaba la nuca de Delacroix. Beaumont se secó la frente con un pañuelo. Varios espectadores murmuraron. Desde la depresión no llegaba ninguna voz clara. Solo el rumor del viento bajo entre los pinos.

Henri dio un paso.

Su caddie le dijo algo en voz baja.

—Lo sé —respondió él, seco—. Espero.

Delacroix miró hacia Gérard Lenoir. El encargado estaba algo más abajo, junto al sendero lateral, hablando con uno de los empleados.

Renard se encontraba cerca de los espectadores, pendiente de que nadie invadiera el recorrido.

El doctor Savary observaba desde la sombra de un árbol, con una copa de agua en la mano.

Élodie Marceau se había acercado más de lo habitual, aún bajo su sombrilla.

Madeleine Vasseur estaba detrás de ella.

Entonces sonó la campana.

Una sola vez.

Clara, metálica, limpia.

El sonido cruzó el campo como una orden.

Henri Delaunay cerró los ojos un segundo. Quizá para concentrarse. Quizá para contener todo lo que llevaba dentro. Luego se colocó frente a la bola.

—Ahora —murmuró Beaumont.

Delacroix no dijo nada.

Había algo en aquel sonido que no le gustaba. No sabía qué. No todavía. Quizá había sonado demasiado pronto. Quizá demasiado sola. Quizá simplemente el mundo acababa de volverse lógico de una manera peligrosa.

Delaunay levantó el palo.

El golpe fue magnífico.

Incluso Delacroix, que no amaba aquel deporte ni sentía deseo alguno de reconciliarse con él, comprendió que había visto algo perfecto.

La bola salió con una violencia elegante, subió contra el azul del cielo, cruzó la loma y desapareció en la zona ciega siguiendo una línea limpia, poderosa, exacta.

Durante un instante, no ocurrió nada.

El silencio posterior pareció más grande que el golpe.

Luego llegó el grito.

No fue largo. No fue teatral. Fue peor. Un grito seco, roto, humano, que nació al otro lado de la loma y terminó de inmediato, como si alguien lo hubiera cortado con la mano.

Henri se quedó inmóvil.

Su caddie dio un paso atrás.

Beaumont palideció.

Delacroix ya caminaba.

Primero rápido. Luego más rápido. No corrió al principio porque correr, en él, siempre parecía una concesión excesiva al desorden.

Pero al llegar a la pendiente aceleró sin pensarlo.

Detrás de él venían Beaumont, Renard, varios jugadores, espectadores, el doctor Savary, empleados. Las voces se mezclaban.

—¿Qué ha sido?

—¿Quién ha gritado?

—¡Atrás, por favor!

—¡Que no pase nadie!

Delacroix descendió por la loma.

La depresión del hoyo diecisiete apareció de golpe ante sus ojos: césped brillante, sombra de pinos, una franja de tierra húmeda, la campana al costado, el sendero curvándose hacia el lago viejo.

Adrien Marceau estaba en el suelo.

Yacía de lado, con una pierna ligeramente doblada y una mano abierta sobre la hierba.

La gorra había caído a unos pasos. Su rostro, tan compuesto unas horas antes, había perdido toda superioridad.

Había sangre en la sien derecha, una cantidad brutalmente pequeña y brutalmente definitiva.

Cerca de su cabeza, sobre el césped, había una bola de golf manchada.

Baptiste Marin estaba arrodillado junto a él.

No lo tocaba.

Lo miraba.

La bolsa de palos había caído a su lado, abierta, con varios hierros asomando como instrumentos abandonados.

Baptiste levantó la vista cuando Delacroix se acercó.

Su rostro estaba pálido, pero no descompuesto.

Eso podía significar muchas cosas. Los inocentes no siempre saben comportarse como inocentes. Los culpables, a veces, tampoco.

El doctor Savary llegó resoplando y se abrió paso.

—Aparten. Aparten.

Se inclinó sobre Marceau. Le tomó el pulso, levantó un párpado, examinó la herida con una rapidez que mezclaba oficio y horror. La gente empezó a amontonarse al borde de la depresión.

—Atrás —dijo Delacroix, sin alzar demasiado la voz.

Renard repitió la orden con más autoridad.

—¡Atrás! ¡Todo el mundo atrás! ¡Nadie pise la zona!

Henri Delaunay apareció en la loma. Desde arriba vio el cuerpo, vio la bola, vio la sangre. Su cara se vació de color.

—No —dijo.

Nadie pareció oírlo.

Bajó unos pasos, torpe, como si las piernas hubieran dejado de obedecerle del todo.

—No. Yo he esperado.

Delacroix miró la bola manchada junto al cadáver.

Henri también la miró.

Su caddie Paul llegó detrás de él y se quedó rígido.

—Es mi bola —susurró Henri.

La frase recorrió a los presentes sin necesidad de repetirse. Algunos se apartaron un poco de él. Otros lo miraron con esa mezcla de espanto y satisfacción secreta que despierta un culpable cuando aparece demasiado pronto.

El doctor Savary se incorporó lentamente.

—Está muerto.

Élodie Marceau había llegado hasta la parte alta de la depresión. No bajó del todo. Sostenía la sombrilla con ambas manos. Durante un segundo, su rostro no mostró nada. Después cerró los ojos. Madeleine Vasseur se situó a su lado y le tocó el brazo, pero Élodie no pareció sentirlo.

Lucien Morel, blanco como el papel, miraba el cuerpo de Adrien con una expresión casi infantil, como si alguien hubiera cometido la grosería de matar a un dios delante de él.

Octave Renard recuperó la voz antes que los demás.

—Ha sido un accidente —dijo.

Nadie le respondió.

Quizá porque lo había dicho demasiado pronto.

Delacroix se volvió hacia él.

—¿Un accidente?

Renard tragó saliva.

—La campana sonó. Monsieur Delaunay golpeó. Adrien debía de seguir en la zona por algún motivo. Es… es terrible, pero…

—Pero cómodo —dijo Delacroix.

Renard lo miró.

—No entiendo.

—No, monsieur Renard. Todavía no.

Henri Delaunay bajó del todo. Se detuvo a varios metros del cuerpo, como si una frontera invisible le impidiera acercarse más.

—Yo he esperado la campana —repitió.

Su voz no tenía fuerza. No parecía una defensa. Parecía una oración aprendida después de que ya fuera inútil rezar.

—Todos la oímos —dijo Beaumont.

—Todos —confirmó alguien.

—La campana sonó —dijo Paul, el caddie de Henri—. Monsieur Delaunay no golpeó antes. Lo juro.

Delacroix miró a Baptiste.

—Monsieur Marin.

El caddie levantó lentamente la cabeza.

—¿Sí?

—¿Quién tocó la campana?

Baptiste tardó un segundo en responder.

—No lo sé.

—¿No lo sabe?

—No fui yo.

Un murmullo se extendió entre los presentes.

Renard dio un paso.

—Baptiste, piense bien lo que dice.

—No fui yo —repitió el caddie.

El doctor Savary se limpió las manos con un pañuelo, aunque no había tocado la sangre más de lo necesario.

—Quizá monsieur Marceau la tocó antes de volver hacia su bola. Quizá creyó haber despejado la zona y luego regresó por alguna razón.

—No —dijo Baptiste.

Todos lo miraron.

El caddie tragó saliva.

—Monsieur Marceau no la tocó.

—¿Cómo puede estar seguro? —preguntó Renard.

—Estaba conmigo.

Delacroix observó la escena. Marceau en el suelo. La bola de Henri cerca de la herida. Baptiste pálido, pero firme. Renard apresurado. Savary demasiado dispuesto a ordenar los hechos. Henri destruido por una culpa que aún no sabía si le pertenecía.

La campana colgaba a unos metros, inmóvil otra vez.

La cuerda descendía junto al poste.

Delacroix se acercó a ella sin tocarla. Se inclinó. En la parte baja, cerca del nudo, había una mancha oscura. Barro. No mucho. Una señal leve, irregular, casi absurda. Barro rojizo, húmedo, de ese que no abundaba en la zona seca del poste.

Miró el suelo bajo la campana. Estaba relativamente limpio. Pisado, sí, pero no embarrado.

Luego miró hacia el sendero que llevaba al lago viejo.

Allí, entre las sombras de los pinos, la tierra tenía otro color.

—Nadie toque nada —dijo.

Renard respiró hondo.

—Monsieur Delacroix, entiendo su reputación, pero esto puede ser una desgracia muy simple.

—Las desgracias simples rara vez se esfuerzan tanto en parecerlo.

—La policía deberá ocuparse.

—Desde luego. Hasta que llegue, este hoyo no es parte del campo. Es una escena de muerte.

La palabra muerte cayó con más peso que cadáver. Quizá porque hasta entonces todos habían intentado pensar en accidente, golpe, desgracia, tragedia deportiva. Muerte era menos elegante. Menos útil.

Élodie bajó por fin unos pasos. Madeleine intentó detenerla, pero ella apartó la mano con suavidad. Se acercó lo suficiente para ver el rostro de Adrien. No lloró. No gritó. Solo lo miró.

—Adrien —dijo.

No era una llamada. Era una comprobación.

Luego levantó la vista hacia Henri.

Él retrocedió medio paso.

—Madame… yo…

—No diga nada —dijo ella.

Su voz era tranquila. Demasiado tranquila.

Henri abrió la boca, pero no encontró ninguna frase que no lo hundiera más.

Delacroix se situó entre ambos sin hacerlo evidente.

—Monsieur Delaunay —dijo—, ¿está seguro de que esperó la señal?

Henri lo miró con ojos desorbitados.

—Sí.

—¿Oyó una campanada o más de una?

—Una. Una sola.

—¿Cuánto tiempo después de que monsieur Marceau bajara a la zona?

—No lo sé. Unos minutos. Los normales.

—¿Quién le indicó que podía golpear?

—La campana. Nadie más.

—¿Vio a alguien cerca de ella?

Henri negó.

—Desde arriba no se ve bien.

—Precisamente.

Delacroix se volvió hacia los demás.

—¿Alguien vio quién tocó la campana?

Silencio.

Los socios se miraron unos a otros. Los empleados bajaron la vista. Gérard Lenoir permanecía más apartado, junto al sendero, con el rostro tenso. Delacroix reparó en él.

—Monsieur Lenoir.

El encargado se sobresaltó apenas.

—Sí.

—Usted estaba cerca.

—No lo bastante.

—¿Vio algo?

Gérard miró a Renard antes de responder.

Fue un gesto mínimo.

Suficiente.

—Oí la campana, como todos —dijo.

—No le he preguntado qué oyó. Le he preguntado qué vio.

—Nada claro.

Renard intervino.

—Este no es el momento de interrogar al personal.

—Tiene razón —dijo Delacroix—. El mejor momento habría sido antes de que alguien muriera.

El secretario se quedó rígido.

El doctor Savary volvió a inclinarse sobre el cadáver.

—El impacto fue directo en la sien. Con esa fuerza, a esa distancia… pudo morir al instante. No creo que sufriera.

—Qué consuelo tan veloz —murmuró Madeleine desde la loma.

Savary la oyó, pero fingió no hacerlo.

Baptiste Marin seguía arrodillado cerca de la bolsa. Delacroix se acercó a él.

—Dígame exactamente qué ocurrió cuando bajaron.

Baptiste miró el cuerpo de Adrien antes de hablar.

—La bola había caído cerca de la derecha. Monsieur Marceau creyó verla. Bajamos. La buscamos unos momentos.

—¿La encontraron?

—Sí.

—¿Dónde?

Baptiste señaló una zona del césped, a varios metros del cadáver.

—Allí.

Delacroix siguió la dirección de su mano. La zona estaba algo pisada. No demasiado.

—¿Y luego?

—Monsieur Marceau quiso calcular el siguiente golpe. Yo miré hacia el green. Le dije que quizá convenía jugar corto.

—¿Y él?

—No respondió.

—¿Dónde estaba usted cuando sonó la campana?

Baptiste tragó saliva.

—A unos pasos de él.

—¿A cuántos?

—No lo sé.

—Procure saberlo.

—Cinco. Quizá seis.

—¿Vio la campana?

—No desde donde estaba.

—¿Vio quién podía tocarla?

—No.

—¿Y monsieur Marceau?

—Se volvió cuando sonó. Pareció sorprendido.

—¿Sorprendido?

—Sí.

—¿Y no se apartó?

Baptiste cerró los ojos un instante.

—Todo fue muy rápido.

Delacroix miró la posición del cuerpo. Luego la loma.

Luego la línea probable del golpe de Henri.

La bola había llegado con fuerza desde arriba, siguiendo una trayectoria que cualquier jugador competente quizá habría podido prever.

Pero para alcanzar a Marceau, Marceau tenía que haber estado allí.

Justo allí. En la franja exacta donde la línea del golpe se convertía en sentencia.

—¿Por qué estaba en ese punto? —preguntó.

Baptiste abrió los ojos.

—¿Monsieur?

—Si la bola de Adrien estaba allí —Delacroix señaló la zona indicada—, ¿por qué monsieur Marceau estaba aquí?

Baptiste no contestó de inmediato.

El silencio fue breve.

Pero Delacroix lo oyó.

—Se movió —dijo al fin el caddie—. Quiso mirar la línea desde otro ángulo.

—Naturalmente.

Renard se acercó, nervioso.

—Monsieur Delacroix, la familia debe ser atendida. La policía avisada. No creo que debamos convertir este momento en un espectáculo.

Delacroix miró alrededor: el cadáver, los socios, la viuda, el rival hundido, los empleados asustados, el sol impecable, el césped perfecto.

—Tiene razón —dijo—. El espectáculo empezó mucho antes de que yo llegara.

A lo lejos, desde la terraza, alguien lloraba. O fingía llorar. Era difícil saberlo a esa distancia. El campo entero parecía haber quedado suspendido en una luz inmóvil. Ninguna nube acudió a cubrir el sol. Ninguna sombra tuvo la delicadeza de alargarse lo suficiente.

Delacroix volvió junto a la cuerda de la campana.

Esta vez se inclinó más.

La mancha de barro rojizo estaba fresca.

No pertenecía allí.

Levantó la vista hacia el lago viejo, oculto parcialmente por los pinos. Luego miró a los presentes. Muchos zapatos claros. Muchos guantes blancos. Muchas manos limpias.

Demasiadas manos limpias.

Henri Delaunay seguía repitiendo en voz baja, quizá para sí mismo, quizá para todos:

—Yo he esperado la campana.

Delacroix contempló el cuerpo de Adrien Marceau.

El favorito.

El campeón casi inevitable.

El hombre que iba ganando.

Y pensó que, en efecto, Henri Delaunay había esperado la campana.

El problema era que alguien había decidido cuándo debía sonar.