Capítulo 5 — El Ciego
La última mañana de la Copa Valombre amaneció con una belleza casi insolente.
Había cielos que parecían prometer perdón.
A Delacroix siempre le habían resultado sospechosos.
Aquella mañana, el cielo sobre el club era de un azul limpio, profundo, sin una sola nube que hiciera el gesto misericordioso de ensuciarlo.
El sol caía sobre el campo desde temprano, encendiendo el rocío del césped, dorando los ventanales del edificio principal y dando a las copas de plata del salón un brillo anticipado de gloria.
Valombre parecía preparado para una celebración.
Eso, en opinión de Delacroix, era precisamente lo inquietante.
Desayunó poco. Té, una tostada, algo de fruta que no había solicitado y que observó con la cortesía distante que reservaba para las imposiciones saludables.
En el comedor, todos hablaban en voz baja.
No por respeto, sino por tensión. El torneo llegaba a su final con Adrien Marceau en cabeza y Henri Delaunay todavía lo bastante cerca para que la derrota no pudiera aceptarse con dignidad.
La esperanza, pensó Delacroix, era una de las formas más crueles de la tortura.
El coronel Beaumont apareció junto a él con paso animado, aunque sus ojos revelaban haber dormido menos de lo que su bigote pretendía.
—Hoy sí, Delacroix. Hoy termina todo.
—Empieza usted a repetir esa frase con una fe casi religiosa.
—Alguna vez tendré que acertar.
—Ese es también el método de algunos malos tiradores.
Beaumont se sentó frente a él y miró alrededor.
Adrien Marceau estaba de pie junto a la ventana, hablando con el doctor Savary.
Tenía el aire fresco y seguro de los hombres que esperan recibir lo que consideran suyo.
Élodie permanecía a unos metros, sola, con una taza de té entre las manos. No miraba a su marido. Miraba el campo.
Henri Delaunay no estaba en el comedor.
—¿Delaunay? —preguntó Delacroix.
—Ha desayunado antes. Salió a caminar.
—Los hombres al borde del desastre suelen descubrir de pronto afición por los paseos.
—Necesita serenarse.
—O encontrar un lugar donde odiar sin público.
Beaumont no respondió. En una mesa cercana, Lucien Morel removía el café con una concentración excesiva.
El joven había perdido casi todas sus opciones de ganar, pero conservaba bastante talento como para sufrir por ello.
Cada vez que Marceau hablaba, Lucien levantaba la vista.
La admiración, en él, empezaba a parecer menos luminosa que el día anterior.
Octave Renard entró en el comedor con la rigidez de un hombre que lleva dentro un reloj. Saludó a dos socios, corrigió la posición de una silla, habló con un camarero y se acercó a la mesa de Marceau. Le dijo algo en voz baja. Marceau sonrió.
—Por supuesto, Renard. Esta tarde la copa estará donde corresponde.
—Eso esperamos todos, monsieur.
—No todos.
Marceau volvió la cabeza hacia la ventana. Afuera, al pie de la escalinata, Henri Delaunay cruzaba el patio con su caddie. Iba vestido para jugar, con el rostro cerrado y los hombros tensos. No miró hacia el comedor.
Marceau lo observó como se observa a un animal herido que aún conserva dientes.
Delacroix dejó la taza sobre el plato.
—Nunca me han gustado los hombres que disfrutan demasiado antes de vencer.
—¿Y después? —preguntó Beaumont.
—Después suelen empeorar.
La salida del último tramo del torneo atrajo a todo el club.
Las damas ocuparon la terraza y algunos puntos de sombra junto al recorrido.
Los socios mayores bajaron al campo con bastones, prismáticos y opiniones ya preparadas.
Los camareros habían instalado mesas con bebidas cerca de la caseta de descanso.
Incluso los empleados que no estaban de servicio encontraban motivos para aparecer por los caminos laterales.
Valombre entero quería ver a Marceau levantar la copa o, mejor aún, ver si Delaunay conseguía impedirlo.
A la gente respetable le gustaba fingir que admiraba la excelencia. En realidad, casi siempre acudía con más entusiasmo a la posibilidad de una caída.
Delacroix caminó con Beaumont hasta una posición desde la que podían seguir los últimos hoyos.
El aire olía a hierba recién cortada y a calor temprano.
A lo lejos, el lago viejo devolvía destellos blancos.
La campana del diecisiete permanecía inmóvil, visible solo por momentos entre las pendientes y los pinos.
—El diecisiete puede decidirlo —dijo Beaumont.
—Todo el mundo parece desear que ocurra algo allí.
—Es el hoyo más difícil.
—No, coronel. Es el más teatral. No siempre es lo mismo.
El juego comenzó con una tensión fina, casi elegante.
Marceau golpeaba con su precisión habitual.
Su ventaja era corta, pero su actitud la hacía parecer inmensa.
Cada movimiento suyo parecía decir que la historia ya estaba escrita y que los demás solo tenían el privilegio de leerla en voz alta.
Baptiste Marin lo acompañaba con la bolsa al hombro, silencioso, impecable.
Le ofrecía palos, limpiaba las bolas, calculaba distancias.
Si Marceau estaba nervioso, no lo demostraba.
Si Baptiste lo estaba, lo escondía mejor.
Henri Delaunay jugaba de otra manera.
No con calma, no con alegría, pero sí con una concentración desesperada.
En el primer hoyo del día recuperó terreno.
En el siguiente perdió parte de lo ganado.
En el tercero ejecutó un golpe magnífico desde una posición difícil y arrancó una ovación breve, sorprendida.
Marceau aplaudió desde lejos, con esa cortesía exacta que podía ser peor que un insulto.
—Magnífico —dijo.
Delaunay no respondió.
La diferencia se redujo.
El público empezó a vibrar con una emoción que ya no tenía nada de discreta.
Los murmullos seguían a cada golpe como una segunda pelota invisible.
Lucien Morel, fuera ya de la pelea principal, jugaba con dignidad y demasiada sombra en los ojos.
El doctor Savary sudaba bajo su sombrero.
Octave Renard vigilaba no solo la competición, sino las reacciones, como si pudiera ordenar también los sentimientos de los presentes.
Élodie Marceau se mantenía cerca de la terraza, protegida por una sombrilla clara. Madeleine Vasseur estaba junto a ella. No hablaban mucho. De vez en cuando, una de las dos miraba hacia Adrien. Ninguna parecía estar viendo exactamente al mismo hombre.
En el hoyo catorce, Delaunay volvió a acercarse.
El golpe fue arriesgado, casi imprudente, pero perfecto. Su bola evitó un banco de arena por un margen mínimo y quedó en una posición espléndida. El aplauso fue sincero. Incluso Beaumont, a pesar de su preferencia visible por la estabilidad de los favoritos, se permitió una exclamación admirada.
Marceau permaneció quieto unos segundos.
Fue un detalle pequeño. Apenas una pausa. Pero Delacroix la vio.
Por primera vez desde su llegada a Valombre, Adrien Marceau no parecía dueño absoluto de la mañana.
Baptiste Marin le ofreció un palo.
—El viento ha cambiado, monsieur.
Marceau no lo miró.
—Ya lo sé.
—Quizá convenga jugar más corto.
—Quizá convenga que usted lleve la bolsa y yo el torneo.
Baptiste bajó la mano con el palo.
—Sí, monsieur.
Marceau eligió otro. Golpeó. La bola salió bien, aunque no tan bien como él habría querido. No fue un error grave. Solo un golpe humano. Pero en un hombre como Marceau, la humanidad tenía aspecto de grieta.
Henri Delaunay lo vio.
Y sonrió por primera vez en toda la mañana.
El hoyo quince mantuvo viva la diferencia. El dieciséis la redujo aún más. Delaunay ejecutó un golpe limpio, extraordinario, y Marceau necesitó una recuperación difícil para conservar una ventaja mínima. La Copa Valombre llegaba al diecisiete con Adrien todavía en cabeza, pero ya no invulnerable.
El campo entero pareció contener el aliento.
—Aquí estamos —dijo Beaumont.
No sonó alegre. Sonó preocupado.
Delacroix no contestó.
El grupo se desplazó hacia El Ciego. Los espectadores se distribuyeron en las zonas marcadas por cuerdas y pequeñas estacas.
Gérard Lenoir, el encargado del campo, estaba cerca de la loma, asegurándose de que nadie cruzara donde no debía.
Tenía la piel tostada, las manos grandes y una mirada de hombre acostumbrado a que la tierra dijera más verdad que sus dueños.
Renard apareció junto a él y le dio alguna instrucción. Gérard asintió, aunque no parecía satisfecho. Luego miró hacia la campana. Delacroix siguió su mirada.
La campana de bronce colgaba en su poste, al otro lado de la loma, sobre la zona ciega. La cuerda clara descendía inmóvil. A plena luz, parecía un objeto casi infantil. Una señal de cortesía. Una garantía de seguridad.
Delacroix no confiaba en los objetos que dependían demasiado de la buena voluntad humana.
Marceau llegó a la salida del diecisiete con Baptiste a su lado. Se quitó el guante, se secó la mano, volvió a ponérselo. Henri aguardaba unos pasos detrás, con la mirada fija en él. Su caddie Paul estaba pálido. Lucien Morel observaba desde un lateral, olvidado ya de su propio juego.
—Si Marceau juega seguro, gana —murmuró Beaumont.
—¿Y si no?
—Entonces Delaunay aún puede alcanzarlo.
Marceau pidió un palo. Baptiste se lo entregó después de una pausa muy breve.
—¿Duda, Marin? —preguntó Adrien.
—La línea es arriesgada, monsieur.
—Las líneas prudentes son para quienes necesitan pedir permiso al marcador.
—Como desee.
Marceau sonrió.
—Exactamente.
Se colocó frente a la bola.
El silencio fue creciendo alrededor. Incluso los pájaros parecieron retirarse con cierta educación.
Delacroix observó el cuerpo de Marceau: los pies, los hombros, la respiración, la inclinación del palo.
No entendía el golf como los socios de Valombre, pero entendía a los hombres bajo presión.
Y Adrien Marceau, por primera vez, estaba bajo presión.
Golpeó.