Capítulo 4 — El hombre que iba ganando #3
Ella miró hacia Adrien, que hablaba con Lucien Morel.
—Adrien necesita público. Incluso para ser cruel.
—Una necesidad fatigosa para quienes viven cerca.
Élodie sostuvo la sombrilla con ambas manos.
—No crea que lo conozco mejor por haberme casado con él.
—A veces el matrimonio no acerca. Solo encierra.
Ella lo miró entonces. Por primera vez desde que la conocía, algo en su expresión dejó de estar perfectamente colocado.
—Tenga cuidado con este club, monsieur Delacroix.
—¿Por qué?
Élodie volvió la vista hacia el campo.
—Porque aquí no gana necesariamente el mejor. Gana quien consigue que los demás acepten las reglas después de haberlas cambiado.
Antes de que Delacroix pudiera preguntar más, ella siguió caminando hacia la terraza.
Beaumont, que había oído la última frase, frunció el ceño.
—Élodie siempre ha sido algo dramática.
—Quizá. Aunque el dramatismo tiene mala fama porque suele aparecer antes que la verdad.
El hoyo dieciséis transcurrió con una tensión casi insoportable para los aficionados y bastante instructiva para Delacroix. Delaunay jugó con valentía y recuperó un golpe. La diferencia se redujo. El público revivió. Marceau mantuvo la sonrisa, pero esta vez su mandíbula se tensó.
El torneo llegaba al diecisiete con Marceau aún primero, pero no intocable.
Y eso lo cambió todo.
El grupo se dirigió hacia El Ciego. Los espectadores se distribuyeron por las zonas permitidas.
Renard supervisó con especial cuidado que nadie se acercara demasiado al recorrido.
Gérard Lenoir, el encargado del campo, permanecía cerca de los pinos, con las manos a la espalda y el gesto de quien conoce todos los defectos de la tierra pero no tiene autoridad para corregir los de los hombres.
Delacroix vio a Marceau detenerse junto a Baptiste antes de la salida. Hablaron en voz baja. Baptiste señaló el terreno, quizá explicando la línea del golpe. Marceau negó con la cabeza. Henri, que esperaba detrás, observaba desde cierta distancia.
—Aquí puede decidirse —dijo Beaumont.
—Eso dicen todos.
—Un buen golpe de Marceau lo dejaría prácticamente campeón.
—Y un error abriría la puerta.
—Exacto.
Delacroix miró la loma, la depresión invisible, la campana.
—Curioso lugar para dejar una puerta abierta.
Marceau se colocó ante la bola. El silencio fue creciendo. El viento se movió apenas entre los pinos. Baptiste permaneció a un lado, inmóvil. Adrien levantó el palo y golpeó.
La bola salió alta, limpia, con un leve efecto hacia la derecha. Desapareció más allá de la loma, en la zona ciega.
Hubo un murmullo. Algunos lo consideraron arriesgado. Otros, brillante. Baptiste siguió la trayectoria con los ojos.
Marceau sonrió.
—Vamos a verla.
Él y Baptiste bajaron por el sendero hacia la depresión. Durante unos segundos, sus figuras fueron visibles. Luego la loma los ocultó.
Henri Delaunay llegó a la salida y se quedó esperando la señal. Su caddie le ofreció agua, pero él negó. Tenía los ojos fijos en la loma.
—Debe esperar la campana —dijo Beaumont, casi para sí.
—Sí —respondió Delacroix.
La campana no sonó.
El público murmuraba en voz baja. El tiempo empezó a estirarse. Henri se pasó una mano por la nuca. Apretó el palo. Miró al juez del torneo, luego a su caddie, luego otra vez hacia la loma.
Nada.
Al cabo de unos minutos, Marceau y Baptiste reaparecieron desde la depresión.
La bola de Adrien había quedado en una posición jugable, según explicaron los entendidos.
Marceau completó el hoyo con un golpe sólido, no genial, pero suficiente.
Delaunay lanzó después de la señal correspondiente y jugó también bien, aunque no lo bastante para empatar.
No hubo accidente. No hubo grito. No hubo sangre.
Solo una demostración.
Delacroix, sin embargo, permaneció mirando la campana.
Había observado el procedimiento completo. La espera. La señal. El descenso. La zona oculta. Los tiempos. Las distancias. La confianza.
Y de pronto comprendió que el hoyo diecisiete no era peligroso porque alguien pudiera cometer un error.
Era peligroso porque todo el mundo estaba convencido de que nadie lo cometería a propósito.
Al terminar la jornada, Marceau seguía primero. Delaunay aún tenía una última posibilidad en el hoyo dieciocho, pero era débil, casi simbólica. Adrien lo sabía. Henri también. El club entero lo sabía, y por eso fingía con más fuerza que todo seguía abierto.
En la terraza, mientras los jugadores se preparaban para cerrar el día, Marceau pasó junto a Delacroix.
—Mañana levantaré la copa, monsieur.
—Todavía falta jugar.
—Las formalidades tienen su encanto.
—Sobre todo para quienes confunden el final con la consecuencia inevitable de sus deseos.
Marceau sonrió.
—El golf premia la precisión.
—A veces también castiga la soberbia.
—Solo en los jugadores mediocres.
Marceau se alejó.
Baptiste Marin lo siguió en silencio, cargando la bolsa.
Delacroix los vio alejarse hacia el último hoyo. El sol empezaba a caer, dorando el campo con una belleza demasiado generosa para ser justa. A lo lejos, la campana del diecisiete permanecía inmóvil, como si no tuviera nada que decir.
Beaumont se acercó.
—¿Qué piensa?
—Que este campo está diseñado para que los hombres confíen en señales que no ven.
—Eso es el golf.
Delacroix no apartó la mirada de la loma.
—No, coronel. Eso es casi todo lo demás.