Muerte en el torneo (Los misterios de Armand Delacroix 12) Capítulo 4 — El hombre que iba ganando #2
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Capítulo 4 — El hombre que iba ganando #2

—No se atormente, Lucien. La arena tiene algo pedagógico. Enseña humildad a quienes todavía pueden permitírsela.

Lucien apretó los labios.

—Aún no ha terminado.

—Por supuesto. Los jóvenes siempre creen que el futuro está obligado a compensarlos.

Marceau siguió caminando.

Lucien hundió la punta del palo en la arena con un gesto de rabia rápida. Después miró alrededor, consciente de que lo habían visto, y recompuso el rostro.

—Otro discípulo agradecido —murmuró Delacroix.

—Marceau ha hecho mucho por él —dijo Beaumont.

—Eso no impide que le cobre intereses.

A media mañana, la comitiva llegó a una zona desde la que podía verse, a lo lejos, la loma del hoyo diecisiete. Delacroix se detuvo unos segundos. La campana estaba allí, pequeña y brillante bajo el sol. El poste parecía inocente, casi decorativo. Una cuerda colgaba de él, inmóvil.

—Quiero verlo otra vez —dijo.

—¿El diecisiete?

—Sí.

—Todavía faltan varios hoyos.

—Precisamente. Antes de que todo el mundo tenga un motivo para mirarlo.

Beaumont accedió. Dejaron atrás al grupo principal y caminaron por un sendero lateral hasta la zona del hoyo diecisiete. El campo estaba casi vacío allí. Un empleado rastrillaba un banco de arena más abajo. Aves pequeñas picoteaban junto a los pinos. El aire olía a hierba caliente y tierra húmeda.

Delacroix subió hasta la salida del hoyo. Desde allí, tal como le habían explicado, no se veía la depresión completa. La loma ocultaba parte de la zona de caída. Un jugador que golpeara desde ese punto tendría que confiar en la campana para saber si el grupo anterior había despejado el paso.

—Explíqueme otra vez el procedimiento —pidió.

Beaumont apoyó el bastón en el suelo.

—El primer grupo lanza desde aquí. Baja hacia la zona ciega, juega su siguiente golpe y, cuando ya no hay peligro, alguien toca la campana. El grupo siguiente espera la señal. Así se evita que una bola alcance a alguien que todavía esté abajo.

—¿Alguien?

—Normalmente el caddie del jugador que va delante. O el propio jugador. A veces un empleado, si coincide por aquí.

—Es decir, no hay una persona fija.

—No suele hacer falta.

Delacroix miró la campana.

—Una frase muy popular antes de los desastres.

Bajó por la pendiente. Beaumont lo siguió con algo menos de elegancia.

Al llegar a la depresión, Delacroix observó el terreno desde abajo.

Había varias zonas donde un hombre podía quedar oculto desde la salida.

Un grupo de pinos ofrecía sombra. Cerca de la campana, el suelo era más seco.

Pero unos metros hacia el sendero del lago, la tierra se volvía más rojiza, húmeda, pegajosa.

Delacroix se agachó y tomó un poco entre los dedos.

—¿Esta tierra es común en todo el campo?

—No. Solo en las zonas próximas al lago viejo. El drenaje allí nunca fue perfecto.

—Interesante.

—¿Por qué?

—Todavía no lo sé.

Se acercó al poste de la campana. La cuerda era gruesa, clara, algo gastada por el uso. Delacroix la examinó sin tocarla al principio. Después tiró suavemente. La campana sonó una vez, limpia y metálica. Desde la salida, el sonido debía oírse con claridad.

—¿Puede sonar con el viento? —preguntó.

—No. Hay que tirar de la cuerda.

—¿Seguro?

—Completamente. La campana es pesada. A veces incluso hay que tirar con cierta fuerza.

Delacroix soltó la cuerda.

—Entonces, si suena, alguien ha querido que suene.

Beaumont lo miró con paciencia.

—Delacroix, parece usted decepcionado de que todavía no haya ocurrido nada.

—Al contrario. Estoy disfrutando de este breve intervalo en el que las cosas aún pueden limitarse a ser absurdas.

Subieron de nuevo. Desde arriba, la depresión parecía menos peligrosa. Esa era, precisamente, su trampa. El terreno ocultaba sin parecer oculto. Permitía confiar. Y Delacroix sabía que la confianza, en manos humanas, era un arma poco vigilada.

Cuando regresaron al grupo principal, Marceau acababa de aumentar su ventaja.

Henri había fallado un putt sencillo, o al menos eso explicaban varios socios con la crueldad técnica de quienes no tenían que ejecutarlo delante de nadie.

Delaunay estaba rojo de ira. Su caddie evitaba mirarlo.

Marceau se mantenía sereno, pero sus ojos brillaban con una satisfacción que no era deportiva. Era íntima.

En el hoyo diez, Delaunay recuperó un golpe.

En el once, Marceau volvió a distanciarse.

En el doce, Lucien Morel tuvo un momento brillante que arrancó aplausos cálidos.

Adrien lo felicitó con una sonrisa que habría parecido generosa si Delacroix no hubiese empezado a comprender la precisión con que aquel hombre administraba sus venenos.

Durante una pausa breve cerca de la caseta de descanso, los jugadores bebieron agua, limonada o algo más fuerte, según sus nervios y su sentido de la discreción.

La caseta estaba situada junto a un sendero bordeado de arbustos.

Tenía techo de madera, bancos, una mesa con bebidas y una vista parcial hacia el lago viejo, que brillaba a lo lejos bajo el sol.

Delacroix permaneció con Beaumont a cierta distancia.

Élodie Marceau había bajado desde la terraza y hablaba con su marido en voz baja.

Madeleine Vasseur se encontraba cerca, fingiendo interés por el paisaje.

Octave Renard daba instrucciones a un empleado.

El doctor Savary se abanicaba con su sombrero.

Henri Delaunay llegó unos minutos después. Se secó la frente con un pañuelo y tomó un vaso de limonada. Marceau lo observó.

—No se rinda todavía, Henri. Sería descortés privarme del placer de vencerlo despierto.

—No estoy de humor.

—Eso rara vez ha mejorado su juego.

Delaunay dejó el vaso.

—Te gusta demasiado oírte.

—Y a usted demasiado mentir.

La conversación alrededor se adelgazó. Élodie miró hacia otro lado. Madeleine cerró su sombrilla lentamente. Delacroix dio un paso, apenas uno, lo suficiente para oír mejor sin parecer indiscreto. La indiscreción, como tantas cosas útiles, resultaba más aceptable cuando se practicaba con elegancia.

—No sigas con eso —dijo Henri.

—¿Con qué? ¿Con la tarjeta? ¿Con la bola? ¿Con la pequeña idea de que un caballero desesperado puede permitirse pequeños arreglos?

Delaunay palideció.

—No tienes pruebas.

—Tengo memoria.

—Eso no es una prueba.

—En un club como este, basta con menos.

Marceau se inclinó hacia él y dijo algo más bajo. Delacroix solo alcanzó una palabra.

—Chantaje.

No supo si la había pronunciado Marceau o Delaunay. Quizá daba igual. La palabra quedó allí, suspendida entre ambos, más pesada que cualquier golpe.

Henri agarró a Marceau del brazo.

Baptiste Marin avanzó un paso, pero se detuvo. Octave Renard miró hacia ellos, alarmado. El doctor Savary dejó de abanicar el sombrero.

—Suéltame —dijo Marceau.

Delaunay obedeció, pero no retrocedió.

—Un día vas a hablar delante de la persona equivocada.

Marceau se arregló la manga con calma.

—Todos los cobardes sueñan con que llegue ese día.

Henri parecía a punto de responder, pero su caddie se acercó y le susurró algo. El jugador respiró hondo, tomó su palo y se alejó hacia la salida siguiente.

Marceau lo siguió con la mirada. Luego se volvió hacia Baptiste.

—El hierro cinco, Marin.

Baptiste lo miró apenas un instante.

—Quizá convenga el seis, monsieur. El viento ha cambiado.

Marceau sonrió, todavía irritado por el roce de Henri.

—No le he preguntado por el viento.

Baptiste sacó el hierro cinco y se lo entregó.

—No, monsieur.

—Procure recordarlo.

Delacroix observó el intercambio. La mano de Baptiste no temblaba, pero sus nudillos estaban blancos alrededor del palo antes de soltarlo.

El juego continuó.

A medida que avanzaba la tarde, la victoria de Marceau empezó a parecer inevitable.

No definitiva, pero sí inevitable en esa forma cruel en que algunas cosas aún necesitan cumplirse para terminar de humillar a quienes las esperan.

Delaunay seguía luchando, y eso mantenía vivo el drama.

Lucien Morel había perdido opciones reales, aunque conservaba la dignidad de un buen tercer puesto.

El público estaba encantado. Nada gusta tanto a la gente respetable como una rivalidad intensa siempre que parezca improbable que salpique sangre sobre la ropa.

Cuando los jugadores terminaron el hoyo quince, la clasificación era clara: Marceau seguía primero.

Delaunay podía alcanzarlo solo con una combinación de audacia propia y error ajeno.

El hoyo diecisiete, El Ciego, empezaba a adquirir una importancia casi teatral.

Varios socios comentaban que allí podía decidirse todo.

Otros recordaban golpes memorables, errores antiguos, victorias perdidas por exceso de prudencia.

Delacroix escuchaba, pero miraba otra cosa.

Miraba a Baptiste Marin.

El caddie caminaba detrás de Marceau con la bolsa al hombro.

Bajo el sol, su sombra quedaba pegada a la del campeón, alargándose y contrayéndose según el terreno.

Había algo incómodo en aquella imagen: el hombre admirado delante, el hombre invisible detrás, ambos unidos por la rutina y separados por todo lo demás.

—Ese caddie conoce cada metro del campo —dijo Delacroix.

—Ya se lo dije. Es excelente.

—Ser excelente al servicio de un hombre despreciable debe de ser una disciplina agotadora.

—Marceau no es despreciable.

Delacroix miró a Beaumont.

—Coronel, Marceau insulta a su esposa sin levantar la voz, humilla a sus rivales con buena sintaxis, trata a su caddie como un mueble útil y sonríe como si el mundo le debiera aplausos por tolerarlo. No sé si es despreciable, pero admitirá que está reuniendo méritos con entusiasmo.

Beaumont no encontró respuesta inmediata.

En el camino hacia el hoyo dieciséis, Élodie Marceau se cruzó con Delacroix. Iba sola, con una sombrilla clara y el rostro cuidadosamente tranquilo. Se detuvo junto a él.

—Monsieur Delacroix.

—Madame Marceau.

—Mi marido parece interesarle.

—Su marido parece interesado en interesar a todo el mundo.