Capítulo 4 — El hombre que iba ganando
A la mañana siguiente, el Club de Golf de Valombre despertó con una serenidad casi ofensiva.
El cielo estaba limpio, el aire tibio y el césped brillaba bajo el rocío con esa belleza insoportable de las cosas que no han tenido que pedir perdón por nada.
Desde la ventana de su habitación, Delacroix contempló el campo durante unos segundos y pensó que la naturaleza, cuando era corregida por jardineros bien pagados, podía llegar a parecer una mentira bastante convincente.
En la distancia, varios empleados preparaban la jornada decisiva.
Colocaban banderines, rastrillaban bancos de arena, revisaban caminos, limpiaban bancos, ajustaban carteles y retiraban del césped cualquier hoja que hubiese cometido la imprudencia de caer durante la noche.
Valombre se disponía a recibir una de las jornadas decisivas del torneo con la misma dignidad con que una familia aristocrática recibe a sus acreedores: sonriendo mucho y ocultando los temblores.
Delacroix se vistió sin prisa. Había aprendido que en ciertos lugares la puntualidad era menos importante que la impresión de no haber corrido jamás.
Eligió un traje gris claro, más adecuado al clima, aunque no necesariamente a su carácter, y bajó al comedor dispuesto a enfrentarse al aire puro con el estoicismo de un condenado culto.
El coronel Beaumont ya lo esperaba. Naturalmente.
—Magnífica mañana —dijo, con una taza de café en la mano y el rostro encendido por una alegría que a Delacroix le pareció casi atlética.
—No se precipite, coronel. La mañana acaba de empezar y todavía tiene margen para empeorar.
—Hoy se decide la Copa Valombre.
—Eso explica la expresión de varios comensales. Parecen hombres que van a asistir a una ejecución y temen que el verdugo sea pariente.
Beaumont siguió la mirada de Delacroix.
En el comedor había más silencio que el día anterior.
Los jugadores desayunaban con una concentración rígida.
Adrien Marceau ocupaba su mesa habitual, fresco, descansado, peligrosamente satisfecho.
Élodie estaba frente a él, vestida con una sobriedad impecable, tocando apenas una taza de té.
Henri Delaunay se hallaba junto a una ventana, solo, con el rostro pálido y el gesto de quien ha pasado la noche discutiendo con demonios poco elocuentes.
Lucien Morel desayunaba con otros dos jóvenes, pero no parecía escuchar a nadie.
Cada pocos segundos miraba hacia Marceau.
—Marceau va primero —dijo Beaumont—. Delaunay está a dos golpes. Todavía puede darle alcance si juega bien y Marceau comete algún error.
—¿Marceau comete errores?
—Pocos.
—Qué desagradable.
—Los campeones suelen serlo.
—No. Los campeones suelen ganar. Ser desagradable es una elección suplementaria.
Beaumont sonrió, aunque con menos fuerza que otras veces.
La cena de la noche anterior había dejado en el club una incomodidad difícil de perfumar.
Nadie hablaba abiertamente de la amenaza de Henri ni de las insinuaciones de Marceau, pero las frases parecían pasar cerca del tema y apartarse de inmediato, como caballos nerviosos ante un pozo.
Octave Renard entró en el comedor con una libreta en la mano.
No desayunaba, no bebía, no parecía respirar por gusto.
Supervisaba. Saludaba. Corregía. Habló con un camarero, luego con el doctor Savary, luego con un socio de edad avanzada que agitaba un periódico como si acabara de descubrir una traición nacional.
Renard lo calmó con dos frases y una reverencia exacta.
—Ese hombre no camina —dijo Delacroix—. Administra el suelo.
—Renard está bajo mucha presión.
—La reputación es una amante exigente.
—Para él, el club lo es todo.
—Eso no mejora la situación. Cuando un hombre convierte una institución en su alma, tarde o temprano empieza a sacrificar personas para conservar los muebles.
Beaumont dejó la taza en el plato.
—¿Sigue pensando en lo que dijo anoche Madeleine?
—Pienso en lo que no dijo. Suele ser más fiable.
—Los clubes antiguos tienen historias, Delacroix. No todas son crímenes.
—Desde luego. Algunas solo son vergüenzas con buena iluminación.
Terminado el desayuno, la actividad se trasladó al exterior.
Aquella jornada había atraído a más público.
Había carruajes y automóviles detenidos frente a la entrada, damas con sombreros claros, socios invitados, periodistas locales con libretas discretas y una cantidad notable de hombres que no jugaban pero opinaban con la autoridad de quienes habían fracasado muchas veces en privado.
La clasificación estaba escrita en una pizarra junto a la terraza.
Adrien Marceau figuraba primero.
Henri Delaunay, segundo.
Lucien Morel, tercero, a una distancia difícil pero no imposible.
Detrás, los demás nombres parecían ya parte del decorado.
Delacroix se detuvo ante la pizarra. La tiza blanca, ordenada y limpia, daba a la competición un aire matemático que contrastaba con la tensión humana que flotaba alrededor.
—El marcador tiene una cualidad cruel —dijo—. Finge que todo puede reducirse a números.
—En el golf, al final, los números mandan.
—Los números mandan en muchas cosas. Por eso conviene averiguar quién los escribe.
Beaumont lo miró.
—¿Sugiere que alguien manipula la clasificación?
—Sugiero que cada vez que un grupo de hombres respetables se reúne alrededor de una pizarra, alguien acaba teniendo la tentación de mover una cifra.
No muy lejos, Henri Delaunay se ajustaba los guantes. Su caddie, un joven llamado Paul, revisaba los palos con manos nerviosas. Henri parecía menos furioso que el día anterior, pero esa calma no tranquilizó a Delacroix. Algunas iras, cuando se enfrían, se vuelven más útiles.
Marceau apareció en la terraza poco después.
Recibió saludos y buenos deseos con una elegancia ligeramente condescendiente.
Baptiste Marin caminaba detrás de él, cargando la bolsa.
Delacroix notó que el caddie había limpiado su chaqueta; no quedaba rastro de la mancha de barro rojizo de la noche anterior.
Quizá no significaba nada.
El problema, pensó Delacroix, era que las cosas que no significan nada tienen una paciencia admirable. Esperan hasta encontrar contexto.
Antes de que los jugadores se dirigieran a la salida, Élodie Marceau se acercó a su marido. No le tocó el brazo. No le arregló el cuello. No hizo ninguno de esos gestos conyugales que suelen servir para anunciar propiedad o cariño. Se limitó a ponerse frente a él.
—Adrien.
—Élodie.
—Juega con cuidado.
Marceau sonrió.
—Qué frase tan matrimonial.
—No pretendía emocionarte.
—Lo has conseguido.
Ella sostuvo su mirada.
—Lo digo en serio.
—Siempre dices las cosas en serio. Es una de tus limitaciones.
Élodie no respondió. Marceau se inclinó apenas y le besó la mejilla. Fue un gesto limpio, correcto, público. En la cara de ella no se movió nada. Delacroix pensó que algunas personas recibían los besos como se recibe una carta con malas noticias: sin abrirla delante de nadie.
Marceau se alejó con Baptiste. Henri lo observó desde la salida. Lucien Morel hizo lo mismo desde un grupo de jóvenes. Octave Renard comprobó el reloj. El doctor Savary bebió algo que quizá fuera agua, aunque su expresión sugería una relación más compleja con el vaso.
La jornada empezó.
Los primeros hoyos confirmaron lo que todo el mundo temía y admiraba a la vez: Adrien Marceau estaba jugando de manera extraordinaria.
No era solo precisión. Era dominio. Caminaba por el campo con una tranquilidad que parecía ofender al terreno.
Elegía palos, calculaba distancias, golpeaba y avanzaba sin mostrar esfuerzo.
Su juego tenía algo de sentencia. La bola obedecía, el público aprobaba, el marcador se inclinaba.
Henri Delaunay resistía. Eso, quizá, era lo peor.
No se hundía. No fallaba lo suficiente para rendirse ni brillaba lo bastante para respirar.
Cada buen golpe suyo era respondido por uno mejor de Marceau.
Cada recuperación era anulada por una precisión más cruel.
La diferencia se mantenía, a veces se estrechaba, a veces volvía a abrirse, siempre lo suficiente para mantener viva la esperanza y convertirla en tortura.
Delacroix caminaba con Beaumont entre los espectadores.
El coronel estaba más silencioso que de costumbre.
La belleza del juego parecía entusiasmarlo, pero la tensión humana lo incomodaba.
Delacroix, en cambio, encontraba el juego menos aburrido ahora que empezaba a revelar su verdadera naturaleza: una forma prolongada de presión psicológica con zapatos caros.
En el hoyo cinco, Henri logró un golpe magnífico que dejó su bola muy cerca de la bandera. Hubo aplausos. Algunos incluso creyeron ver una grieta en la seguridad de Marceau.
Marceau se acercó a Baptiste y pidió un palo. Baptiste dudó.
—El viento viene cruzado, monsieur.
—Lo noto.
—Quizá convendría uno menos.
Marceau lo miró con una lentitud desagradable.
—¿Me aconseja prudencia?
—Le aconsejo distancia.
—Qué alivio. Durante un segundo pensé que empezaba a aconsejarme carácter.
Algunos oyeron la frase. Baptiste bajó la mirada. Marceau eligió el palo que quería, no el que el caddie sugería, y golpeó.
La bola salió perfecta.
Cayó aún más cerca que la de Henri.
Los aplausos fueron inevitables.
Marceau devolvió el palo a Baptiste.
—La distancia, Marin, a veces consiste en saber dónde está uno.
Baptiste limpió el palo con un paño.
—Sí, monsieur.
Delacroix observó las manos del caddie. Firmes. Demasiado firmes.
—Hay hombres que humillan como otros respiran —dijo.
Beaumont suspiró.
—Marceau siempre ha sido así en competición.
—Entonces la competición no lo transforma. Solo le da permiso.
En el hoyo siete, Lucien Morel cometió un error grave. Su bola cayó en un banco de arena y necesitó dos golpes para salir. El joven palideció. Marceau, que pasaba cerca, se detuvo lo justo.