Muerte en el torneo (Los misterios de Armand Delacroix 12) Capítulo 3 — La terraza de los hombres decentes #2
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Capítulo 3 — La terraza de los hombres decentes #2

Baptiste se retiró. Al pasar cerca de la mesa de Delacroix, su rostro permanecía cerrado, pero había una tensión dura en la mandíbula.

Delacroix notó también un detalle pequeño: en la manga de su chaqueta había una mancha seca de barro rojizo.

Muy leve. Casi nada. Una de esas cosas que solo importan cuando uno aún no sabe por qué podrían importar.

—Marceau no desperdicia ocasión de ser desagradable —dijo Beaumont, esta vez sin mucha defensa.

—Algunos hombres consideran la humillación una forma de higiene social. Les permite recordar a los demás dónde deben estar.

—Baptiste sabe manejarlo.

—No estoy seguro de que manejar a un déspota consista en sobrevivir a sus caprichos.

Beaumont miró a Delacroix con una leve preocupación.

—No convierta a Marceau en villano antes de tiempo.

—No lo hago. Solo observo que está extraordinariamente dotado para el papel.

La cena avanzó. Los platos se sucedieron con buena técnica y poca alegría. Pescado, ave, verduras delicadas, vinos servidos con solemnidad. A medida que oscurecía, las lámparas de la terraza se encendieron una a una. El club empezó a parecer un barco iluminado en medio de un mar negro de césped.

Madeleine Vasseur se acercó a la mesa de Delacroix durante una pausa entre platos. Beaumont se levantó para saludar a un conocido, dejándolos solos con una naturalidad quizás demasiado conveniente.

—Monsieur Delacroix —dijo ella—, ¿le molesta si me siento un momento?

—Solo si viene a defender el golf.

—No sería tan cruel.

Se sentó frente a él. De cerca, Madeleine resultaba menos frágil que desde lejos. Tenía el rostro fino, los ojos oscuros y una boca acostumbrada a sonreír sin entregar demasiado. Su luto ligero no parecía una expresión de dolor, sino una elección estética que le permitía no dar explicaciones.

—Me han dicho que no juega —comentó.

—He conservado algunas virtudes.

—Entonces observa.

—Es mi defecto menos saludable.

Madeleine miró hacia Marceau. Adrien reía en ese momento con Savary. Élodie, a su lado, parecía escuchar una conversación distinta.

—Valombre debe de parecerle encantador.

—Los lugares encantadores suelen tener demasiado interés en parecerlo.

—Es usted más desconfiado de lo que esperaba.

—Procuro no decepcionar a mi reputación.

Madeleine sostuvo la copa entre los dedos, sin beber.

—Este club vive de reputaciones. Las fabrica, las pule, las hereda. A veces incluso las entierra.

Delacroix la miró con atención.

—Qué verbo tan específico.

Ella sonrió.

—No haga caso. La noche vuelve dramática a la gente que ha bebido poco.

—Creí que era al revés.

—Beber mucho vuelve sincera a la gente vulgar. Los demás necesitamos menos ayuda.

Delacroix se permitió una sonrisa mínima.

—¿Y qué enterró Valombre, madame Vasseur?

Durante un instante, Madeleine pareció arrepentirse de haber hablado. Luego miró hacia el campo, ya casi invisible más allá de la luz de la terraza.

—Cosas que todos los clubes antiguos entierran. Deudas, amantes, accidentes, hijos no reconocidos, pequeñas cobardías con grandes apellidos.

—Ha empezado con deudas y ha terminado con accidentes.

—Los accidentes son muy útiles, monsieur Delacroix. Permiten que nadie tenga intención de nada.

Antes de que él pudiera formular otra pregunta, el doctor Savary apareció junto a la mesa con su copa en la mano.

—Madeleine, querida, Renard la busca. Algo sobre la mesa de los Beaumont.

—Qué tragedia doméstica.

—En Valombre, las tragedias domésticas también tienen protocolo.

Madeleine se levantó.

—Gracias por la conversación, monsieur Delacroix.

—Me ha dejado más preguntas que respuestas.

—Entonces ha sido una buena conversación.

Se alejó sin prisa. Savary ocupó su lugar sin pedir permiso. Tenía el rostro ligeramente enrojecido por el vino y una expresión cordial que Delacroix encontró demasiado trabajada.

—No permita que Madeleine le llene la cabeza de fantasmas —dijo el médico.

—¿Hay muchos en Valombre?

—Los mismos que en cualquier lugar con más de cincuenta años de historia.

—Eso no responde.

—Era mi intención.

Savary rio de su propia frase. Delacroix no lo acompañó.

—Me han dicho que es usted el médico del club.

—Desde hace veinte años.

—Entonces conoce bien a todos.

—Conocer a los socios de un club no es difícil. Lo difícil es no conocerlos demasiado.

—Una carga pesada para un médico.

—La medicina enseña discreción.

—También enseña a distinguir una herida accidental de una provocada.

La copa de Savary se detuvo a medio camino de sus labios. Fue un movimiento apenas perceptible, pero Delacroix lo vio.

—Por supuesto —dijo el médico—. Aunque esta noche, por fortuna, solo tenemos heridas de orgullo.

—Las más difíciles de suturar.

—Y las menos mortales.

—No siempre.

Savary bebió al fin. Luego miró hacia Delaunay.

—Henri necesita dormir. Está al borde de un colapso nervioso.

—¿Lo dice como médico o como socio del club?

—En Valombre uno aprende a ser ambas cosas a la vez.

—Qué peligroso.

El médico sonrió, pero esta vez la sonrisa no llegó a consolidarse.

—No se preocupe, monsieur Delacroix. Mañana terminará el torneo, Marceau ganará, Delaunay maldecirá su suerte y todos volveremos a hablar del tiempo.

—El tiempo es una conversación excelente para quienes no desean hablar del pasado.

Savary lo miró.

—¿Y por qué íbamos a hablar del pasado?

—No lo sé. Pero esta noche todo el mundo parece esforzarse mucho en no hacerlo.

El médico dejó la copa en la mesa.

—Disfrute de su estancia, monsieur Delacroix. Valombre puede ser un lugar muy agradable cuando uno no levanta demasiadas piedras.

—Nunca he entendido la utilidad de dejar piedras sin levantar.

—A veces debajo solo hay insectos.

—También los insectos tienen su interés.

Savary se levantó, todavía cordial, y regresó al grupo de Marceau.

Delacroix permaneció unos segundos en silencio.

La noche había ganado espesor. El campo ya no era verde, sino negro.

La terraza, en cambio, seguía iluminada con una belleza casi obscena: rostros tranquilos, copas llenas, trajes impecables, risas bajas.

Cuanto más perfecta parecía la escena, más clara resultaba la impresión de que algo, en algún lugar, se estaba pudriendo desde hacía tiempo.

Beaumont regresó poco después.

—Lo he dejado solo cinco minutos y ya parece estar interrogando a medio club.

—Ellos se acercan. Yo solo tengo la cortesía de escuchar.

—¿Y qué ha escuchado?

—Que Valombre tiene pasado, que nadie desea hablar de él y que el doctor Savary recomienda no levantar piedras.

—Savary habla demasiado cuando bebe.

—Un defecto muy útil en los demás.

En ese momento, una risa más alta que las otras cortó la terraza. Marceau acababa de levantarse de su mesa. Lucien Morel estaba junto a él, algo pálido. Marceau le había puesto una mano en el hombro con aparente camaradería.

—No se desanime, muchacho —decía—. Un tercer puesto honorable puede ser un buen comienzo para alguien que aún no sabe perder con elegancia.

Lucien forzó una sonrisa.

—Todavía no he perdido.

—Por supuesto. Esa clase de fe es encantadora a su edad.

Los socios rieron. Lucien bajó la cabeza. Élodie miró a su marido con una expresión difícil de leer. Madeleine, desde otra mesa, dejó de sonreír.

Henri Delaunay, que había permanecido apartado hasta entonces, apagó el cigarrillo y se acercó.

—¿También necesitas humillar a los chicos? —preguntó.

Marceau volvió lentamente la cabeza.

—Henri, querido, no sabía que la derrota te había vuelto protector.

—Déjalo en paz.

—Qué noble. Quizá mañana puedas dedicarle tu segundo puesto.

Algunos socios intentaron reír, pero la risa murió pronto. Delaunay estaba demasiado cerca. Marceau, sin embargo, no retrocedió.

—Mañana no vas a ganar —dijo Henri.

—Eso tendrás que demostrarlo con algo más que frases.

—Lo haré.

—¿Jugando? ¿O repitiendo pequeñas trampas?

La palabra cayó con una precisión venenosa.

Lucien Morel abrió mucho los ojos. El doctor Savary apartó la mirada. Octave Renard se acercó desde el otro extremo con paso rápido pero sin correr, porque en Valombre incluso las emergencias debían conservar cierta compostura.

Delaunay se puso blanco.

—Cállate.

—¿Por qué? ¿Temes que alguien revise lo que no debe?

—Cállate, Marceau.

—No olvide su lugar, Henri.

La frase era casi la misma que Delacroix había oído la tarde anterior dirigida a Baptiste Marin. Marceau parecía tener un vocabulario limitado para los hombres a los que quería poner de rodillas.

Delaunay agarró una copa de la mesa más cercana. Durante un segundo, Delacroix pensó que iba a lanzársela a la cara. Pero Henri se contuvo. Sus dedos temblaban alrededor del cristal.

—Antes muerto —dijo con voz baja—. Antes muerto que verte levantar esa copa.

—Ya lo dijiste ayer —respondió Marceau—. Empieza a parecerme falta de imaginación.

Renard llegó entre ambos.

—Caballeros, por favor. Hay damas presentes.

Élodie Marceau soltó una risa seca, mínima, casi inaudible. Delacroix fue de los pocos que la percibió.

—Qué tranquilizador —murmuró ella—. Durante un instante temí que solo hubiese hombres ridículos.

Marceau la miró con frialdad.

—Élodie.

—Adrien.

No dijo nada más. No le hizo falta.

El silencio se tensó con tanta fuerza que pareció volverse visible. Luego Marceau recuperó la sonrisa, dejó su servilleta sobre la mesa y se inclinó apenas ante los presentes.

—Les ruego que disculpen este pequeño exceso de pasión deportiva. Mañana, con suerte, la clasificación hablará por nosotros.

—La clasificación —dijo Delaunay— no lo dice todo.

—No. Pero suele decir lo bastante.

Marceau se alejó hacia el interior del club. Baptiste Marin, que había aparecido en la entrada de la terraza durante la discusión, se apartó para dejarlo pasar. Adrien se detuvo junto a él.

Delacroix estaba demasiado lejos para oír la primera frase, pero vio el gesto de Marceau: una inclinación leve, una palabra lanzada hacia abajo, una orden o una burla. Baptiste respondió en voz baja. Marceau se acercó un poco más y esta vez Delacroix sí oyó una parte.

—No olvide su lugar, Marin.

Baptiste bajó la mirada.

—No lo olvido, monsieur.

—Eso espero.

Marceau entró en el club.

Baptiste permaneció un instante en el umbral. La luz de la terraza le dejaba medio rostro iluminado y medio rostro en sombra. No había en él un gesto teatral, ni una amenaza, ni una emoción sencilla de nombrar. Solo una quietud terrible.

Luego desapareció tras su patrón.

Beaumont exhaló lentamente.

—Ha sido una cena movida.

—No, coronel —dijo Delacroix—. Ha sido una cena sincera. No es lo mismo.

La terraza intentó recomponerse. Los camareros retiraron copas, Renard distribuyó disculpas como quien reparte vendajes, las conversaciones volvieron poco a poco, aunque ya no consiguieron recuperar la ligereza anterior.

La noche seguía tibia, perfumada, hermosa.

Pero algo se había abierto bajo aquella belleza, una grieta estrecha por la que asomaba un olor antiguo.

Delacroix se levantó y caminó hasta la balaustrada.

El campo dormía bajo la oscuridad. A lo lejos, en alguna parte detrás de la loma, estaba el hoyo diecisiete. El Ciego. Un nombre que ahora le parecía menos deportivo y más profético.

Beaumont se situó a su lado.

—Mañana, cuando termine el torneo, todos estarán más tranquilos.

Delacroix observó el campo durante un largo momento.

—Quizá.

—¿No lo cree?

—Creo que hay lugares donde la tranquilidad no es paz, coronel. Es solo una capa de barniz.

Desde el interior del club llegó una risa de Marceau, breve, segura, intolerablemente viva.

Delacroix no volvió la cabeza.

—Y aquí —añadió— alguien lleva demasiado tiempo puliendo la misma mancha.