Capítulo 3 — La terraza de los hombres decentes
Aquella noche, la cena se sirvió en la terraza principal del club.
No había necesidad real de cenar al aire libre, salvo que en Valombre parecía existir la convicción de que todo lo que se hacía bajo las estrellas adquiría una nobleza automática.
Las mesas habían sido dispuestas con una simetría casi militar.
Manteles blancos, copas brillantes, flores discretas, candelabros bajos y camareros que se movían con una suavidad tan exacta que parecían pedir perdón por tener cuerpo.
Delacroix habría preferido el comedor interior, donde al menos las paredes daban cierta impresión de defensa. Pero el coronel Beaumont insistió en que la terraza era el corazón del club durante la Copa Valombre.
—No hay mejor lugar para conocer a todo el mundo —dijo.
—Esa frase rara vez anuncia una velada feliz.
—Se lo prometo, Delacroix, esta noche no tendrá que investigar nada.
—Qué confianza tan conmovedora en la humanidad.
Beaumont sonrió y lo condujo hasta una mesa situada cerca de la balaustrada.
Desde allí se veía el campo extendido en la penumbra, con las lomas convertidas en sombras suaves y los últimos reflejos del día atrapados en los pequeños lagos.
A lo lejos, el hoyo diecisiete ya no parecía una pieza del campo, sino una mancha oscura entre los pinos.
La campana no se distinguía desde la terraza, pero Delacroix recordó su sonido con una nitidez desagradable.
La noche era tibia. Había perfume de flores, humo de tabaco, carne asada, vino blanco y conversación educada. El club entero parecía entregado a esa clase de alegría contenida que practican los grupos humanos cuando todos conocen algún secreto y nadie quiere ser el primero en mencionarlo.
—Allí tiene a nuestros finalistas morales —dijo Beaumont, señalando con la barbilla.
Adrien Marceau acababa de aparecer en la terraza con Élodie a su lado.
Él vestía esmoquin blanco, impecable, ligeramente teatral.
Ella llevaba un vestido verde oscuro que la hacía parecer aún más pálida, o quizá más distante.
Caminaban juntos sin tocarse. Marceau saludaba a derecha e izquierda con soltura.
Élodie sonreía cuando la situación lo exigía, pero su sonrisa parecía no llegar nunca a ninguna parte.
—Una pareja hermosa —comentó Beaumont.
—Las vitrinas también suelen serlo.
—No sea cruel tan pronto. Aún no han servido el primer plato.
—Es solo prudencia. Prefiero no cenar con ilusiones.
Marceau se detuvo junto a una mesa de socios veteranos.
Aceptó felicitaciones por su juego, respondió bromas, prometió no confiarse y recibió una copa de champán.
Todo en él parecía medido para no resultar excesivo.
Era encantador sin parecer necesitado de encanto.
Humilde sin ceder un solo centímetro de superioridad.
Delacroix había conocido hombres así en salones, juzgados y funerales.
La diferencia entre unos y otros solía estar en la cantidad de testigos.
Élodie se apartó unos pasos y quedó junto a una jardinera de piedra.
Madeleine Vasseur se acercó a ella con una copa en la mano.
Las dos mujeres se saludaron con un beso leve en la mejilla.
Vistas desde lejos, podían parecer amigas.
Vistas con atención, parecían dos países que han firmado la paz solo porque ninguno puede permitirse otra guerra.
—Madame Vasseur fue muy cercana a Marceau —dijo Beaumont, bajando la voz.
—¿Muy cercana es una medida social o anatómica?
El coronel tosió para esconder una risa.
—Digamos que antes de que él se casara, Madeleine ocupaba un lugar importante.
—Y después de casarse, imagino, ocupó un lugar inconveniente.
—No me consta.
—Eso significa que sí.
Beaumont bebió un sorbo de vino.
—En Valombre se procura no hablar de ciertas cosas.
—Entonces deben de hablar muchísimo de ellas.
Al otro lado de la terraza, Henri Delaunay estaba solo.
Había elegido una mesa pequeña cerca de una columna, como si quisiera participar lo justo para no ser acusado de esconderse.
Vestía de oscuro, en contraste con la claridad general.
Tenía una copa frente a él y no parecía haber tocado el pan.
Su caddie no estaba presente, ni tampoco ningún amigo visible.
La derrota, incluso cuando aún no se ha consumado, posee una capacidad extraordinaria para adelgazar las compañías.
Lucien Morel, en cambio, se movía entre los socios jóvenes con una mezcla de entusiasmo y ansiedad. Reía demasiado rápido, asentía demasiado, buscaba con frecuencia la mirada de Marceau. Cuando Marceau lo vio, le hizo un gesto para que se acercara. Lucien acudió casi de inmediato.
—Morel parece un perro al que su dueño acaba de permitirle entrar en la casa —dijo Delacroix.
—Es un muchacho prometedor.
—Eso no contradice mi observación.
—Admira a Marceau.
—La admiración es una enfermedad muy común en los jóvenes inteligentes.
—¿Y cuál es el remedio?
—Conocer mejor al admirado.
Beaumont no respondió. Quizá porque en ese momento Octave Renard se acercaba a la mesa, impecable como una mala noticia escrita con buena caligrafía.
—Coronel Beaumont. Monsieur Delacroix. Espero que la velada esté siendo de su agrado.
—Mucho —dijo Beaumont.
—Estoy reuniendo argumentos —dijo Delacroix.
Renard sonrió con profesionalidad.
Era un hombre de unos cincuenta años, delgado, de cabello oscuro peinado hacia atrás y bigote preciso.
Su traje negro parecía no arrugarse por una especie de disciplina interior.
Tenía manos largas, cuidadas, y una mirada que se detenía un instante en cada detalle: una copa fuera de sitio, una servilleta mal doblada, una conversación demasiado alta.
No parecía disfrutar del club; parecía administrarlo como se administra un secreto.
—Confío en que el torneo le resulte interesante —dijo.
—Hasta ahora me resulta instructivo.
—El golf revela mucho del carácter.
—Eso empiezo a temer.
Renard aceptó la frase con una inclinación mínima de cabeza.
—Mañana será una jornada memorable. Monsieur Marceau y monsieur Delaunay nos ofrecen una rivalidad magnífica.
—La palabra magnífica está haciendo un trabajo muy generoso esta noche.
—La tensión forma parte del deporte.
—También de ciertos crímenes.
La sonrisa de Renard permaneció en su sitio, pero sus ojos cambiaron apenas.
—Aquí preferimos hablar de competición.
—Por supuesto. La competición tiene mejor mantel.
Beaumont intervino con una risa suave.
—Delacroix se divierte provocando.
—No lo dudo —dijo Renard—. Los hombres inteligentes suelen aburrirse pronto de la armonía.
—Al contrario —respondió Delacroix—. La armonía me parece fascinante cuando no está demasiado ensayada.
Renard sostuvo su mirada durante un segundo más. Luego volvió a inclinar la cabeza.
—Disfruten de la cena, caballeros.
Se alejó hacia otra mesa, donde una dama mayor reclamaba algo relacionado con su asiento. Delacroix lo vio resolver la queja con tres frases, una sonrisa y un gesto al camarero. En menos de un minuto, la dama quedó satisfecha, el camarero humillado de forma invisible y el orden restaurado.
—Un hombre eficaz —dijo Beaumont.
—Sí. Y los hombres eficaces son peligrosos cuando confunden el orden con la verdad.
El primer plato llegó poco después. Una crema fría de verduras, ligera, correcta, sin ninguna intención de emocionar. Delacroix la probó con la resignación de quien comprende que en los clubes elegantes hasta la comida procura no comprometerse. Beaumont, en cambio, comía con excelente ánimo.
La conversación de la terraza se fue espesando con el vino.
Al principio todo giró alrededor del torneo: el viento, el estado de los greens, la dificultad del hoyo diecisiete, el golpe de Marceau en el seis, la recuperación de Delaunay en el once.
Después, como siempre ocurre entre personas educadas, las frases empezaron a bordear territorios más peligrosos sin nombrarlos directamente.
—Delaunay parece muy nervioso —dijo una mujer en una mesa cercana.
—Tiene mucho en juego —respondió otra.
—Todos tienen mucho en juego.
—No todos deben tanto.
Hubo una pausa breve. Luego alguien habló del postre.
Delacroix dejó la cuchara sobre el plato.
—Las deudas de Delaunay parecen un secreto muy compartido.
—Rumores —dijo Beaumont.
—Un rumor, cuando se sienta a demasiadas mesas, empieza a comportarse como un invitado.
—Delaunay ha tenido mala suerte.
—La mala suerte suele ser el nombre que damos a una serie de malas decisiones cuando el perjudicado todavía nos cae bien.
Beaumont miró hacia Henri. El jugador seguía solo. Había encendido un cigarrillo y contemplaba el campo oscuro. No parecía un hombre furioso en ese momento, sino exhausto. Y la fatiga, en ciertos temperamentos, podía ser más peligrosa que la ira.
Adrien Marceau, mientras tanto, presidía sin ocupar la cabecera.
Era una habilidad notable. Hablaba con Lucien Morel, con el doctor Savary y con dos socios que reían cada una de sus frases con una puntualidad sospechosa.
Baptiste Marin apareció brevemente detrás de él, no ya con la bolsa de palos, sino vestido con chaqueta sencilla de empleado del club. Se inclinó para decir algo en voz baja.
Marceau no se volvió.
—Después, Marin —dijo.
—Es sobre los palos de mañana, monsieur.
—He dicho después.
Baptiste permaneció quieto.
La conversación alrededor de Marceau se detuvo apenas. Lucien Morel bajó la mirada. El doctor Savary bebió de su copa. Adrien, entonces sí, giró lentamente la cabeza hacia su caddie.
—No me obligue a repetir una instrucción sencilla delante de mis amigos.
La frase fue pronunciada sin violencia. Precisamente por eso resultó más cruel. Baptiste inclinó la cabeza.
—Por supuesto, monsieur.
—Buen hombre.
Marceau volvió a su conversación como si nada hubiera ocurrido.