Muerte en el torneo (Los misterios de Armand Delacroix 12) Capítulo 2 — La Copa Valombre #2
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Capítulo 2 — La Copa Valombre #2

—Caballeros, les ruego que no priven al público del placer de verlos jugar.

—Por supuesto —dijo Marceau—. Yo he venido a eso.

Delaunay no respondió. Le devolvió el palo a su caddie con demasiada fuerza y echó a andar hacia la calle.

Delacroix siguió con la mirada a ambos jugadores.

En apariencia, la escena no tenía más importancia que un intercambio desagradable entre rivales.

Pero había en Delaunay algo más hondo que la ira deportiva.

Y había en Marceau una precisión demasiado deliberada.

No provocaba como quien pierde el control, sino como quien busca exactamente la herida y presiona con el dedo.

—No le conviene perder —dijo Delacroix.

—¿A Delaunay? A nadie le conviene.

—A algunos menos que a otros.

Beaumont bajó la voz.

—Se rumorea que tiene deudas. Malas inversiones, juego, préstamos. Nada confirmado.

—En los clubes elegantes nunca se confirma nada. Solo se deja circular hasta que parece verdad o hasta que deja de convenir.

El torneo continuó.

Durante la mañana, Delacroix se desplazó con Beaumont entre varios puntos del campo.

No porque el juego empezara a apasionarlo, sino porque el campo era una sala de interrogatorios sin paredes.

Los hombres se revelaban allí de un modo distinto.

Creían estar atentos a la bola, y quizá por eso descuidaban la cara.

La frustración, la vanidad, el miedo, el orgullo: todo aparecía en los segundos posteriores al golpe, antes de que la educación volviera a cubrirlo.

Lucien Morel, el joven prometedor, jugaba con una concentración casi feroz.

No tendría más de veintitrés o veinticuatro años.

Era delgado, rubio, de facciones finas y mirada intensa.

Cada vez que Marceau se acercaba, parecía enderezarse como un alumno ante un maestro.

Sin embargo, cuando Marceau le hablaba, su admiración adquiría un matiz de incomodidad.

—Marceau lo protege —explicó Beaumont—. Lucien puede ser el futuro del club.

—Qué forma tan inquietante de bendecir a un joven.

—¿También ve peligro en eso?

—Veo peligro en todos los hombres que convierten su protección en propiedad.

En el hoyo cinco, Marceau ejecutó otro golpe impecable y se distanció un poco más de Delaunay.

En el seis, Delaunay recuperó terreno con un tiro magnífico que arrancó aplausos sinceros.

Por primera vez en la mañana, Marceau dejó de sonreír.

Fue apenas un instante, pero Delacroix lo vio.

La máscara se ajustó de nuevo enseguida.

Baptiste Marin también lo vio.

Ese detalle interesó más a Delacroix que la clasificación.

El caddie permanecía siempre cerca, siempre correcto.

Limpiaba los palos, calculaba distancias, observaba el viento, indicaba líneas de tiro con voz baja.

Marceau lo escuchaba cuando le convenía y lo ignoraba cuando quería demostrar que no necesitaba a nadie.

En una ocasión, Baptiste sugirió un palo.

Marceau eligió otro. Falló por poco. El error fue mínimo, pero su reacción no.

—Le he pedido criterio, Marin, no superstición —dijo, sin alzar la voz.

Baptiste inclinó la cabeza.

—Sí, monsieur.

—Procure distinguir una cosa de la otra.

—Sí, monsieur.

La frase fue tan baja que casi se perdió entre los aplausos lejanos. Pero Delacroix estaba cerca.

Marceau se alejó hacia la bola. Baptiste permaneció un segundo inmóvil antes de seguirlo. En su rostro no hubo rabia visible. Tampoco humillación. Solo una quietud más cerrada, como una puerta que alguien empuja desde dentro sin conseguir abrir.

—No parece apreciarlo demasiado —dijo Delacroix.

Beaumont, que había oído lo justo, se encogió de hombros.

—Marceau es exigente.

—La exigencia es una virtud excelente cuando uno la aplica primero sobre sí mismo.

—Baptiste está acostumbrado.

—Otra frase que debería preocuparnos.

El almuerzo se sirvió en la terraza, con el torneo aún a medias y el marcador suficientemente ajustado para mantener viva la tensión. Marceau iba primero. Delaunay, segundo, a poca distancia. Lucien Morel seguía tercero, con opciones remotas. El resto empezaba a jugar ya contra la dignidad.

Delacroix comió poco y observó mucho.

Élodie Marceau apenas probó el pescado. Madeleine Vasseur se acercó a su mesa con una copa de vino blanco y una sonrisa tranquila.

—Monsieur Delacroix —dijo—, espero que Valombre no le esté resultando demasiado tedioso.

—Al contrario, madame. Empiezo a temer que pueda volverse interesante.

—En ese caso, lo compadezco. Cuando este club se vuelve interesante, alguien suele perder más de lo previsto.

—¿Habla por experiencia?

Madeleine miró hacia el campo. Marceau reía junto a un grupo de socios. Henri comía solo en una mesa apartada.

—Todos hablamos por experiencia. Solo que algunos aprendemos a llamarla otra cosa.

Antes de que Delacroix pudiera responder, el doctor Savary se acercó con su copa.

—No asuste a nuestro invitado, Madeleine. Monsieur Delacroix ha venido a descansar.

—Eso me han dicho —respondió ella—. Aunque nadie con su reputación descansa del todo. Ni siquiera cuando finge.

Savary rio.

—Aquí no encontrará más crimen que algún golpe mal contado.

—En mi experiencia —dijo Delacroix—, los golpes mal contados suelen ser el principio de muchos problemas.

El médico lo miró apenas un segundo más de lo necesario.

—Entonces rece para que nuestros jugadores sepan sumar.

Madeleine sonrió, pero sus ojos no. Savary bebió un trago largo. A unos metros, Octave Renard vigilaba la terraza como un sacerdote vigilando una misa en la que sospecha que alguien ha robado las velas.

La segunda parte de la jornada empezó con más calor y menos paciencia.

El sol del mediodía caía sobre el campo con una franqueza brutal.

Delacroix aceptó acompañar a Beaumont bajo un sombrero de ala ancha que el coronel le había prestado y que le daba cierto aspecto de conspirador agrícola.

Se sintió ridículo, pero menos dispuesto a morir tostado por una recomendación médica.

Marceau mantuvo su ventaja. Delaunay cometió un error en el hoyo nueve y otro en el diez. En el once recuperó un golpe imposible desde la arena, lo que provocó un aplauso poderoso y espontáneo. Marceau se acercó entonces a él mientras caminaban hacia el siguiente punto.

Delacroix estaba lo bastante cerca para oírlo.

—Excelente recuperación, Henri.

Delaunay siguió caminando.

—No me hables.

—Solo intento animarte. Sería triste que el final se volviera demasiado fácil.

—No todos necesitamos humillar para sentir que ganamos.

Marceau ladeó la cabeza.

—No, algunos necesitan hacer trampas.

Delaunay se detuvo.

Su caddie palideció. Beaumont dejó de caminar. Delacroix no cambió de expresión, pero su atención se afiló.

—Cuidado —dijo Delaunay.

—Siempre lo tengo.

—No sabes nada.

—Sé lo suficiente.

Marceau se acercó un poco más. Habló en voz baja, pero esta vez Delacroix alcanzó fragmentos.

—Una tarjeta puede tener memoria… una bola también… y la gente adecuada disfruta mucho de las historias adecuadas.

Delaunay lo miró con odio.

—Eres un perro.

—No. Soy el hombre que va a ganar.

Marceau siguió andando. Baptiste Marin pasó junto a Delaunay con la bolsa al hombro. No miró a nadie. Pero Delacroix vio que sus dedos se cerraban un poco más sobre la correa.

La tarde concluyó sin sangre, lo cual en Valombre pareció considerarse un éxito suficiente.

Marceau terminó la jornada en cabeza. Delaunay quedó segundo, demasiado cerca para rendirse y demasiado lejos para respirar.

Lucien Morel conservó una esperanza decorosa.

El resto del club se entregó al comentario, ese deporte paralelo en el que todo el mundo se consideraba campeón.

Al caer la tarde, la clasificación fue escrita de nuevo en la pizarra del vestíbulo.

Varios socios se reunieron alrededor. Marceau apareció con el cabello aún húmedo, cambiado ya de ropa, fresco, seguro, irritantemente intacto.

Delaunay llegó unos minutos después, con el rostro cansado y una copa en la mano.

No parecía borracho, pero sí peligrosamente cerca de desear estarlo.

Delacroix estaba junto a una vitrina de trofeos, fingiendo interés por una copa de plata de 1898, cuando oyó la voz de Marceau a su espalda.

—Mañana será un gran día, Henri.

—Para alguno de los dos.

—Para mí, desde luego.

—La soberbia te sienta peor de lo que crees.

—Y la desesperación a ti mejor de lo que imaginaba.

Delaunay se volvió hacia él. Durante un momento, nadie habló en el vestíbulo. Octave Renard apareció en el umbral del salón, rígido. Élodie Marceau observaba desde la escalera. Madeleine Vasseur se había detenido con una mano apoyada en el respaldo de una silla.

—No sigas —dijo Delaunay.

Marceau bajó la voz.

—¿O qué? ¿Vas a matarme delante de todos?

La frase fue dicha con una sonrisa. Tal vez por eso resultó más desagradable.

Delaunay dejó la copa sobre una mesa cercana. El cristal golpeó la madera con demasiada fuerza.

—Antes muerto que verte levantar esa copa —repitió, esta vez más bajo, más oscuro—. Antes muerto.

Marceau lo miró con satisfacción.

—Procura no morirte tú. Me quitarías público.

Delaunay dio un paso, pero su caddie lo sujetó del brazo. Renard intervino con rapidez.

—Caballeros. Les ruego que recuerden dónde están.

Delacroix pensó que aquella era precisamente la clase de frase que permitía a los hombres olvidar quiénes eran.

Marceau se apartó, impecable. Delaunay salió del vestíbulo hacia la terraza. Su caddie fue detrás de él.

Durante unos segundos, el club permaneció suspendido en un silencio brillante y tenso. Luego alguien tosió, una dama murmuró algo sobre el calor, Renard ordenó al camarero que retirara la copa y el mundo volvió a moverse, como si nada importante hubiera ocurrido.

Baptiste Marin cruzó entonces el vestíbulo llevando la bolsa de Marceau. Iba hacia la sala donde se guardaban los palos. Al pasar junto a Delacroix, inclinó apenas la cabeza.

—Monsieur.

—Monsieur Marin.

El caddie siguió su camino.

Delacroix no sabía todavía qué había en aquel hombre que le resultaba tan difícil de apartar de sus pensamientos.

Quizá era su silencio. Quizá su precisión.

Quizá esa manera de moverse por el club como una sombra que conocía todas las habitaciones, pero a la que nadie le había preguntado jamás si deseaba estar allí.

Beaumont se acercó a Delacroix con expresión preocupada.

—Lamento el espectáculo.

—No lo lamente demasiado, coronel. La mayoría de los espectáculos solo son verdades que han perdido la paciencia.

—Mañana terminará todo.

Delacroix miró la pizarra. Primero Marceau. Segundo Delaunay. Tercero Morel. Debajo, el resto de nombres se ordenaba con una pulcritud casi funeraria.

—No estoy seguro —dijo— de que mañana termine nada.

Desde el campo llegó, muy lejana, una campanada. Tal vez algún encargado probaba la señal del hoyo diecisiete antes de cerrar la jornada. El sonido atravesó la tarde con una claridad antigua, metálica, limpia.

Todos siguieron hablando.

Delacroix fue el único que miró hacia la ventana.

El sol se hundía detrás de la loma. El césped seguía pareciendo perfecto. Y, como tantas cosas perfectas, empezaba a darle muy mala espina.