Capítulo 2 — La Copa Valombre
A la mañana siguiente, Delacroix descubrió que el aire puro tenía una cualidad particularmente desagradable: insistía.
Entraba por las ventanas, se colaba bajo las puertas, agitaba las cortinas con un entusiasmo casi infantil y parecía empeñado en recordarle a uno que el mundo exterior existía aunque nadie le hubiese pedido tal cosa.
Despertó antes de lo deseable, no por voluntad propia, sino por una combinación de luz, pájaros y voces lejanas en el campo.
Durante unos segundos permaneció inmóvil en la cama, mirando el techo de la habitación, con la sensación de que la naturaleza había organizado una conspiración ruidosa contra su descanso.
La habitación que le habían asignado daba al hoyo tres.
Era amplia, elegante, con muebles de madera clara, una alfombra discreta y un escritorio sobre el que alguien había dejado un ramo de flores silvestres.
Delacroix las observó con cierta desconfianza.
Las flores tenían esa belleza breve de las cosas que parecen inocentes porque aún no han tenido tiempo de pudrirse.
Se levantó, se afeitó con calma, eligió un traje menos oscuro que el del día anterior por una concesión mínima al clima, y bajó al comedor con el ánimo resignado de quien se sabe rodeado de gente saludable.
El club ya estaba en movimiento.
Los camareros atravesaban el salón con bandejas de café, tostadas, huevos, fruta y una energía que a Delacroix le pareció moralmente innecesaria.
Los socios hablaban en voz baja, consultaban horarios, revisaban tarjetas de puntuación o comentaban el estado del viento con una gravedad que habría resultado admirable en un consejo de guerra.
En las mesas próximas a los ventanales, varios jugadores desayunaban vestidos ya para la competición, con sus pantalones claros, sus jerséis ligeros y sus expresiones de concentración deportiva, que en algunos casos no eran más que miedo con mejor postura.
El coronel Beaumont lo esperaba junto a una mesa redonda, acompañado de un café negro y una alegría robusta.
—Tiene buen aspecto, Delacroix.
—No abusemos de la ficción tan temprano.
—El sol le sentará bien.
—El sol le sienta bien a las uvas y a los reptiles. No veo por qué tendría que halagarme a mí.
Beaumont rio y le indicó una silla.
—Hoy empieza lo serio.
—Creí que esto ya era serio. Ayer un hombre amenazó a otro delante de media terraza.
—Eso fue temperamento. Hoy es competición.
—La diferencia parece más reglamentaria que moral.
Un camarero sirvió té a Delacroix. Beaumont pidió más café y señaló con discreción hacia una mesa cercana.
Adrien Marceau desayunaba con su esposa, Élodie, aunque la palabra «con» quizá resultara generosa.
Ella estaba sentada frente a él, impecable en un vestido azul pálido, con el cabello recogido y una expresión serena, casi demasiado serena.
Marceau leía la clasificación del día anterior mientras untaba mantequilla sobre una tostada.
No parecía hablarle. De vez en cuando, ella levantaba la vista hacia él con una calma que podía confundirse con paciencia, siempre que uno no mirara demasiado.
—Madame Marceau —murmuró Beaumont—. Una mujer admirable.
—Las mujeres admirables suelen estar cansadas de serlo.
—Su marido no es fácil.
—Eso, coronel, es una frase que muchas veces sirve para absolver a los hombres insoportables.
Beaumont hizo un gesto leve con la mano, como si concediera el punto pero no quisiera detenerse en él.
En otra mesa, Henri Delaunay removía el café sin beberlo.
Tenía ojeras, la mandíbula dura y el aire de quien había dormido poco y pensado demasiado.
Frente a él, su caddie aguardaba de pie, joven y nervioso, con la gorra entre las manos.
Delaunay no parecía verlo. Miraba hacia la mesa de Marceau con una fijeza que no prometía nada bueno.
Marceau, como si hubiese sentido la mirada, alzó los ojos. Sonrió.
No fue una sonrisa abierta, ni siquiera especialmente burlona. Bastó un leve movimiento de labios. Delaunay dejó la cucharilla sobre el plato con un sonido seco.
—Me pregunto —dijo Delacroix— si en este deporte se permite matar al adversario antes o después del almuerzo.
—No sea sombrío.
—Estoy haciendo un esfuerzo admirable.
—Marceau provoca. Delaunay reacciona. Es su dinámica desde hace años.
—Las dinámicas son cómodas. Permiten llamar costumbre a lo que un día termina en tragedia.
Beaumont suspiró.
—Ha venido a descansar.
—Eso intento. Pero la gente se empeña en comportarse como si quisiera ponerme trabajo.
Después del desayuno, el club se trasladó lentamente hacia el campo.
La Copa Valombre no era un simple torneo, sino una ceremonia social con coartada deportiva.
Las damas bajaban a la terraza con sombrillas, los socios mayores ocupaban los bancos estratégicos, los jóvenes fingían entender de viento y de técnica, y los camareros preparaban mesas bajo toldos blancos cerca del primer hoyo.
Había prismáticos, libretas, apuestas discretas, saludos calculados y ese murmullo de expectación que en los lugares elegantes siempre parece pedir permiso antes de existir.
Delacroix siguió a Beaumont hasta una zona reservada para los espectadores.
Desde allí se veía la primera salida. Los jugadores se reunían por grupos, acompañados de sus caddies.
Había en todo aquello una precisión ceremonial: los palos ordenados, las tarjetas entregadas, los nombres anunciados, los guantes ajustados con lentitud.
Octave Renard supervisaba la escena con su libreta bajo el brazo.
Iba de un lado a otro sin perder jamás la compostura.
Corregía la posición de una silla, indicaba a un camarero dónde debía dejar una bandeja, saludaba a un socio anciano, sonreía a una dama, comprobaba una lista y volvía a mirar el reloj.
Su delgadez impecable parecía hecha para deslizarse entre problemas sin rozarlos.
—Renard parece dirigir una invasión militar —comentó Delacroix.
—La Copa Valombre requiere organización.
—He visto funerales con menos tensión logística.
—Para el club, este torneo lo es todo. Vienen socios de otras ciudades, patrocinadores, familias antiguas. La reputación de Valombre se mide en semanas como esta.
—Pobre reputación. Siempre tan frágil para ser tan venerada.
Un poco más allá, el doctor Savary conversaba con Madeleine Vasseur.
El médico era un hombre grueso, de barba entrecana y ojos pequeños, con un traje claro que le tiraba ligeramente en el vientre.
Tenía una risa fácil, aunque los ojos no siempre la acompañaban.
Madeleine, en cambio, parecía construida a partir de silencios elegantes.
Vestía de luto suave, no demasiado reciente, no demasiado abandonado, y sostenía una sombrilla oscura como si fuera un cetro discreto.
Al ver pasar a Marceau, Madeleine inclinó apenas la cabeza.
Marceau le devolvió el gesto con una familiaridad que no era pública del todo, pero tampoco secreta.
Élodie, desde la terraza, vio el intercambio. No movió un músculo.
Delacroix guardó el detalle.
Los primeros jugadores salieron sin sobresaltos.
La gente aplaudía con moderación. Cada golpe generaba un pequeño oleaje de comentarios.
Un tiro recto merecía murmullos de admiración; uno desviado, una compasión tan educada que casi resultaba cruel.
Delacroix descubrió que el golf tenía algo de juicio social: todos miraban al hombre en silencio mientras intentaba no arruinarse con un gesto.
Cuando llegó el turno de Adrien Marceau, el murmullo cambió.
No aumentó demasiado; se tensó. La atención se volvió más limpia, más afilada.
Marceau avanzó hacia la salida con Baptiste Marin a su lado.
El caddie llevaba la bolsa como si no pesara, aunque Delacroix sospechó que en Valombre algunas cargas no dependían de los kilos.
Marceau eligió el palo sin pedirlo. O, mejor dicho, Baptiste se lo entregó antes de que el gesto terminara de nacer.
—Se entienden bien —dijo Beaumont.
—No estoy seguro de que «entenderse» sea la palabra.
—¿Qué quiere decir?
—Que uno ha aprendido a mandar sin hablar y el otro a obedecer sin parecer sorprendido.
Marceau se colocó frente a la bola. Hubo un silencio casi devoto. Incluso el viento pareció mostrar cierta educación.
El golpe fue magnífico.
La bola salió en una línea alta, limpia, blanca contra el cielo, y cayó lejos, en pleno centro de la calle.
Los aplausos fueron más vivos que antes.
Marceau no sonrió. Se limitó a bajar el palo y entregárselo a Baptiste, como si el resultado no hiciera más que confirmar un orden natural de las cosas.
—Extraordinario —dijo Beaumont.
—Muy teatral.
—No todo lo que se hace bien es teatro.
—No, pero algunos hombres hacen teatro incluso al respirar.
Marceau regresó unos pasos y se cruzó con Henri Delaunay, que esperaba su turno. No intercambiaron saludo. Eso, en un club como Valombre, equivalía casi a una bofetada.
Delaunay tomó el palo de manos de su caddie. Tenía el rostro rígido. Se colocó demasiado deprisa, se apartó, volvió a colocarse. Desde la terraza llegó un murmullo. Marceau, ya fuera de la zona de salida, observaba con una placidez irritante.
Delaunay golpeó.
La bola salió bien, pero con una ligera desviación hacia la derecha. Cayó en una zona jugable, aunque menos favorable que la de Marceau. No era un mal golpe. Precisamente por eso resultó peor: no ofrecía la excusa del desastre, solo la humillación de no ser suficiente.
Delaunay bajó el palo.
Marceau aplaudió dos veces, muy despacio.
—Correcto —dijo.
La palabra llegó lo bastante lejos como para que algunos la oyeran.
Delaunay se volvió hacia él.
—No necesito tus elogios.
—Entonces qué suerte. No pensaba dártelos.
Beaumont murmuró algo entre dientes. Octave Renard apareció casi de inmediato, como si tuviera un instinto especial para las grietas sociales. Se acercó con una sonrisa medida.