Muerte en el torneo (Los misterios de Armand Delacroix 12) Capítulo 1 — El deporte más largo del mundo #2
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Capítulo 1 — El deporte más largo del mundo #2

—Eso dicen a menudo de los hombres capaces de serlo durante unos minutos.

Delaunay caminó hacia su caddie y le arrebató el palo con brusquedad. Después miró en dirección a Marceau, que ya avanzaba por el campo con una tranquilidad irritante. La distancia entre ambos no era solo deportiva. Había algo más, un hilo oscuro tensado bajo la superficie luminosa de la mañana.

Delacroix bebió un sorbo de limonada.

Demasiado dulce.

—¿Se conocen desde hace mucho? —preguntó.

—Marceau y Delaunay, sí. Han competido varias veces. Se detestan con admirable constancia.

—El deporte vuelve muy sinceras algunas enemistades.

—No crea. Aquí todo el mundo se comporta.

Delacroix miró a su alrededor. En la terraza, las conversaciones seguían fluyendo con una suavidad impecable.

Una mujer de vestido marfil observaba a Marceau desde lejos sin sonreír.

Otra, de luto ligero y labios rojos, fingía escuchar a un caballero mientras sus ojos se detenían demasiado en la clasificación.

Cerca de la puerta, un hombre delgado, de bigote recortado y traje perfecto, hablaba con un camarero con una severidad que parecía ensayada.

—¿Y aquel? —preguntó Delacroix.

—Octave Renard, secretario del club. Un hombre indispensable.

—Qué descripción tan peligrosa.

—Sin Renard, Valombre se hundiría en una semana. Organiza torneos, cenas, socios, cuentas, crisis discretas...

—Sobre todo crisis discretas, imagino.

—Es un club, Delacroix. No una parroquia.

—La diferencia suele estar en el precio de los pecados.

Beaumont soltó un suspiro, pero no parecía ofendido. Conocía a Delacroix lo suficiente para saber que su cortesía era una funda y que debajo había una hoja afilada, aunque rara vez la blandía sin necesidad.

Después del almuerzo, el coronel insistió en enseñarle el campo.

Delacroix habría preferido una biblioteca, una sombra o una siesta civilizada, pero aceptó.

Había algo en Valombre que empezaba a interesarle, aunque no habría sabido decir si era el lugar, la gente o la manera en que todos parecían empeñados en presentar como natural una armonía demasiado trabajada.

Caminaron por senderos de grava clara, bordeando calles verdes y suaves pendientes. Beaumont señalaba hoyos, distancias, bunkers y árboles con el fervor de un guía religioso. Delacroix escuchaba lo justo para no parecer maleducado. Le bastaba con observar.

El campo era hermoso, sí. Pero no era inocente.

Ningún lugar tan cuidadosamente construido podía serlo.

Cada desnivel estaba pensado, cada obstáculo colocado, cada vista preparada para fingir espontaneidad.

Valombre parecía naturaleza, pero era artificio.

Una naturaleza corregida por hombres ricos hasta hacerla aceptable para sus zapatos.

—El hoyo siete es traicionero —explicó Beaumont—. El viento cambia al mediodía. El doce tiene un green endiablado. Y el diecisiete…

Se detuvo con una pequeña sonrisa.

—El diecisiete es nuestro orgullo.

Llegaron a una loma amplia. Desde allí el terreno descendía hacia una depresión verde, flanqueada por pinos.

Más allá se alzaba otra pequeña pendiente, de modo que parte del recorrido quedaba oculto desde la salida.

A un lado, cerca de un sendero estrecho, había un poste de madera con una campana de bronce y una cuerda.

Delacroix miró la campana.

—Qué pintoresco.

—Es necesaria. Este hoyo se llama El Ciego. Desde la salida no se ve la zona de caída. Cuando el grupo de delante despeja el paso, se toca la campana para que el siguiente pueda lanzar sin peligro.

—Comprendo.

Delacroix bajó unos pasos por la loma y estudió el terreno.

La zona oculta era más amplia de lo que parecía desde arriba.

Había pequeños desniveles, arbustos bajos, una franja de tierra más húmeda cerca de unos pinos y un sendero que se perdía hacia una zona arbolada.

La campana colgaba justo en el punto desde el cual el aviso debía ser claro para quienes esperaban detrás.

—¿Y quién toca la campana? —preguntó.

—El jugador, el caddie, a veces un encargado, si está cerca. Depende.

—Depende —repitió Delacroix.

—Es una cuestión de cortesía y sentido común.

—Dos materiales de construcción muy inestables.

Beaumont lo miró, divertido.

—Está usted buscando problemas donde solo hay tradición.

—Las tradiciones tienen esa ventaja: permiten repetir errores sin tener que justificarlos cada vez.

El coronel apoyó ambas manos en el bastón y observó el hoyo con visible cariño.

—Nunca ha ocurrido nada grave aquí.

—Esa frase, coronel, debería prohibirse en toda conversación prudente.

Beaumont no respondió. En ese momento, a lo lejos, se oyó una voz masculina.

Marceau subía por el sendero acompañado de Baptiste Marin y de otros dos jugadores.

Venían desde el green anterior. Marceau hablaba con ligereza, como si el sol, el campo y las personas hubieran sido dispuestos para favorecer su buen humor.

Al ver a Beaumont, levantó una mano.

—Coronel.

—Marceau. Magnífico golpe en el cuatro.

—Aceptable. El viento ha tenido la impertinencia de existir.

Beaumont rio y presentó a Delacroix. Marceau se quitó el guante derecho y le ofreció la mano.

—Armand Delacroix. He oído hablar de usted.

—Espero que con moderación.

—Nunca se habla con moderación de los hombres que resuelven crímenes.

—Se sorprendería. Los asesinos suelen hacerlo en voz muy baja.

Marceau sonrió. Era una sonrisa hermosa, entrenada, sin calor.

—Entonces procuraré no darle motivos para escucharme demasiado.

—Una intención saludable.

Durante un instante, ambos hombres se miraron.

Marceau era de esos individuos que estaban acostumbrados a gustar, a imponerse, a ser disculpados antes incluso de cometer una falta.

Delacroix conocía bien ese tipo de encanto.

No siempre anunciaba maldad, pero casi siempre anunciaba costumbre de impunidad.

Baptiste Marin permanecía a un paso, con la bolsa al hombro. Marceau ni siquiera parecía recordar que estaba allí.

—¿Disfruta del torneo, monsieur Delacroix? —preguntó Marceau.

—Estoy intentando comprenderlo.

—El golf es sencillo. Uno solo debe vencer al campo, al rival y a sí mismo.

—Demasiados enemigos para una mañana.

—La vida es competición.

—Qué cansancio.

Marceau volvió a sonreír, esta vez con un matiz más frío. Luego miró hacia el hoyo diecisiete.

—Este es el que separa a los prudentes de los cobardes.

—Creí que la campana se ocupaba de separar a los vivos de los imprudentes.

Beaumont carraspeó, incómodo pero entretenido. Marceau soltó una risa breve.

—No tema. En Valombre sabemos jugar.

—Eso espero —dijo Delacroix.

Marceau hizo un gesto casi imperceptible hacia Baptiste. El caddie le entregó otro palo antes incluso de que él lo pidiera. La precisión del gesto volvió a llamar la atención de Delacroix.

—Buen hombre, Marin —comentó Beaumont cuando Marceau se alejó—. Discreto como pocos.

Delacroix siguió mirando al caddie hasta que ambos se perdieron detrás de la loma.

—La discreción —dijo— suele ser una virtud en quien puede permitirse hablar y una condena en quien nunca ha sido escuchado.

Beaumont frunció el ceño.

—A veces olvido que no sabe mirar un paisaje sin encontrarle culpa.

—Al contrario. Los paisajes me parecen inocentes. Son los hombres que los decoran quienes me preocupan.

Regresaron al club cuando el sol empezaba a bajar, aunque sin perder su arrogancia.

En la terraza se servía té, limonada, jerez y algunas conversaciones que habían madurado durante la tarde hasta adquirir una acidez respetable.

Delacroix se instaló en una mesa apartada, bajo una sombrilla, y aceptó una taza de té con gratitud sincera.

El aire puro empezaba a parecerle una agresión lenta.

Desde allí observó a los socios. Octave Renard cruzaba la terraza con una libreta bajo el brazo, deteniéndose aquí y allá para sonreír, corregir, ordenar, suavizar.

La mujer de vestido marfil —Élodie Marceau, según le indicó Beaumont— hablaba con Madeleine Vasseur, la viuda de labios rojos.

Ninguna de las dos parecía decir lo que pensaba.

El doctor Savary, médico del club, bebía con una despreocupación excesiva para la hora.

Henri Delaunay permanecía solo junto a la balaustrada, mirando hacia el campo con las manos en los bolsillos y la derrota aún no consumada en el rostro.

Marceau apareció poco después. Entró en la terraza como si fuera una prolongación natural de la luz. Algunos lo felicitaron por su juego. Él respondió con modestia exacta, esa modestia que no disminuye al hombre, sino que le añade una capa más de vanidad. Al pasar junto a Henri, se detuvo.

Delacroix no oyó la primera frase. Solo vio cómo Delaunay alzaba la cabeza. Marceau dijo algo más, muy bajo. Henri dio un paso hacia él.

—Repítelo —dijo Delaunay.

Varias conversaciones murieron alrededor.

Marceau mantuvo la sonrisa.

—No hace falta. Lo ha entendido perfectamente.

—Eres un miserable.

—Y aun así voy primero.

Delaunay apretó los puños. Durante un segundo pareció que iba a golpearlo allí mismo, entre las tazas de porcelana y las damas escandalizadas de antemano.

Pero se contuvo. Quizá por orgullo. Quizá porque había demasiados testigos.

Quizá porque algunos hombres solo se permiten perder la dignidad en privado.

Marceau se inclinó apenas hacia él y añadió algo que esta vez Delacroix tampoco alcanzó a oír.

El rostro de Delaunay cambió. La ira siguió allí, pero debajo apareció otra cosa: miedo.

—Antes muerto que verte levantar esa copa —dijo.

La frase cayó sobre la terraza con una nitidez incómoda.

Marceau sonrió, satisfecho de haber arrancado al rival exactamente lo que quería. Luego se alejó hacia el interior del club. Baptiste Marin lo siguió con la bolsa al hombro, silencioso, invisible, perfectamente situado a la sombra de un hombre que brillaba demasiado.

Delacroix dejó la taza sobre el plato.

El sonido de la porcelana fue leve, casi delicado.

—¿Ve? —dijo Beaumont, intentando recuperar la ligereza—. Rivalidad deportiva.

Delacroix miró hacia el campo. A lo lejos, el hoyo diecisiete quedaba parcialmente oculto por la loma. La campana de bronce brillaba bajo el último sol de la tarde.

—No, coronel —respondió—. Eso es una amenaza pronunciada en un lugar donde todo el mundo prefiere llamarla entusiasmo.

Beaumont no contestó.

El aire seguía siendo puro. El césped, impecable. La luz, generosa.

Y precisamente por eso, a Delacroix empezó a parecerle un sitio muy poco tranquilizador.