Muerte en el torneo (Los misterios de Armand Delacroix 12)
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Capítulo 1 — El deporte más largo del mundo
El doctor había recomendado a Armand Delacroix unos días de aire puro.
Lo había dicho con esa seguridad ofensiva que suelen adoptar los médicos cuando han agotado la ciencia y deciden recetar paisaje. Delacroix, que no desconfiaba de la medicina pero sí de ciertos médicos, había recibido la sugerencia con una cortesía impecable y una falta absoluta de entusiasmo.
—Aire puro —había repetido.
—Aire puro, descanso, sol moderado, paseos tranquilos.
—Eso suena menos a tratamiento que a destierro.
El doctor había sonreído como sonríen los hombres acostumbrados a que sus pacientes no entiendan la gravedad de estar vivos.
Tres días después, por una combinación de debilidad, aburrimiento y una carta demasiado insistente del coronel Étienne Beaumont, Delacroix se encontró en un coche que avanzaba por una carretera bordeada de plátanos, rumbo al exclusivo Club de Golf de Valombre.
El sol caía sobre el paisaje con una alegría casi insolente.
Había una claridad de postal, un aire tibio y limpio, y una extensión de cielo azul tan amplia que a Delacroix le pareció una exageración de la naturaleza.
No le gustaban los cielos demasiado despejados. Daban a los hombres la falsa impresión de que no tenían nada que esconder.
El coche atravesó una verja de hierro negro coronada por las iniciales del club.
Más allá, el camino se abría entre jardines cuidados con una precisión que resultaba casi moral.
Los setos estaban recortados como si hubiesen sido amenazados.
Las flores parecían elegidas no por su belleza, sino por su obediencia.
Y al fondo, extendido sobre suaves colinas verdes, apareció el campo de golf.
Delacroix lo observó con la expresión de un hombre que contempla una costumbre extranjera y procura no ser descortés.
El césped se deslizaba por el terreno en ondas perfectas, interrumpido por bancos de arena clara, pequeños lagos ornamentales, grupos de pinos y banderines que agitaban al viento una importancia diminuta.
A cierta distancia se alzaba el edificio principal del club, una construcción amplia, de piedra clara y tejado oscuro, con ventanales altos, una terraza llena de mesas blancas y una escalinata donde varios caballeros conversaban con el aire solemne de quienes habían logrado convertir el ocio en jerarquía.
—Ahí lo tiene, monsieur Delacroix —dijo Beaumont, sentado junto a él, con una satisfacción casi paternal—. Valombre. Uno de los clubes más hermosos de la región.
—No lo dudo —respondió Delacroix—. Todo parece muy sano.
Beaumont se volvió hacia él.
—Lo dice como si fuera una acusación.
—Solo constato el peligro.
El coronel Étienne Beaumont soltó una carcajada breve.
Era un hombre robusto, de bigote blanco, mejillas coloradas y una vitalidad ligeramente abusiva.
Llevaba traje claro, sombrero de paja y un bastón que usaba más como accesorio de mando que como ayuda.
Había servido en el ejército, había sobrevivido a dos campañas, a tres fiebres tropicales y a un matrimonio particularmente exigente.
Ahora dedicaba su vejez al bridge, al golf y a la vigilancia patriótica de la calidad del coñac del club.
—Le vendrá bien —insistió—. Aire limpio. Movimiento. Conversación agradable. Nada de cadáveres.
—Una enumeración prometedora, salvo por el movimiento.
—No tendrá que jugar si no quiere.
—Eso mejora notablemente el pronóstico.
—Aunque quizá, después de verlo un poco, se anime.
Delacroix miró por la ventanilla a un caballero de pantalón blanco que golpeaba una bola con toda la concentración de un hombre resolviendo un conflicto dinástico. La bola avanzó unos metros, se desvió con cobardía hacia un grupo de arbustos y desapareció.
El caballero bajó el palo, inmóvil, como si acabara de recibir una noticia desagradable sobre su linaje.
—Lo dudo mucho —dijo Delacroix—. No comprendo el atractivo de perseguir una pelota que demuestra tan poco afecto por su dueño.
Beaumont volvió a reír.
El coche se detuvo frente a la entrada principal.
Un botones se acercó de inmediato, abrió la portezuela y recogió el equipaje con una discreción casi religiosa.
Delacroix descendió despacio, ajustándose los puños de la camisa.
Iba vestido con traje oscuro, chaleco, corbata sobria y sombrero, una indumentaria muy apropiada para un hombre civilizado y algo menos para exponerse al sol en un campo de golf.
Varios socios lo miraron con curiosidad.
Algunos reconocieron su nombre. Otros reconocieron, sin saberlo, su incomodidad.
La entrada del club olía a madera encerada, tabaco caro y flores recién cortadas.
En el vestíbulo había retratos de antiguos presidentes, vitrinas con copas de plata, palos históricos, fotografías amarillentas de campeones ya muertos y una enorme pizarra donde aparecía, escrito con tiza impecable, el programa de la semana.
Copa Valombre. Torneo anual.
Debajo figuraban los nombres de los participantes, los horarios de salida y una clasificación parcial. Delacroix apenas tuvo tiempo de leer dos o tres nombres antes de que Beaumont le apoyara una mano en el hombro.
—Este año la competición está especialmente interesante. Tenemos a Adrien Marceau en plena forma.
—Debo fingir que eso me impresiona.
—No necesita fingirlo. Basta con que lo entienda. Marceau es un jugador extraordinario. Elegante, frío, preciso. Cuando golpea, la bola parece pedirle permiso al aire.
—Qué relación tan delicada.
—Y luego está Henri Delaunay. Temperamental, brillante, orgulloso. Si logra controlar los nervios, puede disputarle la copa.
—Ya tenemos drama.
—Tenemos deporte, Delacroix.
—A menudo se confunden.
Beaumont lo condujo hacia la terraza, donde varios socios desayunaban tarde o bebían demasiado temprano con la naturalidad que da la buena posición.
Había damas con sombrillas, caballeros de chaqueta clara, camareros que se movían como sombras educadas y una conversación general hecha de murmullos, risas contenidas y frases que parecían no decir nada precisamente para poder decirlo todo.
Delacroix aceptó una limonada por cortesía y la observó con cierta sospecha antes de beber.
—No contiene veneno —dijo Beaumont.
—Una afirmación muy audaz en un club privado.
—Aquí somos gente respetable.
—Eso rara vez mejora mi tranquilidad.
Desde la terraza se veía parte del campo.
En una salida cercana, un hombre alto, rubio oscuro, de espalda atlética y movimientos impecables se preparaba para golpear.
Vestía con una elegancia que parecía no deber nada al esfuerzo: pantalón claro, jersey fino, guantes blancos.
A su lado, un caddie sostenía la bolsa de palos con una quietud absoluta.
—Adrien Marceau —dijo Beaumont, bajando un poco la voz.
Delacroix observó al jugador.
Marceau tenía esa belleza útil de los hombres que saben producir admiración incluso antes de hacer nada.
Su rostro era limpio, anguloso, con una sonrisa controlada y unos ojos claros que no parecían mirar a las personas, sino medirlas.
Antes de colocarse frente a la bola, dijo algo a los caballeros que lo acompañaban.
Todos rieron. El caddie no. El caddie permaneció inmóvil, con la mirada baja, como si llevara años perfeccionando el arte de no existir.
Marceau levantó el palo, trazó un arco limpio y golpeó.
La bola salió disparada con un sonido seco, cruzó el aire y cayó lejos, sobre una franja impecable de césped. Hubo murmullos de aprobación en la terraza.
—Ya ve —dijo Beaumont—. Precisión pura.
—También las guillotinas eran precisas, coronel. No por eso conviene invitarlas a cenar.
Beaumont negó con la cabeza, divertido.
—Es usted incorregible.
—Procuro mantenerme constante.
Marceau recibió las felicitaciones con una sonrisa leve, casi aburrida.
Después entregó el palo al caddie sin mirarlo.
El gesto fue mínimo, pero a Delacroix le interesó más que el golpe.
Había en aquel movimiento una costumbre de superioridad tan antigua que ya no necesitaba exhibirse.
El caddie tomó el palo, lo limpió con un paño y lo guardó en la bolsa.
—¿Quién es el caddie? —preguntó Delacroix.
—Baptiste Marin. Lleva años en el club. Conoce el campo mejor que los jardineros, los jugadores y probablemente Dios, aunque no estoy seguro de que Dios tenga hándicap.
—Dios ha demostrado cierta inclinación por los terrenos difíciles.
—Marin es reservado. Eficiente. De los mejores.
Delacroix siguió observándolo. Baptiste Marin era un hombre de unos treinta y tantos años, delgado, moreno, con el rostro endurecido por el sol y una expresión casi ilegible.
No parecía servil, aunque su trabajo lo obligara a servir.
Había una distancia extraña en él, como si cada gesto fuese correcto pero no le perteneciera del todo.
Cuando Marceau se alejó, Baptiste lo siguió con la bolsa al hombro, ni demasiado cerca ni demasiado lejos.
—Los buenos criados —murmuró Delacroix— suelen saber más de sus señores que sus esposas.
—Marin no es un criado.
—Por supuesto. En los clubes elegantes, las palabras cambian de chaqueta.
Beaumont sonrió, aunque esta vez con menos entusiasmo.
En la salida siguiente apareció otro jugador.
Era algo más bajo que Marceau, de cabello oscuro y gesto tenso.
Mientras Marceau parecía fabricado para ganar sin sudar, aquel hombre transmitía la impresión de estar en guerra con cada brizna de hierba.
Se colocó frente a la bola, hizo dos movimientos de práctica y se detuvo.
Luego miró hacia el campo, apretó la mandíbula y golpeó con violencia contenida.
La bola voló bien, muy bien, pero cayó unos metros más corta que la de Marceau. El jugador bajó el palo con disgusto.
—Henri Delaunay —dijo Beaumont—. El único que puede inquietar a Marceau.
—Parece ya bastante inquieto sin ayuda.
—Tiene carácter.
—Una forma amable de decir que rompe cosas cuando pierde.
—No es mal hombre.