Capítulo 26 — El camino abierto #2
—Monsieur Perret, si vuelve a guardar silencio por cortesía hacia un club que lo abandonaría antes de mancharse los zapatos con usted, me sentiré decepcionado. Y ya ha descubierto que mi decepción suele ser muy habladora.
—Sí —dijo Perret—. Lo sabía.
—¿Y qué dijo?
Perret bajó la mirada.
—Que los pobres encontrarían otro sitio donde pasar frío.
Madeleine, desde la cocina, dejó de cortar pan.
Nadie habló.
Gérard, que acababa de entrar, escuchó la frase y apretó la pala.
—¿Quién dijo eso?
Perret señaló el papel sin levantar la vista.
—Chabert.
Gérard miró a Delacroix.
—Ponga bien ese nombre.
—Con mucho gusto —respondió el detective.
Maurel intervino:
—Comentarios de terceros no relacionados directamente con la muerte de Lenoir no son relevantes para esta investigación.
Gérard lo miró.
—Para usted no. Para nosotros sí.
—La investigación no se conduce por emociones populares.
—No. Ya vimos cómo la conducían ustedes.
Sorel bajó la mirada hacia su libreta.
Maurel lo vio.
—No escriba eso.
Sorel dudó.
Delacroix habló:
—No hace falta. Algunos comentarios conviene dejarlos como heridas orales. Duran bastante.
La tensión se sostuvo unos segundos y luego cedió, no porque hubiera desaparecido, sino porque todos estaban demasiado cansados para romperla todavía.
A media mañana, el camino hasta el recodo estaba abierto.
No para un coche, pero sí para bajar a caballo o en trineo con cuidado.
Gérard propuso enviar a Nicolas con otro de los hombres hasta el pueblo más cercano para dar aviso a quienes pudieran llevar la carta de Brissac hacia Grenoble y pedir una autoridad distinta a Maurel. Maurel se opuso de inmediato.
—No autorizo la salida de nadie con documentos no revisados.
Brissac dio un paso adelante, cubierto de nieve y con la cara roja por el esfuerzo. Había perdido parte de su aire marcial, pero ganado algo más útil.
—La carta es mía.
—Y contiene acusaciones en una investigación bajo mi competencia.
—Contiene mi testimonio y mi solicitud a un magistrado que conozco.
—Podría considerarse interferencia.
Brissac levantó la barbilla.
—Consideren lo que quieran. Mi familia lleva generaciones sobreviviendo a consideraciones desagradables. Algunas merecidas, otras no.
Delacroix se acercó.
—La carta saldrá.
Maurel lo miró.
—Usted no decide eso.
—No. Lo decide el capitán, que la escribió. Lo decide Nicolas, que acepta llevarla. Y lo decide el hecho de que impedir la comunicación con otra autoridad agravaría mucho su situación cuando alguien pregunte por qué tenía tanto interés en que nadie más leyera estos nombres.
Maurel miró a Sorel.
El gendarme sostuvo su mirada.
—No puedo impedir que un testigo envíe una carta privada pidiendo presencia de otra autoridad, señor, salvo orden formal y motivo fundado.
—Yo soy el motivo fundado.
Sorel tragó saliva.
—Eso es justamente lo que se discute.
La frase fue casi un suicidio profesional.
También fue perfecta.
Maurel dio un paso hacia él.
—Está suspendido de facto de cualquier actuación bajo mi mando.
Sorel palideció.
Delacroix intervino:
—Entonces deja usted sin custodia formal a Ravel y los documentos en una escena que lo involucra. Fascinante decisión. Lucien, anótela.
Lucien empezó a escribir.
Maurel cerró los puños.
—No.
—¿No suspende a Sorel?
El juez no respondió.
—Excelente. Conserva algo de prudencia. Empezaba a preocuparme.
Nicolas recibió la carta de Brissac, una copia del inventario y una nota breve de Delacroix dirigida al magistrado Arnaud de Grenoble. El muchacho la guardó dentro de la chaqueta, entre dos capas de tela encerada.
Madeleine se acercó a él.
—Ten cuidado.
Nicolas sonrió, intentando parecer más hombre de lo que era.
—Nací aquí. La nieve me debe una.
—La nieve no paga deudas —dijo Delacroix—. Procure no negociar con ella.
El muchacho asintió, sin saber si debía reír.
Salió con Gérard y otro hombre. La puerta volvió a cerrarse tras ellos.
Maurel miró la puerta durante mucho tiempo.
—No llegarán lejos.
Madeleine lo oyó.
—Llegarán.
—¿Está tan segura?
Ella lo miró con una calma nueva.
—La gente de aquí sabe avanzar aunque el camino no esté limpio. Por eso ustedes necesitaban quitarnos el refugio con papeles.
El juez no contestó.
No porque no pudiera.
Porque, por primera vez, quizá, cualquier respuesta lo habría mostrado pequeño.
Ravel observaba la escena desde su silla. La fiebre de su resentimiento parecía haber bajado. Ahora se lo veía cansado, casi vacío.
Delacroix se acercó a él.
—¿Algo más que quiera decir antes de que la carta salga de su alcance?
Ravel miró hacia la puerta.
—Valette no aparecerá.
—Todos dicen eso de los hombres ausentes. Luego alguno comete el error de firmar una cena.
—Valette es más listo que Perret.
Perret protestó débilmente desde su silla:
—Eso era innecesario.
—No —dijo Odette—. Era evidente.
Delacroix esperó.
Ravel siguió:
—Maurel no pondrá nada por escrito que lo ate directamente a Valette. Pero hay pagos. No en dinero siempre. Favores. Puestos. Invitaciones. Acceso a propiedades. El club de caza no era el final. Era la puerta.
—¿A qué?
Ravel dudó.
—A comprar refugios, posadas y tierras en rutas altas. Convertirlas en propiedades privadas, cotos, pabellones. Cerrar pasos. Controlar caminos.
Baptiste, que estaba junto a la puerta, se volvió.
—¿Cerrar pasos de montaña?
—Privatizarlos —dijo Ravel—. Con permisos, peajes, derechos de uso. Los pobres lo llaman cerrar porque no conocen el vocabulario correcto.
Gérard no estaba para oírlo. Mejor. Quizá habría usado la pala para un argumento demasiado directo.
Maurel habló con frialdad:
—Disparates de un hombre desesperado.
Ravel lo miró.
—Usted redactó el informe sobre rutas improductivas.
Maurel no respondió.
Delacroix levantó la vista.
—¿Rutas improductivas?
—Así las llamaban —dijo Ravel—. Lugares que no generaban suficiente renta. Refugios, pasos, almacenes comunales, tierras de uso compartido. Todo lo que los locales consideraban necesario y los inversores, desperdicio.
Madeleine escuchaba desde la cocina.
Su rostro ya no mostraba solo dolor.
Mostraba horror.
No por ella.
Por la magnitud de lo que empezaba a entender.
—Valbrume era el primero —dijo.
Ravel la miró.
—El primero fácil.
—Fácil —repitió Étienne desde la puerta, entrando cubierto de nieve.
Ravel no respondió.
Étienne había oído lo suficiente. Tenía las manos rojas por el frío y por la pala. Había nieve en el cabello. Parecía agotado y más entero al mismo tiempo.
—Fácil porque teníamos deuda —dijo.
—Fácil porque tenían necesidad —respondió Ravel.
Delacroix miró al escribiente.
—Gracias por la precisión. Es casi una confesión moral, aunque dudo que su alma pueda permitirse reconocerla.
Maurel se acercó a la mesa.
—No permitiré que se convierta una muerte concreta en una causa política sobre rutas, tierras y sentimentalismos campesinos.
Odette habló con serenidad:
—No es sentimentalismo que un hombre compre la única puerta caliente entre dos pueblos y la convierta en un lugar donde solo entran quienes pueden pagar.
—Es propiedad.
—Es poder —dijo Madeleine.
Maurel la miró.
Ella sostuvo su mirada.
—Y ustedes querían usarlo para que la montaña tuviera dueños incluso cuando nieva.
El silencio fue profundo.
Delacroix pensó que aquella frase merecía sobrevivir al informe, aunque los informes tuvieran una capacidad asombrosa para matar frases con tinta gris.
Sorel la escribió.
Maurel lo vio.
Esta vez no le ordenó detenerse.
Quizá porque ya entendía que cada orden contraria se volvía otra prueba. Quizá porque empezaba a reservar fuerzas para una defensa más grande.
Cerca del mediodía, volvió a sonar algo afuera.
No campanas.
Voces.
Más personas subían por el camino abierto.
Gérard regresaba con otros vecinos, y detrás, en un caballo oscuro, venía un hombre con capa gruesa y sombrero de ala rígida. Nicolas caminaba junto a él, señalando el refugio con una mezcla de orgullo y urgencia.
Brissac fue hacia la ventana.
—Arnaud —dijo.
Maurel se quedó inmóvil.
Delacroix miró al juez.
Por primera vez desde que llegó, Maurel pareció verdaderamente solo.
—Vaya —dijo Delacroix—. Parece que la nieve, después de todo, sí ha decidido pagar una deuda.