Capítulo 26 — El camino abierto
El sonido de las palas siguió durante casi una hora.
Golpeaban la nieve con una paciencia áspera, sin música, sin épica, sin esa nobleza exagerada que algunos hombres atribuyen al esfuerzo cuando lo contemplan desde una silla.
Era un sonido seco, repetido, humilde. Gérard y los otros abrían camino a fuerza de brazos, empujando la nieve hacia los lados, marcando una senda estrecha entre el refugio y el primer tramo practicable del camino.
Cada golpe parecía decir lo mismo: Valbrume no estaba solo.
Maurel lo escuchaba con el rostro cerrado.
Delacroix también lo escuchaba, aunque de otra manera.
En una investigación, no todos los sonidos pertenecían al crimen.
Algunos pertenecían a lo que quedaba alrededor del crimen cuando la sangre dejaba de ocuparlo todo.
El sonido de aquellas palas no absolvía a nadie.
No borraba el empujón de Étienne, ni el láudano de Madeleine, ni la mano de Ravel sobre la copa, ni la cobardía de Perret, ni las mentiras de Lucien, ni el orgullo de Brissac, ni el duelo convertido en cuchillo de Odette.
Pero recordaba una cosa que Maurel había querido borrar desde el principio: aquel refugio no era una propiedad muerta esperando cambio de dueño.
Era un lugar usado por vivos.
Y los vivos, a veces, tenían la mala costumbre de llegar con palas.
Sorel permanecía junto a la mesa, revisando el inventario con Lucien.
El gendarme había abandonado la rigidez inicial y ahora se movía con una prudencia más propia.
No confiaba en sí mismo del todo. Eso lo volvía útil.
Los hombres que dudan antes de obedecer suelen ser menos peligrosos que los que obedecen para no dudar.
—Hay que separar originales y copias —dijo Lucien, inclinándose sobre las hojas.
—¿Por qué? —preguntó Sorel.
—Si alguien intenta invalidar unas, quedarán las otras. Si alguien dice que faltan páginas, habrá comparación. Si alguien acusa a un testigo de manipulación, habrá firmas cruzadas.
Sorel lo miró.
—Habla como si llevara años haciendo esto.
Lucien bajó la vista.
—Llevo años copiando cosas para gente que sí sabía hacerlo.
—Entonces quizá ha llegado la hora de copiar para otros.
El muchacho no respondió, pero Delacroix vio cómo esa frase le alcanzaba un lugar que aún no estaba protegido por cinismo. Bien. Un joven podía sobrevivir a una herida en el costado. Sobrevivir a una pequeña esperanza era más complicado.
Maurel se acercó a la mesa con las manos a la espalda.
—Esa organización es innecesaria. Todo pasará a custodia oficial.
Sorel levantó la vista.
—Sí, señor. Después del inventario completo.
—No después. Ahora.
Delacroix estaba junto a la ventana, pero habló sin volverse.
—Juez Maurel, repite usted esa orden con la constancia de un hombre que espera que la realidad se canse antes que él. Es una técnica respetable, aunque hoy poco prometedora.
Maurel giró hacia él.
—Sigue usted confundiendo su papel.
—Es posible. En mi defensa, anoche casi todos interpretaron el suyo con bastante libertad.
—No tiene derecho a retener documentos.
—No los retengo. Los preservo ante testigos.
—Los testigos son sospechosos.
—Qué conveniente sería una investigación donde solo pudieran declarar los inocentes perfectos. Lástima que la humanidad no produzca suficientes para llenar una sala.
Maurel dio un paso hacia la mesa.
Sorel se movió apenas.
No lo bloqueó del todo.
Pero lo suficiente.
El juez se detuvo. Miró al gendarme como si todavía no pudiera creer que aquella resistencia hubiese nacido de alguien tan menor.
—Sorel.
—Señor.
—Cuando esto termine, responderá por cada exceso.
—Sí, señor.
—¿Lo comprende?
—Sí, señor.
—Y aun así insiste.
Sorel sostuvo su mirada.
—Sí, señor.
Delacroix pensó que la valentía, en ciertos hombres, consistía sobre todo en repetir una palabra sencilla sin dejar que el miedo la vaciara por completo.
Ravel, desde su silla, soltó una risa baja.
—Lo ha perdido, juez.
Maurel no lo miró.
—Usted no tiene derecho a hablar.
—Eso me decían cuando escribía lo que usted dictaba.
—Yo no le dicté nada.
Ravel sonrió, mostrando por primera vez una satisfacción casi tranquila.
—No. Siempre prefería sugerir. «Sería conveniente», decía. «Conviene prever», decía. «Si el hijo cae, la madre firma.» Nunca ordenaba nada. Era muy limpio. Muy prudente. Muy cobarde.
El golpe fue preciso.
Maurel no reaccionó de inmediato. Eso lo volvió más visible. Hasta ese momento había logrado controlar casi todos sus músculos. Esa vez, en cambio, un nervio le tensó la mandíbula.
—Anote eso —dijo Delacroix.
Lucien ya lo estaba haciendo.
Ravel miró al muchacho.
—Aprendes rápido.
—De malos ejemplos.
—Entonces serás excelente.
Lucien no respondió.
Madeleine salió de la cocina con tazas de café. Las repartió primero entre quienes habían trabajado fuera. Gérard entró cubierto de nieve hasta los muslos, tomó una taza con ambas manos y bebió como si la bebida no estuviera hirviendo.
—El trineo podrá bajar —dijo—. Despacio. Harán falta dos hombres delante con palas hasta el recodo.
—Yo iré —dijo Baptiste.
—Y yo —añadió uno de los jóvenes del valle.
Brissac se irguió.
—También yo.
Gérard lo miró de arriba abajo.
—¿Sabe usar una pala, capitán?
Brissac pareció ofendido.
—He servido en campañas durísimas.
—No he preguntado si sabe mandar a otros a usar palas.
El silencio que siguió fue breve y maravilloso.
Delacroix decidió que Gérard, en dosis muy medidas, podía ser una bendición bastante peligrosa.
Brissac tomó una pala apoyada junto a la puerta.
—Aprenderé.
—Así se habla —dijo Gérard—. La nieve no respeta apellidos, pero enseña deprisa.
Odette se cubrió la boca con el chal para ocultar una sonrisa. Incluso Marchand pareció a punto de disfrutar. Maurel observó la escena con disgusto. El mundo, por desgracia para él, se estaba llenando de pequeñas desobediencias.
Mientras los hombres se preparaban para salir, Delacroix se acercó a Madeleine.
—Necesitará quedarse fuerte un poco más.
Ella miró la olla, las tazas, la mesa de pruebas, a Étienne.
—No sé si queda mucho.
—Queda lo suficiente. Siempre parece poco porque uno lo mide antes de usarlo.
—¿Cree que nos llevarán presos?
Delacroix no suavizó la respuesta.
—Probablemente tendrán que responder por lo que hicieron.
Étienne por la agresión. Usted por la administración del sedante, el ocultamiento del cuerpo y la manipulación de la escena.
Pero Ravel cambia el centro del caso. Maurel también.
Eso no los absuelve, pero impide que los conviertan en la historia completa.
Madeleine asintió. Parecía haber llegado a un cansancio donde las malas noticias, si eran exactas, resultaban casi más soportables que la esperanza.
—Y el refugio.
—El refugio tendrá enemigos.
—Siempre los tuvo.
—Ahora también tendrá pruebas.
Ella miró hacia la puerta, donde Gérard ajustaba la bufanda de Nicolas antes de salir otra vez.
—Y gente.
—Eso, madame, no suele constar en los contratos. Una torpeza habitual de los hombres que creen comprarlo todo.
Madeleine bajó la vista. No lloró. Quizá ya no podía. O quizá guardaba las lágrimas para cuando no hubiera nadie a quien servir café.
Étienne se acercó a ellos.
—Quiero ir con los que abren camino.
—No —dijo Madeleine al instante.
La palabra salió vieja, automática, maternal.
Étienne la miró.
Madeleine cerró los ojos y respiró hondo.
—Perdón.
La corrección fue pequeña.
Enorme.
—No quiero que vayas —dijo ella—. Pero ya no voy a decirlo como si pudiera decidir por ti.
Étienne sostuvo la taza entre las manos.
—No voy a huir.
—Lo sé.
—Solo necesito hacer algo.
Madeleine asintió despacio.
—Lo sé.
Delacroix miró al joven.
—Puede ayudar en el camino. Pero no salga de la vista del refugio. Y no convierta una pala en penitencia, monsieur Aubert. La nieve no absuelve. Solo pesa.
Étienne aceptó.
Salió con Gérard, Baptiste, Brissac y los demás. La puerta se abrió y volvió a entrar el frío. Maurel miró la salida con atención. Delacroix también. No porque temiera que Étienne huyera. Temía más bien que Maurel intentara provocar precisamente esa apariencia.
—Sorel —dijo el juez.
El gendarme levantó la vista.
—Señor.
—Vigile al joven Aubert.
—Está despejando el camino con cuatro testigos.
—Lo he visto.
—Entonces lo vigilaré desde aquí, señor.
Maurel no respondió.
Otro pequeño paso.
La mañana se volvió trabajo.
Lucien y Sorel terminaron el inventario.
Marchand cambió la venda de Ravel sin amabilidad, pero sin daño innecesario.
Abel despertó lo suficiente para beber caldo.
Céleste y Elise lo ayudaron. Perret escribió otra lista de nombres, esta vez más larga, con una letra temblorosa que delataba cómo iba recordando cosas en proporción exacta a su miedo.
Odette revisó las fechas de los documentos de Veyrac y las comparó con anotaciones de Lenoir, encontrando dos coincidencias que podrían servir para demostrar el patrón de presión.
Madeleine preparó más pan. Nicolas transportó leña como si aquella tarea lo convirtiera de algún modo en parte de una historia que después contaría con orgullo y horror.
Delacroix pidió ver la lista de Perret.
—Valette, Maurel, Lenoir, usted, Ravel, la sociedad de caza, Société des Hautes Terres… ¿Quién es este? Bernaud.
Perret se humedeció los labios.
—Notario.
—¿De dónde?
—Grenoble.
—¿Participó en la venta?
—Preparó borradores.
—¿Conocía que la ejecución no estaba cerrada?
—Supongo que sí.
—No me gustan los supongo cuando vienen de hombres que ya escondieron contratos en cajas de seda.
—Sí. Lo sabía.
Delacroix marcó el nombre.
—¿Y este? Chabert.
—Administrador del club.
—¿El club de caza?
—Sí.
—¿Sabía que Valbrume funcionaba como refugio?
Perret dudó.
Delacroix lo miró.