Muerte en el refugio (Los misterios de Armand Delacroix 11) Capítulo 25 — Los que llegaron a pie #2
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Capítulo 25 — Los que llegaron a pie #2

El muchacho se enderezó, incómodo de ser usado como prueba viva de un parto, pero lo bastante orgulloso para no protestar.

—Me llamo Nicolas —dijo.

—Encantado —respondió Delacroix—. Lamento que su primera aparición relevante en una investigación incluya detalles obstétricos.

Nicolas no supo qué contestar.

La mujer continuó:

—Si este refugio se cierra, la próxima mujer quizá no tenga dónde gritar.

Madeleine se cubrió la boca con una mano.

Maurel no respondió. Porque esa frase no era una prueba legal, y precisamente por eso no sabía dónde colocarla sin parecer monstruoso.

Gérard señaló a Abel Fournier.

—¿Qué le pasó?

—Ravel lo ató y lo escondió —dijo Delacroix.

—¿Ravel?

Lucien, desde el banco, habló con esfuerzo:

—Escribiente del juez Maurel.

Los recién llegados miraron al juez.

Maurel no se movió.

—Mi escribiente actuó sin autorización.

Ravel rió desde su silla.

—Repítalo un poco más, señor juez. Quizá termine sonando natural.

Gérard observó al escribiente atado, luego a Maurel, luego a los papeles.

—Esto huele peor que un establo cerrado.

—Gérard —dijo Madeleine, por costumbre.

El hombre bajó un poco la voz.

—Perdón. Pero huele.

Delacroix se acercó a los recién llegados.

—Necesitaremos que declaren lo que sepan del refugio, de Lenoir y de cualquier presión reciente para cerrarlo.

Maurel habló antes:

—No son testigos del hecho.

—No del cadáver —dijo Delacroix—. Sí del móvil, del contexto y de la importancia pública del refugio. Además, han llegado antes de que usted pudiera aislar otra vez esta sala. Eso ya los vuelve bastante interesantes.

—Está llenando el caso de voces irrelevantes.

—No. Estoy impidiendo que quede solo la suya.

Sorel volvió a escribir.

Maurel dejó escapar un suspiro apenas audible.

El equilibrio había cambiado. No de forma definitiva, pero sí visible.

La llegada de Gérard, la mujer, Nicolas y los otros dos hombres no resolvía la muerte de Lenoir.

No borraba el empujón de Étienne, el láudano de Madeleine, el ocultamiento del cadáver ni la manipulación de Ravel.

Pero hacía algo que Maurel no había previsto: convertía el refugio en una comunidad antes de que pudiera reducirlo a escena del crimen.

Una escena se clausura.

Una comunidad hace preguntas.

Los hombres del valle aceptaron quedarse.

Gérard y uno de los jóvenes fueron a ayudar a Baptiste a despejar la entrada lateral y revisar el estado del camino.

Nicolas dejó la cesta en la cocina y, sin que nadie se lo pidiera, empezó a traer leña.

La mujer del pañuelo, que se llamaba Elise, se quedó con Céleste junto a Abel.

Los otros hablaban poco, pero miraban mucho. Y sus miradas no favorecían a Maurel.

Delacroix aprovechó el movimiento para acercarse a Ravel.

—Su situación empeora.

—La de todos empeora.

—Sí, pero no todos están atados.

Ravel miró hacia Maurel, que hablaba en voz baja con Sorel cerca de la mesa.

—Me entregará.

—Ya lo hizo.

—No. Quiero decir de verdad. Dirá que falsifiqué todo. Que actué por Valette. Que intenté extorsionar a Lenoir, quizá. Que maté al prestamista y luego fabriqué documentos contra Maurel para salvarme.

—Una historia posible.

—Buena.

—No tanto. Le falta una cosa.

Ravel lo miró.

—¿Cuál?

—Usted.

El escribiente frunció el ceño.

—No lo entiendo.

—Para que esa historia funcione, usted debe callar o parecer absolutamente indigno de confianza. Lo segundo ya lo tiene bastante avanzado, no se ofenda. Lo primero aún puede elegirlo.

Ravel sonrió con amargura.

—¿Me ofrece redención?

—No. Esa palabra suele generar frases insoportables. Le ofrezco utilidad.

—Qué generoso.

—Más que Maurel.

Ravel miró al juez.

Ahí estaba otra vez: resentimiento, miedo y una pequeña grieta de cálculo. Delacroix no necesitaba que Ravel se volviera bueno. La bondad era demasiado pedir a esa hora. Necesitaba que quisiera salvarse lo suficiente como para decir la verdad donde pudiera hacer daño.

—Hay más cartas —dijo Ravel.

Delacroix no reaccionó.

—¿Dónde?

—No aquí.

—Entonces su utilidad baja.

—En el despacho de Maurel. Detrás del armario de registros civiles. Hay un cajón falso. Lenoir dejaba copias. Maurel creía que solo él y yo lo sabíamos.

—¿Y Valette?

—Valette tenía sus propias copias.

—¿Dónde?

—Lyon. O quizá Grenoble. No lo sé.

—Inténtelo mejor.

—No lo sé. Pero hay nombres en la libreta de pagos. En mi bolsa hay una página arrancada. No la han visto.

Delacroix lo observó.

—¿Otra sorpresa en su bolsa? Empiezo a pensar que debería haber cobrado entrada por visitarla.

—Cosida en el forro interior.

—¿Por qué no lo dijo antes?

Ravel miró a Maurel.

—Porque antes creía que quizá aún me sacaría de aquí.

—Y ahora.

—Ahora sé que me sacará solo si puedo cargar con todo.

Delacroix hizo una señal a Baptiste, que regresaba de la entrada con nieve en las botas. Fueron juntos a revisar la bolsa de Ravel, que seguía junto a la mesa de pruebas. En el forro interior, bajo una costura burda, encontraron una hoja doblada varias veces.

No estaba escrita por Lenoir.

Ni por Ravel.

Era una lista de pagos.

Nombres, cantidades, fechas, iniciales. Valette. Ravel. Lenoir. M. Dos nombres más que Delacroix no reconoció. Y una anotación al margen:

Valbrume: cerrar antes del invierno largo. El club no esperará otra temporada.

Maurel vio la hoja desde lejos.

Su rostro no cambió.

Pero sus ojos sí.

—Interesante —dijo Delacroix.

—Eso no prueba nada —dijo Maurel.

—Algún día me gustaría conocer una prueba que, en su opinión, pruebe algo incómodo para usted. Debe de ser una criatura mitológica.

Sorel se acercó.

—¿Puedo verla?

Delacroix se la entregó.

El gendarme la leyó con atención. Luego la colocó junto al resto de documentos y la anotó en el inventario.

Maurel observó el gesto como quien ve a un perro doméstico aprender a abrir una puerta.

—Sorel, está sobrepasando sus funciones.

—Tal vez, señor.

—Esa frase no lo protegerá.

—No, señor.

—Entonces ¿por qué insiste?

Sorel miró a Abel junto al fuego. A Céleste. A Madeleine. A Étienne. A la gente del valle que entraba y salía con palas, dejando nieve en el suelo. Luego miró a Lenoir, o más bien hacia la habitación donde estaba el cuerpo.

—Porque si no lo hago, mañana tendré que fingir que no vi lo que vi.

La frase fue sencilla.

No brillante.

No perfecta.

Pero en aquella sala bastó.

Maurel se quedó callado.

Gérard entró de nuevo, sacudiéndose la nieve.

—El camino estará practicable en una hora si seguimos abriendo. No para coches, pero sí para trineo y caballo.

—Excelente —dijo Maurel—. Entonces partiremos pronto.

Delacroix lo miró.

—¿Partiremos?

—Yo, Sorel, Ravel y los detenidos.

Madeleine se puso rígida.

Étienne dio un paso adelante.

—Si me detienen, iré.

—Y yo —dijo Madeleine.

Delacroix no apartó la vista de Maurel.

—Nadie saldrá aún.

—No puede impedirlo.

—No pienso impedir una detención legítima. Pero sí un traslado dirigido por un juez implicado en las pruebas del caso.

Maurel rió sin humor.

—¿Y quién decidirá eso?

Sorel habló antes que Delacroix:

—Yo custodiaré a Ravel. Pero no trasladaré a los Aubert hasta recibir instrucciones de un superior o del magistrado de Grenoble.

Maurel giró hacia él con furia contenida.

—¿Está desobedeciendo una orden directa?

Sorel tragó saliva.

—Estoy evitando un conflicto de interés, señor.

Lucien, casi sin darse cuenta, escribió la frase.

Maurel la oyó.

Todos la oyeron.

Ravel empezó a reír.

Primero bajo.

Luego más alto.

No era alegría. Era histeria, cansancio, resentimiento, una carcajada de hombre que ve cómo el edificio al que sirvió empieza a crujir desde una viga pequeña.

—Un conflicto de interés —repitió Ravel—. Eso lo va a matar más que una acusación.

Maurel dio un paso hacia él.

—Cállese.

—No. Ahora no.

—Ravel.

—Usted me prometió que, si algo salía mal, habría protección. Que los papeles siempre podían ordenarse. Que un campesino furioso, una madre desesperada y una criada asustada nunca valdrían más que un expediente bien redactado.

Maurel levantó la mano.

No mucho.

Lo suficiente.

Sorel se interpuso.

El gesto fue instintivo.

Y definitivo.

Maurel se quedó inmóvil.

El gendarme también pareció sorprenderse de haberse movido.

Delacroix no.

Había estado esperando algo así.

—Gendarme Sorel —dijo con calma—, creo que acaba de elegir una carrera más difícil.

Sorel no apartó la vista de Maurel.

—Sí, señor.

Maurel bajó la mano despacio.

Nadie dijo nada durante unos segundos.

Fuera, las palas seguían golpeando la nieve. Ese sonido humilde, repetido, casi vulgar, llenó la pausa. Hombres abriendo camino. No para una ejecución. No para un acreedor. Para que la gente pudiera bajar, subir, declarar, vivir.

Madeleine miró hacia la puerta.

Delacroix también.

El refugio no estaba salvado.

Étienne tampoco.

Madeleine tampoco.

Ravel hablaría por interés. Perret por miedo. Brissac por honor dañado. Odette por duelo. Lucien por vergüenza. Sorel por una decencia recién nacida. Y Maurel lucharía con todo lo que le quedaba para convertir aquella sala en un malentendido administrativo.

Nada estaba resuelto.

Pero algo había cambiado.

El camino empezaba a abrirse desde fuera.

Y desde dentro, por fin, también.