Capítulo 25 — Los que llegaron a pie
Maurel no se marchó.
Fue lo más inteligente que pudo hacer y, al mismo tiempo, lo menos cómodo.
La puerta seguía cerrada por nieve, el camino no estaba abierto del todo y el trineo que lo había llevado hasta Valbrume no podía bajar sin ayuda.
Pero Delacroix sospechó que, incluso si el camino hubiera estado despejado, el juez habría dudado en irse.
Marcharse significaba dejar atrás los documentos, las declaraciones, a Ravel, a Sorel y a una sala llena de personas que ya habían aprendido a escribir antes de que él pudiera dictarles qué recordar.
Quedarse tampoco lo salvaba.
Lo dejaba allí, a la vista de todos, con los guantes puestos, el sombrero en la mano y una autoridad cada vez más parecida a un abrigo mojado: conservaba la forma, pero ya no calentaba.
—Necesito enviar aviso a Saint-Aubin —dijo Maurel.
—Qué curioso —respondió Delacroix—. Hace un rato parecía usted bastante decidido a controlar la situación sin molestar a nadie más.
—La situación ha cambiado.
—Sí. Ahora lo miran.
Maurel no contestó. Su rostro había recuperado una calma pulida, aunque ya no era la misma. Antes había sido dominio. Ahora era cálculo defensivo. Delacroix prefería a los hombres peligrosos cuando empezaban a defenderse: mostraban mejor los bordes.
Sorel permanecía junto a la mesa, con la libreta cerrada bajo el brazo y una rigidez nueva en los hombros.
No parecía seguro de haber hecho lo correcto.
Eso, para Delacroix, era una buena señal.
Los hombres demasiado seguros de su virtud suelen cometer atrocidades con excelente postura.
Sorel, en cambio, tenía miedo. Y, aun así, seguía allí.
—Señor juez —dijo el gendarme—, podemos enviar al conductor cuando el camino lo permita. Pero los documentos deben quedar inventariados aquí hasta que llegue una autoridad externa.
Maurel lo miró.
—¿Autoridad externa?
Sorel tragó saliva.
—El magistrado de Grenoble mencionado por el capitán Brissac, por ejemplo. O cualquier superior que no esté citado en las declaraciones.
Brissac se irguió un poco. Su apellido, por primera vez en toda la noche, parecía servir para algo más que cubrir deudas antiguas.
—Mi carta está lista —dijo—. Puedo enviarla con mi sello.
Maurel sonrió con frialdad.
—Su sello, capitán, no tiene competencia judicial.
—No. Pero todavía abre algunas puertas. Incluso puertas que preferirían no recibir malas noticias.
—Su familia lleva años abriendo demasiadas puertas que no puede pagar.
Brissac palideció de rabia.
Delacroix levantó una mano antes de que el capitán estropeara en cinco segundos la dignidad que llevaba una hora reconstruyendo.
—Juez Maurel, si su estrategia consiste en recordar las vergüenzas privadas de cada persona presente, debería administrar mejor el tiempo. La sala es amplia y todos parecen haber venido bien provistos.
Odette Veyrac dejó su chal sobre el respaldo de la silla.
—Además, las nuestras ya están por escrito.
Maurel giró hacia ella.
—Usted habla con demasiada confianza para una mujer que entró en la habitación de un hombre que odiaba.
—Y usted habla con demasiada calma para un hombre cuyo escribiente vivía escondido bajo una cocina.
La respuesta fue suave.
Por eso cortó mejor.
Ravel soltó una risa desde su silla. Maurel no lo miró. Esa omisión fue otro error. Ravel estaba empezando a disfrutar demasiado de su resentimiento.
—No se engañen —dijo el escribiente—. Maurel todavía puede arreglarlo si consigue sacarme de aquí.
Sorel se volvió hacia él.
—Usted no irá a ninguna parte sin custodia.
—Soy la custodia, gendarme —dijo Maurel.
Delacroix se inclinó apenas hacia Sorel.
—Una frase útil para consignar.
Sorel abrió la libreta.
Maurel apretó los labios.
En la cocina, Madeleine removía una olla con movimientos lentos.
No fingía no escuchar; simplemente había decidido que, si el mundo iba a hundirse sobre su cabeza, al menos nadie lo haría con el estómago vacío.
Étienne cortaba pan a su lado. Cada rebanada caía sobre una tabla, limpia, irregular.
Tenía las manos fuertes. Las mismas manos que habían empujado a Lenoir. Las mismas que ahora repartían pan.
Delacroix pensó que los jueces solían tener problemas con esa clase de contradicciones.
La ley prefería manos clasificadas.
La vida insistía en mezclarlas.
Un golpe sonó en la puerta.
No fue como los de Maurel, ni como los falsos de Lenoir.
Fue un golpe abierto, fuerte, casi torpe. De alguien que llamaba porque traía frío y no secretos.
Baptiste fue a mirar por la ventana.
—Hay gente.
Maurel dio un paso.
—¿Qué gente?
Baptiste apartó más la cortina.
—Del valle. Tres hombres. No, cuatro. Y una mujer. Vienen con palas.
Madeleine dejó de remover la olla.
Céleste levantó la cabeza.
Étienne miró a su madre.
Delacroix observó el cambio en la sala. No fue alivio exactamente. Fue algo más profundo, más antiguo: reconocimiento. La clase de mirada que una casa tiene cuando oye voces conocidas tras una noche en la que todos los sonidos habían parecido amenazas.
—Abra —dijo Madeleine.
Esta vez Delacroix no la detuvo.
Baptiste abrió la puerta.
Entró primero una ráfaga de aire blanco, luego un hombre ancho, de barba gris y nariz roja, con una pala en la mano y nieve hasta las rodillas.
Detrás aparecieron otros dos hombres, más jóvenes, una mujer envuelta en un pañuelo oscuro y un muchacho de unos dieciséis años que traía una cesta colgada del brazo.
—Madeleine —dijo el hombre de barba—. ¿Estáis vivos?
La pregunta, en otra mañana, habría sido una exageración. En aquella, no.
Madeleine tardó un segundo en responder.
—Sí, Gérard.
El hombre miró alrededor y su rostro cambió al ver la mesa llena de papeles, a Ravel atado, a Lucien herido, a Abel junto al fuego, al gendarme, a Maurel, a Delacroix.
—Bueno —murmuró—. Más o menos.
La mujer que venía con ellos entró sin pedir permiso y fue directa hacia Céleste.
—Niña.
Céleste se levantó y se abrazó a ella con una fuerza repentina. Lloró otra vez, pero de otra manera.
Madeleine dejó la cuchara.
—¿Cómo habéis subido?
—A pie desde el desvío —dijo Gérard—. El camino está mal, pero no cerrado del todo. Vimos que no bajaba humo por la chimenea trasera como de costumbre. Y luego oímos campanas de trineo. Pensamos que algo pasaba.
—Pasaba —dijo Delacroix.
Gérard lo miró.
—¿Y usted es?
—Un huésped arrepentido de no haberse quedado en el coche.
—Armand Delacroix —dijo Brissac, con cierta solemnidad.
Los recién llegados reaccionaron con sorpresa. El muchacho de la cesta abrió mucho los ojos. Gérard silbó bajo.
—Vaya. Entonces sí que pasaba algo.
Maurel recuperó su voz oficial.
—Soy el juez Maurel. Esta es una investigación en curso. Les pediré que no alteren la escena.
Gérard lo miró despacio.
—¿La escena?
—Hay un fallecido.
La mujer del pañuelo se santiguó.
—Dios nos ampare.
—Gaspard Lenoir —dijo Delacroix.
El nombre produjo un efecto inmediato.
No miedo.
No sorpresa.
Algo más cercano a una satisfacción que todos se avergonzaron un poco de sentir demasiado rápido.
Gérard bajó la pala.
—¿Lenoir está muerto?
—Sí —dijo Marchand.
—Ah.
El hombre no añadió nada.
No hizo falta.
Maurel lo observó con interés frío.
—¿Lo conocía?
—Todo el valle conocía a Lenoir.
—Eso no responde.
—Sí responde. Otra cosa es que no le guste.
Delacroix decidió que Gérard podía caerle bastante bien durante intervalos breves.
La mujer del pañuelo, que seguía junto a Céleste, miró a Madeleine.
—¿Qué ha ocurrido?
Madeleine abrió la boca.
No salió nada.
Étienne dio un paso hacia delante.
—Yo lo empujé.
La frase cayó antes de que nadie pudiera vestirla.
Gérard miró al joven.
—¿A Lenoir?
—Sí.
—¿Y murió?
Étienne tragó saliva.
—Después. No sé cuánto por mi culpa y cuánto por todo lo demás. Pero empezó conmigo.
Madeleine cerró los ojos.
Delacroix no lo detuvo. Aquello ya no era una confesión táctica. Era algo que Étienne necesitaba decir ante personas que conocían el refugio no como expediente, sino como lugar vivo.
Gérard apoyó la pala contra la pared.
—Ese hombre llevaba años empujando gente.
Maurel habló de inmediato:
—Eso no justifica una agresión mortal.
Gérard giró hacia él.
—No he dicho que la justifique.
—Lo ha insinuado.
—He dicho una verdad. Si la verdad le parece insinuación, señor juez, será cosa de su oficio.
El muchacho de la cesta ahogó una risa. La mujer le dio un codazo.
Sorel escribió algo en su libreta.
Maurel lo vio.
—No está obligado a anotar comentarios populares.
—No, señor —respondió Sorel—. Pero ayudan a entender el contexto.
Delacroix miró al gendarme con discreta admiración. El hombre estaba descubriendo que la obediencia podía tener grietas bastante saludables.
Los recién llegados dejaron sus palas junto a la puerta. Traían pan, queso, una botella de leche y una manta seca. No venían por curiosidad. Venían porque, en Valbrume, cuando la nieve cerraba el camino y el refugio no respondía como de costumbre, la gente subía.
Ese hecho, sencillo y obstinado, empezó a hacer más daño a la versión de Maurel que cualquier ironía.
—¿Por qué vinieron exactamente? —preguntó Delacroix a Gérard.
—Porque este sitio no se apaga.
—Explíquese.
El hombre se encogió de hombros.
—Madeleine siempre deja humo. Si no de una chimenea, de otra. Siempre hay alguien. Si no baja nadie a buscar harina, sube alguien a traerla. Si hay tormenta, se mira Valbrume. Así ha sido desde antes de que yo naciera.
Maurel intervino:
—Eso es sentimentalismo local.
La mujer del pañuelo lo miró con una dureza repentina.
—Mi hijo nació aquí.
El juez se quedó callado.
Ella siguió:
—Hace diecisiete años, durante una nevada peor que esta. No llegábamos al pueblo. Madeleine me metió en una habitación, calentó agua, me dio su propia manta y me dijo que gritara lo que quisiera, que las paredes ya habían oído cosas peores. Ese niño está ahí.
Señaló al muchacho de la cesta.