Capítulo 27 — El hombre que escuchaba
El hombre que subía a caballo no parecía venir a salvar a nadie.
Eso, en opinión de Delacroix, era un punto a su favor.
Los salvadores profesionales tenían una inclinación molesta por entrar en las habitaciones como si las tragedias estuvieran esperándolos para volverse comprensibles.
El recién llegado, en cambio, avanzaba despacio por el camino abierto en la nieve, con la capa oscura salpicada de blanco, la espalda recta y el rostro serio de quien sabía que llegar tarde no era una excusa para apresurarse mal.
Nicolas caminaba a su lado con la importancia contenida de un muchacho que acababa de llevar una carta capaz de incomodar a un juez.
Gérard venía detrás, junto con otros vecinos del valle.
Traían palas, mantas, pan, alguna cuerda y ese aire obstinado de la gente que no entiende la justicia como una palabra escrita, sino como algo que debería permitir que una puerta siguiera abriéndose cuando nieva.
Brissac estaba junto a la ventana.
—Es Arnaud —repitió.
Maurel no dijo nada.
Eso fue más elocuente que cualquier protesta.
El juez de Saint-Aubin permanecía de pie cerca de la mesa de pruebas, con los guantes puestos y el sombrero apoyado junto a su mano.
Se había quedado demasiado quieto. Los hombres acostumbrados a mandar suelen permitirse movimientos cuando se sienten seguros: acomodan un puño, limpian una mota inexistente, ordenan papeles, giran una silla.
Maurel, en cambio, se había convertido en una línea vertical.
Como si todo su cuerpo supiera que cualquier gesto podía delatar una intención que su boca todavía no había elegido.
Ravel lo miraba desde la silla con una satisfacción seca.
—Ahora sí —murmuró.
Maurel giró apenas la cabeza.
—Le aconsejo silencio.
—Ya no aconseja tan bien como antes.
Delacroix se interpuso antes de que la conversación degenerara en una pequeña guerra de condenados.
—Monsieur Ravel, conserve sus fuerzas. La traición exige menos energía cuando se administra con elegancia.
Ravel soltó una risa breve, pero calló.
La puerta se abrió de nuevo. Entraron primero el frío, después Nicolas, luego Gérard, y por último el magistrado Arnaud.
Era un hombre de unos sesenta años, quizá más, con cabello gris, barba cuidada y ojos oscuros. No llevaba la solemnidad encima como un estandarte, sino como un abrigo viejo: útil, necesario y sin vanidad. Se quitó el sombrero, sacudió la nieve de los hombros y observó la sala sin hablar.
Miró a Maurel.
A Delacroix.
A Ravel atado.
A Lucien herido.
A Abel Fournier junto al fuego.
A Madeleine y Étienne.
A la mesa cubierta de documentos.
A la puerta lateral tras la cual reposaba Gaspard Lenoir.
No preguntó enseguida quién mandaba allí.
Aquello también fue un punto a su favor.
—Capitán Brissac —dijo al fin.
—Magistrado Arnaud.
—Su carta era breve.
—La escribí con frío y bastante prisa.
—Y con menos dramatismo del que esperaba de su familia.
Brissac, por una vez, aceptó el golpe con cierta dignidad.
—Estoy intentando mejorar.
Arnaud inclinó apenas la cabeza, como si tomara nota de esa posibilidad remota. Luego miró a Delacroix.
—Monsieur Delacroix.
—Magistrado.
—Cada vez que su nombre aparece en una carta urgente, suele haber un cadáver cerca.
—Una asociación injusta. A veces llego después.
—Eso rara vez mejora mi mañana.
—Tampoco la mía.
Arnaud no sonrió, pero algo en sus ojos se aflojó apenas. Después se volvió hacia Maurel.
—Juez Maurel.
—Magistrado Arnaud.
El saludo fue correcto.
La temperatura bajó un grado.
—No esperaba verlo aquí —dijo Maurel.
—Eso he entendido.
—Esta investigación está bajo mi competencia territorial.
—Eso también.
—Entonces comprenderá que su intervención resulta irregular.
Arnaud dejó los guantes sobre una silla.
—Juez Maurel, he subido por un camino abierto a pala tras recibir una carta de un capitán endeudado, una nota de Armand Delacroix, un inventario preliminar redactado por un empleado de su despacho herido en el costado, y el aviso verbal de un muchacho nacido en este refugio durante una tormenta.
Permítame decir que la irregularidad empezó bastante antes de mi llegada.
Nicolas, junto a Gérard, bajó la vista con orgullo disimulado.
Maurel mantuvo la calma.
—Precisamente por eso conviene restablecer el procedimiento.
—Conviene escuchar primero.
Delacroix sintió una pequeña satisfacción.
Escuchar primero.
Era una expresión peligrosa en una sala donde tantas personas habían confiado en que nadie escuchara a tiempo.
Arnaud se acercó a la mesa. No tocó los documentos.
—¿Quién realizó este inventario?
Lucien levantó la mano con cierto esfuerzo.
—Yo, magistrado.
Arnaud lo miró.
—Nombre.
—Lucien Darras.
—Empleado del despacho de Maurel.
—Sí.
—Herido por Ravel.
—Sí.
—Y, según la nota, participante inicial en la operación como testigo de Lenoir.
Lucien tragó saliva.
—Sí.
—Bien. Agradezco que la vergüenza llegue ya escrita. Ahorra preguntas inútiles.
El muchacho bajó la mirada.
—Sí, magistrado.
—Levante la cabeza. No he dicho que ahorre preguntas necesarias.
Lucien obedeció.
Arnaud tomó asiento en la cabecera de la mesa, pero no como quien ocupa el lugar del dueño. Más bien como quien acepta que todos necesitan un punto fijo para no seguir girando alrededor del miedo.
—Quiero una exposición ordenada —dijo—. Primero los hechos físicos.
Después los documentos. Luego las declaraciones.
Después decidiré qué autoridad debe custodiar a quién y qué papeles deben salir de este refugio.
Si alguien intenta saltar hacia el final por conveniencia personal, lo haré volver al principio con menos paciencia.
Miró a Maurel al decirlo.
Maurel no parpadeó.
Delacroix apoyó ambas manos sobre el bastón.
—El cuerpo de Gaspard Lenoir está en la estancia lateral.
Fue encontrado en el cobertizo exterior, pero no murió allí.
Hay indicios de herida craneal producida tras una caída o impacto en el cuarto de leña, administración de láudano en la habitación de Lenoir, traslado del cuerpo a la despensa y luego al cobertizo, y manipulación posterior de la escena para simular presencia o actividad del fallecido.
Arnaud miró a Marchand.
—¿Usted es el médico?
—Louis Marchand.
—¿Confirma?
—Confirmo con las reservas ya expuestas en mi declaración.
La muerte parece resultado combinado de golpe, sedante, falta de auxilio, posible dosis posterior y frío.
No puedo atribuirla a una sola causa sin examen más profundo, pero sí puedo afirmar que el cuerpo fue movido y que la escena fue alterada.
—Bien.
Arnaud no dijo «lamentable». No dijo «trágico». No adornó. Siguió.
—¿Quién admite la primera agresión?
Étienne dio un paso adelante.
—Yo.
Madeleine cerró los ojos, pero no lo detuvo.
—Nombre.
—Étienne Aubert.
—Relación con el refugio.
—Hijo de Madeleine Aubert. Trabajo aquí.
—Explique en pocas palabras.
Étienne respiró hondo.
—Gaspard Lenoir vino a ejecutar una deuda y cerrar el refugio. Discutimos en el cuarto de leña. Me provocó hablando de mi madre, del refugio y de mi padre. Lo empujé. Cayó y se golpeó la cabeza. Sangró. Se rió. Dijo que ahora tenía algo contra mí para llevar al juez Maurel.
Maurel habló con frialdad:
—Esa última frase es una reconstrucción interesada.
Arnaud levantó una mano.
—Juez Maurel, he dicho que haría volver al principio a quien saltara por conveniencia. No me obligue a cumplir tan pronto.
Maurel calló.
Arnaud miró a Étienne.
—Continúe solo si falta un hecho físico.
—Mi madre llegó. Lo llevamos a su habitación. Después ella me mandó salir.
—¿Ayudó después a ocultar el cuerpo?
Étienne cerró los ojos un instante.
—Sí.
—¿Por decisión propia?
—Por decisión de mi madre. Pero yo acepté.
Arnaud sostuvo su mirada.
—Esa distinción se anotará.
Madeleine dio un paso.
—Yo le di láudano.
Arnaud se volvió hacia ella.
—Nombre.
—Madeleine Aubert.
—Encargada del refugio.
—Sí.
—Diga lo necesario.
Madeleine habló sin temblar.
—Le di vino con unas gotas de láudano para calmarlo.
No llamé ayuda. Cuando volví, respiraba mal.
Después creí que estaba muerto, o lo estaba.
Me asusté. Pensé que destruirían a mi hijo y el refugio.
Moví el cuerpo. Usé una manta. Lo llevamos primero a la despensa y luego al cobertizo.
También usé una cuerda para fingir golpes en la puerta de su habitación y ganar tiempo.
Arnaud la escuchó sin cambiar de rostro.
—¿Su intención era matarlo?
—No.
—¿Su intención era ocultar lo ocurrido?
—Sí.
La palabra fue limpia.
Arnaud asintió una vez.
—Constará.
Ravel soltó un ruido desde su silla.
—Qué conmovedora sinceridad cuando ya no queda otra salida.
Arnaud lo miró.
—Nombre.
El escribiente sonrió.
—Ravel.
—Nombre completo.
—Adrien Ravel.
Lucien levantó la vista. Tal vez era la primera vez que oía el nombre completo del hombre que había mandado sobre él en el despacho.
—Empleado del juez Maurel —dijo Arnaud.
—Primer escribiente.
—No mejore su cargo todavía. Explique su presencia en una bodega de este refugio durante tres días.
Ravel miró a Maurel.
El juez no lo miró a él.
Eso decidió más que cualquier amenaza.
—Me enviaron para observar —dijo Ravel.
—¿Quién?
Silencio.
—Monsieur Ravel —dijo Arnaud—, en esta sala hay demasiadas personas que ya han perdido el derecho a una mentira elegante. No intente conservarlo solo.
Ravel apretó los labios.
—El juez Maurel me indicó que debía vigilar el desarrollo de la ejecución de la deuda de Valbrume, preparar indicios de resistencia violenta si se producían, y garantizar que los documentos de Lenoir llegaran a su despacho si había cualquier incidente.
Maurel habló:
—Eso es falso.
Arnaud no lo miró.
—Constará su negativa. Continúe, Ravel.
El escribiente pareció disfrutar de aquella orden más de lo que convenía a su situación.