Muerte en el refugio (Los misterios de Armand Delacroix 11) Capítulo 23 — El juez en la nieve #2
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Capítulo 23 — El juez en la nieve #2

Maurel se volvió hacia Madeleine.

—Madame Aubert, necesito que me diga dónde está Gaspard Lenoir y qué ocurrió anoche.

Madeleine lo miró.

Antes de responder, miró a Étienne.

Luego a Delacroix.

Y después a Lucien, que tenía la pluma en la mano.

—Ya lo he declarado por escrito.

Maurel parpadeó.

Fue apenas un instante.

Pero Delacroix lo vio.

—¿Por escrito?

—Sí —dijo Lucien—. Todos lo hemos hecho.

El juez giró hacia él con frialdad.

—Darras.

Lucien palideció, pero no bajó la mirada.

—Señor juez.

—¿Usted redactó esas declaraciones?

—Sí.

—¿Bajo instrucción de quién?

Lucien dudó.

Delacroix habló:

—Bajo instrucción del sentido común, un superior que suele visitar poco los despachos, por lo que entiendo.

Maurel ignoró el comentario.

—Darras, usted trabaja para mi oficina.

—Sí.

—Y ha decidido actuar sin autorización.

El muchacho tragó saliva.

—He decidido escribir lo que los testigos vieron antes de que nadie pudiera ordenarles olvidarlo.

La frase sorprendió incluso a Lucien.

Delacroix decidió que, pese al costado vendado, el muchacho empezaba a mejorar.

Maurel lo miró con una mezcla de decepción y amenaza.

—Tenga cuidado. Su futuro podría depender de cómo se comporte en las próximas horas.

Lucien apretó la pluma.

—Eso creía antes.

Ravel soltó una risa baja.

Maurel le lanzó una mirada. Esa mirada hizo callar al escribiente con más eficacia que la cuerda.

—Entreguen todos los documentos —dijo el juez.

Ahí estaba.

No un pedido.

Una orden.

Delacroix se apoyó en el bastón.

—¿Cuáles?

—Todos los relativos a la muerte de monsieur Lenoir, a la deuda del refugio y a cualquier acusación formulada contra mi despacho o contra terceros.

—Una categoría amplia. Casi cabría en ella su sombrero.

—No bromee.

—No lo hacía. Su sombrero parece conocer varios secretos.

Maurel dio un paso hacia la mesa.

Baptiste se movió ligeramente para bloquearle el paso. No mucho. Apenas lo suficiente para recordar que la autoridad, en una sala llena de gente cansada, seguía necesitando atravesar cuerpos.

Sorel puso una mano en el sable.

Delacroix levantó una mano.

—Nadie hará nada estúpido todavía. Me gustaría reservar esa opción para momentos más desesperados.

Maurel miró al conductor.

—Apártese.

Baptiste no se movió.

—Con permiso, señor juez, pero esta noche ya se llevaron demasiadas cosas de esa mesa.

La frase fue sencilla.

Y magnífica.

Maurel lo miró como si acabara de descubrir que incluso los conductores podían tener columna vertebral.

—Sorel.

El gendarme dio un paso, pero no con entusiasmo.

Delacroix tomó la bolsa con los documentos visibles y la levantó.

—Estos son los papeles que hemos decidido conservar sobre la mesa. Puede examinarlos aquí, delante de todos. No saldrán de esta habitación sin inventario firmado por al menos tres testigos.

Maurel sonrió por primera vez.

No fue una sonrisa agradable.

—Usted no dicta las condiciones de un procedimiento judicial.

—No. Pero dicto con bastante soltura las condiciones bajo las que le entregaré pruebas que lo comprometen.

—¿Me comprometen?

—Eso parece inquietarle para ser una simple hipótesis.

El juez se acercó lentamente.

—Monsieur Delacroix, está obstruyendo una investigación.

—No. Estoy impidiendo que una investigación sea enterrada antes de nacer. Es una diferencia pequeña en el papel y enorme en la nieve.

Maurel sostuvo su mirada.

Luego miró al gendarme Sorel.

—Registre la mesa.

Sorel dudó.

Ese segundo fue importante.

—Señor juez…

—Es una orden.

Sorel avanzó.

Brissac se colocó a un lado.

—Gendarme, antes de obedecer quizá quiera saber que he escrito una carta dirigida al magistrado Arnaud de Grenoble, relatando lo ocurrido aquí y mencionando la presencia del juez Maurel en esta sala.

Maurel giró hacia él.

—Capitán Brissac.

—Juez Maurel.

—Su situación personal con el difunto Lenoir lo vuelve un testigo muy cuestionable.

—Lo sé —dijo Brissac—. Por eso la he declarado por escrito antes de que usted pudiera usarla como sorpresa.

Maurel no respondió.

Odette se levantó.

—Yo también he declarado mi vínculo con Lenoir.

Marchand añadió:

—Y yo mi denuncia archivada por su despacho.

Perret levantó tímidamente la mano.

—Yo he escrito sobre Valette y la sociedad compradora.

Todos lo miraron.

Perret bajó la mano, pero terminó la frase:

—Y sobre mi propia participación.

Céleste habló desde junto a Abel:

—Yo también declaré.

Lucien levantó las hojas.

—Todas están firmadas.

Sorel se detuvo.

No era desobediencia aún. Era algo más peligroso para Maurel: pensamiento.

El juez lo percibió.

—Gendarme Sorel, cumpla mi orden.

Delacroix miró al gendarme.

—Sorel, ¿cuánto tiempo lleva en servicio?

El joven parpadeó.

—Siete años.

—Suficiente para saber que una orden puede ser legal y aun así resultar sospechosamente conveniente para quien la da.

Maurel habló con frialdad:

—Está interfiriendo.

—Desde que llegué. Ha sido una noche de hábitos constantes.

Sorel miró la mesa. Miró a Ravel atado. Miró a Lucien herido. Miró a Abel junto al fuego. Miró a Madeleine y a Étienne. Luego miró al juez.

—Señor juez, quizá convendría hacer inventario.

La sala pareció respirar.

No demasiado.

Pero algo cambió.

Maurel no perdió la compostura. Hombres como él rara vez lo hacían ante testigos. Solo afinó la voz.

—Muy bien. Haremos inventario.

Delacroix inclinó la cabeza.

—Qué generosidad tan parecida a una derrota pequeña.

—No se exceda, monsieur.

—Procuro no excederme antes del almuerzo.

Maurel se acercó a Ravel.

—¿Qué ha dicho?

Ravel no respondió.

—Le he hecho una pregunta.

El escribiente miró al juez. Hasta ese momento había mostrado desprecio, miedo, arrogancia, rabia. Ahora mostró otra cosa: resentimiento.

—He dicho lo suficiente.

Maurel lo observó.

—Entonces ha dicho demasiado.

—Para usted, sí.

El aire se tensó.

Delacroix vio la fractura. Era estrecha, pero real. Ravel había comprendido, quizá antes de que Maurel entrara, que sería abandonado. Ahora oía ese abandono pronunciado con guantes limpios.

—Ravel —dijo Maurel—, piense bien lo que está haciendo.

El escribiente soltó una risa baja.

—Eso me decían siempre. Piense bien. Escriba bien. Copie bien. Calle bien.

—Está herido y confuso.

—No. Estoy cansado.

—No agrave su situación.

Ravel miró la cuerda que lo sujetaba.

—Mi situación ya estaba escrita antes de que llegara, señor juez. Supongo que la redactó usted.

Por primera vez, el rostro de Maurel perdió algo de color.

Delacroix apoyó ambas manos sobre el bastón.

—Interesante.

Maurel se volvió hacia él.

—Ese hombre intenta salvarse.

—Naturalmente. Pero lo hace mordiéndole a usted la manga, y debo admitir que la imagen posee cierto encanto.

—Nada de lo que diga sin garantías tiene valor.

—Entonces dele garantías.

Maurel se quedó quieto.

Sorel lo miró.

Brissac también.

Lucien tenía la pluma preparada, casi sin darse cuenta.

Ravel sonrió. Esta vez no con superioridad. Con odio.

—No lo hará.

Delacroix se inclinó apenas hacia él.

—No. Pero quizá otro magistrado sí.

—Si llego vivo a él.

La frase no fue teatral.

Fue práctica.

Y por eso resultó más inquietante.

Maurel se irguió.

—Esto es ridículo.

—No —dijo Odette—. Ridículo era creer que nadie iba a notar que llegó justo cuando faltaba un papel.

El juez la miró.

—Madame Veyrac, su animadversión hacia el difunto Lenoir está documentada.

—Lo sé. La documentamos nosotros antes de que usted pudiera hacerlo por mí.

Delacroix casi sonrió.

Maurel miró la mesa, las declaraciones, los testigos, la bolsa cerrada, las copias que él no podía ver pero empezaba a sospechar.

Todo su plan dependía de personas aisladas, avergonzadas, enfrentadas entre sí.

Y esa sala, pese al cansancio y a las culpas reales, había cometido una insolencia mayor que cualquier acusación: se había organizado.

El juez cambió de estrategia.

—Bien —dijo con suavidad—. Supongamos que acepto hacer inventario. Supongamos que escucho todas las versiones. Supongamos incluso que mi escribiente ha cometido excesos por iniciativa propia.

Ravel rió por lo bajo.

Maurel lo ignoró.

—Nada de eso cambia un hecho esencial. Étienne Aubert agredió a Gaspard Lenoir. Madeleine Aubert lo sedó, ocultó su cuerpo y manipuló la escena. El resto puede ser investigado, desde luego, pero esas confesiones bastan para detenerlos a ambos.

Madeleine cerró los ojos.

Étienne dio un paso hacia delante.

—Sí.

La respuesta sorprendió a Maurel.

—¿Sí?

—Sí. Si tiene que detenernos, hágalo.

Madeleine lo miró.

—Étienne.

—Pero escriba también lo demás —dijo el joven—. Escriba que Lenoir vino a provocarme. Que Ravel estaba escondido. Que usted sabía lo que iba a pasar. Que usaron a mi padre, a mi madre, al refugio y a toda la gente de esta sala para quedarse con un edificio que no podían comprar limpiamente.

Maurel lo miró con una compasión cuidadosamente fabricada.

—Joven, entiendo que esté desesperado.

Étienne negó despacio.

—No. Anoche estaba desesperado. Ahora estoy cansado. Es distinto. La desesperación me hizo empujarlo. El cansancio me permite mirarlo a usted sin mover las manos.

La frase dejó un silencio perfecto.

Madeleine lloró entonces.

No mucho. No de manera teatral. Solo se le llenaron los ojos y tuvo que apartar la vista.

Delacroix pensó que, si aquella noche había hecho algo por Étienne Aubert, no era salvarlo de la culpa. Era permitirle no darle otro espectáculo a quienes lo habían apostado todo a su rabia.

Maurel no encontró respuesta inmediata.

Eso también fue importante.

Sorel carraspeó.

—Señor juez, deberíamos asegurar la escena, tomar inventario y enviar aviso a Grenoble.

Maurel se volvió hacia él.

—No le he pedido opinión.

—No, señor.

—Entonces no la ofrezca.

Sorel se cuadró, pero algo en su rostro cambió. Ya no era solo obediencia. Era memoria. El tipo de memoria que un subordinado podía llevarse de una habitación y repetir después ante alguien más.

Delacroix lo vio.

Maurel también.

El juez volvió a ponerse los guantes.

—Muy bien. Haremos las cosas con orden. Primero veré el cuerpo. Después revisaré las declaraciones. Luego decidiré quién será trasladado a Saint-Aubin cuando el camino lo permita.

—No —dijo Delacroix.

Maurel se quedó inmóvil.

—¿No?

—Primero hará inventario de las pruebas presentes y firmará que las recibe a la vista de todos.

Después verá el cuerpo acompañado por Marchand, Sorel y yo.

Luego revisará las declaraciones. Y solo entonces decidirá lo que tenga autoridad para decidir sin que parezca un hombre intentando guardar el incendio en un cajón.

El juez sonrió con hielo.

—Insiste en dar órdenes.

—Insisto en dejar constancia de las suyas.

Lucien levantó la pluma.

—Puedo escribirlo.

Maurel miró al muchacho.

Si las miradas pudieran despedir, Lucien habría quedado en la calle antes de acabar la frase.

—Escriba —dijo Delacroix.

Y Lucien escribió.

El juez Maurel, recién llegado al refugio de Valbrume en la mañana posterior a la muerte de Gaspard Lenoir, solicita ver el cuerpo y tomar posesión de las pruebas. Ante la presencia de los testigos…

Maurel dio un paso.

—No escriba eso.

Lucien se detuvo.

Delacroix miró al juez.

—Qué curioso. Es exactamente lo que acaba de ocurrir.

—No aceptaré una redacción hostil.

—Entonces proponga una que no mienta.

Maurel respiró despacio.

La sala entera esperó.

Ravel, atado a la silla, miraba al juez con una sonrisa pequeña y venenosa. No era alegría. Era la satisfacción miserable de quien se hunde y descubre que quizá puede manchar también el zapato del hombre que lo empujó al barro.

—Escriba —dijo Maurel al fin— que solicito examinar las pruebas conforme a mi función.

Lucien miró a Delacroix.

El detective asintió.

—Y añada —dijo Delacroix— que las pruebas serán inventariadas antes de cualquier traslado.

Maurel no respondió.

Lucien escribió.

Sorel firmó como testigo.

Brissac también.

Marchand también.

El juez tardó un segundo más.

Luego firmó.

Su firma era limpia, elegante, firme.

La firma de un hombre acostumbrado a que el papel obedeciera.

Delacroix miró aquella rúbrica y pensó que algunos nombres, puestos en el lugar adecuado, podían empezar a parecer menos una autoridad que una huella.

—Ahora —dijo Maurel—, el cuerpo.

—Por supuesto.

Caminaron hacia la estancia lateral.

Maurel entró primero, o intentó hacerlo. Delacroix lo hizo esperar medio paso. No por necesidad. Por recordarle que la puerta ya no se abría solo para él.

Gaspard Lenoir seguía sobre la mesa, cubierto.

Marchand retiró la manta.

El juez Maurel contempló el cadáver.

No se estremeció.

No mostró pena.

No mostró sorpresa.

Mostró cálculo.

Un cálculo brevísimo, casi escondido detrás de los ojos.

Delacroix lo vio.

Y comprendió algo más.

Maurel no había venido solo a recuperar papeles.

Había venido a comprobar que Lenoir estaba realmente muerto.

Porque hasta verlo, quizá, tampoco él había sabido si Ravel había terminado de hacer útil la muerte.

—Trágico —dijo Maurel.

Delacroix miró el rostro gris del prestamista.

Luego al juez.

—Sí —respondió—. Aunque sospecho que no estamos lamentando la misma cosa.