Capítulo 24 — La firma del juez
El juez Maurel contempló el cuerpo de Gaspard Lenoir con una tristeza perfectamente educada.
No era fácil conseguir una tristeza así.
Requería práctica, espejo y cierta confianza en que los demás no conocían demasiado bien la diferencia entre lamentar a un muerto y calcular las consecuencias de que siguiera allí.
Maurel inclinó la cabeza, mantuvo las manos enguantadas frente al abdomen y guardó unos segundos de silencio, quizá los justos para que un hombre sensible pareciera respetuoso y un hombre culpable no pareciera impaciente.
Delacroix observó el rostro del juez con más atención que el cadáver.
Lenoir, al fin y al cabo, ya había dicho casi todo lo que podía decir con su cuerpo: golpe, frío, láudano, traslado, utilidad póstuma.
Maurel, en cambio, aún estaba vivo. Y los vivos tenían la deliciosa mala costumbre de corregirse, adornarse, protegerse y, con un poco de suerte, contradecirse delante de testigos.
—Una pérdida lamentable —dijo Maurel.
Marchand, que estaba al otro lado de la mesa, dejó escapar un sonido muy leve.
Delacroix lo miró.
—Doctor, intente no diagnosticar las condolencias.
—Haré lo posible.
Maurel no se inmutó.
—¿Ha establecido causa de muerte?
—No de forma definitiva —respondió Marchand—. Hay una lesión importante en la sien, posible lesión interna, administración de láudano, exposición al frío y manipulación del cuerpo tras la muerte o durante el proceso de muerte.
—Una forma larga de decir que no lo sabe.
—Una forma precisa de decir que no miento por comodidad.
El juez giró hacia él con frialdad.
—Doctor Marchand, le recuerdo que esto es una investigación oficial.
—Me alegra saberlo. Hasta ahora parecía una disputa entre papeles y cadáveres.
Delacroix casi sonrió. El médico, agotado, resultaba cada vez más agradable. Era una tragedia menor.
Maurel se inclinó sobre el cadáver sin tocarlo.
—La herida de la cabeza coincide con una caída.
—O con un golpe —dijo Marchand.
—¿Hay arma?
—Un banco de cortar leña, troncos, suelo, borde de mesa. En una casa como esta hay más objetos contundentes que buenas decisiones.
Maurel lo miró.
—Le agradeceré que deje las ironías al monsieur Delacroix. Él parece haber hecho de ellas una profesión informal.
—No se preocupe —dijo Delacroix—. Cobro poco.
El juez ignoró el comentario. Recorrió el cuerpo con la mirada y se detuvo en el rostro de Lenoir. Había algo extraño en su atención. No parecía buscar indicios. Parecía comprobar un resultado. Esa diferencia, en un hombre inteligente, rara vez era casual.
—¿Dónde fue encontrado? —preguntó.
—En el cobertizo exterior —dijo Delacroix.
—¿Y murió allí?
—No.
—¿Está seguro?
Marchand respondió:
—El cuerpo fue movido. Más de una vez, probablemente.
—Por madame Aubert y su hijo.
—Por ellos, en parte —dijo Delacroix—. Y por otros intereses con menos barro en las manos.
Maurel se enderezó.
—Esa fórmula no tiene valor legal.
—Muchísimas cosas valiosas empiezan así.
El juez se volvió hacia Sorel, que esperaba en la puerta de la estancia lateral con el rostro tenso. El gendarme había entrado detrás de ellos y contemplaba el cuerpo con una incomodidad sana. No parecía acostumbrado a cadáveres convertidos en argumentos. Nadie debería acostumbrarse demasiado.
—Tome nota —dijo Maurel—. Cuerpo de Gaspard Lenoir hallado en dependencias del refugio de Valbrume, con herida craneal compatible con agresión o caída tras altercado con Étienne Aubert.
Sospecha fundada contra Étienne Aubert y Madeleine Aubert por agresión, administración de sustancia sedante y ocultamiento de cadáver.
Sorel sacó una libreta.
Delacroix habló antes de que la pluma tocara el papel.
—Añada que Ravel, escribiente de su despacho, permaneció oculto en la bodega del refugio durante varios días, intervino en la escena tras la muerte, robó documentos, fabricó indicios y administró láudano adicional al fallecido.
Maurel no miró a Delacroix.
—Eso está por establecerse.
—Lo estableció él mismo delante de testigos.
—Un hombre herido, atado y sometido a presión.
—Una descripción aplicable a más de un testigo esta noche, si quitamos lo de atado.
Sorel dudó.
Maurel lo notó.
—Gendarme, tome nota de lo que he dictado.
—Y de lo que yo he añadido —dijo Delacroix—, salvo que desee que la primera omisión de esta investigación ocurra delante de todos.
Sorel miró al juez. Luego a Delacroix. Después bajó la vista a la libreta.
—Anotaré ambas cosas, señor.
Maurel endureció apenas la mandíbula.
—Como quiera.
No era como quisiera. Eso ya empezaba a molestarle.
A los hombres como Maurel no les irritaba la resistencia abierta; estaban entrenados para aplastarla.
Lo que realmente los ponía incómodos era la obediencia parcial.
Un subordinado que aún decía «señor» mientras empezaba a pensar por cuenta propia resultaba mucho más peligroso que un rebelde.
Delacroix lo disfrutó con moderación.
Regresaron a la sala principal.
Ravel levantó la vista al ver entrar a Maurel.
El juez no le sostuvo demasiado la mirada.
Fue un error pequeño, pero profundo. Ravel lo vio.
Delacroix también. El escribiente, hasta hacía unas horas, podía haber sido instrumento, empleado, cómplice menor.
Ahora comprendía con más claridad que el hombre de los guantes limpios pensaba soltarlo antes de mancharse.
Esa clase de comprensión solía hablar bastante si uno le daba tiempo.
Maurel se acercó a la mesa.
—Procederemos al inventario.
—Excelente —dijo Delacroix—. La palabra vuelve a casa.
Lucien Darras estaba sentado con la pluma preparada. Tenía mala cara, pero una determinación nueva. El dolor del costado lo obligaba a moverse poco, y eso quizá ayudaba a que su voz saliera menos temblorosa.
—Fecha —dijo Delacroix—. Amanecer posterior a la muerte de Gaspard Lenoir, en el refugio de Valbrume.
Lucien empezó a escribir.
Maurel lo interrumpió:
—La fecha exacta.
Lucien levantó la vista.
—La incluiré, señor.
—No olvide su posición, Darras.
El muchacho sostuvo la pluma con más fuerza.
—No la olvido. La estoy revisando.
Brissac carraspeó para ocultar una risa. Odette miró a Lucien con una aprobación discreta. Ravel, desde su silla, sonrió con amargura.
El inventario comenzó.
Delacroix fue nombrando cada objeto con claridad, sin adornos, aunque la tentación de adornar algunas miserias era considerable.
La caja metálica de Lenoir. La cartera. El contrato de deuda de Valbrume.
La ejecución prevista. El contrato preliminar de venta a la sociedad de caza.
La autorización a Jules Perret. La fotografía de Luc Aubert.
La carta de chantaje contra Madeleine. La nota destinada al juez Maurel, recuperada tras el intento de fuga de Ravel.
El cuaderno de tapas marrones con anotaciones de Lenoir y Ravel.
Las cartas con inicial M. El frasco de láudano de Marchand hallado en la bolsa de Ravel.
El tapón del frasco de la cocina con hilo rojo adherido.
La cuerda encerada. El paño de cocina con la inicial de Céleste.
El papel de amenaza clavado en la ventana de Abel Fournier.
El esquema del refugio hallado en la bodega.
Las listas de movimientos. Las colillas de tabaco negro.
La bolsa de Ravel con membretes del despacho de Maurel.
Cada objeto era una piedra.
Lucien las fue colocando sobre el papel.
Sorel, al principio, solo escuchaba. Después empezó a mirar más. Al juez, a Ravel, a la mesa, a las declaraciones. Maurel parecía cada vez menos juez y más hombre sentado demasiado cerca de un incendio que había creído controlar desde el despacho.
—Esas cartas con inicial M no prueban mi participación —dijo en un momento.
Delacroix levantó una de ellas.
—No he dicho que la prueben por sí solas.
—Entonces no deberían figurar como prueba contra mí.
—Figuran como objetos hallados en posesión de su escribiente, relacionados con una operación jurídica bajo su supervisión. La interpretación podrá disfrutarla más tarde con mejores abogados.
Maurel se inclinó hacia él.
—Está jugando a algo peligroso.
—Juez Maurel, después de una noche con cadáveres, bodega, láudano y una puerta ventrílocua, agradecería que no intentara asustarme con juegos de mesa.
Ravel soltó una risa inesperada.
Maurel giró hacia él.
—Usted no tiene nada que celebrar.
—No, señor juez. Pero empiezo a entender el espectáculo.
—Cállese.
—Eso también me lo decía antes.
La sala se quedó quieta.
Maurel se acercó a Ravel con pasos medidos.
—Le conviene recordar quién puede empeorar su situación.
Ravel levantó la vista. Tenía ojeras, la venda del brazo manchada, la camisa sucia y la dignidad hecha pedazos. Precisamente por eso ya no parecía tan fácil intimidarlo.
—¿Más?
—Mucho más.
—¿Dirá que actué solo?
—Si fue así.
Ravel rió con un sonido bajo.
—Claro.
—Usted entró en esa bodega por decisión propia.
—Con planos del expediente.
—Que pudo copiar sin autorización.
—Con membretes de su despacho.
—Robados.
—Con cartas de M.
—Falsificadas.
—Con instrucciones sobre Aubert hijo.
—Deducidas de los papeles de Lenoir.
—Con el encargo de recuperar la nota si Lenoir caía.
Maurel tardó medio segundo.
—¿Caía?
Ravel sonrió.
Delacroix apoyó las manos en el bastón.
Ahí estaba.
Una palabra.
Una grieta.
—Curioso —dijo el detective.
Maurel no se movió.
—¿Qué?
—El término. «Caía». Ravel acaba de usarlo. Usted lo ha repetido con alarma. No «si Lenoir moría». No «si ocurría algo». Si Lenoir caía. Una expresión bastante específica para una operación supuestamente legal.
—No sea ridículo.
—Intento no serlo más de lo necesario.
Ravel miraba a Maurel con una mezcla de odio y satisfacción.
—Así lo dijo él.
El juez permaneció inmóvil.
—¿Quién? —preguntó Delacroix.
Ravel no apartó los ojos de Maurel.
—El juez.
—Miente —dijo Maurel.
Demasiado rápido.
Demasiado limpio.
Delacroix no sonrió.
—Monsieur Ravel, continúe.