Capítulo 23 — El juez en la nieve
Las campanas del trineo sonaron otra vez.
Esta vez no hubo duda.
El tintineo llegó desde el camino inferior, amortiguado por la nieve, irregular al principio y luego cada vez más claro.
No era un sonido alegre. En otra mañana, en otro lugar, quizá habría anunciado viajeros, provisiones, cartas o algún vecino con más frío que prudencia.
En Valbrume, después de aquella noche, las campanas sonaban como si alguien hubiera puesto cascabeles a una orden de arresto.
Todos dejaron de moverse.
Fue un instante breve, pero revelador. Brissac alzó la pluma y dejó una mancha de tinta sobre su carta.
Odette cerró la carpeta que estaba revisando.
Perret escondió de manera absurda la lista de nombres que él mismo acababa de escribir, como si todavía creyera que los papeles desaparecían cuando un culpable los tapaba con la mano.
Lucien Darras palideció. Céleste se quedó con la cera caliente en una cucharilla.
Madeleine miró a Étienne. Étienne miró la puerta. Ravel sonrió.
Delacroix miró a Ravel.
—No desperdicie la sonrisa. Conservará pocas.
El escribiente ladeó la cabeza.
—Ahora empieza lo divertido.
—Curiosa palabra para un hombre atado.
—La cuerda es temporal. El sello no.
Delacroix no respondió. A veces convenía permitir que los hombres pequeños pronunciaran las frases grandes que habían tomado prestadas de sus superiores. Así se veía mejor la talla real de ambos.
Baptiste fue hasta la ventana y apartó un poco la cortina.
—Vienen tres.
—¿Tres personas? —preguntó Marchand.
—Un trineo. Dos caballos. Veo al conductor, un hombre con capa oscura y otro con uniforme.
Lucien tragó saliva.
—Maurel.
Delacroix recogió las declaraciones. Ya estaban separadas.
Los originales, doblados y firmados, quedaron dentro de una bolsa de tela encerada.
Las copias rápidas, menos limpias pero suficientes, se dividieron en tres paquetes.
Uno lo tomó Odette Veyrac y lo guardó en su maleta.
Otro lo recibió Brissac, junto con su carta a Grenoble.
El tercero quedó en manos de Marchand, dentro de su maletín, entre vendas, pinzas y frascos, un lugar que Delacroix consideró razonablemente seguro porque nadie sensato quería revisar material médico antes del desayuno.
Los documentos principales de Lenoir quedaron sobre la mesa.
No todos.
Los que convenía que Maurel viera.
Los demás, los más delicados, los que vinculaban al juez con Ravel, Valette y la operación contra el refugio, pasaron a una segunda bolsa que Madeleine escondió en el armario bajo de la cocina, detrás del saco de harina.
Fue Étienne quien puso el saco delante. No dijo nada.
Ella tampoco. Pero aquella pequeña conspiración honrada tuvo algo de reparación mínima.
—¿Y si registra la casa? —preguntó Céleste.
—Lo intentará —dijo Delacroix.
—¿Y si encuentra todo?
—Entonces descubriremos si Maurel tiene más apetito que paciencia. Los hombres con autoridad suelen perder elegancia cuando se les obliga a buscar debajo de la harina.
Ravel soltó una risa baja.
—No sabe con quién trata.
Delacroix se volvió hacia él.
—No. Pero empiezo a saber con quién no quiero parecerme. Eso ya es una orientación moral bastante decente.
Madeleine fue hacia la puerta, pero Delacroix la detuvo.
—Usted no abre.
—Es mi refugio.
—Por eso no abre. Maurel espera encontrarla cansada, culpable y dispuesta a defenderse antes de ser acusada. No le dé ese regalo.
—¿Entonces quién?
Delacroix miró a Baptiste.
—El conductor.
Baptiste se señaló a sí mismo con poca alegría.
—¿Yo?
—Usted trajo a los viajeros. Usted no pertenece al refugio ni al despacho de Maurel. Y, además, tiene la virtud de no parecer demasiado impresionado por los hombres que llegan sentados.
Baptiste gruñó algo que pudo ser aceptación o una opinión muy concreta sobre la aristocracia judicial. Fue hasta la puerta y esperó.
Las campanas se detuvieron frente al refugio.
Durante unos segundos, solo se oyó el resuello de los caballos, el crujido de la nieve bajo unas botas y una voz masculina dando una orden baja. Después llamaron.
Tres golpes.
La sala entera se tensó.
No fueron como los golpes falsos de la puerta de Lenoir. Estos tenían otra clase de mentira. La del hombre que sabe que una puerta acabará abriéndose porque su mano representa algo más que su cuerpo.
Baptiste abrió.
El frío entró primero.
Luego entró el juez Maurel.
Era más bajo de lo que Delacroix había imaginado.
Aquello no lo volvió menos peligroso. Algunos hombres de estatura modesta aprenden pronto a ganar altura con papeles.
Vestía una capa oscura, sombrero ancho, guantes de cuero y una bufanda gris muy fina, demasiado buena para un camino como aquel.
Tenía el rostro estrecho, limpio, con mejillas pálidas y una barba corta cuidadosamente recortada.
Sus ojos eran claros, de un azul casi transparente, y recorrían la sala con una rapidez disciplinada.
No miraba como un hombre sorprendido por un crimen.
Miraba como un hombre que comprobaba si la escena seguía colocada de acuerdo con lo previsto.
Detrás de él entró un gendarme joven, robusto, con bigote húmedo por la nieve y expresión de incomodidad. No parecía corrupto. Parecía frío. Esa distinción no lo absolvía de nada, pero lo hacía menos interesante de momento. El conductor del trineo se quedó fuera sujetando los caballos.
Maurel se quitó los guantes despacio.
—Madame Aubert.
Madeleine no respondió enseguida.
Estaba de pie junto a la cocina, con el rostro pálido, pero ya no parecía la mujer que Maurel esperaba encontrar.
No estaba sola, ni llorando, ni tratando de explicar un cadáver con las manos manchadas de láudano.
Estaba rodeada de testigos, papeles, un detective y demasiadas personas que ya habían declarado sus propias vergüenzas como para asustarse fácilmente de una voz oficial.
—Juez Maurel —dijo al fin.
Maurel inclinó la cabeza apenas.
—Me informaron de que había problemas en el refugio.
Delacroix miró a Ravel.
El escribiente mantenía la sonrisa, pero ahora tenía los labios secos.
—Qué rapidez admirable —dijo Delacroix—. La justicia suele llegar tarde. Hoy casi parece haber salido antes que la noticia.
Maurel giró hacia él.
Lo reconoció en el acto.
Aquel pequeño cambio en sus ojos valió más que una presentación.
—Monsieur Delacroix.
—A veces.
—No esperaba encontrarlo aquí.
—Lo comprendo. Yo tampoco esperaba encontrarme a mí mismo. Es una de las pocas coincidencias en las que ambos podemos alegar sinceridad.
Maurel observó la sala. Vio a Ravel atado. Vio a Lucien herido. Vio a Abel Fournier junto al fuego. Vio a Perret con su caja abierta. Vio la mesa de documentos. Vio, sobre todo, que nadie parecía esperarlo con gratitud.
—¿Por qué está atado mi escribiente?
La palabra mi fue pequeña.
Delacroix la oyó con claridad.
—Porque hirió a monsieur Darras, atacó a Abel Fournier, robó un documento, se ocultó en la bodega durante varios días y tuvo la mala fortuna de ser atrapado antes de reorganizar el mundo a su gusto.
El gendarme miró a Ravel con sorpresa.
Maurel no.
Aquello también fue útil.
—Son acusaciones graves —dijo el juez.
—La noche ha estado muy trabajadora.
Maurel se acercó a Ravel. No demasiado. Lo justo para mostrar preocupación sin contaminarse con la cuerda.
—Ravel, ¿qué significa esto?
El escribiente abrió la boca.
Delacroix habló antes.
—Le sugiero que tenga cuidado. Está a punto de responder ante varios testigos que ya lo han oído hablar bastante.
Ravel cerró la boca.
Maurel miró a Delacroix con una calma apenas endurecida.
—No creo que corresponda a un particular dirigir este procedimiento.
—Qué alivio —dijo Delacroix—. Temí que la palabra tardara más en aparecer.
—¿Qué palabra?
—Procedimiento. Ha sido muy popular esta noche. Casi tanto como láudano.
El gendarme frunció el ceño.
—¿Láudano?
Marchand dio un paso.
—Doctor Louis Marchand. Hay un cadáver en la estancia lateral. Gaspard Lenoir. También dos heridos y un enfermo que fue atado y escondido en el hueco del techo.
El gendarme miró a Maurel.
—Señor juez…
—Un momento, Sorel —dijo Maurel.
El nombre del gendarme quedó en la sala como una pequeña pieza más. Sorel obedeció, aunque su mirada volvió hacia Marchand con inquietud.
Maurel se quitó el sombrero y lo dejó sobre una mesa auxiliar con una delicadeza casi ofensiva.
—¿Dónde está el cuerpo de monsieur Lenoir?
—En la habitación lateral —dijo Delacroix.
—Quiero verlo.
—Naturalmente. Los muertos tienen derecho a recibir a sus conocidos.
Maurel no aceptó la provocación. Eso demostraba entrenamiento.
—Antes necesito entender qué ha sucedido aquí.
—Qué prudente. Hace un momento quería ver el cuerpo.
—Ambas cosas no se excluyen.
—No. Pero el orden revela prioridades.
Los ojos claros de Maurel se fijaron en él.
—Monsieur Delacroix, comprendo que su fama le haya acostumbrado a ciertas libertades, pero esta es mi jurisdicción.
—Y este, hasta donde sé, sigue siendo un refugio donde un hombre ha muerto bajo circunstancias que involucran documentos de su despacho, un escribiente suyo oculto en la bodega y una operación legal que usted debía supervisar.
La jurisdicción, en este caso, parece haber decidido sentarse en una silla bastante incómoda.
Sorel volvió a mirar a Maurel.
Esta vez con más atención.
Maurel lo notó.
—Ravel actuó sin mi autorización.
Ravel levantó la cabeza de golpe.
Delacroix sonrió apenas.
—Qué eficiencia. Ha llegado hace menos de tres minutos y ya sabe qué parte negar.
El juez no se alteró.
—Un empleado puede actuar movido por intereses propios.
—Sin duda. También puede aprenderlos de su empleador con una fidelidad enternecedora.
—No toleraré insinuaciones.
—Entonces tendrá una mañana difícil.
Brissac soltó una tos que quizá ocultó una risa. Odette miró al suelo. Perret intentó no sonreír porque no tenía derecho moral a disfrutar de nada.