Capítulo 22 — Antes de que llegue Maurel #2
Brissac escribió con letra firme y orgullo herido.
Su declaración fue breve, casi militar. Admitió haber sido citado por Lenoir en Saint-Aubin, haber sido amenazado por deudas familiares, haber agarrado al prestamista de la chaqueta y haber mentido después al situar parte de esa discusión en Valbrume.
No adornó. No pidió compasión. Eso le dio más dignidad que muchas frases solemnes.
Odette escribió despacio. Su letra era hermosa incluso bajo el cansancio.
Declaró su vínculo con Lenoir, la ruina de su marido, los documentos que conservaba, su visita a la habitación del prestamista, su subida a ver a Abel, la visión de una mano con cicatriz que luego pudo haber sido falsa o manipulada, y el uso de un hilo de su chal como prueba plantada.
Cuando llegó a la anotación del cuaderno sobre Veyrac, se detuvo.
Delacroix no la apuró.
Ella continuó.
Firmó.
Luego cerró los ojos unos segundos, como si aquella firma hubiera enterrado algo que llevaba años sin encontrar tumba.
Céleste declaró entre lágrimas, pero declaró.
Contó la discusión en el cuarto de leña, la caída de Lenoir, la presencia de Madeleine, la ayuda posterior, su entrada en la habitación para ver si el prestamista seguía vivo, el frasco abierto sobre la mesa, la figura joven que creyó ver en el pasillo antes de la llegada de los viajeros y el posterior uso de su paño para incriminarla en el ataque a Abel.
Al final añadió, sin que nadie se lo pidiera, que Abel Fournier la había salvado años atrás.
Delacroix dejó que Lucien lo escribiera.
No era estrictamente prueba del crimen.
Pero sí lo era de algo que importaba.
Abel, cuando pudo hablar, declaró poco. Marchand tuvo que detenerlo varias veces.
Confirmó haber oído a Lenoir discutir con Étienne, haber visto a una figura con capucha y anillo — luego posiblemente confundida con el abrigo y el anillo de Luc Aubert—, haber visto a Ravel con la caja negra, haber oído a Lenoir decir que Maurel debía recibir la nota, y haber oído a Ravel decir: «Así también sirve. » No añadió más. No podía.
Marchand declaró después. Lo hizo con precisión médica, quizá demasiada para Brissac, que empezó a parecer perdido entre términos sobre respiración, lesión craneal, sedación y frío.
El doctor explicó que la muerte de Lenoir pudo ser resultado combinado del golpe, el sedante administrado por Madeleine, una dosis posterior añadida por Ravel, la falta de auxilio y las condiciones de frío.
También declaró que su frasco de láudano había desaparecido y fue hallado en la bolsa de Ravel.
Madeleine fue la penúltima.
Antes de escribir, se quedó mirando la hoja en blanco.
—Nunca pensé que una hoja vacía pudiera dar tanto miedo —dijo.
—Eso es porque siempre trató con hojas que otros ya habían llenado contra usted —respondió Delacroix.
Ella no sonrió, pero algo en su rostro se aflojó apenas.
Dictó despacio. No se excusó al principio.
Dijo que Lenoir había llegado para ejecutar la deuda, que la había amenazado con el refugio, con Étienne y con el pasado de Luc.
Dijo que Étienne lo empujó después de una provocación.
Dijo que ella lo llevó a la habitación, que le dio vino con láudano para calmarlo, que no pidió ayuda, que lo encontró sin respiración o casi sin ella, que decidió ocultar el cuerpo, que usó la manta, la despensa, el cobertizo y la cuerda para fingir golpes en la puerta.
Dijo que actuó para proteger a su hijo y el refugio.
Al llegar ahí, Delacroix la interrumpió.
—Eso último es motivo, no hecho.
Madeleine lo miró.
—¿No importa?
—Importa. Pero debe ir donde corresponde. Si lo ponemos donde van los hechos, parecerá que intenta usarlos como escudo.
Ella asintió.
—Entonces póngalo después.
Lucien escribió: Declara que su intención fue proteger a su hijo y preservar el refugio, no causar la muerte de Gaspard Lenoir.
Madeleine firmó.
Su firma era simple, firme, casi severa.
Luego le tocó a Étienne.
No quiso dictar sentado.
Se quedó de pie junto a la mesa, como si necesitara que el cuerpo entero soportara cada palabra.
Contó la discusión, las frases de Lenoir sobre el refugio, sobre su madre, sobre su padre.
Contó el empujón. Contó el golpe. Contó que Lenoir se rió y amenazó con usar la herida ante Maurel.
Contó que ayudó a su madre a moverlo, que se puso el abrigo de Luc Aubert, que guardaba el anillo azul en el bolsillo, que no supo detenerse ni decir la verdad cuando todavía podía.
Al final, Lucien levantó la pluma.
—¿Algo más?
Étienne miró a su madre.
—Sí.
Madeleine levantó la vista.
—Quiero que conste que mi madre mintió por mí, pero yo acepté esa mentira. No era un niño. No del todo. Si ella me protegió, yo también me escondí detrás de ella.
Madeleine cerró los ojos.
—Étienne…
—Ponlo —dijo él.
Lucien miró a Delacroix.
El detective asintió.
Lucien lo escribió.
Étienne firmó.
No tembló.
Eso tampoco lo absolvió.
Pero lo cambió.
Ravel fue el último.
Se negó.
—No declararé nada.
Delacroix acercó el cuaderno de tapas marrones, las cartas de Maurel, la bolsa de la bodega, el frasco de Marchand y la nota recuperada.
—No hace falta que declare para que estos objetos tengan voz.
—Entonces no me necesita.
—Al contrario. Me ayuda mucho vivo, atado y orgulloso. La mezcla suele producir errores.
Ravel lo miró con odio.
—Maurel dirá que todo es falso.
—Sí.
—Que usted manipuló a los testigos.
—Probablemente.
—Que Madeleine y Étienne inventaron mi papel para salvarse.
—Sin duda.
—Que Darras está despechado, que Perret busca salvar su pellejo, que la viuda odia a cualquiera relacionado con Lenoir, que Brissac oculta deudas, que Céleste es una criada asustada, que Abel delira y que Marchand no puede afirmar la causa exacta de la muerte.
La sala quedó en silencio.
Ravel sonrió.
—¿Ve? No soy el único que sabe ordenar una defensa.
Delacroix lo observó con calma.
—No. Pero acaba de cometer el error de hacerlo en voz alta ante todos los testigos.
Lucien levantó la pluma.
—¿Lo escribo?
Ravel palideció apenas.
Delacroix sonrió.
—Por supuesto.
El muchacho escribió la frase completa: Ravel anticipa que Maurel negará las pruebas y desacreditará a cada testigo por sus intereses particulares, enumerando de forma espontánea los argumentos posibles de defensa.
Cuando Lucien terminó, Ravel parecía por primera vez verdaderamente furioso.
—Eso no prueba nada.
—No —dijo Delacroix—. Pero ilumina bastante.
El amanecer siguió creciendo.
Baptiste salió unos minutos al umbral, atado con una cuerda a la cintura por prudencia y por insistencia de Marchand. Regresó con nieve hasta las rodillas y la cara roja.
—El camino principal sigue mal, pero se oye algo abajo.
—¿Algo? —preguntó Brissac.
—Campanas de trineo. O arneses. No estoy seguro.
La sala se tensó.
Madeleine miró a Delacroix.
—¿La autoridad?
—Quizá.
Ravel sonrió lentamente.
Esa sonrisa fue respuesta suficiente.
Lucien, pálido, susurró:
—Maurel.
Delacroix recogió las declaraciones y empezó a separarlas en tres grupos.
—Baptiste, necesito bolsas de tela seca.
Céleste, cera si queda. Doctor, firme como testigo en cada declaración.
Capitán, prepare su carta a Grenoble ahora.
Odette, revise que los documentos de Veyrac y Valbrume estén separados.
Perret, escriba una lista completa de nombres vinculados a Valette y a la sociedad compradora.
Étienne, cierre la puerta lateral y asegure la cocina.
Madeleine, guarde copias en lugares distintos.
Todos se movieron.
No fue heroico.
Fue mucho mejor: fue útil.
Ravel observó aquella pequeña organización con la mandíbula apretada. Delacroix se inclinó hacia él.
—¿Sabe cuál fue el error de Maurel?
Ravel no respondió.
—Creyó que la gente a la que había convertido en sospechosa no sería capaz de colaborar entre sí ni siquiera para salvarse.
—No colaboran —dijo Ravel—. Se hunden juntos.
Delacroix miró la sala: Brissac escribiendo con rabia contenida, Odette ordenando papeles, Lucien copiando pese al dolor, Perret sudando sobre una lista de cómplices, Céleste derritiendo cera, Madeleine envolviendo documentos, Étienne cerrando puertas, Marchand firmando declaraciones.
—A veces —dijo—, hundirse juntos es el principio torpe de no dejar que otro elija el fondo.
Fuera, el sonido se oyó otra vez.
Más claro.
Campanas.
Un trineo.
O varios.
Alguien subía por el camino blanco hacia Valbrume.
Y esta vez, cuando todos miraron hacia la puerta, nadie fingió que el refugio estaba a salvo.