Muerte en el refugio (Los misterios de Armand Delacroix 11) Capítulo 18 — El escribiente escondido
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Capítulo 18 — El escribiente escondido

Lucien Darras sangraba con una discreción impropia de la gravedad del momento.

No era una herida profunda, al menos no a primera vista.

Tenía un corte en el costado, por debajo de las costillas, lo bastante feo para mancharle la camisa y lo bastante superficial para permitirle conservar la vergüenza.

Estaba tendido junto a la mesa, pálido, con la boca entreabierta y una mano apretada contra la tela.

El doctor Marchand se arrodilló a su lado de inmediato, arrancándole los dedos con más firmeza que delicadeza.

—Quite la mano.

—Duele.

—Eso suele significar que está vivo. No lo desaproveche.

Lucien obedeció con un gemido. Marchand abrió la camisa con unas tijeras pequeñas, revisó la herida y soltó el aire con alivio contenido.

—Corte limpio. No ha entrado demasiado.

—Qué consuelo tan poco convincente —murmuró Lucien.

—Si quisiera ser convincente, me habría hecho actor, no médico.

Delacroix observaba la escena sin acercarse todavía.

No por indiferencia, sino porque alrededor de la sangre nueva había otras cosas que mirar: una silla caída, el mantel arrastrado, una lámpara volcada pero no rota, la caja metálica de Lenoir abierta sobre la mesa y el hueco exacto donde antes estaba la nota dirigida al juez Maurel.

El documento había desaparecido.

No todos los robos valían lo mismo. Un hombre desesperado roba dinero. Un cobarde roba tiempo. Un hombre inteligente roba el papel que puede alterar la historia después de que todos crean haberla comprendido.

Ravel, si Lucien había dicho la verdad, acababa de robar tiempo, autoridad y futuro en una sola hoja.

Madeleine Aubert estaba junto a la puerta de la cocina, con una mano apoyada en el marco.

La había cruzado corriendo al oír el grito de Céleste, y ahora respiraba con dificultad, no por la carrera, sino por esa clase de miedo que ya no sabe a quién proteger primero.

Étienne estaba junto a ella, tenso, los puños cerrados.

Céleste lloraba cerca de Abel Fournier, señalando todavía hacia el pasillo lateral.

Odette Veyrac sostenía una lámpara con una firmeza admirable.

Perret se había pegado a la pared como si la cal pudiera absorberlo. Brissac seguía con la silla levantada.

Delacroix lo miró.

—Capitán, a menos que pretenda interrogar al mobiliario, puede bajarla.

Brissac pareció darse cuenta de que aún la sostenía.

—Podría volver.

—Entonces procuraremos no defendernos con comedor.

El capitán dejó la silla en el suelo, algo avergonzado por haber obedecido tan rápido.

Delacroix se agachó junto a Lucien.

—¿Lo vio bien?

El joven cerró los ojos mientras Marchand limpiaba la herida.

—Sí. No. Solo un instante.

—Los instantes han hecho carreras brillantes en mi oficio. Empiece.

Lucien tragó saliva.

—Entró desde el pasillo lateral. No por la puerta principal. Céleste gritó porque lo vio primero.

Céleste asintió entre lágrimas.

—Salió de la oscuridad. Como si hubiera estado detrás de la pared.

—¿Ravel? —preguntó Delacroix.

Lucien abrió los ojos.

—Sí.

—¿Está seguro?

—Sí.

—Describa lo que vio. No lo que teme, no lo que supone, no lo que su herida quiere convertir en heroísmo. Lo que vio.

El muchacho respiró con dificultad.

—Abrigo oscuro. Rostro delgado. Barba corta, o sombra de barba. Pelo mojado. Tenía la nota en la mano. O la tomó de la mesa, no sé. Yo me lancé hacia él.

—Una decisión con ambiciones trágicas.

—Quise detenerlo.

—La juventud suele confundir el impulso con un plan.

Marchand apretó una venda contra el costado del joven. Lucien dejó escapar un sonido ahogado.

—Y él me cortó.

—¿Con qué?

—Un cuchillo pequeño. No el de la ventana. Otro.

Delacroix miró la mesa. El cuchillo que había clavado la amenaza seguía allí, guardado entre las pruebas. Ravel había traído el suyo. Un hombre previsor. Un hombre que vivía entre documentos pero no despreciaba las soluciones más antiguas.

—¿Hacia dónde fue?

Lucien señaló con la mirada.

—Por el pasillo. Hacia el cuarto de leña.

—¿Salió alguien tras él?

Brissac dio un paso.

—Yo intenté.

—Usted levantó una silla —dijo Odette.

—Había confusión.

—La hubo, sí.

Delacroix se incorporó.

—Baptiste, la puerta principal.

El conductor fue de inmediato y comprobó el cerrojo.

—Cerrada.

—¿Desde dentro?

—Sí.

—La entrada lateral.

Étienne se movió antes que nadie.

—Voy.

Delacroix lo detuvo con una mirada.

—Con Baptiste. No solo.

El joven obedeció. Esa pequeña obediencia no fue sumisión; fue aprendizaje. Salió con el conductor hacia la entrada lateral, mientras Marchand terminaba de vendar a Lucien y Céleste traía paños limpios con las manos temblorosas.

Delacroix se acercó a la caja de Lenoir.

Revisó los documentos restantes. La nota a Maurel no estaba.

Tampoco una copia que recordara haber visto en el expediente.

El contrato de venta seguía allí. La autorización de Perret también.

La fotografía de Luc Aubert, la carta de amenaza, la lista de sospechosos, el esquema de la bodega.

Pero faltaba la pieza que convertía a Lenoir en víctima preventiva ante el juez.

—¿Por qué esa nota? —preguntó Odette.

—Porque era la más útil si lograba salir.

—¿Para Maurel?

—O para quien necesite demostrar que Lenoir esperaba ser atacado por los Aubert. Con esa nota, la muerte del prestamista no parece el resultado de una operación sucia. Parece la confirmación de una advertencia.

Madeleine cerró los ojos.

—Étienne.

—Sí —dijo Delacroix—. Otra vez Étienne.

Ella apretó el marco de la puerta con los dedos.

—No voy a permitirlo.

—Madame, con todo respeto, lo que usted ha permitido esta noche ya nos mantiene bastante ocupados.

Madeleine recibió la frase sin defenderse. Esa falta de defensa lo inquietó más que sus respuestas anteriores. La mujer que había movido un cadáver por proteger a su hijo estaba agotándose; y las madres agotadas, cuando aún creen que queda una última amenaza, podían hacer cosas peores que mentir.

Étienne y Baptiste regresaron.

—La entrada lateral está cerrada —dijo el joven—. Pero la trampilla del depósito está abierta.

Delacroix tomó la lámpara.

—Naturalmente.

Brissac recogió su bastón del respaldo de una silla.

—Esta vez voy.

—Sí —dijo Delacroix.

El capitán pareció sorprendido de no tener que discutir.

—¿Sí?

—Tiene usted una energía irritante. Conviene gastarla en alguna dirección útil.

—No sé si me ha insultado o me ha reclutado.

—Procure estar a la altura de ambas cosas.

Marchand se levantó.

—Lucien no debe moverse. Abel tampoco. Céleste puede vigilar a ambos.

—No —dijo Delacroix—. Céleste se quedará con Odette y Madeleine en la sala. Perret también. Doctor, usted viene conmigo. Si encontramos a Ravel herido o dispuesto a herir, prefiero tener cerca a alguien que sepa distinguir una arteria de una metáfora.

Marchand tomó su maletín con expresión sombría.

—Por una vez, no discutiré.

—Todos tenemos noches de debilidad.

El grupo se organizó con una rapidez nacida menos del valor que del hartazgo. Delacroix, Marchand, Brissac, Baptiste y Étienne fueron hacia el pasillo lateral. Madeleine intentó seguirlos, pero Delacroix se detuvo.

—No.

—Es mi hijo.

—Precisamente por eso.

—Si Ravel está aquí por nosotros…

—Ravel está aquí por documentos, dinero, poder y quizá por una ambición que aún no hemos terminado de vestir. Usted, madame, está aquí por su hijo. Esa diferencia podría volverla peligrosa de una manera poco práctica.

Ella lo miró con odio durante un segundo.

Luego aceptó.

No porque Delacroix tuviera razón, sino porque Étienne la miró antes de entrar al pasillo y dijo:

—Quédate.

Fue una palabra sencilla.

Y, por primera vez en mucho tiempo, quizá, Madeleine obedeció a su hijo.

El pasillo lateral estaba oscuro y frío.

La puerta del cuarto de leña permanecía entreabierta.

Dentro, la manta vieja seguía en el suelo, la mancha de sangre entre las tablas, la trampilla parcialmente abierta hacia el depósito interior.

La casa parecía haber dejado de fingir inocencia; ahora mostraba sus grietas como un animal muestra los dientes cuando ya no puede ocultar la herida.

Baptiste alumbró la trampilla.

—Por aquí.

—¿Cabe Ravel? —preguntó Brissac.

—Si es delgado, sí.

—¿Y nosotros?

Baptiste lo miró de arriba abajo.

—Usted, capitán, tendría que dejar el orgullo aquí fuera.

—Muy gracioso.

—No era un chiste.

Delacroix se inclinó para observar el hueco. Había marcas recientes en el polvo y una gota de sangre sobre una astilla. No de Lucien, probablemente; o quizá sí, trasladada por el cuchillo o por la manga de Ravel. El rastro iba hacia el depósito interior.

—No corrió mucho —dijo.

—¿Está herido? —preguntó Marchand.

—O confía en que no sepamos seguirlo.

—Puede conocer la casa mejor que nosotros —dijo Étienne.

Delacroix lo miró.

—Me preocupa que tenga razón.

Pasaron al depósito interior por la puerta normal, no por la trampilla. Allí el aire olía a carbón, humedad y miedo reciente. La puerta hacia la cocina estaba cerrada. La que comunicaba con el corredor viejo hacia la capilla, entornada. Delacroix se detuvo.

—Quiere que vayamos hacia la capilla.

Brissac apretó el bastón.

—¿Y si fue hacia allí?

—Entonces agradecerá nuestra obediencia.

—No podemos quedarnos aquí.

—No. Pero tampoco entraremos en la habitación que nos señalan sin mirar la que nos avergüenza.

Baptiste levantó el farol hacia un rincón donde se apilaban sacos viejos.

Detrás había un espacio estrecho que daba a un conducto bajo hacia la bodega.

El mismo sistema de pasillos que habían descubierto antes permitía moverse por debajo y por detrás de las habitaciones.

Ravel no necesitaba correr por los pasillos visibles. Valbrume era su madriguera provisional.

Delacroix se agachó junto al suelo. Había una marca de bota en polvo de carbón. Pequeña, estrecha. Distinta de las botas de Étienne, de Baptiste y de Brissac. La punta apuntaba hacia la bodega, no hacia la capilla.

—Baptiste.