Capítulo 18 — El escribiente escondido #2
—Sí.
—¿Puede bajar desde aquí?
—Hay una escalera vieja detrás del saco grande. Pero está mal.
—Todo en esta casa está mal. Sea más específico.
—Podría romperse.
—Eso ya es casi una tradición arquitectónica.
Baptiste apartó el saco. Apareció una abertura estrecha con peldaños de piedra húmeda que descendían a la bodega desde el depósito, no desde la cocina. Madeleine quizá lo sabía. Quizá no. En Valbrume, la ignorancia de los dueños empezaba a parecer una forma de pobreza heredada.
Bajaron con cuidado.
La bodega estaba más oscura que antes. O quizá la habían dejado con menos luz al subir. El rincón donde Ravel había dormido seguía visible: manta, paja, restos de vela, colillas. Pero ahora había algo nuevo.
Una puerta baja, al fondo, estaba abierta.
El pasadizo.
—Se fue por ahí —dijo Étienne.
Delacroix no respondió. Se acercó al hueco y alumbró el suelo. Las huellas iban hacia dentro, sí. Pero también volvían. Y una gota de cera reciente caía justo en el borde opuesto, como si alguien hubiese usado el pasadizo para simular salida y luego hubiera regresado.
—No exactamente.
Marchand se agachó.
—Hay sangre.
Una gota pequeña, sobre una piedra. Luego otra, más lejos. Ravel se había cortado o Lucien lo había alcanzado de algún modo al forcejear. El rastro no iba hacia el pasadizo. Iba hacia los toneles.
Brissac se adelantó demasiado rápido.
—Salga de ahí.
Delacroix levantó el bastón y lo frenó contra el pecho.
—Capitán.
—Está detrás.
—Lo sé. Y él también sabe que usted lo sabe. Eso le da ventaja si entra usted haciendo ruido de desfile.
Brissac tragó una réplica.
Delacroix señaló a Baptiste con la mirada. El conductor rodeó los toneles por la izquierda. Étienne, por impulso, quiso ir por la derecha.
—No —susurró Delacroix.
El joven se detuvo.
—Pero…
—Ravel quiere otro muchacho impulsivo. No le regale dos en la misma noche.
Étienne quedó inmóvil, respirando con fuerza.
Marchand levantó la lámpara. Las sombras de los toneles se estiraron por la pared húmeda. Delacroix avanzó despacio, bastón en mano. No era un arma ideal, pero tenía una punta metálica y la ventaja de pertenecer a un hombre que no planeaba ganar una pelea larga.
—Monsieur Ravel —dijo.
Nada.
—O como prefiera que lo llamemos. Esta noche hemos sido flexibles con los nombres, aunque no siempre nos lo han agradecido.
Detrás de los toneles sonó una respiración.
Brissac se tensó. Baptiste levantó el farol. Étienne dio un paso involuntario, pero se contuvo.
—Tiene usted la nota de Lenoir —continuó Delacroix—.
Supongo que cree que puede salir con ella, llegar a Maurel y convertir todo esto en una historia muy cómoda.
Étienne Aubert golpea a Gaspard Lenoir. Madeleine Aubert lo seda, lo oculta y manipula el cuerpo.
El refugio queda como guarida de violentos ingratos.
La sociedad compradora lamenta el escándalo y toma posesión con el rostro compungido.
Una hermosa farsa, si uno tiene estómago para la contabilidad.
Silencio.
Luego una voz joven, seca, algo ronca:
—No sabe nada.
—Tiene razón. Pero suele bastarme con saber dónde empezar a molestar.
La figura salió despacio de detrás de los toneles.
Ravel era más joven de lo que Delacroix esperaba.
Veinticinco años quizá. Delgado, rostro estrecho, ojos hundidos por el cansancio y el miedo, barba corta mal cuidada.
Llevaba un abrigo oscuro, manchado de humedad, y en una mano sostenía un cuchillo pequeño.
En la otra, arrugado contra el pecho, estaba el documento de Lenoir.
La nota a Maurel.
Tenía una herida en el antebrazo. Sangraba poco, pero de manera constante.
Marchand dio un paso.
—Puedo vendarlo.
Ravel soltó una risa breve.
—Qué amable.
—No especialmente. Es mi oficio.
—Los oficios son excusas muy cómodas, doctor. Pregúntenle a Lenoir.
Delacroix observó al joven. No parecía un asesino frío. Parecía algo tal vez más común y más peligroso: un hombre menor que había servido demasiado tiempo a hombres peores y había aprendido de ellos no la grandeza, sino el resentimiento.
—Baje el cuchillo —dijo.
—No.
—Entonces la conversación será menos elegante.
—No vine aquí para conversar.
—No. Vino a preparar una ejecución legal. La conversación es apenas una molestia posterior.
Ravel sonrió con desprecio.
—Legal. Esa palabra les gusta mucho cuando pierden y les parece sucia cuando les toca obedecerla.
Étienne dio un paso.
—Cállese.
Ravel lo miró.
—El hijo. El punto débil.
Étienne se abalanzó medio paso, pero Delacroix le golpeó la pierna con el bastón, lo justo para detenerlo sin hacerlo caer.
—¿Quiere darle la razón por segunda vez?
El joven respiró con rabia, pero se quedó quieto.
Ravel sonrió.
—Lenoir tenía razón. Era fácil.
Madeleine no estaba allí para escuchar aquello. Delacroix se alegró.
—¿Usted preparó el escondite de arriba? —preguntó.
Ravel no respondió.
—¿La bodega?
—El refugio es viejo. Tiene más agujeros que una defensa mal redactada.
—Una frase de escribiente. Me tranquiliza. Temí que hubiera venido alguien interesante.
Ravel apretó el cuchillo.
Brissac murmuró:
—Déjeme partirle la cara.
—Capitán, está usted haciendo campaña activa contra su propia utilidad.
Delacroix no apartó la mirada de Ravel.
—Ató a Abel porque lo vio.
—El viejo deliraba.
—Y aun así le preocupó lo suficiente para esconderlo en el techo.
—No iba a matarlo.
—Qué consuelo tan generoso después de dejar a un enfermo atado en un hueco helado.
Ravel no respondió.
—Escribió la amenaza imitando a madame Veyrac.
—La viuda tenía motivos. Todos tenían motivos.
—Sí. Lenoir se encargó de coleccionarlos. Usted solo los administró.
La palabra le hizo efecto.
Ravel levantó la barbilla.
—Yo arreglé lo que él estropeó muriendo antes de firmar.
—Qué frase tan instructiva.
—No tenía que morir.
—Eso suele decirse de los muertos cuando se vuelven inconvenientes.
Ravel apretó la nota contra su pecho.
—Si Maurel recibe esto, todo seguirá su curso.
—¿Maurel lo envió?
Silencio.
Esa vez el silencio tuvo nombre.
Delacroix lo escuchó con atención.
—No necesita responder todavía. Acaba de hacerlo bastante bien.
Ravel retrocedió hacia el pasadizo.
Baptiste se movió para cortarle el paso, pero el joven levantó el cuchillo.
—Atrás.
Marchand habló con calma:
—Pierde sangre.
—No tanta.
—La suficiente para volverse torpe en unos minutos.
—Entonces no pierda el tiempo.
Delacroix miró el pasadizo, la nota, el cuchillo, la distancia.
Ravel quería salir por allí, pero el túnel era estrecho.
Necesitaría agacharse, guardar el cuchillo o avanzar de espaldas.
Podían atraparlo, sí. También podían conseguir que hiriera a alguien más.
Y, si el papel se mojaba o se rompía, no perderían la verdad, pero sí una pieza necesaria contra Maurel.
—No llegará lejos —dijo Delacroix.
—Con esta tormenta, nadie me seguirá.
—Con esta tormenta, usted tampoco se seguirá mucho tiempo a sí mismo.
Ravel sonrió, pero la sonrisa se le quebró un poco.
Tenía frío, sangre, cansancio. Había vivido días en una bodega húmeda, vigilando una operación que se había deformado hasta convertirse en una noche imposible.
No era invulnerable. Solo estaba acorralado, y las personas acorraladas suelen confundir desesperación con ventaja.
Desde arriba llegó una voz.
Madeleine.
—Étienne.
El joven giró apenas la cabeza.
Ese instante bastó.
Ravel se lanzó hacia el pasadizo.
Brissac reaccionó con fuerza bruta y poca dirección. Baptiste intentó cerrarle el paso. Marchand gritó algo. Étienne, pese a todo, fue el primero en moverse con verdadera rapidez. Se interpuso no para atacar, sino para bloquear la entrada baja.
Ravel levantó el cuchillo.
Delacroix golpeó con el bastón la muñeca del joven.
El cuchillo cayó sobre la piedra con un sonido seco.
Baptiste lo sujetó por detrás. Brissac, esta vez útil por pura masa, ayudó a derribarlo.
Ravel forcejeó como un animal flaco y furioso, pero estaba débil.
Marchand le inmovilizó el brazo herido antes de que perdiera más sangre.
Étienne recogió la nota del suelo, donde había caído sin llegar al charco.
Durante unos segundos solo se oyó respirar a los vivos.
Ravel quedó de rodillas, sujeto por Baptiste y Brissac, con el rostro torcido por una mezcla de dolor y odio.
Delacroix tomó la nota de manos de Étienne.
—Gracias.
El joven no respondió. Miraba a Ravel con una furia distinta a la que había sentido por Lenoir.
Lenoir había sido el golpe directo, la humillación visible.
Ravel era otra cosa: el hombre que había estado bajo su casa contando los pasos de su madre, esperando que él fallara, convirtiendo su rabia en expediente.
—Usted no mató a Lenoir —dijo Delacroix.
Ravel levantó la vista.
—No.
La respuesta fue casi orgullosa.
—Pero necesitaba que su muerte sirviera.
—Era inevitable.
—Qué palabra tan cómoda para quienes escriben desde lejos.
—El refugio estaba perdido.
Madeleine apareció en la escalera de la bodega, con Céleste detrás. Nadie había podido detenerla. Al oír aquella frase, bajó el último peldaño con el rostro blanco.
—No —dijo—. Ustedes lo querían perdido.
Ravel la miró con desprecio.
—Su refugio era una ruina sostenida por lástima.
Madeleine dio un paso hacia él. Étienne la detuvo, suavemente, con una mano.
Esta vez fue él quien la protegió de sí misma.
Delacroix vio el gesto.
Y, en medio de aquella bodega húmeda, con un muerto arriba y otro crimen administrativo extendido sobre la mesa, le pareció quizá la primera cosa limpia de la noche.
—Monsieur Ravel —dijo—, subiremos. Usted hablará. Y si intenta adornar demasiado la verdad, le prometo que tendré la descortesía de corregirlo.
Ravel escupió al suelo.
—No tiene pruebas contra Maurel.
Delacroix dobló con cuidado la nota de Lenoir, la carta con la inicial M, el esquema del refugio y las anotaciones encontradas en la bodega.
—No todas —dijo—. Pero tengo algo mejor que hace una hora.
—¿Qué?
Delacroix lo miró.
—Un escribiente asustado.
Por primera vez, Ravel no sonrió.