Muerte en el refugio (Los misterios de Armand Delacroix 11) Capítulo 17 — Ravel #2
61%

Capítulo 17 — Ravel #2

La cocina estaba caliente y desordenada, con ollas aún humeantes, pan cortado, cuchillos limpios y otros no tanto, hierbas colgadas del techo y una alacena abierta donde faltaba el frasco de láudano.

Céleste los observó desde la sala, pero no se acercó.

Quizá no quería ver otro lugar cotidiano convertido en prueba.

Madeleine apartó una alfombra vieja junto a la pared del fondo. Debajo había una trampilla de madera con un aro de hierro. Estaba cubierta de polvo en los bordes, pero el aro estaba limpio.

Delacroix lo señaló.

—Las ratas de Valbrume usan bastante las manos.

Madeleine no respondió.

Étienne tomó el aro y tiró. La trampilla se resistió al principio, luego cedió con un quejido largo.

Un olor húmedo subió desde abajo: tierra, moho, madera podrida, carbón mojado y algo más, algo humano y reciente.

No exactamente olor a cuerpo. Olor a presencia. A vela apagada, tabaco, ropa encerrada.

Baptiste bajó primero con el farol, por indicación de Delacroix, porque conocía mejor las estructuras viejas y porque, si el suelo cedía, era el único con suficiente mala suerte profesional para insultarlo con conocimiento.

El doctor bajó después. Delacroix siguió, y luego Étienne ayudó a Madeleine.

La bodega era baja. Había que inclinar la cabeza.

El suelo de piedra estaba húmedo, con charcos oscuros junto a las paredes.

Toneles vacíos, cajas rotas, sacos de carbón endurecidos y herramientas oxidadas ocupaban la mayor parte del espacio.

Un respiradero estrecho comunicaba con el exterior o con alguna zona trasera del edificio; por él entraba una corriente helada.

Baptiste levantó el farol.

—Alguien ha estado aquí.

No era una deducción brillante. Era evidente.

En un rincón, detrás de dos toneles, había una manta extendida sobre paja seca. Junto a ella, una vela consumida, una lata con restos de comida fría, una petaca, colillas de tabaco negro y varias hojas de papel arrugadas. Había también una muda de ropa, un abrigo oscuro y un pequeño espejo de mano.

Madeleine se llevó una mano a la boca.

—Dios mío.

Delacroix observó primero la manta. Luego las colillas. Luego los papeles. Luego el espejo.

—No invoque a Dios todavía, madame. Si alguien ha vivido aquí tres días, el mérito de su discreción corresponde más bien al polvo.

Marchand se agachó junto a la manta.

—Está reciente.

—Sí.

Étienne miraba el rincón con una mezcla de asco y furia.

—Había alguien debajo de nuestra cocina.

—Eso parece.

—Mientras nosotros… mientras mi madre…

No terminó. No hacía falta.

Delacroix tomó una de las hojas arrugadas. Era una lista de horarios aproximados. Entradas y salidas. Nombres abreviados.

M. cocina 5:30. E. leña 6. C. pozo. A. fiebre. L. llegada antes del anochecer. P. con documentos mañana. Darras en coche. V. posible. B. seguro.

No era letra de Lenoir.

No completamente.

Era más rápida, más inclinada, con abreviaturas de escribiente. Un hombre acostumbrado a tomar notas de lo que otros dictaban.

Lucien podría reconocerla. Pero Delacroix no necesitaba demasiado. El nombre de Darras estaba allí escrito desde antes de que el muchacho entrara al refugio. Quien se ocultaba en la bodega sabía que Lucien viajaría con el coche. Sabía de Perret. Sabía de Odette. Sabía de Brissac. Sabía demasiado.

—Ravel —dijo Marchand.

—Probablemente.

Baptiste revisó el respiradero.

—Por aquí no entra un hombre.

—¿Seguro?

—Un niño quizá. Un hombre adulto, no.

Delacroix miró el otro extremo de la bodega.

—Entonces entró por la cocina. O por otra puerta.

Madeleine negó despacio.

—No hay otra.

Étienne caminó hacia unos toneles apilados junto a la pared contraria. Apartó uno con rabia. Detrás apareció un hueco bajo, tapado por una tabla mal encajada.

—Madre.

Madeleine se quedó inmóvil.

—Eso no estaba así.

Baptiste acercó el farol. El hueco daba a un pasadizo estrecho, muy bajo, de piedra, quizá un antiguo desagüe o túnel de servicio hacia el exterior. No era cómodo, pero un hombre delgado podía arrastrarse por allí. Había marcas recientes en el barro.

—Salida —dijo Delacroix.

—¿A dónde? —preguntó Marchand.

Baptiste se inclinó.

—Hacia la parte trasera. Cerca del cobertizo o la despensa, diría.

Delacroix recordó el cobertizo donde encontraron a Lenoir. La despensa exterior. El frío. El rectángulo sin escarcha. El cuerpo movido. La caja negra. El hombre arriba. La bodega bajo la cocina.

Ravel había tenido acceso a todo.

O casi.

Madeleine se apoyó en la pared húmeda.

—Estuvo aquí antes de que Lenoir muriera.

—Sí.

—Escuchó todo.

—Probablemente.

—Pudo haber intervenido.

Delacroix miró los papeles del rincón.

—No solo pudo.

En otra hoja había un esquema rápido del refugio. Sala, cocina, pasillo, cuarto de leña, depósito, capilla, despensa, cobertizo. Algunas líneas marcaban rutas. Una flecha iba del cuarto de leña al depósito. Otra, del depósito a la habitación de Lenoir. Otra, de la despensa al cobertizo.

La ruta del cadáver.

Pero la hoja estaba escrita antes, o al menos no parecía hecha con prisa reciente. La tinta estaba seca, el papel manchado de humedad en los bordes.

Delacroix sintió un escalofrío que no pertenecía a la bodega.

—Esto es anterior a la muerte —dijo.

Marchand lo miró.

—¿Cómo lo sabe?

—No lo sé. Lo sospecho con bastante disgusto.

Étienne se acercó al esquema. Al verlo, su rostro cambió.

—Él sabía cómo moverlo.

—Sí.

—Antes de que yo lo empujara.

—Sí.

El joven retrocedió.

Aquello era peor que la culpa. La culpa, al menos, le pertenecía. Esto lo convertía en pieza. En mecanismo. En punto débil, como decía la nota.

Madeleine susurró:

—Nos estaba esperando.

—A usted, a su hijo, a Lenoir, a Perret, a Darras, quizá a todos —dijo Delacroix—. La pregunta es si Ravel actuaba por Maurel, por Valette, por la sociedad compradora o por una ambición propia.

Baptiste levantó otro papel.

—Monsieur.

Era una carta doblada, sin sobre, manchada de humedad. Delacroix la tomó.

La letra era distinta. Más formal. Al pie no había firma completa, solo una inicial.

M.

Leyó en silencio primero. Luego en voz alta, con cuidado:

—«El éxito de la ejecución dependerá de que Aubert hijo pierda la compostura ante testigos.

Lenoir conoce el método. Usted asegúrese de que los documentos aparezcan si él no puede entregarlos personalmente.

No debe haber margen para compasión local.

Valbrume debe parecer un nido de violencia, no una obra de caridad. »

Madeleine cerró los ojos.

Étienne se llevó una mano al rostro.

Marchand murmuró:

—Maurel.

—Quizá —dijo Delacroix—. O alguien que desea que pensemos en Maurel.

—La inicial M —dijo Baptiste.

—Hay muchas iniciales M en el mundo. Algunas incluso inocentes, aunque esta noche no conviene exagerar el optimismo.

Pero Delacroix pensaba en Maurel.

El juez. El hombre que debía recibir la nota de Lenoir.

El hombre que archivó denuncias. El hombre cuyo despacho tenía acceso a cartas, firmas, expedientes y miserias.

Si Maurel estaba detrás de aquello, el asesinato de Lenoir no era el centro del crimen.

Era un accidente dentro de una operación más amplia: arrebatar el refugio, destruir su reputación, convertir la resistencia de los Aubert en prueba de peligrosidad y entregar el lugar a una sociedad de caza con papeles limpios.

Lenoir era la mano sucia.

Maurel podía ser el guante.

Un ruido sonó arriba.

No en la cocina.

No en la sala.

Más lejos.

Una puerta exterior.

Baptiste levantó el farol.

—El pasadizo.

Delacroix fue hacia el hueco. Del otro lado llegó un golpe sordo, luego un arrastre. Alguien se movía por el túnel. O acababa de salir por él.

—Está aquí —susurró Étienne.

Madeleine le agarró el brazo.

Esta vez él no la rechazó.

Delacroix miró a Baptiste.

—¿Puede salir por ahí?

—Yo no. Étienne quizá.

—No —dijo Madeleine.

—No irá —dijo Delacroix—. No vamos a ofrecerle a la noche otro Aubert por el mismo precio.

Subieron de inmediato a la cocina. Delacroix abrió la puerta hacia el patio trasero.

La tormenta entró como una bestia. Baptiste salió con el farol, Marchand detrás.

Delacroix avanzó hasta el muro, protegiéndose los ojos.

En la nieve, cerca de la despensa exterior, había una abertura baja medio oculta por tablones.

Y huellas.

Recientes.

Se alejaban hacia el cobertizo.

Pero no hacia la montaña.

Hacia el refugio.

Delacroix se quedó quieto.

No había escapado.

Había vuelto a entrar por otro lado.

Entonces, desde la sala principal, llegó un grito.

No de miedo.

De dolor.

Céleste.

Madeleine salió corriendo antes de que nadie pudiera detenerla. Étienne la siguió. Delacroix, Marchand y Baptiste regresaron tras ellos, con la nieve pegada al abrigo y la certeza terrible de haber mirado hacia fuera mientras la amenaza entraba por dentro.

Al llegar a la sala, encontraron a todos de pie.

Abel Fournier seguía en el banco, vivo pero inconsciente.

Odette estaba junto a él, pálida.

Perret se había refugiado contra la pared.

Brissac tenía una silla levantada en una mano, como si no supiera si usarla de arma o de argumento.

Lucien Darras estaba en el suelo, con una mano apretada contra el costado.

Sangraba.

Y sobre la mesa, donde habían dejado la caja metálica de Lenoir, faltaba un documento.

La nota al juez Maurel.

Delacroix miró a Lucien.

—¿Lo vio?

El muchacho respiraba con dificultad.

—Ravel —susurró.

Madeleine se tapó la boca.

Étienne apretó los puños.

Lucien cerró los ojos.

—Está dentro.

Delacroix miró las puertas, las ventanas, el pasillo, la escalera, la cocina, la casa entera.

Sí.

Ravel estaba dentro.

Y ahora ya no se conformaba con mover papeles.