Muerte en el refugio (Los misterios de Armand Delacroix 11) Capítulo 17 — Ravel
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Capítulo 17 — Ravel

El nombre de Ravel entró en el refugio con menos ruido que la tormenta, pero dejó más frío.

No era un nombre importante a primera vista.

No tenía el peso de Gaspard Lenoir, ni la dignidad enferma de un apellido arruinado como Veyrac, ni el sonido duro de Aubert pronunciado al borde de una acusación.

Ravel era un nombre de despacho, de tinta, de márgenes, de hombre sentado detrás de otro hombre más poderoso.

Un nombre que podía pasar años copiando miserias ajenas sin que nadie pensara en él al hablar de los culpables.

Eso, en opinión de Delacroix, lo volvía bastante peligroso.

La sala permanecía en silencio. Fuera, la nieve seguía golpeando la puerta con una paciencia animal.

Dentro, el fuego iluminaba rostros agotados, objetos abiertos y documentos extendidos.

El refugio de Valbrume, que unas horas antes parecía una promesa de calor en medio de la montaña, se había convertido en algo distinto: una casa donde cada habitación guardaba un secreto y cada secreto parecía haber sido archivado por alguien con buena letra.

Lucien Darras fue el primero en hablar.

—Ravel no pudo venir.

Delacroix lo miró.

—Qué frase tan imprudente.

—Quiero decir que no tendría sentido.

—Eso mejora poco la imprudencia.

El joven tragó saliva. Tenía la cara pálida y los ojos demasiado abiertos, como si la noche le hubiese arrancado de golpe todas las teorías estudiantiles y le hubiera dejado solo la parte desagradable de la ley: personas concretas, daños concretos, cadáveres concretos.

—Ravel trabaja para Maurel —dijo—. No se mueve sin orden.

—Algunas personas obedecen órdenes. Otras aprenden tanto a obedecerlas que un día descubren cómo darlas sin que nadie lo note.

—No lo conoce.

—No. Por eso pregunto.

Lucien miró hacia los documentos sobre la mesa. Tal vez buscaba allí una versión de Ravel que no lo comprometiera. No la encontró.

—Es el primer escribiente de Maurel. Lleva años en el despacho. Ordena expedientes, redacta comunicaciones, prepara copias, recibe a quienes el juez no quiere ver.

—Un oficio muy útil para conocer la miseria antes de que se vuelva pública.

—Sí.

—¿Y para modificarla?

Lucien levantó la vista.

—No sé.

—Inténtelo mejor.

—Tiene acceso a documentos. A sellos. A borradores. Pero Maurel revisa todo.

—Los hombres importantes revisan aquello que creen importante. El trabajo de los escribientes consiste, en buena parte, en decidir qué parece no serlo.

Lucien no contestó. Era una observación demasiado cercana a la verdad como para negarla sin ensuciarse.

Perret, sentado junto a su caja abierta, hizo un pequeño movimiento con la mano.

—Yo no traté con Ravel.

Delacroix giró hacia él.

—Qué alivio. Me inquietaba que pasaran tres minutos sin que usted negara algo.

—Lo digo porque es verdad.

—La verdad no suele necesitar anunciarse con tanta prisa. Pero continúe.

Perret se humedeció los labios.

—Valette era mi contacto. Armand Valette. Él me dio instrucciones. Lenoir me entregó algunos sobres. Yo no conozco a ese Ravel.

Lucien frunció el ceño.

—Valette visitó el despacho de Maurel hace una semana.

Todos lo miraron.

—¿Ahora lo recuerda? —preguntó Brissac.

El joven se ruborizó.

—No sabía que fuera relevante.

—En esta casa —dijo Delacroix—, la frase «no sabía que fuera relevante» debería bordarse en las mantas.

Lucien bajó los ojos.

—Vino a ver al juez. No entré en la reunión. Ravel sí.

—¿Lenoir estuvo presente?

—No al principio. Llegó después. O eso creo. Yo estaba copiando registros en la sala pequeña.

—Entonces tenemos a Maurel, Ravel, Valette y Lenoir alrededor del refugio antes de que el refugio supiera que estaba rodeado.

Madeleine Aubert cerró una mano sobre el borde de la mesa.

—Yo sabía que Lenoir venía. No sabía que venían todos.

—Esa suele ser la ventaja de las trampas bien educadas —dijo Delacroix—. Primero envían una carta.

Étienne, que había permanecido callado, miró a Lucien.

—¿Ravel sabía lo de mi padre?

El joven no respondió de inmediato.

—Si estaba en los expedientes, sí.

—¿Lo estaba?

Lucien miró a Madeleine, luego a Delacroix.

—Había una carpeta antigua de Luc Aubert.

Madeleine inspiró con dificultad.

Étienne se quedó inmóvil.

—¿Qué carpeta?

—No la leí entera.

—No le he preguntado si la leyó entera.

Lucien tragó saliva.

—Tenía copias de recibos, garantías, una carta de Lenoir, un informe sobre la desaparición. Nada oficial completo. Como si alguien hubiera reunido piezas durante años.

Madeleine susurró:

—Para usarlo cuando hiciera falta.

—Sí —dijo Delacroix—. Y esta noche hizo falta.

Odette Veyrac habló desde su silla, con el chal rojo oscuro ahora abandonado a un lado, como si la prueba falsa le hubiera quitado también una parte de su armadura.

—Si Ravel tenía acceso a expedientes antiguos, pudo copiar mi letra.

—Sí.

—Y conocer la cicatriz del doctor si había algún informe médico suyo.

Marchand negó con la cabeza.

—No habría motivo.

—Usted presentó una denuncia contra Lenoir —dijo Lucien—. Pudo haber escrito declaraciones, informes, tal vez alguna descripción personal.

Marchand miró su mano marcada.

—No recuerdo haber mencionado mi cicatriz.

—No hace falta mencionarla en un documento —dijo Delacroix—. Basta con haber estado en el despacho. Basta con que alguien lo viera firmar, entregar papeles, golpear una mesa con la mano equivocada.

Marchand no respondió. Aquello lo irritaba, pero también lo convencía lo bastante como para no poder descartarlo.

Brissac cruzó los brazos.

—¿Y mi anillo? ¿También lo copió ese escribiente omnipresente?

—No necesariamente. Su anillo lo vio cualquiera en el coche. Y el anillo de Luc Aubert hizo el resto. Las falsas pistas no siempre necesitan ser diseñadas desde cero; a veces basta con empujar una coincidencia por las escaleras.

—Una imagen agradable.

—La noche no se está esforzando por serlo.

Baptiste, junto a la puerta, miraba hacia el pasillo.

—Si ese Ravel está aquí, ¿dónde se esconde?

La pregunta era sencilla y, por eso mismo, útil.

Delacroix miró alrededor: la escalera, el pasillo lateral, la cocina, la entrada, la estancia del cadáver, el cuarto de leña, el depósito, la capilla, la despensa exterior, el cobertizo, los huecos bajo el techo. Valbrume ya no era un edificio. Era una colección de oportunidades.

—En algún lugar que ya hemos mirado —dijo.

Perret abrió mucho los ojos.

—¿Eso no es contradictorio?

—Solo para quien confía en sus ojos con exceso.

Madeleine habló sin levantar la voz:

—El refugio tiene una bodega pequeña.

Todos la miraron.

Delacroix no dijo nada. No hizo falta. Su silencio fue casi una cortesía para permitir que la frase se acusara sola.

Madeleine sostuvo su mirada.

—No la mencioné porque está clausurada.

—Madame Aubert, empiezo a sospechar que en Valbrume las clausuras son una forma local de invitación.

—No se usa desde hace años. Se inundó durante un deshielo. Guardamos allí toneles viejos, herramientas rotas, carbón húmedo. La puerta está detrás de la cocina, bajo el suelo.

—¿Tiene acceso desde fuera?

—No.

—¿Desde la capilla?

—No.

—¿Desde el depósito?

Madeleine dudó.

—Hay un respiradero antiguo.

Delacroix cerró los ojos un instante. No por paciencia. Para no regalarle al cansancio una frase demasiado cruel.

—Naturalmente.

Étienne intervino:

—Es muy estrecho. No cabe una persona.

—Hoy he descubierto que las personas caben en lugares donde la verdad no debería caber ni de lado.

Céleste, junto a Abel, se abrazó a sí misma.

—A veces se oyen ruidos allí.

Madeleine se volvió hacia ella.

—Céleste.

—Creí que eran ratas.

Delacroix la miró.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace dos días. O tres. Antes de que llegara Lenoir.

La sala quedó quieta.

—¿Dos o tres días? —preguntó Marchand.

Céleste asintió, temblorosa.

—En la cocina. Por la noche. Como golpes pequeños bajo el suelo. Madame dijo que eran tuberías viejas.

Madeleine cerró los ojos.

—Porque eso creí.

—¿Lo creyó? —preguntó Delacroix.

—Sí.

La respuesta fue firme. Por primera vez en varias confesiones, no tuvo la textura de una defensa elaborada. Madeleine parecía tan sorprendida como todos, aunque no por completo. En las casas viejas, los ruidos se aceptan hasta que se descubre que tienen piernas.

Baptiste miró hacia la cocina.

—Si alguien entró allí hace días…

—Pudo vigilar el refugio antes de la llegada de Lenoir —dijo Odette.

—O preparar los escondites —añadió Lucien—. El hueco de arriba, la capilla, la cuerda.

Perret se encogió.

—Eso es una locura.

Delacroix lo miró.

—Monsieur Perret, después de una caja con doble fondo, un cadáver trasladado por etapas y una puerta que golpea con cuerda, la locura ha perdido bastante fuerza como argumento.

Marchand se acercó a Abel para comprobar que podía quedar unos minutos bajo la vigilancia de Céleste y Odette.

El carretero seguía vivo, pero muy débil.

Respiraba con dificultad, aunque el calor del fuego le había devuelto algo de color.

Delacroix pidió a Lucien que se quedara a la vista de todos.

El muchacho aceptó sin protestar; parecía haber comprendido que moverse sin permiso se había convertido, para él, en una forma de suicidio social.

—Vendrán conmigo el doctor, Baptiste y Étienne —dijo Delacroix.

Brissac dio un paso.

—Yo también.

—No.

—¿Por qué?

—Porque cada vez que descubre un pasillo, parece dispuesto a conquistarlo en nombre de su familia. La bodega necesitará menos orgullo y más farol.

—Esto es insultante.

—Lo sé. Intento mantener cierta regularidad.

Madeleine tomó una lámpara.

—Yo voy.

Delacroix iba a negarse, pero se detuvo. Si había una bodega bajo su propia cocina y alguien la había usado durante días, Madeleine necesitaba verlo. No para colaborar. Para perder otra certeza.

—Está bien —dijo—. Pero caminará detrás de mí.

—Es mi casa.

—Precisamente. Esta noche su casa ha demostrado conocerla menos de lo que usted cree.