Muerte en el refugio (Los misterios de Armand Delacroix 11) Capítulo 16 — El hilo rojo #2
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Capítulo 16 — El hilo rojo #2

Delacroix miró al médico.

—Eso significa que alguien pudo usar el frasco de la cocina con Lenoir y robar el suyo después para implicarlo a usted.

Marchand hizo una mueca.

—O usar el mío y retirar el de la cocina para confundir.

—Exacto. La noche recupera su desagradable abundancia.

Madeleine habló con voz baja:

—Yo usé el de la cocina. Lo recuerdo por el tapón. Me costó abrirlo. Tenía la rosca pegada.

—¿Lo abrió usted?

—Sí.

—¿Con las manos?

—Sí.

—¿Algún paño?

—No recuerdo.

—¿Lo sirvió en la copa de Lenoir?

—Sí.

—¿Cuánto?

—Ya se lo dije. Unas gotas.

Marchand se tensó.

—Unas gotas no deberían matar.

—¿Y si fueron más? —preguntó Étienne, sin mirar a su madre.

Madeleine se volvió hacia él.

—No.

—¿Y si no recuerdas?

Ella no respondió.

El joven tenía una crueldad nueva, nacida del dolor, no del desprecio. Delacroix lo entendía. Cuando alguien descubre que la persona que más lo ha protegido también le ha mentido, suele necesitar destruir un poco el refugio antes de admitir que aún quiere entrar en él.

—Monsieur Aubert —dijo—, no convierta su dolor en método. Ya hemos tenido bastante de eso con Lenoir.

Étienne apretó los labios, pero bajó la mirada.

Odette se acercó al fuego. Su chal seguía sobre la silla, abandonado como un acusado menor.

—¿Y si Lenoir no bebió el láudano de manos de Madeleine?

La pregunta fue suave, pero abrió otro camino.

Madeleine frunció el ceño.

—Lo bebió.

—Usted le dio vino con láudano.

—Sí.

—¿Lo vio beberlo?

Madeleine se quedó quieta.

—Sí.

—¿Todo?

—No.

Delacroix la miró con renovado interés.

—¿Cuánto?

—No lo sé. Bebió un poco. Lo suficiente para calmarse, pensé.

Marchand fue hacia la mesa donde estaba la copa de Lenoir.

—La copa no estaba vacía.

—No —dijo Delacroix—. Medio llena, si la memoria no decide ahora volverse modesta.

—Entonces pudo beber poco.

—O alguien pudo añadir más después.

Madeleine levantó la cabeza.

—¿Después?

—La copa quedó en la habitación. Si Lenoir estaba dormido o inconsciente, cualquiera que entrara pudo agregar láudano, acercarle la copa, humedecerle los labios, o simplemente dejar la escena preparada para que pareciera que él había bebido más de lo que bebió.

Marchand asintió, incómodo.

—Y si tenía lesión en la cabeza, respiración deprimida, frío posterior…

—Moría.

La palabra salió de Étienne.

Seca.

Sin aire.

Nadie la corrigió.

Delacroix miró la copa, luego el tapón, luego la lista de sospechosos vivos y el cadáver que seguía esperando en la habitación lateral.

El caso volvía a cambiar. Madeleine había dado láudano, sí.

Pero quizá no la dosis fatal. Tal vez su acto de desesperación había sido usado por otra persona para convertirla en asesina completa.

O quizá la verdad era más simple y él se resistía porque la tragedia le parecía demasiado cruel.

También podía ocurrir.

La inteligencia no protegía del deseo de encontrar una explicación menos dolorosa.

—Necesito saber quién entró en la habitación de Lenoir después de que Madeleine saliera —dijo.

Silencio.

Delacroix miró primero a Madeleine.

—Usted lo dejó allí dormido o aturdido.

—Sí.

—¿Cerró la puerta?

—Sí.

—¿Con llave?

—No. No tenía llave. Lenoir la tenía, o eso pensé.

—Pero la puerta luego fingió estar cerrada.

—Sí.

—¿Quién podía entrar?

—Cualquiera si la puerta no estaba cerrada.

—Excelente. Otra vez volvemos a todos, ese sospechoso tan trabajador.

Céleste levantó la mano, muy despacio.

—Yo entré.

Madeleine se volvió hacia ella.

—Céleste.

—Entré después —dijo la muchacha, llorando ya sin intentar ocultarlo—. Usted me dijo que no, pero entré.

—¿Cuándo? —preguntó Delacroix.

—Cuando madame bajó a la cocina. Étienne estaba en el cuarto de atrás. Yo quería ver si el señor Lenoir… si seguía vivo.

—¿Y?

Céleste tembló.

—Dormía. Respiraba raro. Tenía los ojos medio abiertos.

Marchand cerró la mandíbula.

—Respiración agónica quizá.

—¿Tocó algo? —preguntó Delacroix.

—No.

—¿La copa?

—No.

—¿El frasco?

—No.

—¿Vio el frasco?

—Sí. Estaba sobre la mesa.

Madeleine cerró los ojos.

—¿El de la cocina?

—Creo que sí.

—¿Con tapón?

Céleste dudó.

—No lo sé. Creo que no. Creo que estaba abierto.

Delacroix sintió que otra pieza se movía.

—¿Abierto?

—Sí. Pero no estoy segura. Había poca luz.

—¿Vio a alguien más entrar?

La muchacha miró hacia la sala.

Su miedo cambió de dirección.

—No.

—Mademoiselle.

—No.

—Acaba de mirar a alguien.

Céleste apretó las manos.

—No quiero.

—Nadie quiere nada esta noche. Esa parece ser la única democracia que nos queda.

Madeleine se acercó a ella.

—Céleste, si viste algo, dilo.

La muchacha la miró con una mezcla de amor, culpa y espanto.

—Usted no estaba.

—Lo sé.

—Y Étienne tampoco.

—Dilo.

Céleste tragó saliva.

—Vi a monsieur Darras cerca de la puerta.

Lucien dio un paso atrás.

—¿Qué?

—No dentro. En el pasillo. Mirando.

—Yo ya expliqué que subí.

—Esto fue antes —dijo ella—. Antes de que llegaran los viajeros.

La sala quedó muda.

Lucien se quedó blanco.

—No. Eso es imposible.

Delacroix se acercó a él.

—Antes de que llegáramos.

—No. Yo no estaba aquí antes.

Céleste temblaba.

—No sé si era él. Era un joven. Delgado. Con abrigo oscuro. Lo vi solo un instante.

—Mademoiselle —dijo Delacroix—, ¿por qué no lo dijo antes?

—Porque pensé que era un huésped de Lenoir. O alguien de la deuda. Y después, cuando vi a monsieur Darras entrar con ustedes, creí que me había confundido. Que no podía ser.

Lucien negó con la cabeza una y otra vez.

—No fui yo.

Delacroix lo observó.

—¿Tiene usted un hermano?

La pregunta pareció absurda durante un segundo.

Luego dejó de serlo.

Lucien parpadeó.

—¿Qué?

—Un hermano. Primo. Alguien de edad parecida. Parecido físico.

—No.

—¿Seguro?

—Sí.

Perret habló con voz débil.

—Valette tenía un sobrino.

Todos giraron hacia él.

El comerciante tragó saliva.

—Armand Valette. El intermediario de Lyon. Tenía un sobrino joven. Lo vi una vez. Delgado, moreno, de la edad de monsieur Darras quizá. Trabajaba para él llevando papeles.

Delacroix sintió que la habitación encontraba por fin una sombra con contornos nuevos.

—Nombre.

—No lo recuerdo.

—Monsieur Perret.

—De verdad. Valette lo llamaba por apellido. O por apodo. No sé. Algo como Ravel… no. No, Ravel era el escribiente de Maurel.

Lucien levantó la cabeza.

—Ravel no es viejo.

—¿Qué edad tiene? —preguntó Delacroix.

—Veinticinco. Veintiséis.

—¿Delgado?

—Sí.

—¿Podría parecer un estudiante?

—Supongo.

—¿Trabaja para Maurel?

—Es su primer escribiente.

—Y tiene acceso a los expedientes de Lenoir.

Lucien se quedó inmóvil.

—Sí.

—Y a la letra de madame Veyrac.

—Sí.

—Y a los documentos del refugio.

—Sí.

—Y pudo saber que usted viajaría en el coche.

El muchacho abrió la boca.

—Sí.

—¿Ravel fuma tabaco negro?

Lucien tardó en responder.

—Sí.

Delacroix miró a Marchand.

El médico recordó la colilla del hueco superior al mismo tiempo.

—El huésped invisible —dijo.

Madeleine habló con voz apenas audible:

—Pero ¿por qué vendría aquí?

Delacroix miró los documentos de Lenoir, la autorización de Perret, la nota al juez, el contrato de venta, la amenaza, el tapón, el chal rojo, la cicatriz del médico, el anillo azul, el paño de Céleste.

—Porque Lenoir no era el único interesado en que el refugio cayera —dijo—. Y quizá tampoco era el más importante.

Fuera, el viento golpeó la puerta.

Pero esta vez, por primera vez en toda la noche, Delacroix no pensó que la amenaza venía de la montaña.

Pensó que tal vez ya estaba dentro.