Muerte en el refugio (Los misterios de Armand Delacroix 11) Capítulo 16 — El hilo rojo
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Capítulo 16 — El hilo rojo

El tapón de vidrio parecía una prueba.

Eso, precisamente, era lo que volvía prudente desconfiar de él.

Delacroix lo sostuvo entre dos dedos, envuelto en el pañuelo, bajo la luz temblorosa de la lámpara.

Era pequeño, transparente, con una gota oscura seca en el borde interior y aquel hilo rojo adherido a la rosca como si la noche hubiera decidido volverse demasiado generosa.

Demasiado teatral. Demasiado dispuesta a señalar a Odette Veyrac justo después de haber señalado al doctor Marchand, a Lucien Darras, al capitán Brissac, a Céleste, a Perret, a Étienne y a Madeleine.

La culpa, cuando era verdadera, solía ser más torpe.

Las pruebas fabricadas, en cambio, tenían a veces una claridad de escaparate.

Odette permanecía de pie junto a la mesa, con el chal rojo oscuro sobre los hombros.

No se había tocado la prenda al comprender la acusación.

Ese detalle le gustó a Delacroix. Los culpables suelen llevar la mano hacia aquello que los delata, como si pudieran convencer al objeto de que dejara de existir.

Odette no. Odette miró el tapón, luego el borde de su chal, y después al detective con una serenidad que no era inocencia garantizada, pero sí una educación muy superior al miedo.

—No he tocado ese frasco —dijo.

—¿Cuál de ellos? —preguntó Delacroix.

Ella entendió la precisión.

—Ninguno.

Marchand se acercó con el rostro endurecido.

—¿Dónde lo encontró?

—En el armario de la cocina —respondió Delacroix—. O, mejor dicho, encontré el tapón. El frasco no está.

—¿El de la cocina?

—Eso parece.

Madeleine, que hasta hacía unos minutos parecía incapaz de soportar una nueva acusación, levantó la cabeza con esfuerzo.

—Yo lo guardaba allí.

—Sí.

—Lo usé con Lenoir.

La frase volvió a caer sobre Étienne como una piedra. El joven no miró a su madre. Seguía de pie cerca del fuego, con los brazos colgando a los lados y la expresión vacía de quien acaba de descubrir que un acto suyo fue solo la primera pieza de una tragedia más amplia.

—¿Después lo devolvió al armario? —preguntó Delacroix.

Madeleine cerró los ojos un instante, intentando reconstruir sus propios movimientos.

—Creo que sí.

—Creer empieza a ser una moneda bastante gastada.

—Estaba asustada.

—Eso no la hace menos gastada. Solo más comprensible.

—Lo dejé en la cocina. Estoy casi segura.

—¿Con el tapón puesto?

Madeleine lo miró.

—Sí.

—¿Quién más sabía que estaba allí?

—Céleste. Étienne. Cualquiera que hubiese pasado tiempo en la cocina.

—Es decir, media casa, algunos huéspedes y el destino, que esta noche parece tener una llave de servicio.

Céleste negó con la cabeza, llorosa.

—Yo no lo toqué.

—Ya no estamos en el punto donde negar alcanza para seguir respirando tranquilos, mademoiselle. Pero de momento no le preguntaba a usted.

Odette habló con voz baja:

—Alguien puso ese hilo ahí.

Brissac soltó una risa breve.

—Qué sorpresa. Cuando la prueba señala a uno, siempre aparece «alguien».

—Capitán —dijo Delacroix—, si la próxima prueba aparece dentro de su bota, procuraré recordarle esa frase con la delicadeza que merece.

Brissac cerró la boca.

Lucien Darras se acercó con cautela. El muchacho parecía haber envejecido desde que Abel lo señalara. Ya no miraba las pistas con el placer de quien asiste a una lección, sino con el espanto de quien comprende que los documentos también sangran, aunque no manchen igual.

—¿Puedo verlo? —preguntó.

Delacroix lo observó un segundo.

—Puede mirar. No tocar. Su carrera jurídica quizá sobreviva más tiempo si aprende esa diferencia.

Lucien se inclinó sobre el tapón. Examinó el hilo rojo.

—Podría haberse enganchado al abrir el armario.

—Podría.

—O alguien pudo arrancarlo del chal y colocarlo.

—También.

—Es demasiado visible.

Delacroix sonrió apenas.

—Monsieur Darras, si sigue así, terminará usted siendo inconveniente para los culpables y para sus superiores. Una profesión peligrosa.

El joven bajó la vista, pero no pudo evitar una sombra de orgullo.

Odette se quitó lentamente el chal y lo dejó sobre el respaldo de una silla.

Lo hizo sin dramatismo, como si entregara un testigo, no una prenda.

Delacroix se acercó. El tejido era de lana fina, rojo oscuro, con flecos en los bordes.

Uno de esos flecos estaba roto. No arrancado violentamente, sino separado con un tirón limpio.

El hilo del tapón podía corresponder a él.

O a cualquier prenda parecida.

Pero en aquella sala no había muchas prendas parecidas.

—¿Dónde estuvo su chal esta noche? —preguntó.

—Conmigo.

—Siempre.

Odette dudó.

Ahí estaba.

La pequeña pausa que abría una puerta.

—No siempre —dijo.

—Continúe.

—Cuando subí a ver a Abel, lo dejé en la sala. Junto a mi maleta.

—¿Durante cuánto tiempo?

—No lo sé. Unos minutos.

—Los minutos, en Valbrume, tienen una salud excelente. No dejan de reproducirse.

—Después lo recuperé.

—¿Alguien pudo tocarlo?

Odette miró a todos.

—Sí.

Perret levantó las manos antes de que nadie lo mirase con suficiente intensidad.

—Yo no.

—Monsieur Perret —dijo Odette—, empieza a resultar agotador que su conciencia levante la mano antes que su nombre.

El comerciante volvió a bajarlas.

Madeleine miró el chal. Parecía intentar recordar, pero sus ojos ya no tenían la firmeza inicial.

La noche la había desarmado por etapas: primero la muerte de Lenoir, luego la culpa de Étienne, después el láudano, más tarde la fotografía de Luc, ahora la posibilidad de que alguien usara a otros con una precisión que ella no había visto porque estaba demasiado ocupada intentando salvar a su hijo.

—Estuvo en la silla —dijo Céleste de pronto.

Todos la miraron.

La muchacha se encogió, pero siguió.

—El chal. Estuvo en esa silla, junto a la maleta. Cuando madame Veyrac subió.

—¿Quién se acercó? —preguntó Delacroix.

Céleste tragó saliva.

—No lo sé.

—Mademoiselle.

—Yo estaba en la cocina. Pero vi pasar a monsieur Perret.

—¡Yo iba por agua! —protestó Perret.

—También vi a Lucien bajar y subir.

Lucien palideció.

—Yo no toqué el chal.

—Y al doctor —añadió Céleste.

Marchand frunció el ceño.

—Yo pasé hacia la habitación del cuerpo.

—Sí.

—¿Al capitán? —preguntó Delacroix.

Céleste miró a Brissac y negó.

—No lo recuerdo.

Brissac pareció ofendido de no haber sido incluido ni siquiera como sospechoso de paso.

—A Baptiste —dijo Céleste después—. Fue a revisar la puerta.

Baptiste asintió.

—Sí.

Delacroix observó la sala. Otra vez demasiados caminos. Otra vez una prueba que señalaba a alguien y, al mismo tiempo, permitía que cualquiera hubiera plantado la señal.

—El hilo rojo no nos dice quién tomó el frasco —dijo—. Nos dice que alguien quiere que pensemos en madame Veyrac, o que madame Veyrac fue lo bastante descuidada como para dejar una firma textil en un tapón. La segunda opción me parece ofensiva para su inteligencia.

Odette levantó una ceja.

—¿Debo agradecerlo?

—No. Ser inteligente rara vez absuelve. Solo obliga a mentir mejor.

—No he mentido sobre eso.

—Sobre eso, quizá no.

Ella recibió el matiz sin apartar la vista.

—¿Qué cree que oculto?

—De momento, una razón más íntima para subir a ver a Abel Fournier.

Odette tardó un instante en responder.

—Ya le dije mi razón.

—No. Me dijo una razón suficiente para una mujer curiosa. Usted no es curiosa. Es obstinada. La diferencia importa.

El silencio se espesó a su alrededor.

Madeleine miró a Odette con una comprensión cansada.

—Buscaba algo de su marido.

Odette no contestó.

Delacroix la observó. La viuda de negro, el chal rojo, la maleta siempre cerca, la carta antigua, el duelo convertido en documento.

Gaspard Lenoir había destruido a su marido con papeles; quizá Odette había pasado años deseando encontrar otro papel que le devolviera, si no la vida, al menos una forma de justicia.

—¿Qué esperaba que dijera Abel? —preguntó él.

Odette bajó la mirada hacia el chal.

—Abel llevaba rutas por toda la zona. Conocía posadas, pueblos, despachos, hombres que iban y venían.

Mi marido viajó a Saint-Aubin dos días antes de morir.

Nunca supe por qué. Lenoir siempre dijo que fue a rogar una prórroga.

Yo encontré después una nota en su escritorio, incompleta, donde mencionaba a un carretero.

Abel abrió los ojos apenas al oír su nombre, pero no habló.

Marchand se acercó a él.

—No lo fuerce.

—No lo haré —dijo Odette.

Lo dijo con tanta suavidad que Delacroix casi la creyó incapaz de haberlo atado. Casi.

—¿Por qué no contó esto antes? —preguntó.

Ella soltó una risa breve, triste.

—Porque cada vez que cuento algo sobre mi marido, todos deciden que mi dolor es un móvil.

—Lo es.

—También es lo único que me queda de él.

—Una cosa no impide la otra.

Odette cerró los ojos.

—No.

El detective dejó el tapón sobre la mesa, junto al resto de las pruebas.

La mesa empezaba a parecer un pequeño altar pagano dedicado a la miseria humana: papeles, cuerda, tapones, notas, fotografías, contratos, cartas y un anillo azul que ya no señalaba a nadie, salvo a la facilidad con la que las apariencias se prestaban a declarar.

Marchand tomó el tapón y lo olió sin tocarlo directamente.

—Láudano, sí.

—¿Puede saber si corresponde al frasco de la cocina o al suyo? —preguntó Delacroix.

—No por el olor.

—Qué decepcionante. La ciencia debería esforzarse más por adaptarse a las necesidades dramáticas.

—La ciencia suele tener la cortesía de no inventar respuestas para entretenerlo.

—Una cortesía muy poco literaria.

Marchand dejó el tapón.

—Pero hay algo. Mi frasco tenía un tapón de corcho, no de vidrio.

Todos lo miraron.

Delacroix se quedó quieto.

—¿Está seguro?

—Sí. Lo llevo hace años en una funda metálica. Pequeño. Tapón de corcho encerado. El frasco de la cocina podría tener tapón de vidrio.

Madeleine asintió lentamente.

—Sí. Era un frasco viejo, con tapón de vidrio.

—Entonces este tapón pertenece al frasco de la cocina —dijo Lucien.

—Probablemente —respondió Marchand.

—Y el de usted sigue desaparecido.

—Sí.