Muerte en el refugio (Los misterios de Armand Delacroix 11) Capítulo 15 — La cicatriz del médico #2
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Capítulo 15 — La cicatriz del médico #2

—Eso no lo absuelve. Pero le permite respirar diez segundos.

El comerciante pareció agradecer sinceramente aquel préstamo miserable.

Delacroix tomó la nota de amenaza.

—Esta nota pudo haber sido escrita por alguien que vio la letra de madame Veyrac e intentó llevarnos hacia ella.

Igual que la cicatriz pudo llevarnos hacia el doctor.

Igual que el anillo azul hacia Brissac. Igual que el paño con la inicial de Céleste hacia ella.

Igual que el golpe de Étienne hacia Étienne.

Demasiadas flechas en demasiadas direcciones.

Madeleine habló, muy baja.

—Lenoir hacía eso.

Delacroix la miró.

—¿Qué cosa?

—Colocar a la gente contra otra gente. Hacer que todos tuvieran algo que ocultar. Así nadie podía acusarlo sin quedar manchado.

Odette asintió despacio.

—Sí.

Brissac no dijo nada, pero su silencio no negó.

Lucien también asintió.

—En el despacho decían que Lenoir no cobraba deudas. Las componía.

—Una palabra interesante —dijo Delacroix.

—Eso decía Maurel. Que Lenoir componía situaciones: un deudor, un testigo, una firma, una vergüenza, un plazo. Lo colocaba todo para que el resultado pareciera inevitable.

Delacroix sintió que la frase entraba en la investigación como una llave.

Componer situaciones.

No era solo un prestamista. Era un dramaturgo administrativo.

Un hombre capaz de prever humillaciones, reacciones, miedos.

Había compuesto Valbrume antes de llegar: Madeleine con su deuda, Étienne con su rabia, Odette con su duelo, Brissac con su honor, Perret con su codicia, Lucien con su necesidad, Maurel con su autoridad.

Incluso Abel Fournier, pobre hombre febril, figuraba en sus notas como un resto del pasado.

Pero Lenoir había muerto.

Y aun así la composición seguía ejecutándose.

O bien él había preparado tanto que la maquinaria continuó sola, o alguien más la estaba tocando después de su muerte.

—Necesito ver la habitación de Lenoir otra vez —dijo Delacroix.

Marchand frunció el ceño.

—¿Ahora?

—Sí. Y necesito que nadie, absolutamente nadie, salga de esta sala.

Brissac abrió la boca.

—Nadie —repitió Delacroix, mirándolo—. Ni héroes, ni comerciantes, ni viudas vengativas, ni estudiantes arrepentidos, ni madres capaces de mover cadáveres por amor. Nadie.

Madeleine aceptó la frase sin bajar la vista. Étienne sí la bajó.

—Doctor, venga conmigo. Odette también.

Brissac protestó de inmediato.

—¿Ella? ¿Después de la nota?

—Precisamente.

—¿Y yo?

—Usted se quedará aquí enseñando su anillo a quien necesite entretenimiento.

Odette tomó una lámpara. Marchand otra. Delacroix llevó los papeles de la amenaza y la hoja de escritura de Odette, además del trozo de cuerda encerada. Cruzaron el pasillo lateral y entraron en la habitación de Gaspard Lenoir.

Todo seguía demasiado ordenado.

La cama intacta. La mesa con la bandeja. El abrigo doblado. La bolsa de viaje. La ventana cerrada. La puerta con su muesca inferior. Una habitación preparada para mentir una cosa y ocultar otra.

Delacroix fue directo a la mesa.

—Cuando Céleste trajo la cena, dijo que oyó una voz de hombre desde dentro.

—Sí —dijo Marchand.

—Pero Lenoir quizá ya estaba inconsciente o muerto.

—Quizá.

—Entonces alguien respondió por él.

Odette miró alrededor.

—Étienne.

—Tal vez.

—Madeleine.

—Tal vez.

—O el hombre escondido arriba.

Delacroix sonrió apenas.

—La noche le ha sentado bien a su imaginación, madame.

—No sé si agradecerlo.

—No lo haga. Suele ser síntoma de deterioro.

El detective se acercó al muro de la habitación, el que daba al depósito interior y al cuarto de leña. Golpeó suavemente con el bastón. Sólido en algunas partes. Hueco en otras. La arquitectura de Valbrume volvía a opinar.

—Doctor, ayúdeme con ese armario.

Marchand dejó la lámpara y empujó el armario pequeño junto a la pared. Detrás apareció una rejilla de ventilación antigua, casi tapada por polvo, que comunicaba con el depósito o con el hueco interior. No era grande, pero sí suficiente para que una voz pasara deformada.

Odette se acercó.

—Alguien pudo responder desde detrás.

—O desde el depósito.

—Sin estar en la habitación.

—Exacto.

Marchand miró la rejilla.

—¿Y los golpes de la puerta?

—La cuerda los explicaba. La habitación de Lenoir fue un teatro. El actor quizá no estaba dentro.

Delacroix iluminó la rejilla. En el borde había una marca reciente de dedos. Polvo removido. Alguien la había usado. Tal vez para escuchar. Tal vez para hablar. Tal vez para hacer pasar una cuerda.

—La voz que oyó Céleste pudo no ser Lenoir —dijo.

—Eso cambia la hora de la muerte —dijo Marchand.

—Casi todo en esta casa parece dedicado a cambiarla.

Delacroix volvió hacia la bandeja. El cuenco de sopa estaba medio vacío. El pan mordido. La copa con marca de labios. Había asumido que alguien había preparado aquello para fingir que Lenoir cenó. Pero quizá el detalle era más fino.

Tomó la copa con un pañuelo y la acercó a la luz.

—Doctor.

Marchand observó el borde.

—Marca de labios.

—Sí. Pero mire el tamaño.

Odette se inclinó.

La marca era pequeña.

Demasiado pequeña para la boca de Lenoir, quizá. Aunque aquello no bastaba. Delacroix tomó el vaso con cuidado y miró el lado contrario. Allí había una segunda marca, más ligera, casi invisible. Como si alguien hubiera bebido, limpiado mal, y luego alguien más hubiera colocado otra huella.

—Dos personas bebieron de esta copa —dijo.

Marchand tensó la mandíbula.

—O alguien la usó para fingirlo.

—Sí.

Delacroix olió la copa. Vino. Y algo más. Dulzón, amargo al fondo.

—¿Puede identificarlo?

Marchand tomó la copa, olió con cuidado y frunció el ceño.

—Láudano, quizá. O alguna tintura opiácea. Muy leve.

—¿Suficiente para matar?

—No necesariamente. Suficiente para aturdir a un hombre herido, quizá. O para hacerlo dormir.

Odette se llevó una mano al pecho.

—Entonces Lenoir no murió solo por el golpe.

—No saltemos —dijo Delacroix—. Pero acabamos de encontrar un puente.

Marchand parecía profundamente incómodo.

—Láudano. En un refugio puede haber.

—¿Tiene usted?

—Sí. En mi maletín.

—¿Lo usó esta noche?

—Con Abel, muy poco, para calmarlo antes. Después no, por su respiración.

—¿Y antes de llegar aquí?

—No.

Delacroix lo miró.

—Doctor.

Marchand lo sostuvo.

—No.

—¿Le falta algún frasco?

Marchand dudó.

Después salió de la habitación casi corriendo.

Delacroix y Odette lo siguieron hasta la sala. Marchand abrió su maletín sobre una mesa, apartó vendas, pinzas, frascos y pequeñas cajas metálicas. Su rostro cambió antes de hablar.

—Falta uno.

La sala entera se congeló.

—¿Qué frasco? —preguntó Brissac.

Marchand levantó la mirada.

—Láudano.

Delacroix miró a todos.

Todos podían haber tenido acceso al maletín en algún momento. Durante el traslado del cadáver. Mientras Marchand atendía a Abel. Durante las idas y venidas. La prueba señalaba al médico y, al mismo tiempo, a cualquiera que hubiera querido señalarlo.

Demasiado perfecta otra vez.

—¿Cuándo lo vio por última vez? —preguntó.

—En el coche. Revisé el maletín antes de bajar.

—¿Seguro?

—Sí.

—Entonces alguien lo tomó después de llegar al refugio.

—O durante el camino —dijo Odette.

Marchand negó con la cabeza.

—El maletín estuvo conmigo.

Delacroix miró a Lucien.

—Usted estuvo cerca del equipaje en el coche.

—No toqué el maletín.

Miró a Perret.

—Usted tenía su caja.

—Y nada más.

Miró a Madeleine.

Ella entendió.

—No necesitaba láudano para ocultar un muerto.

—No. Pero alguien pudo necesitarlo para convertir a un hombre herido en un hombre indefenso.

Étienne se puso pálido.

—No.

Delacroix no apartó la vista de Madeleine.

—Cuando llevó a Lenoir a su habitación, ¿le dio vino?

Madeleine cerró los ojos.

—Sí.

La sala entera pareció inclinarse.

—¿Con qué?

—Con unas gotas de láudano.

Marchand dio un paso atrás.

—¿De mi maletín?

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabe?

—Había un frasco en la cocina. Viejo. Para dolores. Para dormir cuando el dolor no deja respirar.

—¿Cuánto le dio? —preguntó Marchand, alarmado.

—Poco.

—¿Cuánto es poco?

Madeleine abrió las manos.

—Unas gotas.

—¿Cuántas?

—No las conté.

Marchand se llevó una mano a la frente.

—Dios santo.

Étienne miró a su madre con horror.

—¿Lo dormiste?

—Estaba furioso, herido, amenazando con destruirte. Quería que se calmara.

—¿Lo mataste?

La pregunta salió como un golpe.

Madeleine retrocedió.

—No.

—¿Lo mataste tú?

—No, Étienne.

—¡Dime la verdad!

—¡No lo sé!

La frase estalló en la sala.

No fue un grito de defensa.

Fue un grito de ruina.

Madeleine se cubrió la boca con una mano. La mujer que había sostenido puertas, cadáveres, deudas y secretos acababa de dejar caer, al fin, la única frase que no podía ordenar.

No lo sé.

Marchand se acercó a ella, ya no como sospechosa sino como médico ante alguien a punto de quebrarse.

—¿Cuánto tiempo después de darle el láudano dejó de respirar?

Madeleine respiraba con dificultad.

—No sé. Volví a verlo. Estaba dormido. O eso creí. Luego… luego no respiraba bien. Después no respiraba.

Étienne se apartó de ella como si acabara de ver a una desconocida.

—Yo lo empujé.

—Étienne…

—Pero tú…

—No quería matarlo.

—¿Y qué querías? ¿Dormirlo hasta que el mundo fuera justo?

La frase fue cruel porque era exacta.

Madeleine no respondió.

Delacroix cerró los ojos un instante. La verdad empezaba a tener una forma más triste que brillante. Étienne provocó la herida. Madeleine administró láudano para calmar o silenciar a Lenoir. La combinación de golpe, posible conmoción, frío y sedante pudo matarlo. Después, ella ocultó el cuerpo.

Pero aún quedaba la segunda inteligencia. La caja. La amenaza. El ataque a Abel. La imitación de letras. La cicatriz falsa o real. El frasco desaparecido del médico.

Delacroix abrió los ojos.

—Doctor, ¿el láudano pudo ser la causa directa de la muerte?

—En un hombre herido en la cabeza, aturdido, quizá con respiración comprometida… sí. O contribuir. Mucho.

Madeleine cerró los ojos.

Étienne se quedó inmóvil.

Perret susurró:

—Entonces fue ella.

Delacroix giró hacia él con tal rapidez que el comerciante se encogió.

—Monsieur Perret, si vuelve a intentar convertir una tragedia en una comodidad para usted, le aseguro que descubriré una forma muy legal de hacerlo lamentable.

Perret se calló.

Delacroix tomó el frasco faltante como idea, no como objeto.

¿Madeleine usó un frasco viejo de cocina o alguien tomó el del médico y se aseguró de que faltara para incriminar a Marchand?

¿El láudano en la copa era el mismo? ¿Quién preparó la copa?

¿Quién bebió de ella? ¿Quién colocó las marcas de labios?

—Necesito el frasco de la cocina —dijo.

Céleste se levantó de inmediato.

—Yo lo traigo.

—No. Iremos juntos.

Madeleine no se movió. Quizá ya no podía.

Delacroix siguió a Céleste hasta la cocina.

Era una estancia caliente, baja, llena de ollas, pan, cuchillos, cebollas, hierbas colgadas y un orden de trabajo que contrastaba cruelmente con el caos moral de la sala.

La muchacha abrió un armario pequeño junto a la alacena, buscó entre botellas de vinagre, ungüentos, sales y paños.

Se detuvo.

—No está.

Delacroix se acercó.

—¿Dónde debería estar?

—Aquí.

—¿Está segura?

—Sí. Madame lo guarda siempre aquí.

—¿Quién entra en la cocina?

Céleste soltó una risa rota.

—Todos esta noche.

Delacroix miró el armario vacío.

Dos frascos de láudano faltaban ahora: el del doctor y el de la cocina. O quizá uno solo había sido usado para explicar al otro. O alguien se había asegurado de que ninguna comparación fuera posible.

Entonces vio algo en el estante inferior.

Un pequeño tapón de vidrio.

Lo tomó con un pañuelo.

Olía a láudano.

Y pegado al borde había una fibra.

No azul.

No negra.

Roja.

Delacroix la miró en silencio.

Céleste también la vio.

—Es del chal de madame Veyrac —susurró.

Delacroix no respondió.

Porque lo era.

O alguien quería que lo pareciera.

Al regresar a la sala, Odette Veyrac estaba de pie junto a la mesa, tranquila, demasiado tranquila. Su chal rojo oscuro caía sobre sus hombros con una elegancia triste. Delacroix miró el borde.

Faltaba un hilo.

Odette siguió su mirada y comprendió.

—No —dijo.

La palabra fue limpia.

Casi perfecta.

Delacroix sostuvo el tapón entre los dedos.

—Madame Veyrac —dijo—, empieza a parecer que la noche también ha decidido escribir con su ropa.