Muerte en el refugio (Los misterios de Armand Delacroix 11) Capítulo 15 — La cicatriz del médico
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Capítulo 15 — La cicatriz del médico

La mano del doctor Marchand permaneció en el aire unos segundos más de lo necesario.

No porque quisiera exhibirla. Al contrario.

Había en aquel gesto algo involuntario, casi absurdo: la reacción de un hombre que descubre que una parte de su propio cuerpo acaba de ser llamada a declarar sin previo aviso.

La cicatriz blanca cruzaba el dorso de la mano derecha, cerca del pulgar, fina y antigua, demasiado limpia para ser reciente y demasiado visible para haber pasado inadvertida si uno hubiera sabido que debía mirarla.

Delacroix la había visto antes.

En el coche, cuando Marchand fingía leer. En la sala, cuando sujetó el cuenco de sopa. Sobre el cadáver de Lenoir, cuando apartó el cabello de la herida. Pero las cicatrices, como los apellidos, solo se vuelven importantes cuando alguien las pronuncia en el momento adecuado.

—Madame Veyrac —dijo Marchand—, se equivoca.

Odette lo miró sin hostilidad.

—Ojalá.

—No subí con ninguna caja.

—He dicho que vi una mano con una cicatriz como la suya.

—Una distinción tardía.

—Una distinción exacta.

Brissac dejó escapar una risa áspera.

—Maravilloso. Ahora el médico también tiene un doble.

—Capitán —dijo Delacroix—, su talento para convertir la confusión en ruido merecería una medalla si no amenazara con empeorarlo todo.

Brissac apretó los labios. Aquel hombre sufría mucho cuando no podía ejercer de martillo.

Marchand bajó la mano despacio.

—Estuve con usted, Delacroix. Revisamos el cuerpo. Subimos a ver a Abel. Bajamos. Volvimos a subir cuando desapareció.

—En efecto.

—No tuve tiempo de esconder cajas ni atar enfermos.

—Eso depende de la hora exacta de cada mentira. Y esta noche las horas se han comportado como ratones.

El médico lo miró con una mezcla de irritación y decepción.

—¿También sospecha de mí?

—Doctor, sospecho incluso de las paredes. Y las paredes, al menos, han demostrado tener huecos.

Madeleine Aubert seguía en silencio. Había dejado de mirar a Marchand y observaba ahora a Odette.

No con acusación, sino con una especie de cansancio lúcido, como si comprendiera que la sala entera se había convertido en un mercado de medias verdades donde cada uno entregaba la suya solo cuando otra persona le ponía un cuchillo en la espalda.

Céleste permanecía junto a Abel Fournier. El carretero respiraba con dificultad, envuelto en mantas, aún inconsciente. Étienne estaba de pie cerca de la mesa, demasiado agotado para sorprenderse de nada y demasiado herido para dejar de hacerlo.

Lucien Darras, por su parte, miraba a Odette con los ojos abiertos.

—Usted estaba arriba —dijo.

—Sí.

—Y no lo dijo.

—Tampoco usted.

El muchacho bajó la vista.

La respuesta era justa. Eso la volvía difícil de discutir.

Delacroix tomó la hoja donde Odette había escrito con la izquierda y la comparó de nuevo con la amenaza clavada en la ventana. Había semejanzas. No suficientes para condenar, pero sí para incomodar. Y la incomodidad era una forma menor, pero útil, de verdad.

—Madame Veyrac —dijo—, ¿por qué subió realmente?

—Ya lo dije. Quería escuchar a Abel.

—No. Eso explica la dirección de sus pasos, no su motivo.

Ella sostuvo su mirada.

—Quería saber si había visto a quien movió la caja.

—¿Por qué le interesaba la caja?

—Porque contenía documentos de Lenoir.

—¿Y eso le importaba por el refugio?

Odette miró a Madeleine. Luego a Étienne. Luego al cadáver invisible de Lenoir, presente en la sala como una deuda no saldada.

—Me importaba porque había visto demasiadas veces lo que Lenoir podía hacer con documentos.

—Una razón noble.

—No pretendía ser noble.

—Me alegra. Las razones nobles suelen mentir peor que las egoístas.

Odette respiró hondo.

—Cuando ustedes encontraron la caja en la capilla, pensé que quizá había más papeles. Algo sobre mi marido. Algo que Lenoir aún guardaba.

—¿Algo que pudiera perjudicarla?

—Algo que pudiera demostrar que él había empujado a mi marido más de lo que admitió.

—Su marido ya está muerto.

La frase fue dura. Delacroix no la suavizó. La piedad, mal colocada, convertía las respuestas en flores.

Odette tampoco se quebró.

—Sí. Y los muertos, monsieur Delacroix, tienen la mala costumbre de seguir necesitando justicia cuando los vivos ya están cansados.

Delacroix aceptó aquello con un leve silencio. No aprobación. Reconocimiento.

—¿Escribió la amenaza para desviar la atención? —preguntó.

—No.

—¿Ató a Abel para impedir que hablara?

—No.

—¿Vio quién lo hizo?

—No.

—Pero vio a alguien con una lámpara y una mano con cicatriz.

—Sí.

Marchand dio un paso hacia ella.

—Madame, yo no subí.

—Entonces alguien quiso que pareciera usted.

Delacroix miró al médico.

—O alguien comparte su cicatriz.

—Las cicatrices no son apellidos —respondió Marchand—. No se heredan con tanta comodidad.

—No. Pero pueden imitarse peor que una firma y, en una luz baja, basta una venda, una mancha de harina, una tira de tela clara.

Marchand se detuvo.

—¿Insinúa que alguien fingió mi cicatriz?

—Insinúo que esta noche las pruebas se han mostrado demasiado dispuestas a señalar al sospechoso siguiente. Primero Étienne. Luego Madeleine. Luego Perret. Luego Brissac. Luego Lucien. Ahora usted. Empiezo a cansarme de la generosidad del azar.

Brissac frunció el ceño.

—¿Y eso qué significa?

—Que alguien no está improvisando sospechas. Las está administrando.

La frase cayó con un peso nuevo.

Administrando.

Era una palabra de Lenoir. De Maurel. De contratos. De deudas. De hombres que no necesitaban fuerza si podían organizar el miedo de los demás en columnas y firmas.

Delacroix caminó despacio alrededor de la mesa.

Allí estaban los papeles de Lenoir, el contrato de venta, la autorización de Perret, la fotografía de Luc Aubert, la nota al juez Maurel, el papel encontrado en el hueco superior y la amenaza clavada en la ventana.

Parecía menos una investigación que un escritorio después de una tormenta moral.

—Doctor Marchand —dijo—, ¿cómo se hizo esa cicatriz?

Marchand miró su mano.

—Con un cristal.

—¿Cuándo?

—Hace quince años. Un parto complicado. La lámpara cayó, se rompió, seguí trabajando. No tuve tiempo de vendarme hasta después.

—¿Quién puede confirmarlo?

—La madre y el niño, si aún viven. Aunque dudo que se encuentren en este refugio para satisfacer su apetito documental.

—¿Ha tratado usted a Lenoir antes?

—No.

—¿Nunca?

—Nunca como paciente.

—Qué precisión.

Marchand apretó la mandíbula.

—Lo vi una vez en Saint-Aubin. Hace años. Había ido a cobrar una deuda a una familia cuya hija estaba enferma. Yo estaba allí. Discutimos.

—¿Y no lo mencionó?

—Porque en una sala llena de personas arruinadas por Lenoir, una discusión de hace años parecía un adorno.

—Los adornos, doctor, a veces esconden grietas en la pared.

—No lo maté.

—Otra frase que empieza a necesitar descanso.

Marchand respiró despacio, conteniendo la irritación.

—Aquella familia perdió la casa. La niña murió meses después, no por Lenoir, sino por una infección. Pero la casa perdida no ayudó. Si me pregunta si odiaba a Lenoir, sí. Como se odia a una enfermedad con zapatos.

—¿Le debía dinero?

—No.

—¿Firmó algo con él?

—No.

—¿Con Maurel?

Marchand tardó una fracción de segundo.

—No.

Delacroix lo vio.

—Doctor.

—No firmé nada con Maurel.

—No le he preguntado si firmó. Le he preguntado si tuvo relación con él.

Marchand miró hacia Abel, quizá para ganar un instante. Luego volvió al detective.

—Maurel archivó una denuncia que presenté contra Lenoir.

—¿Por la familia de la niña?

—Sí.

—¿Qué alegó?

—Que no había irregularidad suficiente. Que el contrato era claro. Que la desgracia no invalida las obligaciones.

Odette cerró los ojos. Madeleine soltó una risa baja, sin alegría.

—La misma música —dijo.

—Sí —respondió Marchand.

Delacroix se acercó un poco.

—Entonces también tenía motivo.

—Sí.

—Y conocimiento médico para manipular la hora de la muerte.

Marchand lo miró, ofendido de verdad.

—Eso es repugnante.

—Muchas habilidades útiles lo son cuando se las coloca cerca de un cadáver.

—Yo no escondí ese cuerpo.

—No he dicho que lo hiciera.

—Pero lo piensa.

—Pienso que usted supo, antes que todos, que el frío del cuerpo no encajaba.

Pienso que fue muy rápido al señalar la dificultad de determinar la hora.

Pienso que alguien con conocimientos médicos habría entendido perfectamente el valor de la despensa exterior.

Y pienso, al mismo tiempo, que su reacción ante Abel atado fue más ira profesional que miedo culpable.

Lo cual me resulta molesto, porque me impide acusarlo con comodidad.

Marchand soltó una risa seca.

—Lamento incomodarlo.

—Todos lo hacen. Pocos con tanto fundamento.

Brissac, impaciente, señaló la nota.

—¿Y la letra parecida a la de madame Veyrac?

Delacroix volvió a mirar las hojas.

—Eso es lo siguiente.

Odette no se movió.

—¿Quiere que escriba otra vez?

—No. Quiero que nos diga si alguien pudo imitar su letra.

—¿Mi letra?

—Sí.

—¿Quién habría tenido una muestra?

Delacroix miró el sobre antiguo de Lenoir que ella había entregado. Los documentos de su marido. La carta subrayada. Sus notas quizá en el margen. Su nombre escrito. Tal vez alguna anotación personal. Tal vez una respuesta guardada en el mismo expediente.

—Lenoir —dijo.

Odette comprendió.

—Los papeles de mi marido.

—Exacto. Si Lenoir conservaba cartas suyas, o de su marido, alguien que tuviera acceso a sus archivos podría imitar algunos rasgos.

Lucien levantó la cabeza.

—En el despacho de Maurel se copiaron expedientes antiguos de Lenoir.

Delacroix se volvió hacia él.

—¿También los de Veyrac?

—No lo sé. Podría ser. Maurel tenía cajas de documentos de Lenoir. Algunas recientes, otras antiguas. Yo solo copiaba lo que me pedían.

—¿Quién más tenía acceso?

—Maurel. Su primer escribiente, monsieur Ravel. Algunos empleados. Lenoir, cuando iba. A veces sus intermediarios.

—¿Perret?

Perret levantó las manos.

—Yo nunca entré en los archivos de Maurel.