Muerte en el refugio (Los misterios de Armand Delacroix 11) Capítulo 14 — El estudiante #2
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Capítulo 14 — El estudiante #2

—Porque usted parecía… no sé. Porque el señor Lenoir no estaba. Porque todos estaban tensos. Porque entonces monsieur Delacroix dijo su nombre y… me asusté.

—Qué selectivos han sido los miedos esta noche —dijo Delacroix.

Lucien bajó la cabeza.

—Pensé que si decía que venía por Lenoir, todos me mirarían como me miran ahora.

—Una predicción notablemente precisa.

—No sabía que estaba muerto.

—¿Cuándo lo supo?

—Cuando lo encontraron.

—¿No antes?

—No.

—¿Subió al piso superior antes de que yo le pidiera vigilar a Abel Fournier?

Lucien abrió la boca.

La cerró.

Delacroix suspiró.

—Monsieur Darras, no obligue a la verdad a entrar por la ventana. Esta noche ya hemos tenido bastante con eso.

—Sí —dijo el muchacho.

—¿Sí subió?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Después de que todos bajaran a buscar en la despensa. Me quedé en la sala. Luego oí un ruido arriba y subí.

—¿Solo?

—Sí.

—¿Qué ruido?

—Una tos. O un golpe. No sé.

—¿Entró en la habitación de Abel?

—No. La puerta estaba cerrada.

Marchand frunció el ceño.

—No estaba cerrada cuando yo subí después.

—Entonces se abrió más tarde.

—O miente usted.

Lucien miró al médico con desesperación.

—No miento.

Delacroix ladeó la cabeza.

—Eso, en términos generales, sería una novedad.

—No miento sobre esto.

—Mejora insuficiente, pero continúe.

—La puerta estaba cerrada. Oí al carretero murmurar. Dijo algo de «la caja negra». Yo no entendí. Pensé que deliraba. Luego oí pasos en el corredor.

—¿De quién?

—No lo sé. Me escondí.

—¿Dónde?

Lucien señaló hacia arriba, aunque estaban en la sala.

—En la habitación de mantas. Detrás de los colchones.

—¿Encontró el hueco?

El joven asintió.

—Sí.

—¿Entró?

—Solo un poco.

—El «solo un poco» es una medida muy popular entre los culpables con ropa limpia.

—Tenía miedo.

—¿De quién?

Lucien miró a todos.

—No lo sé.

—¿Qué vio?

—A alguien subir.

La sala entera se inclinó hacia él.

—¿Quién? —preguntó Delacroix.

Lucien cerró los ojos, como si la imagen lo avergonzara.

—No vi la cara.

Brissac soltó un bufido.

—Naturalmente.

—Llevaba una lámpara baja —continuó Lucien—. Y algo en las manos. Una caja.

Perret susurró:

—La negra.

—Creo que sí.

—¿Adónde fue? —preguntó Delacroix.

—A la habitación de almacenamiento. Luego al corredor viejo. No sabía que había una capilla. Oí una puerta. Después bajó.

—¿Y usted?

—Me quedé escondido.

—¿Por qué no avisó?

Lucien abrió los ojos.

—Porque estaba allí como testigo de Lenoir. Porque si decía algo, tendría que explicar todo. Porque pensé que quizá era madame Aubert ocultando papeles y que no era asunto mío. Porque soy cobarde.

La última frase tuvo una limpieza inesperada.

Delacroix lo observó un instante.

—La cobardía es una confesión útil cuando llega antes que la evidencia. En su caso llega un poco tarde, pero no sin encanto.

Lucien no pareció sentirse consolado.

—¿A quién vio? —preguntó Madeleine.

—No lo sé.

—¿Era hombre o mujer?

—No lo sé.

—¿Alto? ¿Bajo?

—Mediano. Con abrigo oscuro. Capucha. Todos aquí llevan abrigos oscuros.

—No todos —dijo Perret, como si eso pudiera salvarlo de la vida.

Delacroix se acercó al muchacho.

—¿Vio las manos?

Lucien dudó.

—Sí.

—¿Anillo azul?

—No. Guantes.

—¿Qué tipo?

—Negros. O muy oscuros.

—¿La forma de caminar?

—Cojera leve.

Baptiste levantó la cabeza.

—¿Cojera?

Lucien asintió.

—Un paso más corto. Como si le doliera una pierna o intentara no hacer ruido.

La mirada de Delacroix recorrió la sala.

Baptiste no cojeaba. Brissac tampoco, aunque su orgullo quizá debería. Perret caminaba con torpeza bajo el peso de su miedo, pero no con cojera. Marchand era firme. Étienne, fuerte. Madeleine, recta. Céleste, ligera. Odette…

Odette había descendido del coche con cuidado. Había caminado por la nieve sin quejarse, pero con una maleta siempre muy cerca. ¿Cojera? No evidente. Aunque una cojera puede fingirse, esconderse o aparecer solo bajo carga.

—¿Y después? —preguntó Delacroix.

—Después bajé. Quise fingir que no había pasado nada. Luego usted me pidió vigilar a Abel.

—Y lo vigiló.

—Sí.

—¿Todo el tiempo?

Lucien tragó saliva.

—No.

—Naturalmente.

—Bajé un momento.

—¿Cuánto?

—Unos minutos.

—¿Por qué?

—Porque escuché discutir abajo. Lo de Perret. La caja. Pensé que debía estar.

—Qué irresistible resulta el drama cuando uno ha prometido cuidar a un enfermo.

Lucien bajó la cabeza.

—Cuando volví, Abel estaba inquieto. No hablé con él. Luego usted subió. Después… después pasó lo de la nota.

—¿Ató usted a Abel Fournier?

—No.

—¿Escribió la amenaza?

—No.

—¿Clavó el cuchillo en la ventana?

—No.

La tercera negación ya no sonó a miedo. Sonó a cansancio.

Delacroix tomó el papel de la amenaza y se lo mostró.

—¿Reconoce la letra?

Lucien la miró con atención. La vergüenza en su rostro cedió un poco ante la concentración. El estudiante de leyes regresó durante unos segundos: el copista, el lector de documentos, el muchacho entrenado para notar inclinaciones, trazos, presión.

—Está escrita con la mano izquierda —dijo.

Marchand se acercó.

—¿Cómo lo sabe?

—No lo sé con seguridad. Pero los trazos van torcidos en sentido contrario. Las letras están demasiado presionadas al comienzo y débiles al final. Alguien diestro intentó escribir con la izquierda.

Delacroix sintió una pequeña satisfacción. El muchacho aún podía ser útil, incluso mientras se hundía.

—¿Para disimular?

—Sí.

—¿Podría ser de Lenoir?

—No. Aunque escribiera con la izquierda, sus mayúsculas eran muy particulares. Esta persona las simplifica.

—¿De Maurel?

Lucien negó con la cabeza.

—No.

—¿De Perret?

Perret emitió un sonido de protesta.

Lucien miró el papel, luego al comerciante.

—No lo sé.

—Qué prudencia más repentina.

—No lo sé —repitió—. Necesitaría ver algo suyo.

Delacroix miró a Perret.

—Escriba.

—¿Qué?

—Una amenaza si quiere sentirse inspirado. Bastará con una frase cualquiera.

—No tengo por qué…

Odette se inclinó hacia él.

—Monsieur Perret, ha ocultado un contrato en una caja falsa. No le queda mucha dignidad que proteger de una pluma.

Perret tomó una hoja con manos temblorosas y escribió una frase breve al dictado de Delacroix:

El refugio permanecerá cerrado hasta nuevo aviso.

La letra de Perret era redondeada, comercial, llena de adornos pequeños. No se parecía a la amenaza.

—Con la izquierda —dijo Delacroix.

—Esto es humillante.

—No se preocupe. Su noche ya tenía un buen margen.

Perret obedeció. La letra izquierda era torpe, sí, pero no igual. Lucien la comparó.

—No parece.

—Brissac —dijo Delacroix.

El capitán protestó con la mirada, pero escribió. Su letra diestra era militar, angulosa, fuerte. La izquierda era casi ilegible. Tampoco parecía.

Baptiste, Marchand, Étienne. Ninguna coincidencia clara.

Madeleine tomó la pluma sin que se la pidieran.

—Yo también, supongo.

—Sí.

Escribió con la derecha. Su letra era firme, práctica, sin adornos. Luego con la izquierda. Más torpe, pero todavía ordenada. Lucien comparó y negó.

—No.

Céleste escribió llorando. Nada.

Odette fue la última.

Tomó la pluma con calma. Escribió con la derecha una frase limpia, inclinada, elegante. Luego con la izquierda. La letra cambió, perdió belleza, se quebró en varios trazos.

Lucien se quedó inmóvil.

Delacroix lo vio.

Todos lo vieron.

Odette levantó la vista.

—¿Qué ocurre?

El estudiante no respondió.

Delacroix tomó la amenaza, la hoja de Odette y las colocó una junto a otra bajo la lámpara.

La similitud no era perfecta.

Pero estaba allí.

En la forma de la M. En la manera de cerrar las oes. En la presión desigual. En una pequeña curva final de la palabra «prestamista».

Brissac sonrió con una satisfacción desagradable.

—Vaya.

Odette no se movió.

Ni siquiera palideció.

Eso la volvió, de pronto, mucho más peligrosa que todos los que habían palidecido antes.

Delacroix la miró con verdadera atención.

—Madame Veyrac —dijo—, parece que su letra también ha decidido pasar la noche en compañía dudosa.

Ella dejó la pluma sobre la mesa.

—Eso parece.

—¿Escribió usted la nota?

Odette sostuvo su mirada.

—No.

La respuesta fue clara.

Demasiado clara quizá.

—¿Ató a Abel Fournier?

—No.

—¿Subió a su habitación?

—Sí.

La sala entera volvió a tensarse.

Delacroix no cambió de expresión.

—¿Cuándo?

—Mientras usted estaba en la capilla.

—Continúe.

—Oí a Abel murmurar. Quise saber si podía decir algo sobre Lenoir. Subí. Lucien no estaba en el descanso. La puerta de Abel estaba entreabierta. Entré.

Lucien abrió la boca.

—Yo…

—No estaba —dijo Odette, sin mirarlo—. Abel me vio. Creo que me confundió con otra persona. Me pidió que no dejáramos entrar al hombre de la caja. Yo no entendí.

—¿Qué hizo?

—Le di agua.

—¿Y luego?

—Luego oí pasos. Me oculté en la habitación de mantas.

Lucien la miró con horror.

—Yo estaba ahí.

—No al principio.

Delacroix sintió que la noche se doblaba sobre sí misma. Dos personas escondidas arriba. Dos versiones. Un hueco. Una caja. Una amenaza. Abel viendo sombras entre fiebre y miedo.

—¿Vio usted a alguien con la caja negra? —preguntó.

Odette dudó.

—Sí.

—¿A quién?

—No vi la cara.

Brissac soltó una carcajada amarga.

—Qué epidemia.

Odette lo ignoró.

—Pero vi una cosa.

—¿Qué?

—La mano que sostenía la lámpara.

Delacroix esperó.

Odette miró hacia el grupo.

No miró a Perret.

No miró a Lucien.

No miró a Madeleine.

Miró al doctor Marchand.

El médico frunció el ceño.

—¿A mí?

Odette habló con calma.

—Tenía una cicatriz blanca en el dorso. Como la suya.

La sala quedó en silencio.

Marchand levantó lentamente la mano derecha.

En el dorso, junto al pulgar, tenía una cicatriz clara, larga, antigua.

Delacroix la había visto antes, claro.

La noche volvía a elegir otro culpable con una generosidad casi vulgar.

Marchand bajó la mano.

—Esto es absurdo.

Delacroix miró a Odette, luego al médico, luego al papel de la amenaza.

Por primera vez en bastante rato, no sonrió.

—No —dijo—. Absurdo sería que una sola persona estuviera mintiendo. Esto, por desgracia, empieza a parecer mucho más concurrido.