Capítulo 14 — El estudiante
Lucien Darras tenía el rostro de los hombres que acaban de descubrir que la inocencia no basta si uno ha administrado mal sus silencios.
Era joven, demasiado joven para soportar con dignidad la mirada de una sala entera, y demasiado instruido para refugiarse por completo en la ignorancia.
Hasta ese momento, su presencia había resultado casi ornamental: el estudiante de leyes, el muchacho curioso, el viajero impresionable que convertía cada explicación de Delacroix en una clase y cada cadáver en una teoría prematura.
Había sido útil de esa manera irritante en que los jóvenes pueden serlo cuando todavía no saben distinguir la inteligencia de la oportunidad.
Ahora, de pronto, ya no parecía ornamental.
Parecía colocado.
Abel Fournier había vuelto a hundirse contra las mantas, agotado por el esfuerzo de señalar.
El doctor Marchand le sujetaba la muñeca con dos dedos, vigilando el pulso.
Céleste lloraba sin ruido junto al fuego.
Perret miraba a Lucien con un alivio casi repugnante, satisfecho de que la sospecha hubiera encontrado otra silla donde sentarse.
Brissac, por supuesto, ya había recuperado la postura de fiscal aficionado que tan mal le quedaba.
Odette Veyrac observaba al estudiante sin crueldad, pero con una atención firme, como si intentara recordar si en el coche había dicho algo que ahora adquiriese otro sentido.
Madeleine Aubert miraba a Delacroix.
No a Lucien.
A Delacroix.
Como si hubiese comprendido que la noche, que hasta hacía poco parecía cerrarse sobre ella y su hijo, acababa de abrir una puerta hacia algo quizá peor.
—No —repitió Lucien.
La palabra salió débil, pequeña, casi infantil.
Delacroix se acercó a él despacio. No con amenaza. La amenaza habría sido un gesto burdo, y el muchacho ya estaba bastante cerca del derrumbe como para que cualquier presión mal aplicada lo convirtiera en mártir, mentiroso o idiota. Las tres posibilidades le disgustaban.
—Monsieur Darras —dijo—, cuando un hombre febril señala a alguien, uno puede hacer dos cosas. Creerle demasiado o no creerle en absoluto. Ambas suelen ser formas distintas de pereza.
—Yo no hice nada.
—Empezamos mal. Esa frase ha perdido valor comercial esta noche.
Lucien tragó saliva.
—Usted me pidió que vigilara al carretero.
—Sí.
—Por eso estaba arriba.
—Eso explica una parte.
—¡Explica todo!
—Los jóvenes suelen confundir todo con la parte que les conviene.
Brissac dio un paso hacia el muchacho.
—Si usted ató a ese hombre…
—Capitán —interrumpió Delacroix—, si vuelve a iniciar una acusación antes que una pregunta, empezaré a sospechar que añora demasiado los tribunales militares.
—Alguien tiene que presionarlo.
—No. Alguien tiene que escucharlo. Presionarlo es fácil. Hasta monsieur Perret podría hacerlo si su caja le diera permiso.
Perret decidió mirar al suelo.
Lucien tenía las manos temblorosas. No como las de un asesino descubierto, pensó Delacroix.
Aunque aquella categoría era más literaria que real.
Había asesinos que temblaban, inocentes que parecían culpables y culpables que se comportaban con la serenidad de un retrato.
El cuerpo decía muchas cosas, pero no siempre aceptaba responsabilidades por su gramática.
—Empecemos de nuevo —dijo Delacroix—. ¿Quién es usted?
Lucien abrió los ojos.
—Ya lo sabe.
—Sé el nombre con el que subió al coche. No siempre es lo mismo.
—Lucien Darras.
—¿Estudiante de leyes?
—Sí.
—¿Dónde?
—En Lyon. Cuando puedo. Ahora trabajo.
—Ah.
El sonido fue muy suave.
Demasiado suave para tranquilizar a nadie.
—¿Dónde trabaja, monsieur Darras?
Lucien miró hacia la puerta, como si la tormenta pudiera ofrecerle un empleo alternativo.
—En un despacho.
—Qué respuesta tan ancha. Casi podría esconder un cadáver pequeño.
—En Saint-Aubin.
Madeleine levantó la cabeza.
Delacroix no apartó la vista del muchacho.
—¿Qué despacho?
Lucien tardó un segundo más de lo debido.
—El del juez Maurel.
La sala pareció contraerse.
No hubo gritos. No hizo falta. El nombre de Maurel ya había entrado antes en la noche como destinatario de los papeles de Lenoir, como figura legal capaz de convertir una muerte en procedimiento y una deuda en sentencia.
Que el estudiante de leyes, el muchacho aparentemente casual, trabajara en su despacho no era una coincidencia. Era una bofetada con tinta.
Perret fue el primero en reaccionar.
—Yo no sabía eso.
—Monsieur Perret —dijo Odette—, a estas alturas casi agradecemos cada cosa que no sabía. Reduce la lista de sus talentos.
Lucien negó con la cabeza.
—No soy su secretario. Solo copio documentos. Hago recados. Archivo expedientes. Estudio cuando puedo.
—¿Y Maurel lo envió aquí? —preguntó Delacroix.
—No.
—Monsieur Darras.
—No directamente.
—Las verdades con escalones son agotadoras. Subamos rápido.
El muchacho respiró hondo. La juventud, cuando se ve obligada a confesar, suele empezar por parecer ofendida de que el mundo no espere a que encuentre palabras hermosas.
—Lenoir fue al despacho hace tres días. Llevaba documentos del refugio. Quería que el juez Maurel revisara la ejecución. Yo estaba allí. Copié algunas hojas. Nada más.
—¿Vio el nombre Aubert?
Lucien miró a Madeleine y apartó los ojos.
—Sí.
—¿Vio el nombre Valbrume?
—Sí.
—¿Vio las notas sobre Étienne?
—No todas.
—Qué prudente es esa respuesta.
—Vi una. La que decía que el hijo podía ser problemático.
Étienne se puso de pie lentamente.
—Entonces sabía quién era yo.
Lucien lo miró con pánico.
—No. Quiero decir, sabía el nombre, no a usted.
—Sabía que venía a mi casa a verme caer.
—Yo no vine por eso.
—¿Por qué vino?
Lucien abrió la boca, pero no respondió.
Delacroix lo hizo por él, o al menos colocó la primera piedra.
—Lenoir esperaba a alguien que llegaría con el coche si el tiempo no lo impedía.
Lucien bajó la cabeza.
—Sí.
—Usted.
—Sí.
El silencio fue más duro que un grito.
Madeleine apoyó ambas manos sobre la mesa.
—¿Usted venía con él?
—No.
—Venía para él.
Lucien no pudo negarlo.
—Me pidió que viajara hasta Valbrume. Como testigo.
—¿Testigo de qué? —preguntó Marchand.
—De la firma. De la entrega de documentos. De la resistencia, si la había. Dijo que, siendo yo del despacho de Maurel, mi presencia daría seriedad al acto.
Brissac soltó una carcajada seca.
—Un estudiante como alguacil de bolsillo.
—No soy alguacil.
—No. Se nota. Los alguaciles al menos tienen edad para elegir mejor sus vergüenzas.
Delacroix miró al capitán.
—Por conmovedor que sea verlo descubrir el gusto por la moral pública, capitán, le ruego que no monopolice la hipocresía.
Brissac se calló, aunque con dificultad.
Lucien continuó, cada vez más rápido, como si hubiese comprendido que las palabras eran una cuesta abajo y ya no pudiera frenar.
—Lenoir dijo que no tendría que hacer nada. Solo estar presente. Observar. Si madame Aubert se negaba a firmar, yo debía tomar nota. Si había insultos o amenazas, también. Si Étienne se ponía violento…
No terminó.
No hizo falta.
Étienne soltó una risa breve, deshecha.
—Entonces sí. Venía a verme caer.
—No lo conocía.
—Pero traía el papel preparado para cuando lo hiciera.
Lucien parecía a punto de llorar.
—Yo necesitaba el dinero.
Madeleine cerró los ojos.
La frase era pobre. Casi vulgar. Y por eso mismo terrible. En Valbrume, casi todas las desgracias parecían empezar con alguien necesitando dinero y otro dispuesto a venderle una soga con recibo.
—¿Cuánto le pagó? —preguntó Delacroix.
—Veinte francos.
Perret, que había gestionado una venta entera por mucho más, miró al muchacho con una mezcla de lástima y desprecio. Era una reacción bastante indecente, viniendo de él.
—Veinte francos —repitió Odette.
Lucien apretó los labios.
—Para mí es mucho.
Delacroix no dijo nada. Lo era. Eso no limpiaba nada, pero lo era.
—¿Sabía Lenoir que madame Veyrac viajaba en el coche? —preguntó.
—Sí. La vio comprar el billete en Saint-Aubin. Me dijo que quizá intentaría hacer una escena.
Odette sonrió sin alegría.
—Qué decepción haberle ofrecido una tan modesta.
—¿Y Brissac? —continuó Delacroix.
—También. Lenoir lo citó antes en la posada. Después me dijo que el capitán podía servir como distracción si la noche se complicaba.
Brissac dio un paso hacia él.
—¿Distracción?
—Eso dijo.
Delacroix no intervino. A veces convenía permitir que un hombre orgulloso escuchara exactamente qué papel le habían dado en la obra. Brissac, que había pasado la noche intentando parecer protagonista de su indignación, acababa de descubrir que Lenoir lo consideraba un ruido útil.
—¿Y Perret? —preguntó Delacroix.
Lucien miró al comerciante.
—Lenoir dijo que era necesario para la operación, pero que no debía hablar demasiado.
—Una recomendación que compartimos tarde —murmuró Odette.
Perret intentó protestar, pero no encontró una forma digna de hacerlo.
Delacroix tomó el papel encontrado en el hueco de arriba y lo colocó ante Lucien.
—¿Es su letra?
El muchacho lo miró.
—No.
—Piénselo antes de permitir que la verdad tenga que repetir la visita.
—No es mía.
—¿De Lenoir?
Lucien dudó.
—Podría ser. Pero escribe peor que en los documentos. Más rápido.
—¿Lo vio escribir algo parecido?
—Sí. Notas privadas. En la posada.
—¿Dónde guardaba esas notas?
—En un cuaderno pequeño. De tapas marrones.
Delacroix recordó el papel arrugado. Arrancado de un cuaderno. Eso encajaba. Demasiado bien, quizá. Pero encajaba.
—¿Dónde está ese cuaderno?
—No lo sé.
—¿Lo llevaba encima?
—Creo que sí.
—No apareció en el cadáver.
La frase volvió a ensuciar la sala.
Lucien miró hacia la estancia lateral donde estaba Lenoir.
—Yo no se lo quité.
—Todavía no hemos llegado a lo que usted sí hizo.
El muchacho palideció aún más.
Madeleine habló con voz baja.
—Si usted venía como testigo de Lenoir, ¿por qué no lo dijo cuando llegó?
Lucien la miró, lleno de vergüenza.