Muerte en el refugio (Los misterios de Armand Delacroix 11) Capítulo 13 — El hombre que no tosía #2
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Capítulo 13 — El hombre que no tosía #2

Delacroix levantó la lámpara. En el suelo del hueco había una colilla apagada, un trozo de papel arrugado y una pequeña mancha de cera. Alguien había permanecido allí con una vela, escuchando el cuarto de Abel, quizá el corredor, quizá parte de la sala a través de las viejas conducciones de aire.

Marchand miró a Étienne.

—¿Quién conocía este hueco?

—No lo sé.

—Todos parecen no saber mucho sobre su propio refugio —dijo Brissac.

Étienne lo miró con cansancio.

—Mi madre y yo pasamos más tiempo tapando goteras que buscando agujeros para conspirar.

El capitán no tuvo respuesta rápida, lo que casi constituyó una pequeña victoria de la humanidad.

Delacroix recogió la colilla con un pañuelo.

—Tabaco negro. Fuerte. ¿Quién fuma esto?

Baptiste negó con la cabeza.

—Yo no. Uso pipa, y no de ese corte.

—Brissac.

El capitán se irguió.

—Cigarros. No esa basura.

—Perret.

—No lo vi fumar —dijo Marchand.

—Lenoir.

—Sí fumaba —dijo Étienne de pronto.

Todos lo miraron.

—¿Lo vio?

—Cuando llegó. Fumó fuera, junto a la despensa. Mi madre le pidió que no lo hiciera dentro.

—Qué considerada. Con los pulmones, al menos.

Delacroix observó la colilla. Podía ser de Lenoir. Podía haber sido colocada para que pareciera de Lenoir. Podía ser de alguien que compartía su mal gusto. Las pruebas con olor a tabaco siempre traían más literatura que certeza.

El papel arrugado resultó más interesante.

Lo desplegó con cuidado. Era una hoja arrancada de un cuaderno pequeño. Tenía apenas unas líneas escritas con lápiz.

Llegará con el coche si el tiempo no lo impide. Perret no debe hablar antes de la firma. Aubert hijo es el punto débil. La viuda puede complicar.

No estaba firmado.

Brissac se inclinó.

—¿Letra de Lenoir?

Delacroix no respondió enseguida. La letra era distinta a la de las notas formales de Lenoir, menos cuidada, más rápida. Pero un hombre puede escribir distinto cuando cree escribir para sí mismo. O cuando quiere que otros crean que escribe para sí mismo.

—Podría ser —dijo al fin.

Madeleine no estaba allí para ver la frase sobre su hijo. Por una vez, Delacroix se alegró.

Marchand señaló la primera línea.

—«Llegará con el coche.» ¿Quién?

—Buena pregunta.

—¿Perret?

—Perret llegó con el coche.

—También nosotros.

Brissac miró al detective.

—Usted también.

La observación no era absurda.

Delacroix leyó de nuevo.

Llegará con el coche si el tiempo no lo impide.

¿Quién debía llegar? ¿Perret? ¿Un cómplice? ¿El juez Maurel? ¿Alguien que nunca llegó por la avería? ¿O alguien que sí llegó y estaba sentado en la sala fingiendo haber sido arrastrado por la casualidad?

—Esto estaba oculto aquí —dijo Baptiste—. Entonces alguien usó este hueco antes de que nosotros subiéramos.

—Sí.

—¿Para espiar?

—Para espiar, para esconderse o para esperar un momento adecuado.

Étienne miró hacia la pared que daba al cuarto de Abel.

—Abel pudo oírlo.

—Y verlo parcialmente —dijo Delacroix—. Un hombre arriba que no tosía. No el enfermo. Alguien en el hueco.

—¿Pero cómo entró? —preguntó Marchand.

Delacroix señaló la portezuela.

—Desde esta habitación.

—Estaba cerrada.

—Las puertas cerradas han tenido una conducta muy poco fiable esta noche.

Baptiste revisó el cierre.

—No está forzada.

—Entonces tenía acceso. Llave, conocimiento, o tiempo suficiente.

Brissac miró a Étienne.

—Su madre.

Étienne se volvió hacia él con una furia instantánea.

—Cállese.

—Capitán —dijo Delacroix—, si su deseo de señalar a madame Aubert le permitiera esperar a que la prueba la señale primero, todos ganaríamos en elegancia.

Brissac se contuvo.

Delacroix examinó el hueco una vez más. En el fondo había una raya negra sobre la madera, como si una caja metálica hubiera rozado allí al ser arrastrada o apoyada.

No era concluyente. Pero la caja de Lenoir pudo haber estado primero en aquel escondite antes de ser llevada a la capilla.

O al revés. O quizá aquel hueco servía para vigilar que nadie tocara la caja.

Una segunda inteligencia.

Eso era lo importante.

La mentira de Madeleine era maternal, caótica, reactiva. Esta era previa. Había una nota de vigilancia, una lista de llegadas, un escondite desde el que observar. Alguien había planeado antes de que Étienne empujara a Lenoir. Alguien había usado la desesperación de los Aubert como una cuerda más.

Bajaron con la colilla, el papel y la cuerda.

La sala principal los recibió con el mismo calor tenso.

Abel seguía inconsciente junto al fuego.

Céleste se había sentado a su lado, a distancia suficiente para obedecer a Delacroix y cerca suficiente para no traicionarse del todo.

Odette vigilaba a Perret con una serenidad que debía de resultar más incómoda que una pistola.

Madeleine estaba de pie junto a la mesa, como si sentarse hubiera sido ceder demasiado al derrumbe.

—¿Encontraron algo? —preguntó ella.

Delacroix dejó el papel sobre la mesa.

—Un huésped invisible.

Nadie habló.

Perret fue el primero en inclinarse para leer. Su rostro cambió al llegar a su nombre.

—Yo no escribí eso.

—Enhorabuena por la variedad —dijo Delacroix—. Es la primera frase que no necesitábamos oír para imaginar.

Madeleine leyó. Al ver «Aubert hijo es el punto débil», su rostro se endureció de un modo casi doloroso. Étienne no se acercó. Quizá ya había escuchado demasiadas maneras de ser utilizado por hombres muertos.

Odette señaló la primera línea.

—«Llegará con el coche.» ¿Se refiere a Perret?

—Tal vez —dijo Delacroix.

—O a usted.

Brissac sonrió apenas.

—La viuda tiene razón.

Delacroix inclinó la cabeza.

—La tiene. Aunque si alguien esperaba mi llegada para organizar esta noche, debo reconocerle una confianza excesiva en las averías mecánicas.

Baptiste carraspeó.

—La avería fue real.

—No lo dudo. Pero una avería puede ser real y conveniente al mismo tiempo.

El conductor palideció.

—No fui yo.

—Aún no hemos abierto esa puerta, Baptiste. No se coloque detrás por iniciativa propia.

Madeleine miró al conductor.

—¿Qué quiere decir?

Delacroix apoyó las manos sobre el bastón.

—Que Lenoir esperaba a alguien que llegaría con el coche.

Perret llegó con el coche. Nosotros también.

Pero si la llegada de alguien era importante para la firma o para la presión sobre el refugio, entonces la avería del coche no solo nos trajo aquí: quizá trajo antes de tiempo, o en mal momento, a una pieza que Lenoir esperaba usar mañana.

Perret negó con la cabeza.

—Yo debía estar aquí. Sí. Para la firma. Pero no tenía que esconderme en ninguna pared.

—¿Y quién sabía que usted venía?

—Lenoir. La sociedad. Quizá el juez Maurel.

—¿El juez vendría también?

—No. Creo que no. Se firmarían documentos aquí y luego se registrarían en Saint-Aubin.

Lucien Darras se acercó al papel.

—La frase «la viuda puede complicar» significa que Lenoir sabía que madame Veyrac viajaba en el coche.

Odette se quedó inmóvil.

Delacroix la miró.

—¿Usted le dijo a alguien que tomaría ese coche?

—No. Compré el billete esta mañana.

—¿En Saint-Aubin?

—Sí.

—Donde estaba Lenoir.

Ella entendió.

—Me vio.

—O alguien le informó.

Brissac cruzó los brazos.

—Yo también estaba en Saint-Aubin.

—Y Lenoir también sabía eso —dijo Delacroix—. Qué sociable fue la posada antes de convertirse en prólogo.

Baptiste levantó la mano.

—Yo salí de Saint-Aubin con ustedes. Nadie más subió. Nadie se escondió en el coche.

—¿Está seguro?

—Lo revisé antes de partir. Con este clima, si alguien viajara fuera lo habría visto. Y dentro no cabía nadie más.

—No pregunto por dentro ni por fuera. Pregunto por el equipaje.

Perret abrazó su caja por reflejo.

Delacroix lo miró.

—No se halague. Pensaba en el compartimento trasero.

Baptiste frunció el ceño.

—Había baúles, sacos, la caja del comerciante, un arcón pequeño del capitán, una maleta de madame Veyrac, el maletín del doctor y algunas bolsas.

—¿Nada que pudiera ocultar a una persona?

—A una persona adulta, no.

—¿A un paquete con documentos?

—Cualquier cosa podía.

Delacroix asintió. La noche se abría en dos direcciones: lo ocurrido en Valbrume antes de su llegada y lo preparado en Saint-Aubin antes del viaje.

Lenoir había tendido una red. Alguien más se movía en ella.

Y ahora esa persona intentaba cerrar el caso sobre Madeleine y Étienne antes de que la red quedara visible.

Marchand señaló la nota amenazante que habían encontrado clavada en la ventana.

—¿Cree que la escribió el huésped invisible?

—Sí.

—¿Y que atacó a Abel porque podía identificarlo?

—Porque podía identificarlo o porque podía desmentir el orden de la historia.

Madeleine alzó la vista.

—¿Qué orden?

Delacroix tomó el papel del escondite.

—Según este papel, Étienne era el punto débil antes de que golpeara a Lenoir. Eso significa que alguien contaba con provocar una reacción suya. Tal vez no un asesinato. Tal vez una agresión, una amenaza, algo suficiente para forzar la firma o justificar medidas contra ustedes.

Étienne habló con voz baja.

—Yo hice exactamente lo que querían.

Nadie respondió.

Porque era verdad.

Céleste, desde junto a Abel, susurró:

—Pero Lenoir murió.

Delacroix miró hacia la estancia lateral donde estaba el cadáver.

—Sí. Y ahí la trampa pudo volverse incómoda para quien la había preparado.

Odette comprendió primero.

—Si Lenoir murió antes de ejecutar la deuda, la operación peligraba.

—Exacto.

—Entonces alguien necesitaba sus documentos, su caja y su nota al juez.

—Y necesitaba que la culpa recayera en Étienne de manera clara.

Perret levantó las manos.

—Eso me perjudica.

—No necesariamente. Si Étienne era acusado de matar a Lenoir, y la nota al juez Maurel aparecía con los documentos, el juez podía aceptar la versión de que los Aubert asesinaron al acreedor para evitar una ejecución legítima.

La simpatía local por el refugio quedaría debilitada.

La sociedad compradora se presentaría como parte perjudicada, no como buitre oportunista.

Lucien Darras asintió lentamente.

—Podrían acelerar el procedimiento.

—Muy bien, monsieur Darras. Ya casi parece una persona útil sin supervisión.

El joven bajó la mirada con una sonrisa nerviosa.

Madeleine se apoyó en la mesa.

—Entonces Lenoir no solo vino a cerrar el refugio.

—No —dijo Delacroix—. Vino a asegurarse de que ustedes no pudieran impedirlo ni siquiera odiándolo en público.

—Y alguien quiso terminar su trabajo después de muerto.

—Eso parece.

Perret negó con desesperación.

—Yo no.

Brissac se burló.

—Desde luego. Usted solo llevaba la autorización, el contrato, las cartas y una caja con doble fondo. Una noche muy inocente.

—¡Yo no ataqué a Abel!

—Eso está por verse.

Delacroix no intervino enseguida. Observó a Perret. El hombre estaba aterrado, sí. Pero no con el terror de quien teme haber sido descubierto como asesino. Más bien con el terror de quien ha aceptado participar en una operación sucia y de pronto descubre que la suciedad tenía cadáveres debajo.

Era culpable.

Pero quizá no de aquello.

—Monsieur Perret —dijo Delacroix—, ¿conocía el escondite de arriba?

—No.

—¿La capilla?

—No.

—¿La caja negra?

—Sabía que Lenoir llevaba una caja de documentos. No dónde la guardaba.

—¿Y el juez Maurel?

—Lo conozco de nombre.

—¿La Société des Hautes Terres?

—Sí.

—¿Quién la dirige?

Perret dudó.

—No lo sé exactamente.

Brissac soltó una risa.

—Qué representante tan informado.

—Hay intermediarios. Firmas. Despachos. Yo no trato con los dueños reales.

—Qué conveniente para los dueños reales —dijo Odette.

Delacroix se acercó a Perret.

—Nombre a uno.

—¿Qué?

—Un intermediario.

—Monsieur Valette. De Lyon. Él me contrató.

—¿Nombre completo?

—Armand Valette.

Brissac giró hacia Delacroix con una sonrisa desagradable.

—Otro Armand. Qué noche.

—No abuse, capitán. El nombre todavía intenta conservar cierto prestigio.

Perret continuó:

—Valette me dijo que Lenoir necesitaba un testigo comercial, alguien que pudiera representar la cesión si había problemas. Yo no sabía que habría… esto.

—¿Y por qué aceptó?

Perret miró su caja, sus tejidos, su compartimento secreto, su ruina moral extendida ante todos.

—Porque me pagaban bien.

Nadie pareció sorprendido.

A veces la verdad resulta decepcionante por su falta de imaginación.

Delacroix iba a seguir preguntando cuando Abel Fournier gimió junto al fuego. Marchand fue hacia él. El carretero abrió los ojos apenas, agitó los dedos y murmuró algo.

—Agua —dijo el médico.

Céleste le acercó la taza. Esta vez Delacroix no la detuvo. El gesto de la muchacha fue tan cuidadoso que, si había culpa en ella, no estaba dirigida contra Abel.

El carretero bebió un poco. Luego miró a Delacroix.

—Lo vi.

La sala se quedó quieta.

—¿A quién? —preguntó Delacroix.

Abel tragó saliva.

—Al que estaba arriba.

Perret se puso blanco.

—No era yo.

Abel ni siquiera lo miró.

Sus ojos, turbios por la fiebre, se movieron lentamente por la sala. Pasaron sobre Perret, sobre Brissac, sobre Baptiste, sobre Étienne, sobre Marchand. Luego se detuvieron.

No en Madeleine.

No en Céleste.

En Lucien Darras.

El joven estudiante se quedó inmóvil.

—No —dijo, con un hilo de voz.

Abel cerró los ojos.

—El muchacho… no tosía.

Durante un segundo nadie entendió.

Luego todos entendieron demasiado.

Lucien retrocedió un paso.

—Yo no estaba arriba. Yo… yo estaba vigilándolo. Usted me pidió que lo vigilara. Yo lo encontré. Yo avisé.

Delacroix lo miró.

El estudiante de leyes. El joven aparentemente inocente.

El que había preguntado demasiado. El que subía y bajaba por la escalera con la excusa de cuidar al enfermo.

El que había tenido acceso al corredor, a la habitación, a la ventana, al hueco del techo.

El que sabía de procedimientos, de documentos, de impugnaciones, de valor probatorio.

El que todos habían tratado como una molestia inofensiva.

Delacroix sintió una pequeña y desagradable admiración.

—Monsieur Darras —dijo con suavidad—, me temo que su vocación por la precisión acaba de volverse mucho más interesante.