Muerte en el refugio (Los misterios de Armand Delacroix 11) Capítulo 13 — El hombre que no tosía
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Capítulo 13 — El hombre que no tosía

La frase de Abel Fournier dejó a todos mirando hacia la escalera.

Arriba no había nadie.

O eso llevaban creyendo desde que llegaron.

Esa clase de certeza era, para Delacroix, una de las más peligrosas.

No porque fuera necesariamente falsa, sino porque había sido aceptada demasiado pronto, por demasiadas personas y con demasiada comodidad.

En una casa como Valbrume, llena de pasillos estrechos, trampillas, depósitos, ventanas que no cerraban bien y silencios administrados por una mujer agotada, decir «arriba no hay nadie» empezaba a parecer menos una observación que un acto de fe.

Y Delacroix desconfiaba de la fe cuando no venía acompañada de una buena lámpara.

Abel Fournier volvió a hundirse en la inconsciencia. El doctor Marchand le sujetó el pulso y lanzó una mirada severa alrededor, como si la sala entera fuera responsable de que su paciente no tuviera la decencia de enfermar con tranquilidad.

—No hablará más por ahora —dijo.

—Entonces debemos escuchar lo que ya ha dicho —respondió Delacroix.

—Ha dicho muchas cosas inconexas.

—Las cosas inconexas tienen una ventaja: aún no han aprendido a mentir bien.

Marchand no discutió. Estaba demasiado ocupado envolviendo a Abel con mantas, acercándole calor sin brusquedad y vigilando que respirara con cierta regularidad.

Céleste permanecía junto a la cocina, con las manos entrelazadas, mirando al carretero como si el mero hecho de parpadear pudiera empeorarlo.

Madeleine se había quedado muy quieta. Étienne, junto al fuego, parecía dividido entre la necesidad de proteger a su madre, la culpa por Lenoir y la nueva sospecha de que tal vez no había entendido nada de aquella noche.

Brissac fue el primero en recuperar la voz.

—¿Qué significa «el hombre que no tosía»?

—Todavía no lo sé —dijo Delacroix.

—Eso empieza a ser una respuesta frecuente.

—Y, sin embargo, sigue siendo mejor que las suyas.

El capitán apretó la mandíbula. Su anillo azul brilló otra vez junto al puño, aunque ahora parecía menos acusador que ridículo, degradado de prueba posible a distracción elegante.

Odette Veyrac miraba a Abel con una atención distinta.

—Fournier estaba arriba desde antes de que llegáramos.

—Sí —dijo Madeleine.

—¿Solo?

La encargada del refugio no respondió de inmediato.

Ese retraso bastó para que todos la miraran.

—Sí —dijo al fin—. Solo.

—Madame Aubert —dijo Delacroix—, hay respuestas que llegan tan tarde que deberían pagar alojamiento.

Madeleine lo miró con cansancio.

—No había nadie más arriba.

—¿Lo comprobó?

—Es mi casa.

—Eso no es una comprobación. Es una declaración de propiedad con demasiado orgullo.

Étienne habló antes de que su madre pudiera hacerlo.

—Arriba hay tres habitaciones. La suya, la del estudiante y la de Abel. La tercera estaba cerrada con mantas y colchones. No cabe nadie más.

—En este refugio —respondió Delacroix—, cada vez que alguien dice que no cabe nadie, aparece una trampilla, un depósito o una capilla con documentos. Permítame conservar cierta falta de entusiasmo.

Lucien Darras se acercó desde el pie de la escalera, nervioso pero dispuesto a ser útil.

—Yo estuve vigilando a Abel parte del tiempo.

—Eso le honra —dijo Delacroix— y nos preocupa.

El joven parpadeó.

—¿Por qué?

—Porque si alguien subió o bajó sin que usted lo viera, tendremos que decidir si es usted ciego, distraído o víctima de una arquitectura conspiradora.

—No vi a nadie.

—Empezaremos por la arquitectura, por cortesía.

Perret, que desde la revelación de su caja había envejecido varios años de golpe, levantó una mano muy despacio.

—Yo tampoco subí.

Nadie le había preguntado.

Todos lo miraron.

Perret bajó la mano.

—Solo quería aclararlo.

—Monsieur Perret —dijo Delacroix—, a estas alturas, cada aclaración suya tiene la peligrosa costumbre de oscurecer algo.

El comerciante se hundió en la silla con un pequeño gemido.

Marchand dejó a Abel estabilizado junto al fuego.

—No conviene moverlo otra vez.

—No lo moveremos —dijo Delacroix—. Lo que se moverá será nuestra paciencia.

—¿Subimos?

—Sí. Pero esta vez todos sabrán dónde están todos.

Miró alrededor.

—Madame Aubert permanecerá en la sala con Céleste y monsieur Darras. Monsieur Perret se quedará sentado donde pueda verlo madame Veyrac. Capitán Brissac, usted vendrá con nosotros.

Brissac levantó el mentón.

—Por fin.

—No confunda utilidad con absolución. A veces uso lo que tengo a mano.

—Es usted insoportable.

—Cada oficio exige un sacrificio.

Étienne dio un paso.

—Yo también voy.

Madeleine se volvió hacia él.

—No.

—Sí.

La palabra del joven ya no era rabia. Era una forma de necesidad. Había pasado demasiado tiempo obedeciendo mentiras ajenas y ahora parecía decidido a no quedarse en la sala como un mueble culpable.

Delacroix lo evaluó un momento.

—Vendrá. Pero no abrirá puertas antes que yo, no tocará nada y no intentará proteger a nadie de una verdad que aún no conocemos.

Étienne miró a su madre.

—Eso intento.

Madeleine bajó la vista.

Subieron cinco: Delacroix, Marchand, Brissac, Étienne y Baptiste, este último con un farol grande y la cara de quien habría preferido reparar diez ejes rotos antes que seguir descubriendo secretos bajo techo.

La escalera crujió bajo el peso de todos.

Arriba, el pasillo estaba aún más frío, aunque Marchand había cerrado la ventana de Abel casi por completo.

La nieve acumulada en el suelo empezaba a derretirse en pequeños hilos que corrían entre las tablas.

Delacroix se detuvo en el centro del corredor.

—Repasemos.

Brissac soltó un bufido.

—¿Aquí?

—El escenario agradece que lo interroguen en su presencia.

El capitán no respondió. A veces el frío hacía con la lengua de los hombres lo que la educación no había conseguido.

Delacroix señaló las puertas.

—Primera habitación: la mía. Segunda: Abel Fournier. Tercera: almacenamiento. La de monsieur Darras está al otro lado del corredor, junto a la escalera.

—Correcto —dijo Étienne.

—La trampilla del techo está detrás del arcón.

—Sí.

—¿Hay otra?

—No.

Delacroix lo miró.

Étienne sostuvo la mirada, cansado.

—No que yo sepa.

—Mucho mejor. La humildad mejora casi todas las mentiras e incluso algunas verdades.

Baptiste levantó el farol hacia el techo. Las vigas estaban bajas, ennegrecidas por humo antiguo. El corredor parecía una garganta estrecha de madera y piedra. Si alguien se había escondido allí, no lo había hecho con comodidad. Pero la comodidad no era un requisito habitual para la culpa.

Entraron primero en la habitación de Abel.

Marchand revisó de nuevo la ventana, la cama, las botas bajo el catre.

Delacroix se acercó a la pared opuesta. Había marcas en las tablas, antiguas y recientes.

La cama del carretero estaba arrimada a un muro que comunicaba, tal vez, con el cuarto de almacenamiento. Golpeó suavemente con los nudillos.

Sonido macizo.

Golpeó más abajo.

Hueco.

Baptiste lo oyó.

—Ahí hay cámara.

Étienne frunció el ceño.

—No. Detrás está la habitación de mantas.

—No detrás —dijo Delacroix—. Debajo.

Apartaron la cama con cuidado. El suelo estaba gastado, y una de las tablas junto a la pared tenía un nudo oscuro. Delacroix se agachó. Pasó los dedos por el borde. La tabla cedía apenas.

—¿Sabía esto? —preguntó a Étienne.

El joven se acercó, sorprendido.

—No.

—¿Madame Aubert?

—No lo sé. Tal vez. El refugio es viejo. Hay huecos por todas partes.

—Lo dice como si acabara de comprenderlo con nosotros.

—Estoy empezando a comprender muchas cosas con ustedes, monsieur.

La respuesta fue amarga y, por eso mismo, bastante limpia.

Baptiste metió la punta de una navaja en la hendidura y levantó la tabla.

Debajo apareció un hueco estrecho, no muy profundo, que corría bajo la pared.

No cabía un hombre entero, pero sí una caja pequeña, un paquete, quizá una mano.

Había polvo acumulado, restos de paja vieja y una cuerda fina que se perdía hacia el interior.

Delacroix tomó la cuerda con dos dedos.

Encerada.

Como la de la puerta de Lenoir.

—Vaya —dijo Marchand.

—El refugio empieza a repetir vocabulario —murmuró Delacroix.

Baptiste alumbró mejor. La cuerda pasaba bajo el tabique hacia la habitación contigua o hacia el hueco del techo. Delacroix tiró con suavidad. Al principio no ocurrió nada. Luego, desde el otro lado de la pared, sonó un pequeño golpe.

Brissac se puso rígido.

—Otra puerta.

—O una tabla —dijo Delacroix—. O un muerto con sentido del humor, aunque prefiero no concederle tanto mérito a la noche.

Siguieron el recorrido hasta la habitación de almacenamiento.

Había colchones enrollados, mantas, cestos y un catre roto, todo en apariencia igual que antes.

Delacroix hizo que nadie entrara más allá del umbral hasta revisar el suelo.

Allí también había nieve derretida en pequeñas manchas.

No mucha, pero suficiente para indicar que alguien con botas húmedas había pasado recientemente.

—Nosotros entramos antes —dijo Marchand.

—Sí. Y, como casi siempre, arruinamos algo antes de saber que era útil.

Delacroix examinó los colchones. Uno estaba desplazado apenas hacia la derecha. Debajo, el polvo no coincidía. Lo movió con ayuda de Baptiste. En la pared apareció una pequeña portezuela baja, disimulada tras una tabla suelta. La cuerda encerada salía por un orificio y quedaba atada a un clavo.

Étienne dejó escapar un suspiro.

—No sabía que eso existía.

—Esta casa debería empezar a cobrar entrada por sorpresa arquitectónica —dijo Brissac.

Delacroix abrió la portezuela.

Daba a un hueco entre paredes, oscuro, estrecho, suficiente para que una persona delgada se ocultara sentada o encogida. No para vivir. Sí para esperar. El aire olía a polvo, lana y algo más reciente: tabaco.

—Alguien estuvo aquí —dijo Baptiste.