Muerte en el refugio (Los misterios de Armand Delacroix 11) Capítulo 12 — El próximo #2
45%

Capítulo 12 — El próximo #2

Marchand cerró parcialmente la ventana, dejando apenas una rendija para no perder del todo la posición original.

Delacroix revisó el suelo con la lámpara.

Una huella húmeda. Otra junto a la puerta.

No eran profundas. Alguien entró y salió con cuidado.

La silla caída había servido para hacer ruido.

El cuchillo, para fijar el mensaje. La ventana, para crear una dirección falsa.

—No hay rastro de arrastre hacia la ventana —dijo Marchand.

—Exacto.

—Entonces está dentro.

—O lo sacaron por la puerta.

Étienne se volvió.

—Pero nadie vio bajar a nadie.

—Nadie vio muchas cosas esta noche. Empieza a ser una tradición local.

Delacroix revisó el corredor. La tercera habitación, cerrada hasta entonces, servía como almacén de mantas y colchones.

La abrió Madeleine desde abajo tras enviar la llave con Céleste, que subió temblando, acompañada por Odette hasta el pie de la escalera.

Dentro había sacos, ropa vieja, colchones enrollados, un catre roto, cestas y un olor a polvo frío.

Nada de Abel.

La habitación de Delacroix estaba intacta, salvo por el frío. La de Lucien también. Revisaron arcones, debajo de camas, detrás de puertas. Nada.

—Abel no pudo desaparecer —dijo Étienne.

—Las personas no desaparecen —respondió Delacroix—. Solo pasan a lugares donde otros no quieren mirar.

Marchand miró hacia el fondo del corredor.

—¿Hay acceso al tejado?

—No desde aquí —dijo Étienne—. Pero hay una trampilla baja detrás del arcón grande. Da al hueco entre el techo y la pared. Se usa para revisar goteras.

Delacroix lo miró.

—El refugio de Valbrume tiene una cantidad admirable de accesos secundarios para un edificio que presume de no esconder nada.

Étienne bajó la mirada.

Apartaron el arcón grande del corredor. Detrás había, en efecto, una pequeña trampilla de madera.

Étienne tuvo que agacharse para abrirla.

El hueco era estrecho, inclinado, lleno de polvo, vigas bajas y olor a madera húmeda.

Un adulto podía entrar solo arrastrándose.

Un enfermo no habría llegado allí por sí mismo.

Delacroix acercó la lámpara.

Al principio no vio nada.

Luego oyó un sonido.

Un gemido.

Marchand se arrodilló de inmediato.

—Abel.

El gemido se repitió.

Estaba dentro.

Étienne palideció.

—Dios.

—No lo invoque demasiado —dijo Delacroix—. Si estaba mirando, ha tardado bastante en avisar.

El hueco era demasiado estrecho para Marchand.

Étienne, más joven y fuerte, pudo entrar de lado.

Delacroix le indicó que no tirara de Abel sin comprobar primero cómo estaba colocado.

El joven obedeció con una concentración dolorosa, como si aquel acto pudiera devolverle una parte mínima de sí mismo.

—Está aquí —dijo desde dentro—. Está atado.

Marchand cerró los ojos un instante.

—¿Respira?

—Sí. Muy poco.

—Corte las ligaduras si puede. Despacio.

Étienne sacó primero una cuerda. Luego otra. Cuerda basta, de uso común en el refugio. No la encerada de los golpes falsos. Alguien había atado al carretero con prisa, lo había empujado dentro del hueco y había montado la escena de la ventana para simular una huida o un secuestro hacia fuera.

Con esfuerzo, lograron sacar a Abel Fournier.

Estaba inconsciente, helado, con un trapo atado sobre la boca y las muñecas marcadas por la cuerda.

Marchand lo atendió en el corredor, furioso de esa manera silenciosa que tienen algunos médicos cuando la crueldad les obliga a trabajar más rápido que la esperanza.

Le quitó el trapo, comprobó respiración, pulso, pupilas. Abel tosió débilmente.

—Está vivo —dijo.

Étienne se apoyó contra la pared, respirando con dificultad.

Delacroix miró el trapo. Era de cocina. Un paño viejo, con una esquina bordada.

Una inicial.

C.

Céleste.

Interesante. Demasiado interesante, quizá. Otra prueba demasiado cómoda.

—Bajémoslo —dijo Marchand—. Necesita calor.

Entre los tres lo llevaron hasta la sala. El descenso fue torpe, cuidadoso, lleno de respiraciones contenidas. Al verlos aparecer con Abel inconsciente, Céleste soltó un grito y corrió hacia él.

—No —dijo Delacroix.

La muchacha se detuvo como si la palabra le hubiera golpeado el pecho.

—Pero…

—No se acerque todavía.

Madeleine miró el trapo en la mano de Delacroix.

Lo entendió al instante.

—Ese paño es de la cocina.

Céleste negó con la cabeza antes de que nadie la acusara.

—Yo no hice nada.

—Mademoiselle —dijo Delacroix—, esta noche esa frase se ha pronunciado tanto que empieza a exigir alquiler.

—Lo juro.

Marchand y Étienne colocaron a Abel en un banco largo cerca del fuego.

El médico pidió mantas, agua caliente, alcohol y espacio.

Esa última petición fue la menos respetada durante unos segundos, hasta que Delacroix miró a todos con la paciencia exacta de un hombre dispuesto a convertir la educación en amenaza.

La sala se abrió.

Céleste lloraba de pie, sin moverse. Perret miraba el trapo como si agradeciera que por una vez una prueba no estuviera en su caja. Brissac y Baptiste regresaron del exterior en ese momento, cubiertos de nieve.

—No hay huellas claras fuera —dijo Baptiste—. El viento lo borra todo.

—No hacía falta —respondió Delacroix—. Fournier no salió.

Brissac vio al carretero junto al fuego.

—¿Dónde estaba?

—En el hueco del techo.

—¿Atado?

—Sí.

—¿Quién demonios haría eso?

Delacroix levantó el paño con la inicial.

Céleste empezó a negar otra vez.

—No, no, no…

Madeleine se interpuso casi sin pensar.

—Ella no ha sido.

Delacroix miró a Madeleine.

—Qué admirable. Acaba de proteger a alguien que quizá podría hundirla.

—Céleste no haría daño a Abel.

—¿Por qué?

—Porque Abel la trajo aquí.

La frase abrió otra grieta.

Céleste se quedó quieta. Étienne levantó la cabeza desde el banco donde ayudaba a Marchand. Odette miró a la muchacha con una atención nueva.

—Explíquese —dijo Delacroix.

Madeleine respiró hondo.

—Hace seis años, Abel la encontró en el camino de Saint-Aubin. Tenía trece años, fiebre y un golpe en la cara. La familia con la que trabajaba la había echado. Él la subió a su carro y la trajo al refugio. Desde entonces vive aquí.

Céleste lloró con más fuerza, pero no por miedo. Por memoria.

—Jamás le haría daño —dijo Madeleine—. A él no.

Delacroix guardó el paño sobre la mesa.

—Entonces alguien usó algo suyo para señalarla.

—¿Por qué? —preguntó Odette.

—Porque Céleste ha empezado a hablar.

Céleste se llevó una mano a la boca.

Delacroix miró al carretero inconsciente. Abel Fournier había visto demasiado: la discusión, el hombre de capucha, quizá a Madeleine y Étienne moviendo a Lenoir. Pero también pudo haber visto otra cosa. Algo que quien fabricó la amenaza necesitaba impedir que dijera con claridad.

El ataque a Abel no pertenecía a Madeleine. De eso estaba casi seguro. Madeleine ocultaba para proteger a su hijo y el refugio. No necesitaba amenazar con «el próximo». Su culpa era concreta, doméstica, desesperada. Esta nota era otra cosa.

Una mano secundaria.

Una persona interesada en que el caso se cerrara sobre los Aubert antes de que Delacroix leyera todos los documentos.

Perret.

Brissac.

Quizá alguien más.

Marchand obligó a Abel a beber un poco de agua caliente. El carretero abrió los ojos apenas. Miró alrededor sin comprender. Luego vio a Céleste y gimió.

—La puerta…

Delacroix se acercó.

—Monsieur Fournier.

Abel respiraba con dificultad.

—Él volvió.

—¿Quién?

El carretero cerró los ojos, tratando de ordenar la fiebre y el miedo.

—El de la caja.

Perret palideció de una manera tan perfecta que, por un momento, pareció una confesión.

—No —dijo—. No, no, yo no subí.

Abel movió la cabeza débilmente.

—No… caja grande… no…

Delacroix miró la caja de tejidos. Luego la caja metálica de Lenoir.

—¿Qué caja, Abel?

El carretero murmuró:

—La negra.

La caja de Lenoir.

El silencio se hizo compacto.

—¿Vio a alguien con la caja negra? —preguntó Delacroix.

Abel abrió los ojos un poco más.

—Antes… antes de que el chico gritara… antes de que la mujer llorara… él la escondió.

—¿Quién?

Abel intentó levantar una mano. Los dedos temblaron en el aire.

Todos se inclinaron, casi sin querer.

El carretero no señaló a Madeleine.

No señaló a Étienne.

No señaló a Perret.

Señaló hacia la escalera.

—Arriba —susurró—. Estaba arriba.

Delacroix miró el piso superior.

—¿Quién estaba arriba?

Abel soltó una bocanada de aire.

—El hombre… que no tosía.

Después volvió a perder el conocimiento.

Durante varios segundos nadie habló.

Fue Odette quien rompió el silencio, con voz baja:

—Pero arriba solo estaba Abel.

Delacroix miró hacia el corredor superior, oscuro, helado, lleno de huecos.

—Eso —dijo— es exactamente lo que alguien quiso que creyéramos.