Capítulo 12 — El próximo
La ventana abierta parecía una herida hecha en la pared.
El viento entraba por ella con una furia casi personal, lanzando nieve sobre el suelo, sobre la silla caída, sobre la manta arrugada de Abel Fournier.
En pocos segundos, la habitación dejó de oler a fiebre y empezó a oler a intemperie.
La lámpara temblaba en la mano del doctor Marchand, y su luz convertía cada copo en una chispa blanca antes de que se deshiciera contra las tablas.
Delacroix sostuvo el papel entre dos dedos.
Dejen de buscar, o el próximo no será un prestamista.
La frase era vulgar.
Eso fue lo primero que pensó.
No por su amenaza, que resultaba bastante clara, sino por su falta de estilo.
Lenoir habría escrito algo más limpio, más legal, más venenoso.
Madeleine habría sido más directa. Étienne, probablemente, habría escrito con rabia y demasiada verdad.
Aquello, en cambio, sonaba a teatro barato.
A amenaza hecha para producir efecto inmediato, no para resistir una segunda lectura.
Y las amenazas que no resisten una segunda lectura suelen tener prisa.
Marchand dejó la lámpara sobre la mesa y se acercó a la cama.
—No puede haber ido lejos.
—Con fiebre, sin abrigo y por una ventana —dijo Delacroix—, ir lejos sería menos una huida que una forma desordenada de suicidio.
—Entonces alguien lo sacó.
—O alguien quiso que creyéramos que lo sacaron.
El médico lo miró con irritación.
—¿De verdad puede permitirse sutilezas ahora?
Delacroix observó el alféizar. La madera estaba mojada, sí, pero no mostraba señales claras de que un hombre adulto hubiera pasado por allí con torpeza febril.
Había nieve en el interior, empujada por el viento, pero no un rastro profundo sobre el borde.
Tampoco marcas de manos agarrándose con desesperación.
El cuchillo que sujetaba la nota era pequeño, de cocina o de mesa, y estaba clavado con fuerza suficiente para impresionar, pero no tanto como para necesitar una mano particularmente robusta.
—Las sutilezas son precisamente lo único que puede impedir que salgamos todos a morir de manera entusiasta —respondió.
Marchand apretó la mandíbula.
—Hay que buscarlo.
—Sí.
Delacroix se inclinó hacia la ventana. Abajo no había una caída muy grande, pero sí bastante para romper una pierna si un hombre febril salía sin cuidado.
La habitación daba al lateral del refugio, hacia una zona donde el tejado inclinado del cobertizo y una acumulación de nieve podían amortiguar un descenso.
Más allá, la oscuridad blanca del patio borraba cualquier certeza.
El viento ya estaba cubriendo todo.
Qué colaboradora tan diligente, la montaña. No preguntaba nombres. No elegía bandos. Solo borraba.
—Doctor, avise a los demás. Que nadie salga solo. Nadie.
—¿Y usted?
—Yo cuento como mala compañía, no como soledad.
Marchand no pareció apreciar la distinción, pero salió al corredor.
Delacroix se quedó unos segundos más en la habitación.
Revisó la cama. La manta estaba echada hacia un lado, pero no como si Abel se hubiera levantado por sus propios medios en un acceso de fiebre.
Más bien parecía retirada con cuidado y luego arrojada para simular prisa.
En el suelo había una huella parcial, húmeda, junto a la silla caída.
No era de Abel. Al menos no de sus botas: las del carretero seguían bajo la cama, una de lado, otra en pie.
Interesante.
El hombre desaparecido no llevaba botas.
O no había salido caminando.
O no había salido.
Delacroix miró debajo de la cama. Nada. Miró el arcón. Vacío salvo por ropa vieja y una manta doblada. Miró detrás de la puerta. Nada, excepto una marca leve en la pared, como si algo duro hubiera golpeado allí cuando la silla cayó.
La silla.
La levantó con cuidado. Tenía una pata rota desde antes, reforzada con una tira de metal.
El golpe oído abajo pudo haber sido esa silla cayendo.
Una distracción sencilla. Alguien entra, deja la nota, abre la ventana, tira la silla, quizá mueve la manta.
Los demás oyen el ruido y suben. Todos creen que Abel ha sido sacado por la ventana.
Pero ¿dónde está Abel?
Delacroix se volvió hacia el pasillo.
Desde abajo subían voces. Brissac, por supuesto, exigía salir.
Baptiste intentaba explicar que fuera no se veía a tres pasos.
Madeleine daba órdenes. Perret se lamentaba de que aquello ya no era seguro, como si la seguridad hubiera sido hasta entonces el rasgo dominante de la velada.
Odette hablaba menos, pero su voz tenía esa calma afilada de quienes contienen mejor el miedo que la mayoría.
Delacroix bajó.
Los encontró en la sala principal, agrupados de un modo que habría resultado casi cómico si el cadáver de Lenoir no estuviera en la estancia lateral y Abel Fournier no hubiera decidido desaparecer de una habitación cerrada por fiebre.
Étienne estaba junto a su madre. Céleste lloraba cerca de la cocina.
Perret protegía su caja abierta con menos convicción que antes.
Brissac llevaba el abrigo puesto y una lámpara en la mano.
—Voy a salir —dijo el capitán.
—No —respondió Delacroix.
—No puede impedirlo.
—Tiene razón. Pero puedo señalar que, si sale ahora, aumentará en un cincuenta por ciento el número de hombres imprudentes que debo vigilar esta noche. Y no se lo perdonaré.
—Hay un hombre enfermo fuera.
—Quizá.
—¿Quizá?
Delacroix dejó la nota sobre la mesa.
Todos la miraron como si el papel pudiera levantarse y morder.
Madeleine leyó en silencio. Étienne también. Odette no necesitó acercarse demasiado; bastó con ver el rostro de los demás. Perret se santiguó con una rapidez que parecía más superstición que fe.
—¿Quién la escribió? —preguntó Marchand.
—Alguien que quería que subiéramos corriendo.
—Eso no responde.
—Responde al propósito. La autoría tendrá que esperar a ponerse zapatos.
Brissac golpeó la mesa.
—¡Fournier puede morir congelado mientras usted analiza el estilo de una amenaza!
Delacroix se volvió hacia él. Esta vez no había ironía en su rostro. Solo cansancio frío.
—Capitán, Abel Fournier no salió por esa ventana con sus propios pies. Sus botas siguen bajo la cama.
El silencio fue inmediato.
Marchand frunció el ceño.
—¿Está seguro?
—A menos que el pobre hombre haya decidido huir descalzo por la nieve para mejorar su cuadro clínico, sí.
—Entonces lo llevaron.
—O lo escondieron.
Madeleine miró hacia la escalera.
—¿Arriba?
—Arriba, abajo, detrás de una puerta, en una dependencia, en cualquier sitio lo bastante cercano para que quien escribió esa nota pudiera regresar sin empaparse de nieve hasta los huesos.
Baptiste levantó el farol.
—No vi a nadie bajar.
—Porque todos miraban el papel, el cadáver, los documentos, a Perret, a Madeleine, a Étienne y a sus propias vergüenzas. La noche es generosa: siempre ofrece demasiadas cosas para mirar.
Odette se acercó a la nota.
—La letra no es de Lenoir.
—No.
—Tampoco de Perret.
Perret se indignó.
—¿Por qué mira hacia mí al decir eso?
—Porque usted ha mentido lo suficiente como para ganarse una presencia cómoda en cualquier frase desagradable.
—Yo no escribí eso.
—Tal vez sea cierto —dijo Delacroix—. La nota parece menos cobarde.
Perret cerró la boca.
Madeleine tomó el papel. Lo sostuvo un segundo.
—Es letra de alguien que no escribe mucho.
—Probablemente.
—Podría ser de Abel.
Marchand negó con la cabeza.
—Con esa fiebre, difícilmente. Además, no tendría sentido.
—La fiebre tiene poco respeto por el sentido.
Delacroix recuperó la nota y la acercó a la lámpara.
Las letras estaban torcidas, presionadas con fuerza irregular.
Algunas palabras se inclinaban hacia abajo.
La tinta era común, quizá de un tintero de la sala o de la cocina.
No había elegancia, pero sí intención de disimular.
Alguien había escrito con la mano menos hábil, o con prisa, o ambas cosas.
—No buscaremos fuera todavía —dijo.
Brissac volvió a protestar, pero Delacroix levantó una mano.
—Buscaremos dentro primero. Por parejas.
Nadie solo. Doctor Marchand, revise las habitaciones de arriba conmigo.
Capitán, usted irá con Baptiste a comprobar el establo y la entrada lateral, sin alejarse más allá del muro.
Madame Veyrac, quédese en la sala con Céleste y monsieur Darras.
Monsieur Perret, no se mueva de esa silla.
—¿Por qué yo no puedo ayudar?
—Porque cada vez que intenta ayudar, aparece una caja con doble fondo.
Perret decidió que la silla era una excelente institución.
Madeleine dio un paso.
—Yo conozco mejor este lugar.
—Precisamente por eso se quedará aquí.
—Eso no tiene sentido.
—Tiene todo el sentido que usted ha dedicado la noche a proporcionarle.
Étienne se adelantó.
—Yo iré con usted.
—No.
—Abel habló de mí. Si está escondido, puede asustarse menos al verme.
—O más.
El joven aceptó el golpe con una mueca.
Madeleine habló con voz baja:
—Déjelo ir. Si no, pensará que seguimos escondiéndolo todo.
Delacroix la miró. Ella ya no parecía ordenar. Parecía pedir algo que le costaba orgullo y piel. Étienne necesitaba moverse, hacer algo que no fuera quedar sentado junto a la culpa mientras todos decidían la forma exacta de su caída.
—Está bien —dijo el detective—. Vendrá conmigo y con el doctor. Hará exactamente lo que se le diga. Si decide improvisar heroísmo, lo consideraré una confesión de estupidez y actuaré en consecuencia.
—Acepto.
—No parecía un contrato negociable.
Subieron.
El piso superior estaba más frío que antes. La ventana abierta de Abel había convertido el corredor en un conducto para el viento. Marchand fue a cerrarla de inmediato, pero Delacroix lo detuvo.
—Un momento.
Volvieron a entrar en la habitación del carretero. La nieve ya cubría parte del suelo. Étienne miró la cama vacía y se quedó pálido.
—No pudo salir así.
—No —dijo Delacroix—. Eso ya lo hemos establecido en honor de la inteligencia de sus pies.