Muerte en el refugio (Los misterios de Armand Delacroix 11) Capítulo 11 — El anillo azul
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Capítulo 11 — El anillo azul

El capitán Henri Brissac llevaba un anillo con piedra azul.

Delacroix lo había visto antes, por supuesto.

En el coche de línea, cuando el capitán se quitó un guante para limpiarse el bigote de la escarcha con la solemnidad de un hombre que creía estar preservando una institución nacional.

Lo había visto también junto al fuego, mientras Brissac golpeaba la mesa con la mano abierta para exigir respuestas que no siempre le favorecían.

Era un anillo grande, más vistoso que elegante, con una piedra azul oscura montada sobre oro antiguo.

Un sello familiar, quizá. O el último resto de una fortuna que había aprendido a sobrevivir en un dedo cuando ya no podía permitirse una casa.

El detalle no probaba nada.

Ese era el problema de los detalles buenos: entraban en la habitación con la arrogancia de una prueba y luego exigían que uno hiciera el trabajo sucio de verificarlos.

Abel Fournier se desplomó de nuevo sobre la almohada, agotado por la fiebre y por el esfuerzo de haber entregado una imagen a medias.

Marchand le sostuvo la cabeza, le acercó agua a los labios y lo obligó a beber con una paciencia que habría honrado a un santo si los santos no tuvieran la mala costumbre de aceptar demasiado crédito por trabajos ajenos.

—No más preguntas —dijo el médico.

—No he hecho tantas.

—Las suficientes para que un muerto se sintiera interrogado.

—Los muertos suelen ser más resistentes.

—Y menos febriles.

Delacroix aceptó la derrota con una inclinación mínima.

Abel cerró los ojos, murmurando algo sobre papeles y caballos.

Lucien Darras seguía en la puerta, pálido y excitado, con esa expresión desafortunada de los jóvenes que acaban de descubrir que la realidad puede ser más interesante que sus libros y mucho menos higiénica.

—Monsieur Darras —dijo Delacroix.

—Sí.

—No repita abajo lo que acaba de oír.

—Pero…

—Esa palabra suele preceder a grandes errores. Ahorremos tiempo y considérela refutada.

El joven tragó saliva.

—¿Ni siquiera lo del anillo?

—Especialmente lo del anillo.

—¿Por qué?

Delacroix miró al carretero enfermo.

—Porque una acusación nacida de un delirio, si se suelta demasiado pronto, tiene dos efectos: asusta al culpable y ofende al inocente. Ambos se vuelven menos útiles.

Lucien asintió con gravedad.

—Entiendo.

—No. Pero puede obedecer, que en esta etapa resulta casi igual de valioso.

Marchand terminó de acomodar las mantas de Abel Fournier.

—Necesita descanso. Si la fiebre sube más, tendré que hacer algo con más convicción que buenos deseos.

—Avíseme si delira de nuevo.

—¿Para ayudarlo o para interrogarlo?

—Doctor, no veo por qué una cosa debería excluir la otra si se realiza con mal gusto suficiente.

Marchand lo miró con desaprobación, aunque Delacroix empezaba a sospechar que aquella desaprobación escondía cierta simpatía. Los hombres decentes solían resistirse a admitir que apreciaban a los hombres insoportables. Era una de sus pequeñas hipocresías encantadoras.

Bajaron.

La sala principal los recibió con una quietud artificial.

Nadie había hablado con naturalidad durante su ausencia.

Delacroix lo supo por la postura de los cuerpos: Perret demasiado rígido junto a su caja abierta, Odette demasiado inmóvil en el banco, Madeleine demasiado erguida junto a la mesa, Étienne demasiado hundido cerca del fuego, Baptiste demasiado ocupado en mirar la puerta.

Brissac, en cambio, parecía irritado por haber sido dejado fuera de una posible revelación, lo cual en él era casi un estado espiritual.

—¿Qué dijo el enfermo? —preguntó el capitán.

Delacroix se quitó despacio los guantes.

—Varias cosas. La fiebre es una gran conversadora, aunque ordena mal sus temas.

—Pregunté qué dijo.

—Y yo empecé a responderle. La impaciencia, capitán, no vuelve más rectas las frases.

Brissac lo miró con dureza.

—No me gustan sus rodeos.

—A mí tampoco sus atajos. Pero aquí estamos, practicando tolerancia.

Odette Veyrac observó al capitán. Sus ojos bajaron un instante hacia la mano derecha de Brissac. Allí estaba el anillo. La piedra azul atrapó el reflejo del fuego y lanzó una chispa breve, casi indecente.

Brissac lo notó.

—¿Qué mira?

—Nada.

—Miente usted muy mal, madame.

—No tanto como algunos.

El capitán dio un paso hacia ella.

—Estoy cansado de insinuaciones.

Delacroix intervino antes de que la conversación se convirtiera en otra demostración muscular con muebles alrededor.

—Entonces probemos con algo más directo. Capitán Brissac, ¿estuvo usted en este refugio antes de llegar con nosotros esta noche?

La pregunta cayó sin adornos.

Brissac parpadeó.

—¿Qué?

—La repetiría, pero sospecho que la ha entendido demasiado bien.

—Eso es absurdo. Llegué con ustedes.

—Esa no es una respuesta. Es una descripción parcial del final de un trayecto.

—Subí al coche en Saint-Aubin.

Baptiste asintió desde la puerta.

—Eso es cierto.

Delacroix no apartó la vista del capitán.

—¿Y antes de Saint-Aubin?

Brissac se enderezó.

—Estaba en la posada.

—¿Toda la tarde?

—Sí.

—¿Quién puede confirmarlo?

—El posadero.

—No está aquí.

—Qué conveniente para sus sospechas.

—Mis sospechas tienen la mala costumbre de ser autosuficientes.

Brissac apretó el puño derecho. El anillo azul volvió a brillar.

Delacroix dejó que todos lo vieran. No señaló la mano. Señalar algo demasiado pronto era un insulto a la inteligencia del culpable y una invitación al teatro del inocente.

Madeleine miraba el anillo.

Étienne también.

Perret parecía a punto de desmayarse de curiosidad y miedo.

—¿Por qué me pregunta eso? —dijo Brissac.

—Porque Abel Fournier acaba de recordar a un hombre que ayudó a madame Aubert después de la caída de Lenoir.

Madeleine cerró los ojos.

Étienne levantó la cabeza.

—¿Qué?

Delacroix siguió mirando al capitán.

—Un hombre con capucha. No vio el rostro. Sí vio las manos.

Brissac bajó los ojos hacia su propio anillo sin querer.

Fue mínimo.

Suficiente.

—Y supongo que mencionó mi anillo —dijo.

—No he dicho eso.

—No hacía falta.

Odette Veyrac habló con frialdad.

—Tiene usted una piedra azul.

—Media provincia tiene piedras azules.

—Y pocas manos tan empeñadas en ocultarlas.

Brissac se quitó el guante izquierdo, aunque el anillo estaba en la derecha. El gesto fue inútil, por tanto revelador. Después se quitó el derecho con un movimiento brusco y mostró la mano a todos.

—Sí. Es un zafiro familiar. ¿También va a acusar a mis antepasados?

—Dependerá de su coartada —dijo Delacroix.

—Esto es ridículo.

—No tanto como sería deseable.

El capitán avanzó hasta la mesa.

—No estuve aquí antes de llegar con ustedes. No ayudé a nadie a levantar a Lenoir. No toqué a ese hombre esta noche. Mi única conversación con él fue antes, en la sala, y eso ya lo dije.

—La sala de este refugio —dijo Delacroix.

—Sí.

—Pero si usted llegó con nosotros a las nueve, y Lenoir probablemente estaba muerto o moribundo antes, ¿cuándo habló con él en la sala?

Brissac se quedó callado.

El silencio fue tan brusco que pareció apagar una parte del fuego.

Madeleine miró al capitán con una sorpresa auténtica. Odette se incorporó apenas. Marchand, que acababa de bajar detrás de Delacroix, se detuvo junto a la escalera.

—Capitán —dijo el médico—, usted afirmó haber discutido con Lenoir aquí, antes de que lo encontráramos desaparecido.

Brissac se humedeció los labios.

—Me confundí.

—Qué enfermedad tan contagiosa en esta casa —dijo Delacroix.

—Quise decir que había discutido con él antes. No necesariamente aquí.

—No necesariamente aquí es una expresión maravillosa. Puede contener una posada, un camino, una provincia entera o una mentira del tamaño justo.

Brissac miró a todos alrededor. Por primera vez desde que había entrado en el refugio, su seguridad se agrietó de verdad. Ya no parecía un hombre orgulloso, sino un hombre sorprendido por la poca protección que ofrece el orgullo cuando uno tropieza con sus propias frases.

—Lo vi en Saint-Aubin —dijo al fin.

—¿Cuándo?

—Esta tarde.

—¿Dónde?

—En la posada.

—¿Antes de subir al coche?

—Sí.

—¿Por qué no lo dijo?

—Porque no tenía relación con su muerte.

—Eso suele decidirse después de contarlo, no antes.

Brissac golpeó la mesa con la mano abierta. Esta vez no hubo teatralidad, sino rabia real.

—¡Porque me humilló!

La confesión no era la que la sala esperaba. Eso la volvió más creíble.

El capitán respiró hondo. El anillo azul, sobre la mesa, parecía observarlo también.

—Lenoir me citó en la posada de Saint-Aubin. Yo había intentado evitarlo durante semanas. Tenía unas letras firmadas por mi hermano. Deudas de juego. Mi hermano murió y dejó esas vergüenzas detrás. Lenoir quería cobrarlas. No porque necesitara el dinero. Porque sabía que yo pagaría por silencio.

—¿Lo amenazó? —preguntó Marchand.

—Dijo que podía enviar copias a ciertos antiguos compañeros de armas, a mi familia política, a un periódico local. Pequeños círculos donde un apellido todavía significa algo.

—Qué admirable —murmuró Odette—. La ruina como correspondencia social.

Brissac no la miró.

—Le ofrecí una cantidad. No suficiente. Se rió. Me dijo que los hombres como yo siempre creían que el honor era una propiedad, cuando en realidad era una renta: había que pagarla cada mes.

Delacroix levantó levemente las cejas.

—Cruel y bastante exacto. Una combinación insoportable.

Brissac apretó los dientes.

—Lo agarré del cuello de la chaqueta.

—Ah.

—No lo golpeé.

—¿Le arrancó alguna fibra?

El capitán miró hacia el cadáver que no estaba en la sala, pero que pesaba en ella desde la estancia lateral.

—Tal vez. No lo sé.

—Fibra azul.

—Mi chaqueta es azul.

—Ya lo habíamos celebrado.

Brissac cerró los ojos un instante.

—Me dijo que vendría a Valbrume. Que al día siguiente cerraría un asunto importante y después tendría tiempo de ocuparse de mí. Subí al coche porque era mi ruta. No sabía que él ya estaba aquí o que… —Se interrumpió—. No sabía nada de esto.