Muerte en el refugio (Los misterios de Armand Delacroix 11) Capítulo 10 — Los muertos que todavía debían #2
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Capítulo 10 — Los muertos que todavía debían #2

—No he dicho que no sea un canalla —añadió Baptiste—. Solo que subió allí.

Perret cerró la boca.

Delacroix miró al conductor con cierta aprobación. Baptiste tenía el talento rural de ser útil sin adornarse demasiado.

—¿Lenoir sabía que usted vendría en el coche? —preguntó Delacroix.

—Sí.

—¿Lo esperaba aquí?

—Creo que sí.

—¿Para la firma de mañana?

—Sí.

—Entonces usted y Lenoir estaban aliados.

—No aliados. Asociados por una gestión concreta.

—Una forma muy burguesa de pronunciar aliados cuando uno empieza a tener frío en la nuca.

Perret no respondió.

Madeleine miraba aún a Étienne. Él no le devolvía la mirada. Eso era peor que cualquier reproche. La mujer había sostenido toda la noche una mentira para protegerlo de la justicia; ahora veía cómo otra mentira, más antigua, le quitaba el derecho a protegerlo de ella.

Delacroix tomó la carta de Lenoir sobre Luc Aubert y la leyó en silencio una vez más.

Aquello no probaba que Madeleine hubiera matado al prestamista, pero sí que Lenoir había llegado armado de algo más que papeles de deuda.

Había llevado una amenaza diseñada para ella.

Para quebrar su resistencia. Para decirle que no solo podía arrebatarle el refugio, sino también el relato piadoso con el que había criado a su hijo.

Una crueldad de precisión admirable.

Casi demasiado admirable.

—Monsieur Perret —dijo—, ¿cuándo le entregó Lenoir este sobre?

—Ayer.

—¿Dónde?

—En Saint-Aubin.

—¿Abierto o cerrado?

—Cerrado.

—¿Le dijo qué contenía?

—No.

—¿Nada?

—Dijo que era una garantía.

—¿Contra quién?

Perret miró a Madeleine.

—Contra ella.

Étienne dio un paso hacia él.

—No la mire.

—Monsieur Aubert —dijo Delacroix.

—No la mire como si ella fuera culpable de todo.

Perret retrocedió.

—Yo no he dicho…

—Usted vino a echarla.

—Yo vine a trabajar.

Étienne soltó una risa breve, fea, rota.

—Todos venían a trabajar. Lenoir también trabajaba. Firmaba papeles. Cerraba casas. Hacía que la gente se arrodillara y luego decía que era su oficio.

Madeleine intentó acercarse a él.

—Étienne.

Él retrocedió.

Ese movimiento, más que cualquier palabra, la dejó sin aire.

Delacroix decidió intervenir antes de que la emoción convirtiera la sala en un segundo cuarto de leña.

—Monsieur Aubert, necesito hacerle una pregunta.

El joven lo miró con ojos enrojecidos.

—¿Otra?

—Me temo que sí. Las preguntas tienen poca sensibilidad para elegir momento.

—Pregunte.

—¿Sabía usted algo de la historia de su padre antes de esta noche?

—No.

La respuesta fue inmediata.

Delacroix miró a Madeleine.

Ella no la contradijo.

—¿Lenoir se la mencionó durante la discusión?

Étienne frunció el ceño.

—¿Qué?

—En el cuarto de leña. Cuando discutieron. ¿Mencionó a Luc Aubert? ¿Le dijo algo sobre su padre?

El joven miró la fotografía. Luego a su madre. Después volvió a Delacroix.

—No.

—Piénselo.

—No.

—¿Seguro?

—Me dijo que mi padre habría sabido reconocer a un dueño cuando lo tenía delante.

Madeleine se llevó una mano a la boca.

Delacroix se quedó quieto.

—Eso es distinto de no mencionarlo.

Étienne tragó saliva.

—Yo creí que era otra provocación. Creí que hablaba de que mi padre trabajó aquí antes que nosotros. No sé. No entendí.

—¿Qué más dijo?

El joven cerró los ojos, obligado a regresar a una escena que quizá había intentado convertir en ruido.

—Dijo que este lugar siempre había pertenecido a hombres con más cabeza que nosotros. Que mi padre lo comprendió demasiado tarde.

Madeleine bajó la cabeza.

—¿Y usted lo golpeó entonces?

—Lo empujé.

—¿Después de esa frase?

Étienne abrió los ojos.

La secuencia empezaba a ordenarse dentro de él. No con precisión judicial, sino con horror. Uno no siempre recuerda un crimen de golpe. A veces recuerda primero la rabia, luego el insulto, luego la mano, luego el sonido.

—Sí.

—¿Lenoir cayó?

—Sí.

—¿Contra qué?

—Contra el banco de cortar leña. O contra los troncos. No sé. Había demasiadas cosas. Se golpeó aquí.

Se tocó la sien.

—¿Sangró de inmediato?

—Sí.

—¿Habló después?

—Sí.

—¿Qué dijo?

Étienne miró a su madre.

—Que ahora sí tendría algo bueno que llevarle al juez.

Madeleine cerró los ojos.

Marchand dejó escapar un suspiro lento.

Delacroix sintió que una pieza encajaba, aunque no del todo.

Lenoir no murió inmediatamente. Al menos según Étienne, siguió consciente, herido, dispuesto a transformar el golpe en acusación.

Eso podía explicar el pánico. También podía explicar una decisión posterior.

Una decisión mucho más grave que el empujón.

—Después llegó su madre —dijo.

Étienne asintió.

—Sí.

—¿Y Céleste?

—No sé.

Céleste habló desde la cocina.

—Yo estaba en la puerta.

Todos se volvieron hacia ella.

La muchacha parecía al límite. Marchand fue a acercarse, pero ella negó con la cabeza. Quizá sabía que, si alguien la trataba con demasiada ternura, se rompería del todo.

—No entré —dijo—. Pero estaba ahí.

—¿Vio a Lenoir en el suelo? —preguntó Delacroix.

—Sí.

—¿Consciente?

—Sí. Se reía.

La respuesta fue inesperada.

—¿Reía? —dijo Brissac.

Céleste asintió.

—Muy bajo. Como si le doliera, pero se reía. Dijo que gracias. Que acababan de ahorrarle medio trabajo.

Étienne se cubrió el rostro.

Madeleine no se movió.

Delacroix miró hacia el cuarto de leña. Pudo imaginarlo: Lenoir en el suelo, sangre en la sien, el hijo aterrado, la madre entrando, la criada en la puerta, y aquel hombre entendiendo que incluso herido podía seguir ganando.

Quizá más que antes. El golpe le daba una prueba contra Étienne, una palanca contra Madeleine, una razón para presentarse ante Maurel no solo como acreedor, sino como víctima.

La víctima perfecta de las personas a las que había destruido.

—¿Luego? —preguntó Delacroix.

Céleste habló casi en un susurro.

—Madame Aubert dijo que lo ayudáramos a levantarse.

—¿Lo ayudaron?

—Étienne no podía tocarlo. Temblaba. Madame lo levantó con ayuda de Baptiste.

Baptiste dio un paso atrás.

—¿Yo?

La sala giró hacia él.

Céleste lo miró, confundida.

—No. No… perdón. No era Baptiste. Era… no sé. Vi unas manos. Un abrigo oscuro.

Baptiste abrió las manos.

—Yo no estaba aquí antes de traerlos. Lo juro.

—Es cierto —dijo Delacroix—. Usted llegó con nosotros.

Céleste empezó a llorar de nuevo.

—No sé. Fue muy rápido. Había poca luz. Creí…

Delacroix levantó una mano para calmarla.

—No fuerce la imagen. Las memorias forzadas suelen inventar testigos para agradar al miedo.

Pero la frase de Céleste había abierto otra puerta.

Un abrigo oscuro. Un hombre ayudando a Madeleine a levantar a Lenoir.

No Baptiste. ¿Perret? Según todos, Perret no estaba aún en el refugio.

¿Brissac? Tampoco. ¿El carretero Abel Fournier?

Enfermo arriba, pero no necesariamente incapaz de moverse antes.

¿O alguien más? ¿Había en Valbrume otro huésped, otra presencia, otra mentira?

Delacroix miró a Madeleine.

Ella estaba muy quieta.

Demasiado.

—Madame Aubert —dijo—, ¿quién la ayudó a levantar a Lenoir?

—Nadie.

—Céleste vio unas manos.

—Céleste estaba asustada.

—Esa explicación empieza a trabajar demasiado. La pobre muchacha no cobra lo suficiente para sostener tantas coartadas.

Madeleine no respondió.

Étienne miró a su madre.

—¿Quién?

La pregunta de su hijo la alcanzó donde ninguna de Delacroix había podido entrar.

—Nadie —repitió ella.

Pero esta vez sonó distinto.

No como una mentira para salvar a Étienne.

Como una mentira para salvar a otra persona.

Marchand lo notó.

Delacroix también.

Brissac, por supuesto, lo notó tarde y con entusiasmo.

—Hay alguien más.

Perret se santiguó a medias, contagiado por el clima o por Baptiste.

—¿Otro huésped?

Madeleine habló con dureza.

—No.

Desde el piso superior llegó una tos violenta.

Abel Fournier.

La tos se convirtió en un golpe. Luego en otro. Lucien Darras volvió la cabeza hacia la escalera.

—Doctor.

Marchand ya se movía.

—Subo.

Delacroix lo acompañó sin pedir permiso. Madeleine también dio un paso, pero Delacroix la detuvo con una mirada.

—Quédese.

—El enfermo necesita…

—El enfermo necesita al doctor. Yo necesito que usted no llegue antes que una respuesta.

Madeleine se quedó.

No porque aceptara la orden. Porque todos la miraban.

Delacroix subió detrás de Marchand. Lucien los siguió hasta el descanso, nervioso. La puerta de Abel Fournier estaba abierta. El carretero se había incorporado a medias, empapado en sudor, con una mano sobre el pecho y los ojos desorbitados por la fiebre.

—No lo dejen —murmuraba—. No lo dejen…

Marchand se acercó.

—Tranquilo. Respire.

Abel agarró la manga del médico con una fuerza sorprendente.

—El hombre de la capucha.

Delacroix se acercó.

—¿Qué hombre?

El carretero giró los ojos hacia él.

—Ayudó… ayudó a la mujer.

Marchand miró a Delacroix.

—¿A madame Aubert?

—La mujer… la que manda…

—¿Cuándo?

Abel respiraba con dificultad.

—Cuando el de los papeles cayó. Yo oí. Miré. No quería verlo. No quería que me viera. La puerta… abierta… el hombre de la capucha…

—¿Lo reconoció?

El carretero negó con la cabeza.

—No. No cara. Solo manos. Manos… con anillo.

Delacroix sintió que el aire del cuarto se volvía más fino.

—¿Qué anillo?

Abel se llevó los dedos torpemente a la mano derecha.

—Grande. Azul. Como piedra.

Lucien Darras, desde la puerta, susurró:

—El capitán.

Delacroix no lo corrigió.

Había visto un anillo así en la mano de Brissac. Un sello familiar con piedra azulada, quizá zafiro pobre, quizá vidrio caro. Un anillo de hombre que no se lo quitaba ni para dormir porque le recordaba lo que su apellido valía más que sus cuentas.

Pero Brissac había llegado con ellos.

O eso creían.

Delacroix se incorporó lentamente.

La noche, al parecer, aún conservaba la mala educación de no haber presentado a todos sus cómplices.