Capítulo 9 — La caja negra
La caja metálica de Gaspard Lenoir parecía demasiado pequeña para contener tanta desgracia.
Delacroix la mantuvo abierta sobre el altar de la capilla, bajo la mirada gastada de aquella Virgen de madera que había visto, probablemente, mejores plegarias y peores inviernos.
Dentro, los documentos estaban ordenados con una pulcritud casi ofensiva.
No doblados al azar, ni guardados con prisa, sino clasificados por tamaños, atados con cintas, marcados con claves y números.
Era una caja de hombre vivo, no de hombre muerto.
Una caja pensada para seguir haciendo daño incluso si su dueño no estaba presente para disfrutarlo.
El doctor Marchand acercó una lámpara.
—Hay varios expedientes.
—Monsieur Lenoir no viajaba con papeles —dijo Delacroix—. Viajaba con rehenes.
Brissac seguía de pie junto a la puerta de la capilla, incómodo.
No por la muerte de Lenoir, sospechaba Delacroix, sino por la posibilidad de que entre aquellos documentos hubiera una hoja con su nombre.
El capitán retirado tenía la rigidez de los hombres que han aprendido a llevar las deudas como se lleva una herida bajo el uniforme: apretada, oculta y siempre a punto de sangrar.
Madeleine Aubert no miraba la caja. O, mejor dicho, la miraba de esa manera en que alguien observa una enfermedad ya diagnosticada y solo espera saber cuánto tiempo queda.
Había palidecido al verla, pero no había intentado tocarla, cerrarla ni destruirla.
Eso le interesó a Delacroix. La desesperación suele tener manos rápidas; Madeleine, en cambio, parecía haber comprendido que la caja había dejado de pertenecerle al miedo para pasar a pertenecer a la verdad.
—Llévela a la sala —dijo Marchand—. Hay más luz y más sitio.
—No —respondió Delacroix.
El médico lo miró.
—¿No?
—No todavía. En la sala hay demasiadas manos, demasiados ojos y un comerciante que sufre una devoción casi matrimonial por una caja de tejidos. Prefiero que esta conserve su virtud unos minutos más.
Brissac frunció el ceño.
—¿Pretende leer todo aquí?
—Pretendo leer lo suficiente como para saber quién empezará a sudar cuando la llevemos allí.
—Hace frío para sudar.
—Eso vuelve el fenómeno más informativo.
Delacroix tomó primero la cartera de cuero negro.
Era pesada, de buena calidad, con el cierre interior gastado por el uso.
Dentro había dinero, tarjetas, recibos pequeños, una lista de nombres y varios papeles doblados.
La cartera no contenía los documentos más importantes; esos estaban en la caja.
Pero sí contenía una especie de mapa moral de su dueño: préstamos, vencimientos, cantidades pendientes, iniciales anotadas en los márgenes y breves comentarios escritos con letra diminuta.
Delacroix leyó algunos en silencio.
Veyrac — cerrado. Sin bienes recuperables.
Al lado había una cruz pequeña.
Odette había sido clasificada como una ruina terminada.
Otro nombre:
Brissac — presionar por honor familiar. Evitar escándalo público hasta firma.
El capitán emitió un sonido casi imperceptible al oír su apellido, aunque Delacroix no lo había leído en voz alta. Eso significaba que había reconocido la expresión de su propia condena antes de verla escrita.
Otro:
Fournier — caballo liquidado. Vigilar rutas.
El carretero enfermo también figuraba allí. No como persona. Como resto administrativo.
Y luego:
Aubert / Valbrume — 702-C. Ejecutar. Comprador preparado. No ceder ante sentimentalismo local.
Delacroix levantó la vista hacia Madeleine.
—702-C —dijo.
Ella tragó saliva.
—Ese era el número.
—Lo recordaba usted mejor de lo que creía.
—O peor.
La respuesta fue tan honesta que Delacroix no añadió nada.
Sacó el expediente marcado con esa clave.
Era más grueso que los demás. La cinta que lo cerraba estaba intacta, o al menos lo parecía.
Delacroix la desató con cuidado y desplegó las hojas sobre el altar, apartando el crucifijo apenas unos centímetros.
La escena tenía algo desagradablemente perfecto: una deuda extendida delante de Dios, como si alguien esperara que el cielo certificara los intereses.
Marchand se inclinó para leer.
—Contrato inicial de préstamo. Tres mil francos.
—Fecha.
—Cuatro años atrás.
—Garantía.
—El refugio y los terrenos anexos.
Madeleine cerró los ojos.
—Era eso o cerrar entonces.
Delacroix no la miró.
—No se defienda todavía, madame. Leeremos primero. La defensa suele mejorar cuando sabe de qué debe avergonzarse.
Marchand siguió revisando.
—Intereses anuales… elevados. Penalizaciones por demora. Gastos de notaría. Renovación automática si no se salda antes de determinada fecha.
—Una trampa con calendario —dijo Delacroix.
—Hay más. Cesión de derechos de cobro a favor de Lenoir después de la muerte del acreedor original.
Madeleine abrió los ojos.
—¿Acreedor original?
Marchand miró mejor.
—El primer préstamo no lo firmó Lenoir como prestamista directo. Actuó como intermediario de una sociedad.
—¿Qué sociedad?
El médico acercó la lámpara.
—Société des Hautes Terres.
Brissac arrugó el gesto.
—No la conozco.
—Eso quizá la honra —dijo Delacroix—, aunque sería prematuro.
El expediente continuaba con añadidos, renovaciones, sellos y firmas.
Mucho de aquello requeriría un abogado real, no un médico rural, un estudiante excitado y un detective que respetaba la ley más cuando no fingía ser justicia.
Pero algunas cosas se entendían sin toga: la deuda había sido construida para crecer. No para ser pagada.
—Aquí está la ejecución —dijo Marchand.
Desplegó otra hoja.
Madeleine dio un paso involuntario hacia el altar.
—¿Mañana?
—Mañana —confirmó Delacroix—. Firma ante testigos y comunicación al juez Maurel.
—Maurel —repitió Brissac—. El de la nota.
Delacroix tomó la hoja que estaba sobre la cartera y la leyó de nuevo.
Para ser entregado al juez Maurel si algo me ocurre antes de la firma.
No era solo prevención. Era una amenaza póstuma. Lenoir había llegado a Valbrume sabiendo que la gente podía odiarlo lo suficiente como para intentar algo. O, más probable aún, deseando que lo supieran. La prudencia de un hombre así no era una defensa; era otra manera de ejercer poder.
—¿Quién es el juez Maurel? —preguntó Marchand.
Madeleine respondió:
—Un juez de Saint-Aubin. O lo fue. Ahora recibe asuntos civiles, embargos, herencias. No sé exactamente. Hombres así siempre tienen un despacho aunque uno nunca sepa para qué sirve.
—¿Amigo de Lenoir? —preguntó Delacroix.
—Digamos que Lenoir no iba a verlo con miedo.
—Una definición suficiente.
Brissac señaló los papeles.
—Si esa nota llega a Maurel, ¿qué ocurre?
—Depende de lo que contenga el resto de la caja —dijo Delacroix—. Pero monsieur Lenoir no parecía hombre inclinado a dejar instrucciones cariñosas.
Revisó el fajo de cartas atadas con cuerda.
Varias estaban dirigidas a Lenoir por personas distintas.
Algunas pedían prórrogas. Otras suplicaban.
Una prometía pagar después de la cosecha.
Otra ofrecía una joya familiar. Otra llevaba solo tres líneas, escritas con una caligrafía temblorosa: «No nos quite la casa antes de que mi madre muera. Se lo ruego.»
Delacroix volvió a atarlas.
No porque no fueran relevantes. Porque lo eran demasiado de una manera que podía desviar la investigación hacia una compasión sin forma. El odio a Lenoir era ya un país entero. Él necesitaba una dirección concreta.
Marchand encontró otra hoja en el expediente 702-C.
—Hay un contrato preliminar de venta.
Madeleine abrió la boca, pero no habló.
—¿Fecha? —preguntó Delacroix.
—Hace dos semanas.
—Antes de la ejecución definitiva.
—Sí.
—Vaya.
—¿Eso es irregular? —preguntó Brissac.
—No soy abogado —dijo Marchand.
—No hace falta serlo para reconocer que vender algo antes de poseerlo es, como mínimo, una forma audaz de confianza —respondió Delacroix.
El médico leyó.
—El comprador figura como representante de la Société Cynégétique de Montreval.
—Un club de caza —dijo Brissac.
—Naturalmente —murmuró Delacroix—. Siempre hay alguien dispuesto a convertir un lugar que salva pobres en un sitio donde los ricos disparen por entretenimiento. La humanidad aprecia mucho la simetría cuando es indecente.
Madeleine se agarró al borde del altar.
—Lo sabía.
—¿Que iba a venderlo?
—Sí. No el nombre. Pero lo sabía. Lo dijo. Lo dijo como quien comenta el tiempo. Que vendrían hombres con perros, caballos, criados. Que al fin el edificio tendría un uso rentable.
La palabra rentable pareció ensuciar la capilla más que el cadáver en la estancia contigua.
Delacroix revisó la firma del representante.
La luz de la lámpara tembló.
Al pie del documento, bajo el nombre de la sociedad, aparecía una rúbrica clara.
Jules Perret.
El silencio fue inmediato.
Brissac fue el primero en reaccionar.
—¿Perret? ¿El comerciante?
Marchand miró hacia el corredor, como si pudiera ver a través de la piedra hasta la sala principal y hasta aquel hombre encogido junto a su caja de tejidos.
—Dijo que no conocía a Lenoir.
—Dijo muchas cosas —respondió Delacroix—. Casi ninguna con entusiasmo convincente.
Madeleine parecía confundida.
—Perret… ¿ese hombre venía a comprar el refugio?
—O a representar a quien lo compraba —dijo Delacroix.
—Entró aquí fingiendo que no sabía nada.
—Las cajas de seda, por lo visto, no son lo único que puede envolver una mentira.
Brissac dio media vuelta.
—Voy a traerlo.
—No —dijo Delacroix.
El capitán se detuvo.
—¿Por qué demonios no?
—Porque si bajamos ahora con su nombre escrito en un contrato y usted entra en la sala con esa expresión de soldado que ha visto una diana, monsieur Perret tendrá tiempo de asustarse mal.
—¿Y qué propone?
—Que se asuste bien.
Brissac lo miró con irritación.
—Tiene usted una manera insoportable de convertir una orden en una frase.
—Y usted una manera admirable de recordarme por qué prefiero trabajar con muertos.