Capítulo 8 — El papel de la viuda #3
Madeleine sostuvo su mirada. Esta vez no corrigió, no atacó, no desvió. Solo parecía medir cuánto podía seguir ocultando sin sacrificar lo que aún quería salvar.
—Hay un lugar —dijo al fin.
Étienne levantó la cabeza.
—Madre, no.
Delacroix no miró al joven. Miró a ella.
—¿Qué lugar?
Madeleine respiró despacio.
—Lenoir preguntó por la capilla.
La frase produjo una reacción distinta en cada uno. Baptiste se santiguó. Brissac frunció el ceño. Marchand pareció sorprendido. Céleste palideció. Perret murmuró que no sabía que hubiera una capilla. Odette se quedó inmóvil.
Delacroix ladeó apenas la cabeza.
—¿El refugio tiene capilla?
—Una sala pequeña. Antigua. Ya casi no se usa. Está detrás del depósito, separada por un pasillo viejo. Antes los viajeros rezaban allí cuando la montaña cerraba los caminos.
—Qué detalle tan considerado por parte de la arquitectura: ofrecer consuelo antes de la congelación.
—Lenoir la vio al llegar. Preguntó si se cerraba con llave.
—¿Y se cierra?
—Sí.
—¿Quién tiene la llave?
Madeleine miró la pequeña llave en la mano de Delacroix.
—Quizá él.
Delacroix bajó la vista hacia el hierro oscuro.
De pronto, la llave parecía menos huérfana.
—¿Por qué querría Lenoir guardar algo en una capilla? —preguntó Marchand.
Odette contestó antes que nadie.
—Porque era exactamente la clase de hombre que disfrutaría escondiendo deudas delante de un altar.
Nadie la contradijo.
Delacroix cerró la mano alrededor de la llave.
—Madame Aubert, llévenos a la capilla.
Madeleine dudó.
—Ahora.
—Sí.
—El pasillo es frío. Está medio clausurado.
—Esta noche todo lo importante parece estar frío y medio clausurado. Empiezo a considerarlo una recomendación.
Étienne se levantó.
—No hace falta.
—Monsieur Aubert —dijo Delacroix—, cada vez que dice eso, un lugar vacío adquiere un interés extraordinario.
El joven se quedó de pie, derrotado por su propia insistencia.
Madeleine tomó una lámpara. Delacroix otra. Marchand se ofreció a acompañarlos. Brissac también, por supuesto. Odette pidió ir, pero Delacroix negó con suavidad.
—Esta vez no.
—¿Por qué?
—Porque si encontramos la cartera, necesitaremos a alguien en la sala capaz de recordar que los documentos no pertenecen al más fuerte.
Odette aceptó. No contenta, pero sí consciente de que la frase escondía cierta confianza.
El pequeño grupo cruzó el pasillo lateral, pasó junto al depósito interior y llegó a una puerta baja que Delacroix no había visto antes porque un viejo armario la tapaba parcialmente.
Madeleine y Baptiste apartaron el mueble con esfuerzo.
Detrás apareció un corredor estrecho, de piedra desnuda, con olor a humedad antigua.
—No usamos esta parte en invierno —dijo Madeleine.
—Naturalmente —respondió Delacroix—. Solo los muertos y los acreedores parecen haber mantenido la costumbre.
Avanzaron.
El corredor estaba helado. No como la despensa exterior, sino con un frío más quieto, casi religioso.
Al fondo había una puerta pequeña de madera oscura.
Sobre ella, una cruz sencilla. El lugar no tenía grandeza.
Era una capilla de refugio, no de abadía: un cuarto para rezar con las manos aún mojadas, pedir perdón por seguir vivo o rogar que el camino se abriera antes de que se acabara la leña.
Delacroix introdujo la llave en la cerradura.
Encajó.
Marchand murmuró:
—Vaya.
—Las llaves suelen ser menos supersticiosas que las personas —dijo Delacroix.
Giró.
La puerta se abrió con un quejido.
La capilla olía a cera vieja, piedra húmeda y polvo. Había tres bancos, un pequeño altar, una imagen de la Virgen con el rostro gastado y varias velas apagadas. El aire parecía no haber sido respirado desde hacía días. O desde hacía años.
Delacroix levantó la lámpara.
A simple vista, no había cartera.
Brissac chasqueó la lengua.
—Vacía.
—Capitán, su fe en las primeras impresiones sigue enterneciéndome.
El detective avanzó hasta el altar. Encima había un paño envejecido, un crucifijo de madera, dos candeleros y un libro de oraciones cerrado. Nada más.
Miró debajo del altar.
Nada.
Miró los bancos.
Nada.
Marchand revisó un pequeño armario lateral donde se guardaban velas. Nada. Brissac golpeó con los nudillos una pared, como si esperara descubrir un pasadizo por pura autoridad.
Delacroix observó la imagen de la Virgen. La base era de madera, algo más amplia que la figura. Estaba colocada sobre una repisa de piedra. A su alrededor había polvo, pero no de manera uniforme. Una franja limpia señalaba que la imagen había sido movida hacía poco.
—Doctor —dijo.
Marchand acercó la lámpara.
Delacroix levantó con cuidado la imagen. Pesaba más de lo esperado. Debajo había un hueco pequeño en la repisa, una cavidad irregular que quizá había servido para guardar velas, rosarios o donaciones en tiempos de mayor fe y menor contabilidad.
Dentro del hueco había una caja metálica.
Pequeña.
Negra.
Cerrada con llave.
Brissac soltó una exclamación.
—Ahí está.
Delacroix no respondió. Sacó la caja y la colocó sobre el altar. La llave de Lenoir encajó también en aquella cerradura.
Antes de girarla, miró a Madeleine.
Ella tenía el rostro blanco.
—¿Sabía que estaba aquí? —preguntó.
—No.
Por primera vez en toda la noche, Delacroix casi le creyó del todo.
Giró la llave.
La caja se abrió.
Dentro había documentos doblados, una cartera de cuero negro y un pequeño fajo de cartas atado con cuerda. Sobre la cartera, escrita con la letra estrecha de Gaspard Lenoir, había una nota.
Delacroix la tomó y la leyó en voz alta.
—«Para ser entregado al juez Maurel si algo me ocurre antes de la firma.»
El frío de la capilla pareció volverse más fino.
Brissac tragó saliva.
—¿Qué significa eso?
Delacroix miró los papeles, luego a Madeleine, luego hacia el corredor que devolvía al refugio y a todos los vivos atrapados con sus culpas.
—Significa —dijo— que monsieur Lenoir era muchas cosas desagradables, pero no era ingenuo.
Marchand miró la caja.
—¿Creía que podían matarlo?
—No necesariamente.
Delacroix sostuvo la nota entre los dedos.
—Quizá solo sabía que, cuando uno vive de empujar a la gente hacia el borde, conviene llevar la cuenta de quién puede decidir empujar de vuelta.
La vela apagada del altar permaneció inmóvil.
Fuera, en algún lugar detrás de la piedra, la tormenta seguía golpeando el refugio.
Y dentro de aquella capilla pequeña, bajo la mirada gastada de una Virgen de madera, Gaspard Lenoir acababa de recuperar parte de su poder.