Capítulo 7 — El frío que no encajaba #2
Ella no respondió.
—No arrastrado todo el camino. No al menos desde la sala.
Habría dejado marcas más claras antes de que la nieve las borrara.
Probablemente fue movido por etapas. Cuarto de leña.
Depósito interior. Despensa o cobertizo.
Quizá primero uno, luego otro. El frío ayudó a confundir la hora. La tormenta ayudó a borrar el trayecto.
Brissac frunció el ceño.
—¿Por qué moverlo tantas veces?
—Porque el plan cambió.
—¿Por qué cambiaría?
Delacroix miró a Madeleine.
—Porque llegamos nosotros.
El silencio que siguió fue casi perfecto.
Fuera, el viento golpeó la ventana pequeña de la habitación. La escarcha vibró en el cristal con un sonido fino, como uñas leves.
—Eso es ridículo —dijo Madeleine.
—No. Ridículo habría sido matarlo después de saber que yo estaba aquí. Moverlo, en cambio, fue imprudente. Comprensible, pero imprudente.
—Habla como si ya supiera quién lo hizo.
—Hablo como si supiera que alguien se asustó al oír mi nombre. Usted estaba presente. La temperatura de la sala cambió antes de que el cuerpo apareciera.
Baptiste miró al detective, incómodo.
—Eso es una manera de hablar, ¿no?
—Casi todas lo son hasta que dejan de serlo.
Madeleine dio un paso hacia él.
—Mi refugio estaba lleno de viajeros empapados, un acreedor insoportable, un enfermo arriba, una tormenta fuera y una deuda que podía destruirlo todo al amanecer.
Si la sala cambió de temperatura, monsieur Delacroix, quizá fue porque la noche era mala incluso antes de que usted decidiera interpretarla.
Delacroix sostuvo su mirada.
La respuesta era buena. Dolida. Parcialmente cierta. Lo peor de algunas mentiras no era que fueran falsas, sino que se apoyaban sobre verdades demasiado humanas para apartarlas sin ensuciarse.
—Quizá —dijo él.
Madeleine pareció sorprendida por la concesión.
—¿Quizá?
—No soy tan vanidoso como para creer que todos los escalofríos me pertenecen.
—Me alegra saberlo.
—Pero sí lo bastante vanidoso como para reconocer algunos.
Marchand carraspeó, devolviendo la conversación al cuerpo.
—Hay algo más.
Delacroix se acercó.
El médico había levantado con cuidado una de las manos de Lenoir. La derecha. La desnuda. Los dedos estaban rígidos y ligeramente curvados, como si hubieran querido aferrar algo antes de perder fuerza. Bajo las uñas había pequeñas partículas oscuras.
—Tierra —dijo Baptiste.
—No solo tierra —respondió Marchand.
Delacroix se inclinó.
Entre la suciedad había algo claro. Una fibra. Quizá lana. Quizá hilo de una camisa. Marchand la extrajo con unas pinzas pequeñas y la dejó sobre un pañuelo.
Era azul oscuro.
Delacroix miró a los presentes.
Étienne llevaba camisa clara y chaleco marrón. Madeleine, vestido oscuro y delantal gris. Céleste, falda parda y blusa beige. Baptiste, abrigo de lana basta casi negro. Brissac, chaqueta azul oscuro.
El capitán lo notó al mismo tiempo.
—No empiece.
—No he empezado nada.
—Mi chaqueta es azul.
—Una coincidencia que su sastre debería lamentar.
Brissac dio un paso hacia la mesa.
—No toqué a ese hombre.
—¿Nunca?
El capitán se detuvo.
—Discutí con él. Eso ya lo dije.
—¿Lo sujetó? ¿Lo empujó? ¿Lo agarró de la solapa con esa sobriedad militar que tanto tranquiliza a las viudas?
—No.
—¿Está seguro?
—Completamente.
Delacroix observó la fibra. No era suficiente.
Podía haber llegado allí de muchas maneras.
Lenoir pudo rozar la chaqueta de Brissac durante la discusión.
Pudo arrancarla de otro tejido. Pudo pertenecer a una manta azul guardada en el refugio.
Una prueba demasiado temprana siempre tenía el mal gusto de parecer más importante de lo que era.
—Lo comprobaremos —dijo.
—Me niego a ser tratado como sospechoso por un hilo.
—Capitán, a algunos hombres los han ahorcado por menos. No lo recomiendo, desde luego, pero la historia tiene un sentido del humor limitado.
Madeleine intervino.
—Hay mantas azules en el arcón de la sala.
Delacroix giró hacia ella.
—Qué rapidez.
—Conozco mi casa.
—Sí. Esa es una de las cosas que más me preocupan de usted.
El médico volvió a examinar el cuerpo. Desabrochó con cuidado el chaleco de Lenoir y retiró parcialmente la camisa de la zona del cuello. No había heridas visibles allí. Después revisó los bolsillos: un pañuelo, unas monedas, una pequeña llave, una petaca vacía, un reloj de bolsillo.
Delacroix se interesó por el reloj.
—¿Funciona?
Marchand se lo entregó.
El reloj estaba cerrado. Era pesado, de plata, con las iniciales G. L. grabadas en la tapa. Delacroix lo abrió. Las agujas marcaban las siete y veintidós.
No avanzaba.
—Interesante —dijo.
Brissac soltó una exclamación de impaciencia.
—¿También el reloj miente?
—Los relojes mienten con frecuencia. Solo que, al contrario que las personas, suelen necesitar un golpe.
Delacroix lo acercó a la lámpara. El cristal tenía una pequeña grieta. La tapa interior mostraba una marca de impacto. El mecanismo podía haberse detenido por el golpe recibido, por humedad o por frío. La hora, por tanto, no era una verdad. Pero era una invitación.
—Siete y veintidós —dijo Marchand.
Madeleine no reaccionó.
Étienne, desde el pasillo, sí.
Solo un parpadeo. Apenas eso.
Delacroix lo miró.
—Monsieur Aubert.
El joven no respondió.
—¿Le dice algo esa hora?
—No.
—Qué lástima. A su rostro casi sí.
Madeleine se acercó a la puerta.
—Déjelo.
—Me temo que ya lo han dejado demasiado tiempo a solas con sus respuestas.
Étienne entró en la habitación, aunque Madeleine intentó detenerlo. Se quedó a varios pasos del cuerpo, sin mirar directamente a Lenoir.
—Discutí con él antes de las siete.
—Antes de las siete —repitió Delacroix.
—Sí.
—Céleste habló de una discusión antes de la cena.
Abel Fournier oyó golpes antes de la sopa.
Usted dice antes de las siete. El reloj de Lenoir se detuvo a las siete y veintidós.
La cena fue llevada a su habitación alrededor de las siete, según madame Aubert.
Qué noche tan organizada para una casa bajo tormenta.
Étienne apretó las manos.
—Lo empujé.
—Eso también lo sabemos.
—Se golpeó.
—Con un tronco.
—Sí.
—¿Sangró?
—Un poco.
—¿Cayó al suelo?
—Sí.
—¿Perdió el conocimiento?
El joven miró a su madre.
Ella cerró los ojos.
Delacroix no necesitó más.
—Lo perdió.
—Solo un momento —dijo Étienne.
La voz le salió rota. Madeleine dio un paso hacia él, pero se detuvo. Había una frontera invisible en la habitación, y cruzarla quizá significaba confesar por los dos.
—Respiraba —añadió el joven—. Cuando mi madre llegó, respiraba.
—¿Y usted qué hizo?
—Nada.
—Qué palabra tan espaciosa.
—Me asusté.
—Eso sí lo creo.
Étienne levantó la vista.
—No quería matarlo.
La frase cayó antes de tiempo.
Todos lo sintieron.
Incluso él.
Madeleine lo miró como si acabara de oír una puerta cerrarse desde dentro.
Brissac murmuró:
—Ahí está.
—No —dijo Delacroix.
El capitán lo miró, sorprendido.
—¿Cómo que no?
—Monsieur Aubert ha confesado miedo, violencia y una frase imprudente. Todavía no ha confesado asesinato. No confundamos la utilidad con la verdad.
Étienne parecía a punto de derrumbarse, pero se sostuvo. Quizá por orgullo. Quizá por culpa. Quizá porque, en presencia de su madre, incluso caerse necesitaba permiso.
Delacroix se acercó al reloj.
—Después del golpe, ¿Lenoir se levantó?
Étienne no respondió.
Madeleine lo hizo por él.
—Sí.
—Madame.
—Se levantó. Lo ayudé. Lo llevé a su habitación. Ya se lo dije.
—¿Y allí cerró la puerta por dentro?
—Sí.
—Con un reloj detenido a las siete y veintidós, una cartera desaparecida, una habitación preparada, una cuerda para fingir golpes desde fuera y un cuerpo que ha pasado por más frío del que el cobertizo explica.
Madeleine sostuvo la mirada. Su rostro estaba pálido, pero su voz no tembló.
—No sé qué ocurrió después.
Delacroix la contempló con una tristeza leve.
No creía que aquella mujer hubiera matado a Gaspard Lenoir con sus manos.
Todavía no. Había algo en el crimen que sonaba a estallido juvenil, a rabia física, a golpe mal calculado.
Pero todo lo ocurrido después llevaba la firma de Madeleine Aubert: limpiar, trasladar, administrar el tiempo, cerrar puertas, decidir qué veía cada uno, contener a su hijo, contener a Céleste, contener incluso el fuego.
La muerte podía haber sido de Étienne.
La mentira era de ella.
Marchand volvió a cubrir parcialmente el cuerpo.
—Necesito revisar la herida con más calma, pero mi primera impresión es que el golpe pudo haber causado la muerte. Tal vez no de inmediato. Pudo quedar inconsciente, agravarse, morir por la lesión o por el frío si fue movido sin atención.
—O si alguien decidió que el frío terminara lo que el golpe había empezado —dijo Delacroix.
Céleste, desde la puerta, soltó un sollozo.
Madeleine se volvió.
—Sal de aquí.
La muchacha no se movió.
—Lo siento —susurró.
Étienne cerró los ojos.
Delacroix miró a Céleste con cuidado. Ese «lo siento» no iba dirigido al muerto. Iba a los vivos. A Étienne, quizá. A Madeleine. A una escena que la muchacha había presenciado o ayudado a sostener hasta que la culpa empezó a pesarle más que la obediencia.
—Mademoiselle Renaud —dijo—, ¿qué lamenta exactamente?
Madeleine habló antes que ella.
—Está cansada.
—Todos lo estamos. Algunos, sin embargo, eligen mejor el momento de pedir perdón.
Céleste temblaba.
—No quería que pasara esto.
—¿Qué cosa?
—Que lo encontraran así.
El silencio fue inmediato.
Étienne bajó la cabeza. Madeleine se quedó inmóvil.
Delacroix no se acercó a Céleste. No hacía falta. La muchacha estaba ya demasiado cerca del borde.
—¿Usted sabía dónde estaba el cuerpo?
Ella se llevó una mano a la boca.
Madeleine dio un paso.
—Céleste, no digas nada.
La orden fue clara.
Demasiado clara.
Marchand miró a Madeleine con severidad. Brissac dejó escapar un sonido triunfal. Baptiste se santiguó esta vez sin timidez.
Céleste lloró al fin.
—No sabía si estaba muerto. Al principio no. Étienne dijo que respiraba. Madame dijo que había que esperar, que si llamábamos a alguien, Lenoir nos quitaría el refugio, nos quitaría todo, diría que Étienne lo había atacado. Luego… luego ya no respiraba.
Étienne se cubrió el rostro con una mano.
Madeleine no se movió.
Delacroix sintió que la habitación se enfriaba de nuevo, aunque el cuerpo llevaba el frío consigo desde antes.
—¿Cuándo dejó de respirar? —preguntó Marchand.
Céleste negó con la cabeza.
—No lo sé. No lo sé. Yo estaba en la cocina. Madame me mandó fuera. Luego me llamó para traer una manta.
Delacroix miró la manta mentalmente: cuarto de leña, humedad, despensa, cobertizo.
—¿Qué manta?
—La vieja. La del cuarto de leña.
—¿Ayudó a moverlo?
Céleste cerró los ojos.
—Solo un poco.
Madeleine habló al fin.
—Basta.
No gritó. No hacía falta. Había una desesperación serena en su voz, algo que no pedía silencio por miedo a la justicia, sino por piedad hacia el hijo que se estaba hundiendo.
Delacroix se volvió hacia ella.
—Madame Aubert, me temo que el tiempo de ordenar la casa ha terminado.
Ella sostuvo su mirada.
—¿Y empieza el tiempo de destruirla?
La pregunta no fue teatral. Fue sincera. Por eso dolió más.
Delacroix no respondió enseguida.
En la mesa, Gaspard Lenoir seguía inmóvil, frío, reducido al único estado en que ya no podía cobrar nada.
En el pasillo, Étienne parecía un muchacho pese a su cuerpo de hombre.
Céleste lloraba junto a la puerta. Marchand guardaba silencio con las manos todavía cerca del muerto.
Baptiste miraba al suelo. Brissac intentaba parecer indignado, aunque su indignación ya no encontraba un lugar cómodo donde apoyarse.
Y Madeleine Aubert, encargada de un refugio que había dado techo a viajeros, enfermos, pobres y perdidos, esperaba la respuesta de un detective como si él pudiera decidir no solo quién era culpable, sino cuánto valía la bondad cuando llegaba tarde.
—No lo sé —dijo Delacroix al fin.
Madeleine parpadeó.
—¿No lo sabe?
—No. Todavía no.
—Creí que usted siempre sabía.
—Esa es una superstición muy extendida. La fomento menos de lo que parece.
Ella soltó una risa mínima, amarga, casi rota.
Delacroix miró el cuerpo de Lenoir. Luego la pequeña llave encontrada en su bolsillo. Luego el reloj detenido. Luego el bolsillo vacío donde debía estar la cartera.
—Sé que monsieur Lenoir murió esta noche.
Sé que su muerte empezó en el cuarto de leña.
Sé que el frío fue utilizado para confundir la hora.
Sé que su habitación fue preparada para parecer ocupada.
Sé que alguien fingió golpes desde fuera.
Sé que su cartera ha desaparecido. Y sé que todavía hay una diferencia importante entre matar, dejar morir y ocultar lo que ya no puede repararse.
Madeleine bajó la vista.
—Esa diferencia no devolverá la vida a nadie.
—No. Pero puede decidir cuántas vidas más destruye la verdad cuando entre por la puerta.
La frase quedó entre ellos.
No como perdón.
Como advertencia.
Entonces, desde la sala principal, llegó la voz de Odette Veyrac.
—Monsieur Delacroix.
Él giró hacia la puerta.
Odette apareció en el umbral, pálida, con la maleta en una mano y un sobre amarillento en la otra.
—Creo que debería ver esto.
Brissac se volvió.
—¿Qué es?
Ella no lo miró. Sus ojos estaban fijos en Delacroix.
—Un documento de Lenoir.
Madeleine levantó la cabeza.
Étienne dejó caer la mano del rostro.
Delacroix se acercó despacio.
—¿Dónde lo encontró?
Odette apretó el sobre.
—No lo encontré.
La habitación entera pareció contener la respiración.
—Lo tenía yo —dijo ella.
Y, por primera vez desde que Gaspard Lenoir había aparecido bajo la lona, su cadáver dejó de ser lo más incómodo de la estancia.