Capítulo 7 — El frío que no encajaba
Trasladar un cadáver en mitad de una tormenta resultó ser una tarea menos solemne de lo que a algunos les habría gustado.
La muerte tenía fama de imponer respeto, pero la realidad era más obstinada: un cuerpo pesaba, resbalaba, se torcía en los lugares menos convenientes y obligaba a los vivos a sujetarlo por zonas que hasta hacía unas horas habrían parecido impropias.
Gaspard Lenoir, que en vida debía de haber disfrutado complicando la existencia de los demás, mantuvo esa costumbre después de muerto con una eficacia casi admirable.
Baptiste y el doctor Marchand lo levantaron primero.
Brissac ayudó de mala gana, con la expresión de un hombre que consideraba que los cadáveres también deberían respetar ciertos rangos.
Étienne intentó acercarse, pero Madeleine lo detuvo con una mano sobre el pecho.
No fue un gesto brusco. Fue peor: fue un gesto de madre que ya no pedía obediencia, sino silencio.
—Tú no —dijo.
Étienne miró el cuerpo de Lenoir. Luego miró a su madre.
—Puedo ayudar.
—Ya has ayudado bastante esta noche.
La frase salió baja, casi cubierta por el viento, pero Delacroix la oyó.
Y Étienne también.
El joven retrocedió como si ella no lo hubiera rechazado, sino herido. Madeleine no le pidió perdón. Quizá porque no podía permitirse empezar; quizá porque, si lo hacía, ya no sabría dónde terminar.
Entre Baptiste, Marchand y Brissac llevaron el cuerpo hacia la entrada lateral del refugio.
Delacroix caminó junto a ellos, no por utilidad física —nadie sensato habría confiado en su bastón para repartir el peso de un muerto—, sino por vigilancia.
Los cadáveres, una vez encontrados, tenían una curiosa tendencia a perder detalles en el trayecto hacia una habitación iluminada.
Un botón, una fibra, una mancha, un papel.
Las pruebas pequeñas eran muy vulnerables a las botas grandes y a las conciencias nerviosas.
La nieve cubría el patio con rapidez. Las huellas que habían dejado al salir ya empezaban a deshacerse bajo el viento. Eso le disgustó. La montaña era una excelente cómplice para cualquiera que necesitara que el mundo pareciera nuevo cada diez minutos.
Madeleine abrió una puerta lateral que conducía a una estancia estrecha, fría y sin adornos, usada quizá para huéspedes enfermos o para almacenar mantas cuando la sala principal estaba llena.
Había una mesa larga, dos bancos, un arcón y un brasero apagado.
Las paredes eran de piedra desnuda. La ventana, pequeña y cubierta de escarcha, dejaba entrar una claridad blanca que no iluminaba tanto como acusaba.
—Aquí —dijo Marchand.
Colocaron el cuerpo sobre la mesa.
Lenoir quedó tendido boca arriba, rígido, desprovisto de la pequeña autoridad que en vida debió de proporcionarle su cartera.
Sin abrigo, parecía menos un prestamista que un hombre sorprendido por su propia insignificancia.
La muerte igualaba muchas cosas, pensó Delacroix, pero rara vez las mejoraba.
Madeleine dejó una lámpara sobre el arcón. Céleste apareció en la puerta con otra, temblando tanto que la llama dibujaba sombras nerviosas sobre las paredes.
—Déjala ahí —ordenó Madeleine.
La muchacha obedeció. Miró a Lenoir solo un instante y apartó la vista como si el muerto pudiera reconocerla.
En la sala principal, los demás esperaban. Odette Veyrac, Perret, Lucien Darras y el carretero enfermo arriba, si aún seguía despierto en su fiebre. Delacroix no quería demasiadas personas entrando y saliendo de la habitación del cadáver. Los muertos ya eran bastante desordenados sin ayuda social.
—Doctor —dijo.
Marchand se quitó los guantes y se acercó al cuerpo. Sus manos, grandes y serenas, empezaron a trabajar con esa delicadeza práctica que tienen los médicos acostumbrados a que la carne no sea una idea, sino una materia frágil.
—Necesito más luz.
Baptiste acercó la lámpara. Brissac permaneció junto a la puerta, rígido, quizá para fingir que custodiaba algo, quizá porque no deseaba acercarse más.
Étienne se había quedado fuera, en el pasillo, aunque Delacroix percibía su presencia como se percibe una vela detrás de una tela fina.
Madeleine estaba dentro, junto al arcón, con los brazos cruzados bajo el chal.
—No toque nada que no sea necesario —dijo Delacroix.
Marchand lo miró.
—Soy médico, no un perro.
—Los perros, al menos, encuentran cosas.
—Entonces procure no ladrar mientras trabajo.
Delacroix aceptó la réplica con una leve inclinación de cabeza. Empezaba a apreciar al doctor Marchand. No mucho, desde luego. Apreciar demasiado a alguien nublaba el juicio y favorecía invitaciones futuras.
El médico examinó primero el rostro de Lenoir. La piel estaba grisácea, los labios azulados, la mandíbula parcialmente rígida. Había una herida en la sien derecha, con sangre seca en el cabello. No era una abertura enorme, pero sí profunda en un punto. Marchand apartó el pelo con cuidado.
—Golpe fuerte.
—¿Mortal?
—Posiblemente. Aunque no puedo afirmarlo todavía. Pudo caer contra algo. Pudo recibir un golpe con un objeto romo. Pudo perder el conocimiento y morir después por exposición al frío.
—Un menú generoso.
Marchand no sonrió.
—La muerte rara vez trae una sola causa envuelta con cinta.
Delacroix miró a Madeleine. Ella no reaccionó. O había aprendido a no hacerlo. Ambas cosas eran útiles y peligrosas.
El doctor continuó. Revisó el cuello, las manos, las uñas, la ropa.
Desabrochó el chaleco de Lenoir con una prudencia casi ceremonial.
En el bolsillo interior, como Delacroix ya había advertido, faltaba algo.
La tela conservaba una ligera deformación, el recuerdo de una cartera llevada durante mucho tiempo. El muerto no la tenía.
—La cartera —dijo Marchand.
—Sí.
—¿Papeles?
—Probablemente.
Madeleine habló desde el arcón.
—Monsieur Lenoir jamás se separaba de ella.
—Eso dicen todos —respondió Delacroix.
—Porque era cierto.
—La verdad se vuelve más interesante cuando la comparten los culpables y los inocentes.
Ella lo miró con frialdad.
—¿Ya decidió cuáles son cuáles?
—No. Pero todos parecen deseosos de ayudarme a equivocarme.
Marchand levantó una mano del cadáver.
—Está muy frío.
Baptiste soltó un resoplido.
—Lo encontramos en un cobertizo en plena nevada.
—No hablo de frío superficial —dijo el médico.
Delacroix se acercó.
—Explíquese.
Marchand tocó con el dorso de los dedos la mejilla, luego el cuello, luego una mano del muerto.
—El cuerpo está helado de forma profunda.
Demasiado uniforme en algunas zonas, pero no en otras.
La cara recibió algo de aire frío, claro.
Las manos también. Pero el torso conserva un frío distinto bajo la ropa.
Como si hubiera estado en un lugar más estable, más cerrado. No solo expuesto al viento.
Delacroix pensó en la despensa exterior. En el rectángulo sin escarcha. En la puerta reforzada. En Madeleine entrando de noche con una lámpara. Pensó también en la manta húmeda del cuarto de leña y en el depósito interior.
—¿La despensa? —preguntó Brissac.
El médico lo miró.
—Podría ser.
Madeleine se movió apenas.
—Este refugio entero está frío.
—No tanto —dijo Marchand—. Y no de la misma manera.
Delacroix agradeció en silencio aquella frase. Las diferencias de temperatura eran como las diferencias de tono en una mentira: sutiles, pero tercas.
—¿Cuánto tiempo lleva muerto? —preguntó Brissac.
Marchand soltó aire por la nariz.
—La pregunta favorita de quienes creen que un cadáver es un reloj.
—Es una pregunta razonable.
—Y tendrá una respuesta razonablemente imprecisa. Con este frío, la estimación se vuelve difícil. Si el cuerpo fue trasladado de un sitio a otro, peor. Si estuvo en una cámara natural como la despensa exterior, peor aún.
—Inténtelo —dijo Delacroix.
El médico examinó de nuevo las manos y la rigidez de las articulaciones.
—No murió hace unos minutos. Ni probablemente hace una hora. Diría que lleva varias horas muerto.
La frase atravesó la habitación con una limpieza incómoda.
Madeleine cerró los dedos sobre el borde de su chal.
—¿Antes de que llegáramos? —preguntó Baptiste.
Marchand miró a Delacroix antes de responder.
—Es posible.
Brissac volvió la cabeza hacia la puerta.
—Entonces estaba muerto cuando oímos los golpes.
—Eso ya lo sabíamos —dijo Delacroix—. La puerta era una pésima ventrílocua.
—Pero si estaba muerto antes de que llegáramos…
El capitán no terminó la frase.
No hacía falta.
Si Gaspard Lenoir había muerto antes de la llegada del coche averiado, los viajeros recién llegados dejaban de ser asesinos probables, al menos del primer acto.
Odette Veyrac, Brissac, Marchand, Perret, Lucien y Baptiste podían haber tenido motivos, pero no oportunidad suficiente, salvo que alguno hubiera llegado al refugio antes y luego fingido viajar con los demás, una complicación que Delacroix no descartaba del todo, aunque aún no merecía el esfuerzo de vestirla.
En cambio, quienes ya estaban en Valbrume antes de la tormenta quedaban bajo una luz muy distinta.
Madeleine Aubert.
Étienne.
Céleste.
Abel Fournier, si la fiebre no lo ataba a la cama.
Y el propio refugio, con sus puertas, trampillas, despensas y corrientes de aire, que parecía haber colaborado con más entusiasmo del deseable.
Delacroix se acercó al cadáver. Sin tocarlo, observó los zapatos.
Lenoir no llevaba botas de exterior. Calzaba zapatos de cuero adecuados para una habitación, una diligencia o una visita desagradable, pero no para caminar por nieve profunda.
Las suelas estaban húmedas y manchadas de tierra, aunque no cubiertas por la cantidad de nieve que correspondería a una salida voluntaria durante la tormenta.
—No salió caminando —dijo.
—Eso parece evidente —respondió Marchand.
—A veces conviene decir lo evidente en voz alta. Los culpables suelen esperar que nos avergoncemos de ello.
Delacroix levantó la vista hacia Madeleine.
—Monsieur Lenoir fue llevado al cobertizo.