Capítulo 6 — La puerta que mentía #3
—Si hubiera cuerpo —dijo Madeleine.
Delacroix la miró.
—Tiene usted una fe admirable en la ausencia.
—Y usted una fe admirable en los cadáveres.
—Los cadáveres rara vez me decepcionan. Los vivos, en cambio, trabajan sin descanso.
Volvieron al pasillo.
En la sala principal, las conversaciones se interrumpieron al verlos salir. Nadie preguntó enseguida. A veces el rostro de los investigadores hace innecesaria la primera pregunta y más temible la segunda.
—Hay otro rastro —dijo Marchand.
Céleste se sentó como si le hubieran cortado una cuerda invisible. Étienne se puso de pie, pero Madeleine le ordenó quedarse donde estaba con una sola mirada.
—¿Un rastro hacia dónde? —preguntó Odette.
Delacroix observó el suelo del pasillo. Demasiadas botas.
Demasiada nieve. Demasiada vida reciente sobre una posible muerte.
El culpable había contado con eso, quizá.
O había tenido la suerte, esa colaboradora vulgar, de que una avería llevara al refugio a varios viajeros mojados capaces de destruir un rastro sin saber que existía.
—Hacia ninguna parte todavía —dijo.
—Eso no es una dirección —dijo Brissac.
—No. Es una advertencia.
Baptiste, junto a la entrada, se aclaró la garganta.
—Hay otro sitio.
Todos lo miraron.
Madeleine también, y en sus ojos hubo algo tan rápido que casi no existió.
—¿Qué sitio? —preguntó Delacroix.
El conductor señaló hacia el lateral exterior.
—Detrás de la despensa, pegado al muro, hay un cobertizo bajo. Se usa para guardar herramientas viejas, creo. Hace años que no entro. Cuando el viento viene del norte, la nieve lo tapa casi del todo.
—No se usa —dijo Madeleine.
—¿Nunca? —preguntó Delacroix.
—No desde hace tiempo.
Baptiste se removió incómodo.
—La puerta tiene una barra por fuera. O la tenía.
—Qué oportuno —dijo Delacroix.
Étienne habló de pronto.
—Ahí no hay nada.
Su madre cerró los ojos apenas.
Otra respuesta antes de la pregunta. Otro acto de amor mal ejecutado.
Delacroix dejó que el silencio hiciera su trabajo.
—Monsieur Aubert —dijo al fin—, debería usted permitir que los lugares vacíos se defiendan solos. Hasta ahora lo hacen mejor que las personas.
El joven palideció.
Brissac fue el primero en tomar su abrigo.
—Vamos.
—No todos —dijo Marchand—. Si hay que salir otra vez, saldremos pocos. El tiempo empeora.
El viento golpeó la puerta principal como si quisiera confirmar la frase.
Delacroix miró a Madeleine.
—Necesitaré la llave.
—No hay llave. Tiene una barra exterior.
—Entonces necesitaré su compañía.
—¿Para qué?
—Para que, si encontramos algo desagradable, no pueda decir que lo pusimos nosotros. Y si no encontramos nada, para que disfrute de mi decepción de cerca.
La mujer sostuvo su mirada. Luego tomó un chal grueso y se lo colocó sobre los hombros.
Étienne se levantó.
—Voy yo.
—No —dijo Madeleine.
—Madre…
—No.
Esta vez la palabra se quebró un poco al final.
Delacroix la oyó. Étienne también.
Baptiste tomó un farol. Marchand, su maletín. Brissac, su orgullo. Delacroix, su bastón. Madeleine abrió la puerta y el frío entró con la violencia de un acreedor.
La noche exterior parecía haber empeorado en apenas unos minutos. La nieve ya no caía: atacaba. Se arremolinaba contra el refugio, cubría huellas, borraba bordes, convertía el mundo en una superficie móvil y blanca. La luz de los faroles apenas abría túneles amarillos en la tormenta.
Caminaron pegados al muro para no perder orientación. La despensa exterior quedaba a la izquierda, con su puerta reforzada cerrada de nuevo. Detrás, casi invisible bajo un techo inclinado cargado de nieve, estaba el cobertizo que Baptiste había mencionado.
La barra exterior seguía puesta.
O eso parecía.
Delacroix se acercó. La nieve cubría parte de la madera, pero en la zona junto a la barra había marcas recientes. Alguien la había levantado hacía poco. Luego la había vuelto a colocar y había intentado cubrir el rastro con nieve suelta.
—Hace años que no se usa —dijo Delacroix.
Madeleine no respondió.
—Los años, en Valbrume, tienen manos muy recientes.
Brissac apartó la barra con esfuerzo. La puerta se resistió, hinchada por la humedad.
Baptiste empujó también. Marchand levantó el farol.
Delacroix se quedó ligeramente a un lado, fuera de la línea directa de apertura.
Costumbre, no dramatismo. Las puertas cerradas por culpables podían contener muertos, trampas o simples decepciones; las tres merecían prudencia.
La puerta cedió.
Un olor frío salió del cobertizo.
No era olor a podredumbre. Aún no. Era olor a madera vieja, hierro oxidado, tierra helada y algo más: lana mojada, cuero húmedo, quizá el recuerdo metálico de la sangre.
El farol iluminó herramientas rotas, una rueda vieja, un banco de trabajo, sacos endurecidos por el frío y una lona oscura amontonada en el fondo.
Todos vieron la lona.
Nadie habló.
Delacroix entró primero.
La nieve del suelo del cobertizo estaba pisada. No mucha. Lo justo. Había marcas de arrastre desde la puerta hasta el fondo. Allí, bajo la lona, algo formaba una elevación alargada, demasiado regular para ser un montón de herramientas y demasiado humana para que la esperanza resultara educada.
Marchand se acercó con el rostro serio.
Madeleine permaneció en la puerta.
No entró.
Eso fue casi una confesión, aunque todavía no bastaba para nadie.
—Doctor —dijo Delacroix.
Marchand dejó el farol en el suelo, se agachó y tomó una esquina de la lona.
Durante un instante, el viento pareció callar.
Luego la lona se apartó.
Gaspard Lenoir yacía boca arriba, con el rostro gris, los labios entreabiertos y los ojos medio cerrados, como si la muerte lo hubiera sorprendido en mitad de una objeción mezquina.
Tenía el cabello húmedo pegado a la frente y una mancha oscura junto a la sien.
Vestía camisa, chaleco y pantalones, pero no llevaba abrigo.
En una mano conservaba un guante; la otra estaba desnuda, rígida, ligeramente curvada hacia dentro.
El cuerpo parecía haber absorbido el frío del cobertizo hasta volverse parte de él.
Brissac murmuró algo que no llegó a palabra.
Baptiste se quitó el sombrero.
Marchand inclinó la cabeza sobre el cadáver.
Delacroix miró a Madeleine.
La encargada del refugio tenía los ojos fijos en Lenoir, pero no había horror en ellos. Había dolor, sí. También culpa. Pero, por encima de todo, había una tristeza dura, inmóvil, la tristeza de quien contempla no solo a un muerto, sino el precio exacto de haber intentado salvar algo.
—Madame Aubert —dijo Delacroix con voz baja—, parece que monsieur Lenoir ha dejado de estar desaparecido.
Ella no respondió.
Marchand tocó el cuello del prestamista, aunque todos sabían que aquel gesto ya era más ritual que medicina.
—Muerto —dijo.
La palabra entró en el cobertizo y se quedó allí, pobre y definitiva.
Delacroix se agachó junto al cadáver sin tocarlo.
La piel de Lenoir estaba demasiado fría, incluso para una noche como aquella.
El cuerpo había pasado por más de un frío.
El frío de la despensa. El frío del cobertizo.
Quizá, antes, el frío mucho más antiguo de quienes habían deseado verlo muerto sin atreverse a admitirlo en voz alta.
En el chaleco, junto al bolsillo interior, faltaba algo. Una cartera, probablemente. Los documentos tampoco estaban allí.
Delacroix observó la sien herida. No parecía una simple caída contra un tronco, aunque todavía era pronto para afirmarlo.
Había sangre seca en el cabello y una pequeña línea oscura detrás de la oreja.
Una lesión fea, práctica, sin teatralidad.
Lenoir no había muerto como un héroe ni como un villano memorable.
Había muerto como mueren casi todos los hombres: demasiado cuerpo para tanta importancia.
Marchand levantó la vista.
—Habrá que llevarlo dentro.
Madeleine dio un paso al fin.
—No.
Todos la miraron.
Su voz había sido baja, pero firme. No era el no de quien oculta. Era el no de quien sabe que, si una cosa entra en la casa, la casa ya no vuelve a ser la misma.
Delacroix la observó con una compasión que no permitió subir demasiado a la superficie.
—Madame, el cuerpo no puede quedarse aquí.
—Este refugio no es una morgue.
—Esta noche, por desgracia, ha ampliado sus servicios.
Brissac soltó un resoplido de disgusto. Marchand lo miró con severidad.
—Necesito examinarlo con luz y calor. O, mejor dicho, con menos viento.
—Lo llevarán al cuarto lateral —dijo Madeleine al cabo de unos segundos—. No a la sala.
—Como prefiera.
Delacroix se incorporó.
En el umbral del cobertizo, más allá de Madeleine, vio una figura en la nieve.
Étienne.
Había salido sin que nadie lo autorizara. Estaba a unos pasos, con la camisa mal abotonada bajo el abrigo y el rostro destrozado por algo que ya no podía fingirse frío.
Miraba el cadáver de Gaspard Lenoir.
No con sorpresa.
Con reconocimiento.
Madeleine se volvió y lo vio.
—Étienne —susurró.
El joven no contestó.
Delacroix siguió aquella mirada, larga, rota, insoportable. Una mirada que no preguntaba qué había pasado. Una mirada que preguntaba por qué el mundo se empeñaba en devolverle aquello que una madre había intentado esconder.
El detective apoyó ambas manos en el bastón.
La tormenta rugía alrededor del refugio, pero en aquel pequeño círculo de luz todos parecían oír otra cosa: el sonido de una mentira al quedarse sin nieve suficiente para cubrirse.
—Bien —dijo Delacroix, con una suavidad casi triste—. Ahora sí podemos empezar.